En Defensa de la Fe


Capítulo 37 - Materia de la expiación - La intemperancia de la lengua - Las religiosas dominicas - Las hermanas Gertrudis y Margarita - San Hugo de Cluni y el infractor del silencio

Toda palabra sin consideración que pronunciemos será expiada en el Purgatorio. Entonces, si este es el castigo por las simples palabras ociosas, ¿cuál será el castigo para las palabras más pecaminosas?




Toda palabra sin consideración que pronunciemos será expiada en el Purgatorio.Entonces, si este es el castigo por las simples palabras ociosas, ¿cuál será el castigo para las palabras más pecaminosas?Toda palabra sin consideración que pronunciemos será expiada en el Purgatorio. Entonces, si este es el castigo por las simples palabras ociosas, ¿cuál será el castigo para las palabras más pecaminosas?




Capítulo 37 - Materia de la expiación - La intemperancia de la lengua - Las religiosas dominicas - Las hermanas Gertrudis y Margarita - San Hugo de Cluni y el infractor del silencio

En el capítulo anterior vimos cómo toda palabra sin consideración que pronunciemos será expiada en el Purgatorio. El Padre Rossignoli habla de un religioso dominico que sufrió los castigos de la Justicia Divina por una falta similar.

 

Este religioso, un predicador lleno de celo, una gloria de su Orden, se le apareció después de su muerte a uno de sus hermanos en Colonia. Estaba vestido con magníficos ornamentos y llevaba una corona de oro en la cabeza; pero su lengua estaba siendo cruelmente atormentada.

 

Estos ornamentos habían sido la recompensa a su celo por las almas y a su perfecta observancia de todos los puntos de su regla. Sin embargo, su lengua estaba siendo atormentada porque no había sido lo suficientemente cuidadoso con sus palabras y su hablar no siempre había sido digno de los sagrados labios de un sacerdote y de un religioso.

 

El siguiente relato está tomado de Caesarius.

 

En un monasterio de la Orden de Citeaux, dice este autor, vivían dos jóvenes monjas, llamadas Sor Gertrudis y Sor Margarita. La primera, aunque por lo demás virtuosa, no vigilaba suficientemente su lengua y se permitía con frecuencia romper el silencio prescrito, a veces incluso en el coro, antes y después del oficio.

 

En lugar de recogerse reverentemente en el lugar santo y de preparar su corazón para la oración, se distraía dirigiendo palabras innecesarias a Sor Margarita, quien estaba sentada a su lado.

 

Por ello, además de violar su regla y de faltar a la piedad, fue una fuente de escándalo para su compañera. Murió siendo aún joven, y poco después de su muerte, la hermana Margarita habiendo acudido al servicio, la vio venir y sentarse en el puesto que había ocupado en vida.

 

Ante tal visión la hermana Margarita casi se desmaya. Cuando recuperó el sentido común, le contó a su Superiora lo que acababa de ver. La Superiora le dijo que no se preocupara, pero que si la difunta volvía a aparecer, le preguntara en nombre del Señor por qué había venido.

 

Efectivamente, al día siguiente, la hermana Gertrudis se presentó de la misma manera y, según la orden de la priora, la hermana Margarita le dijo: "Mi querida hermana Gertrudis, ¿de dónde vienes y qué quieres?

 

- He venido -dijo- a satisfacer la Justicia de Dios en el lugar donde he pecado. Es aquí, en este lugar santo, consagrado a la oración, donde he ofendido a Dios con palabras inútiles y contrarias al respeto religioso, con el mal ejemplo que he dado a la comunidad y con el mal trato que os he dado a vosotros en particular.

 

Oh, si supieras -añadió- lo que estoy sufriendo, pues estoy totalmente consumida por las llamas y mi lengua especialmente, está cruelmente atormentada por ellas.

 

La hermana Gertrudis desapareció luego de pedir oraciones.

 

Cuando San Hugo – quien sucedió a San Odilón en el año 1049 - gobernaba el ferviente monasterio de Cluni, uno de sus monjes, que no había sido muy fiel a la regla del silencio, habiendo muerto, se presentó luego al santo abad para implorar la ayuda de sus oraciones.

 

Tenía la boca llena de terribles úlceras, como castigo, según él, por su palabrería. - Hugo ordenó a toda su comunidad que guardar siete días de silencio. Los pasaron en recogimiento y oración. Entonces el difunto apareció de nuevo, liberado de sus úlceras, con el rostro radiante, y dando testimonio de su gratitud por la ayuda caritativa que había recibido de sus hermanos.

 

Si este es el castigo por las simples palabras ociosas, ¿cuál será el castigo para las palabras más pecaminosas?






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