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Alivio de las almas del Purgatorio – La limosna - Raban-Maur  y Edelard en el monasterio de Fulda

No hablo aquí de los herederos que son culpables de descuidar el pago de las ofrendas piadosas que el difunto les había confiado, negligencia que constituye una injusticia sacrílega. Me refiero a los hijos o a los padres, quienes, por mezquinos motivos de interés propio, hacen celebrar el menor número posible de Misas y distribuyen la menor cantidad posible de limosnas, sin compadecerse del alma de su difunto, a la que dejan gemir en medio de los espantosos tormentos del Purgatorio.






Me refiero a los parientes del difunto quienes por egoísmo, hacen celebrar el menor número posible de Misas y distribuyen la menor cantidad posible de limosnas, sin compadecerse del alma de su difuntoNo hablo aquí de los herederos que son culpables de descuidar el pago de las ofrendas piadosas que el difunto les había confiado, negligencia que constituye una injusticia sacrílega. Me refiero a los hijos o a los padres, quienes, por mezquinos motivos de interés propio, hacen celebrar el menor número posible de Misas y distribuyen la menor cantidad posible de limosnas, sin compadecerse del alma de su difunto, a la que dejan gemir en medio de los espantosos tormentos del Purgatorio.




SEGUNDA PARTE



Capítulo 29 - Alivio de las almas – La limosna - Raban-Maur  y Edelard en el monasterio de Fulda

Nos queda por mencionar un último y muy poderoso medio para aliviar las almas: la limosna.

 

El Doctor Angélico, Santo Tomás, prefiere el mérito de la limosna al ayuno y a la oración, cuando se trata de expiar las faltas anteriores.

 

“La limosna, dice (In 4. dist. 15, q. 3), posee más completamente la virtud de la reparación que la oración, y la oración la posee más completamente que el ayuno.

 

Por ello, grandes siervos de Dios y grandes santos la han elegido primeramente, como medio de ayuda a los difuntos.

 

Entre ellos, podemos mencionar como uno de los más notables al santo abad Raban-Maur (4 de febrero), primer abad de Fulda en el siglo IX y quien fuera luego arzobispo de Maguncia.

 

El abad Trittemus, distinguido escritor de la Orden de San Benito, nos cuenta que Raban hizo distribuir muchas limosnas como alivio por los difuntos. Había establecido la norma de que cada vez que uno de los monjes muriese, su ración de comida se repartiese entre los pobres durante treinta días, para que el alma del difunto se viese aliviada merced a dicha limosna.

 

En el año 830, el monasterio de Fulda se vio afectado por una especie de epidemia, la cual produjo la muerte de un gran número de monjes. Raban-Maur, lleno de celo y caridad por aquellas almas, mandó llamar a Edeleard, el ecónomo del monasterio y le recordó la regla de la limosna establecida por los difuntos.

 

“Cuida mucho -le dijo- de que nuestras constituciones sean fielmente observadas y de que los pobres sean beneficiados durante todo un mes con los alimentos destinados a los hermanos que acabamos de perder”.

 

Edelard adolecía de falta de obediencia y de caridad. Con el pretexto de que tal generosidad era excesiva y de que tenía que economizar los recursos del monasterio – cuando la realidad era que él estaba dominado por una avaricia que llevaba escondida – hizo caso omiso de hacer las reparticiones prescritas, o las hizo solo de manera muy incompleta.

 

Pero la justicia de Dios no permitió que esta infidelidad quedara impune.

 

No había terminado el mes cuando, una noche, después de que la comunidad se había retirado, entró en la sala capitular con un farol en la mano. Cuál ha debido ser su asombro cuando, a una hora en la que la sala debía estar vacía, la encontró llena de un gran número de religiosos. Su asombro se convirtió en miedo cuando observó más de detenidamente y reconoció a sus hermanos recientemente fallecidos.

 

El terror se apoderó de él; un frío helado recorrió sus venas y quedó inmóvil, en su sitio, como una estatua sin vida. Entonces uno de los difuntos le dirigió terribles reproches: "¡Miserable! le dijo, ¿por qué no repartiste las limosnas que debían aliviar las almas de tus hermanos difuntos? ¿Por qué nos has privado de esta ayuda para poder apaciguar los tormentos del Purgatorio? Recibe ahora el castigo de tu avaricia: te espera otro más terrible, cuando dentro de tres días te tocará el turno de comparecer ante Dios”.

 

Al oír estas palabras, Edelard cayó como fulminado por un rayo y permaneció inmóvil hasta pasada la medianoche, momento en el cual la comunidad se dirigía al coro. Lo encontraron medio muerto, en el mismo estado en que se encontraba el impío Heliodoro, después de haber sido azotado por los ángeles en el templo de Jerusalén (II Macab. III).

 

Lo llevaron a la enfermería y le bindaron cuidados que le devolvieron un poco la salud. En cuanto pudo hablar, en presencia del abad y de todos sus hermanos, relató con lágrimas el terrible suceso, del que su triste estado era testigo visible.

 

Luego de añadir que iba a morir dentro de tres días, pidió que se le administraran los últimos sacramentos, exhibiendo el más humilde arrepentimiento. Los recibió muy sinceramente y tres días después murió entre las oraciones de sus hermanos.

 

Inmediatamente, se cantó la Misa de difuntos y se repartió su ración entre los pobres como alivio por los difuntos.

 

Sin embargo, el castigo no había terminado. Edelard se presentó ante su abad Raban, pálido y desfigurado. Raban, movido por la compasión, le preguntó qué se podía hacer por él. “Ah! replicó el alma desdichada; a pesar de las oraciones de nuestra santa comunidad, no puedo obtener mi perdón antes de la liberación de todos los hermanos a quienes, con mi avaricia, les impedí obtener los sufragios que les eran debidos. Lo que ha sido dado a los pobres por cuenta de mi ración solo ha sido en beneficio de ellos, según lo ordenado por la Justicia Divina.

 

Por eso te ruego, oh venerable y misericordioso Padre, que aumentes la limosna. Espero que gracias a este poderoso medio, la Divina Clemencia se digne liberarnos a todos, a ellos primero, y después a mí que soy el menos digno de misericordia.

 

Entonces, Raban-Maur redobló las limosnas. Apenas había pasado un mes, cuando Edelard se le apareció de nuevo, pero esta vez vestido de blanco, rodeado de brillantes rayos, con la alegría reflejada en su rostro. Dio a su piadoso abad y a todo el monasterio el más conmovedor agradecimiento por la caridad que le habían demostrado (Vida de Raban Maur; Rossignoli, maravilla 2).

 

¡Qué lecciones se pueden extraer de esta historia! En primer lugar, se ilustra vivamente la virtud de la limosna por los difuntos.

 

Además vemos cómo Dios castiga, incluso en esta vida, a los que, por avaricia, no temen privar a los difuntos de sus sufragios. No hablo aquí de los herederos que son culpables de descuidar el pago de las ofrendas piadosas que el difunto les había confiado, negligencia que constituye una injusticia sacrílega. Me refiero a los hijos o a los padres, quienes, por mezquinos motivos de interés propio, hacen celebrar el menor número posible de Misas y distribuyen la menor cantidad posible de limosnas, sin compadecerse del alma de su difunto, a la que dejan gemir en medio de los espantosos tormentos del Purgatorio.

 

Se trata de una tremenda ingratitud, de una dureza de corazón absolutamente contraria a la caridad cristiana, y que tendrá su castigo, quizá comenzando en esta vida.





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