En Defensa de la Fe


El alivio de las almas del Purgatorio - Sacrificio de la misa - El hermano Juan del Alverne en el altar - Santa Magdalena de Pazzi - San Malaquías y su hermana

Vio el Purgatorio abierto y las almas que salían de él, liberadas por virtud de la Misa. ¡Cuán grande es la eficacia del Santo Sacrificio para eliminar los pecados, para combatir los poderes enemigos y para llevar al Cielo a las almas que han dejado la Tierra!





Vio el Purgatorio abierto y las almas que salían de él, liberadas por virtud de la Misa. ¡Cuán grande es la eficacia del Santo Sacrificio para llevar al Cielo a las almas que han dejado la Tierra!Vio el Purgatorio abierto y las almas que salían de él, liberadas por virtud de la Misa. ¡Cuán grande es la eficacia del Santo Sacrificio para eliminar los pecados, para combatir los poderes enemigos y para llevar al Cielo a las almas que han dejado la Tierra!




SEGUNDA PARTE



Capítulo 17 - El alivio de las almas - Sacrificio de la misa - El hermano Juan del Alverne en el altar - Santa Magdalena de Pazzi - San Malaquías y su hermana

Los anales de la Orden Seráfica nos hablan de un santo religioso llamado Juan del Alverne. Amaba ardientemente a Nuestro Señor Jesucristo y abrazaba con el mismo amor a las almas redimidas por Su Sangre, las cuales eran tan preciadas por su Corazón. Las que sufrían en las prisiones del Purgatorio hicieron en gran medida parte de sus oraciones, penitencias y sacrificios.

 

Un día Dios se dignó mostrarle los admirables y consoladores efectos del Divino Sacrificio ofrecido el Día de los Difuntos en todos los altares. El Siervo de Dios estaba celebrando la Misa de Difuntos en esta solemnidad, cuando, embelesado en el espíritu, vio el Purgatorio abierto y las almas que salían de él, liberadas por virtud del Sacrificio de Propiciación: parecían como innumerables chispas que escapaban de un horno de fuego.

 

Los poderosos efectos de la Santa Misa podrían parecernos menos asombrosos si recordamos que este sacrificio es exactamente el mismo que el Hijo de Dios ofreció en la Cruz: es el mismo Sacerdote, dice el santo Concilio de Trento, es la misma Víctima; sólo difiere la forma de inmolación; en la Cruz la inmolación fue cruenta mientras que en nuestros altares es incruenta.

 

Ahora bien, siendo el Sacrificio de la Cruz de valor infinito, el del Altar es de igual valor a los ojos de Dios. Sin embargo, hay que tener en cuenta que la eficacia de este Sacrificio Divino se aplica a los difuntos solo en parte y en un grado solo conocido por la justicia de Dios.

 

La Pasión de Jesucristo y Su Preciosa Sangre, derramada por nuestra salvación, son un océano inagotable de méritos y de reparación. Es por la virtud de esta Santa Pasión que obtenemos todos los dones y misericordias del Señor.

 

Su mera conmemoración durante nuestra oración, cuando ofrecemos a Dios la Sangre de su único Hijo para implorar Su Misericordia… , tal oración, apoyada así en la Pasión de Jesucristo, es de gran poder ante Dios.

 

Santa Magdalena de Pazzi había aprendido de Nuestro Señor a ofrecer la Sangre de su Divino Hijo al Padre eterno; era una simple conmemoración de la Pasión. Lo hacía cincuenta veces al día; y en uno de sus éxtasis, el Salvador le mostró un gran número de pecadores convertidos y de almas del Purgatorio liberadas por tal práctica. Añade Nuestro Señor: "Cada vez que una criatura ofrece a mi Padre esta Sangre por la que ha sido redimida, le está ofreciendo un don de valor infinito”.

 

- Si este es el valor de una ofrenda conmemorativa de la Pasión, ¿qué se puede decir del Sacrificio de la Misa, que es la verdadera renovación de esa misma Pasión?

 

Muchos cristianos no son suficientemente conscientes de la grandeza de los misterios divinos que se cumplen en nuestros altares; la debilidad de su fe, unida a su falta de conocimiento, les impide apreciar el tesoro que poseen en el Sacrificio Divino, y les hace mirarlo con una especie de indiferencia.

 

Por desgracia, más tarde verán con doloroso arrepentimiento lo equivocados que estaban. La hermana de San Malaquías, arzobispo de Armagh en Irlanda, nos ofrece un ejemplo sorprendente.

 

En su hermoso relato, Vida de San Malaquías (8 de noviembre), San Bernardo alaba mucho la devoción de este prelado por las almas del Purgatorio. Mientras era diácono, le gustaba asistir a los funerales de los pobres y a la misa que se celebraba por ellos; incluso acompañaba sus cuerpos al cementerio, con mayor celo, ya que veía que estas personas desafortunadas solían estar demasiado abandonadas después de su muerte.

 

Pero él tenía una hermana que, llena del espíritu del mundo, pensaba que su hermano, al acercarse así a los pobres, se degradaba a sí mismo y a su familia con él. Ella le reprochó esto y mostró con sus palabras que no comprendía ni lo que era la caridad cristiana ni la excelencia divina del Sacrificio de la Misa.

 

- Sin embargo, Malaquías siguió ejerciendo su humilde caridad, contentándose con responderle a su hermana que ella había olvidado las enseñanzas de Jesucristo y que algún día se arrepentiría de sus imprudentes palabras.

 

El Cielo, sin embargo, no dejó impune la imprudencia de esta mujer: murió siendo aún joven, y fue a dar cuenta al Juez Soberano de su vida poco cristiana.

 

Malaquías había tenido motivos para quejarse de ella; pero cuando murió, olvidó todos los males que le había hecho; pensando solo en las necesidades de su alma, ofreció el Santo Sacrificio y rezó mucho por ella.

 

Sin embargo, con el paso de los días, teniendo que rezar por muchos otros difuntos, perdió de vista a su pobre hermana. Rossignoli añade: "Podemos creer que Dios hubiese permitido este olvido como castigo por la insensibilidad que ella había mostrado hacia los difuntos".

 

Sea como sea, ella se le apareció a su santo hermano en sueños. Malaquías la vio de pie en medio del patio frente a la iglesia, triste, vestida de negro, pidiendo su compasión y quejándose de que durante treinta días no le había aliviado sus sufrimientos.

 

Se despertó sobresaltado y recordó que hacía treinta días que no celebraba la Misa por su hermana. Al día siguiente comenzó a ofrecer de nuevo el Santo Sacrificio por ella.

 

Entonces la difunta se le apareció en la puerta de la iglesia, sentada en el umbral y gimiendo por no poder entrar. Por ello, él continuó con sus sufragios. Unos días después la vio entrar en la iglesia y dirigirse al centro, pero a pesar de todos sus esfuerzos, ella no pudo acercarse al altar. Por consiguiente, era necesario ayudarla más, y el santo ofreció más Misas.

 

Por fin, unos días más tarde, él la vio cerca del altar, vestida con magníficas ropas, toda radiante de alegría y liberada de sus penas.

 

De ello se desprende -añade San Bernardo- cuán grande es la eficacia del Santo Sacrificio para eliminar los pecados, para combatir los poderes enemigos y para llevar al Cielo a las almas que han dejado la Tierra.






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