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Formas de evitar el purgatorio - Mortificación cristiana - San Juan Berchmans - La beata Emilia de Yerceil y la monja aburrida en el coro

El tercer modo de reparar las faltas en este mundo, es la práctica de la mortificación cristiana y la obediencia religiosa. La primera y mayor mortificación es la que va unida a nuestros deberes diarios, al dolor que debemos afrontar, al esfuerzo que debemos realizar para cumplir con todos los deberes de nuestro estado, y para soportar las molestias de cada día.






El tercer modo de reparar las faltas en este mundo,es la práctica de la mortificación cristiana y la obediencia religiosa.La primera y mayor mortificación es la que va unida a nuestros deberes diariosEl tercer modo de reparar las faltas en este mundo, es la práctica de la mortificación cristiana y la obediencia religiosa. La primera y mayor mortificación es la que va unida a nuestros deberes diarios, al dolor que debemos afrontar, al esfuerzo que debemos realizar para cumplir con todos los deberes de nuestro estado, y para soportar las molestias de cada día.




SEGUNDA PARTE



Capítulo 62 - Formas de evitar el purgatorio - Mortificación cristiana - San Juan Berchmans - La beata Emilia de Yerceil y la monja aburrida en el coro

El tercer modo de reparar las faltas en este mundo, es la práctica de la mortificación cristiana y la obediencia religiosa.

 

El Apóstol dice: "Llevamos siempre en nuestros cuerpos la mortificación de Jesús, para que la vida de Jesús se manifieste también en nuestros cuerpos”.

 

Esta mortificación de Jesús, que el cristiano debe llevar consigo es, en un sentido amplio, la participación que debe aceptar en los sufrimientos de su Divino Maestro; sufrir en unión con Él las penas que encontramos en la vida o que uno puede imponerse voluntariamente.

 

La primera y mayor mortificación es la que va unida a nuestros deberes diarios, al dolor que debemos afrontar, al esfuerzo que debemos realizar para cumplir con todos los deberes de nuestro estado, y para soportar las molestias de cada día.

 

Cuando San Juan Berchmans decía que su principal mortificación era la vida común, no decía otra cosa, porque para él la vida común resumía todos los deberes de su estado.

 

Además, el que santifica los deberes y sufrimientos de cada día, y que así practica la mortificación fundamental, pronto irá más allá y se impondrá privaciones y sufrimientos voluntarios, con el fin de reducir los sufrimientos en la otra vida.

 

Las mortificaciones más pequeñas, los sacrificios más ligeros, especialmente cuando se hacen por obediencia, tienen un gran valor para Dios.

 

La beata Emilia, monja dominica, priora del monasterio de Santa Margarita de Verceil, inspiró entre sus monjas el espíritu de la obediencia perfecta con vistas a reducir el Purgatorio.

 

Uno de los puntos de la regla prohibía beber agua fuera de las comidas, a menos que la superiora lo permitiera expresamente.

 

Ahora bien, la superiora, sabiendo como hemos visto anteriormente, lo valioso que es a los ojos de Dios el sacrificio de un vaso de agua, volvió práctica ordinaria el negar tal permiso; esto con el fin de proporcionar a sus hermanas los beneficios de una mortificación sencilla.

 

Sin embargo, tuvo cuidado de suavizar esta negativa diciéndoles que ofrecieran su sed a Jesús, quien fuera atormentado por tan cruel sed en la Cruz. También les aconsejó que sufriesen este ligero castigo con vistas al Purgatorio, para lograr ser menos atormentadas por los ardores de las llamas expiatorias.

 

Había una hermana en su comunidad llamada María Isabel, que era demasiado disipada, aficionada a la conversación y a otras distracciones externas.  En consecuencia, tenía poco gusto por la oración, era negligente en el Oficio y cumplía de mala gana este importantísimo deber. No mostraba ningún agrado por participar en el coro y salía de primera tan pronto terminaba el Oficio.

 

Un día, cuando salía a toda prisa y pasaba por delante del cubículo de la priora, esta última la detuvo y le dijo: "¿A dónde vas con tanta prisa, mi buena Hermana y quién te insta a salir antes que todas las demás?”

 

La Hermana, sorprendida, guardó al principio un respetuoso silencio; luego confesó con humildad que se aburría en el Oficio y que le parecía muy largo.

 

"Pero si te cuesta tanto cantar las alabanzas de Dios, cómodamente sentada en compañía de tus Hermanas, ¿cómo te las arreglarás en el Purgatorio cuando estés en medio de las llamas?  Para evitarte este terrible suplicio, mi querida hija, te ordeno que en el futuro solo abandones tu lugar de últimas”.

 

La Hermana se sometió con humildad, como una verdadera hija de la obediencia.

 

Y fue bien recompensada. El fastidio que había sentido hasta entonces por las cosas de Dios la abandonó por completo y dio paso a una dulce devoción.

 

Además, tal como Dios se lo hizo saber a la beata Emilia, habiendo la Hermana muerto algún tiempo después, ella obtuvo una gran disminución de las penas que le esperaban en la otra vida: Dios le contó como un número menor de horas de Purgatorio, las horas que había pasado orando en espíritu de obediencia.




 

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