En Defensa de la Fe


Materia de la expiación y castigo - Mortificación de los sentidos - Padre Francisco de Aix - Mortificación de la lengua - Durand

Los cristianos que quieran evitar los rigores del Purgatorio deben amar la mortificación proveniente de su Divino Maestro y evitar ser personas delicadas cuando tienen un Jefe cuya cabeza está coronada de espinas.





Los cristianos que quieran evitar el Purgatorio deben amar la mortificación proveniente de su Divino Maestro y evitar ser personas delicadas cuando tienen un Jefe cuya cabeza está coronada de espinas.Los cristianos que quieran evitar los rigores del Purgatorio deben amar la mortificación proveniente de su Divino Maestro y evitar ser personas delicadas cuando tienen un Jefe cuya cabeza está coronada de espinas.



Capítulo 36 - Materia de la expiación y castigo - Mortificación de los sentidos - Padre Francisco de Aix - Mortificación de la lengua - Durand

Los cristianos que quieran evitar los rigores del Purgatorio deben amar la mortificación proveniente de su Divino Maestro y evitar ser personas delicadas cuando tienen un Jefe cuya cabeza está coronada de espinas.

 

El 10 de febrero de 1656, en la provincia de Lyon de la Compañía de Jesús, murió el padre Francisco de Aix. Él había llevado a un alto grado de perfección la práctica de todas las virtudes religiosas. Lleno de una profunda veneración por la Santísima Trinidad, su intención particular en todas sus oraciones y mortificaciones era honrar este augusto misterio.

 

Su particular atracción le llevó a abrazar con preferencia aquellas obras por las que otros mostraban menos inclinación. Visitaba a menudo el Santísimo Sacramento, incluso de noche, y nunca volvía de la puerta a su habitación sin ir a rezar al pie del altar.

 

Sus penitencias, un tanto excesivas, hicieron que se le llamara “hombre de dolores”. Respondió a alguien que le instó a moderarlas con las siguientes palabras: “El día que hubiese transcurrido sin derramar unas gotas de mi sangre para ofrecérselas al Señor, sería para mí más doloroso que la más severa mortificación. Ya que no puedo esperar sufrir el martirio por amor a Jesucristo, quiero al menos tener alguna participación en sus dolores.

 

Otro religioso, el Hermano Coadjutor de la misma Orden, no imitó el ejemplo del Padre d'Aix. No le gustaba la mortificación, sino que buscaba satisfacer su apetito por la comodidad y por todo lo que halagaba sus sentidos.

 

Cuando este Hermano murió, se le apareció a los pocos días al Padre d'Aix, con el cuerpo cubierto de un horrible cilicio y sufriendo grandes tormentos, como castigo por los pecados de sensualidad que había cometido en el curso de su vida. Le pidió que lo ayudara con sus oraciones e inmediatamente desapareció. 

 

Otra falta de la que debemos cuidarnos, porque caemos fácilmente en ella, es la falta de mortificación de la lengua. ¡Oh, qué fácil es pecar en lo que decimos! ¡Qué raro es hablar durante mucho tiempo sin que no pronunciemos palabras contrarias a la dulzura, la humildad, la sinceridad y la caridad cristiana!

 

Incluso las personas piadosas están frecuentemente expuestas  a caer en estas faltas. Cuando han escapado a las demás artimañas del diablo, se dejan atrapar por este en una última trampa, la maledicencia, dice San Jerónimo. Escuchemos lo que informa Vincente de Beauvais.

 

Cuando el célebre Durand - quien en el siglo XI contribuyó a ilustrar la Orden de San Benito - era todavía un simple religioso, se mostraba como un modelo de regularidad y de fervor. Sin embargo tenía un defecto. La vivacidad de su mente lo llevaba a hablar demasiado: era excesivamente aficionado a hacer burlas, a menudo a expensas de la caridad.

 

Hugues, su abad, lo amonestaba al respecto, llegando a pronosticar que, si no se corregía, seguramente tendría que sufrir en el Purgatorio por estas burlas fuera de lugar.

 

Durand no prestó suficiente importancia a estas advertencias, y siguió dedicado sin mucho reparo a dejar su lengua suelta.

 

Tras su muerte, la predicción del abad Hugues se hizo realidad. Durand se presentó ante un religioso amigo suyo, rogándole que le ayudara con sus oraciones, porque estaba siendo cruelmente castigado por la intemperancia de su lengua.

 

Tras esta aparición, la comunidad se reunió y acordó guardar un estricto silencio durante ocho días y realizar otras buenas obras para aliviar el alma del difunto. Estas oraciones caritativas surtieron efecto: algún tiempo después, Durand volvió a aparecer para anunciar su liberación.






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