En Defensa de la Fe


Duración del Purgatorio. - Sentir de los Doctores de la Iglesia. - San Roberto Belarmino. - Los cálculos del Padre de Munford

¡Años y siglos de tormento! ¡Oh! si lo pensáramos, con cuánto cuidado evitaríamos la más pequeña falta; con qué fervor haríamos penitencia para poder reparar en este mundo!

 

Si se establece un promedio de siete años para la expiación de un pecado mortal, perdonado en cuanto a la culpa, ¿quién no se llega a dar cuenta que esto representa un tiempo inmenso y que las expiaciones pueden prolongarse fácilmente durante años y siglos?



¡Años y siglos de tormento! ¡Oh! si lo pensáramos, con cuánto cuidado evitaríamos la más pequeña falta; con qué fervor haríamos penitencia para poder reparar en este mundo!¡Años y siglos de tormento! ¡Oh! si lo pensáramos, con cuánto cuidado evitaríamos la más pequeña falta; con qué fervor haríamos penitencia para poder reparar en este mundo!






Capítulo 22 - Duración del Purgatorio. - Sentir de los Doctores de la Iglesia. - San Roberto Belarmino. - Los cálculos del Padre de Munford.

La fe no nos da a conocer la duración exacta de las penas del Purgatorio: sabemos en general que tal duración es establecida por la Justicia Divina y proporcional a cada uno según la gravedad y el número de faltas que aún no han sido expiadas.

 

Dios puede, sin embargo, sin perjuicio de su Justicia, acortar la duración de tales sentencias aumentando su intensidad; también la Iglesia Militante puede obtener la remisión total o parcial de las penas, mediante el Santo Sacrificio de la Misa y los demás sufragios ofrecidos por los difuntos.

 

Según el sentir común de los Doctores de la Iglesia, los castigos expiatorios son de larga duración. “No cabe duda, dice SAN ROBERTO BELARMINO, (De gemitu, libro II. c. 9), que las sentencias del Purgatorio no se limitan a diez o veinte años, sino que pueden durar incluso siglos. Y si dichas sentencias no duraran más que diez o veinte años, ¿nos parecería poco o nada tener que soportar durante diez o veinte años penas extremadamente rigurosas, penas de dolor inconcebible, sin poder contar con algún alivio?

 

Si a un hombre se le dijese que durante veinte años va a tener que soportar algún dolor extremo en sus pies, en su cabeza, o en sus dientes, sin poder jamás conciliar el sueño o contar con el más mínimo descanso, ¿no preferiría acaso morir cien veces antes que vivir de esa manera? Y si se le diese en cambio la opción de llevar una vida miserable, o de perder todas sus posesiones, ¿no estaría acaso dispuesto a sacrificar su fortuna para librarse de tan terrible tormento?

 

Entonces, para librarnos de las llamas del Purgatorio, ¿vamos a rehusar aceptar los esfuerzos que demande la expiación? ¿Vamos a tener miedo de emprender los esfuerzos más dolorosos: vigilias, ayunos, limosnas, largas oraciones, y sobre todo la contrición acompañada de gemidos y lágrimas?”

 

Estas palabras de San Roberto Belarmino resumen toda la doctrina de los teólogos y los santos. El PADRE DE MUNFORD de la Compañía de Jesús, en su Tratado de la Caridad hacia los Muertos, establece la duración del Purgatorio mediante un cálculo de probabilidades, cuyos detalles presentamos enseguida.

 

El parte del principio que, según lo dicho por el Espíritu Santo, los justos caen siete veces en el día (Prov. 24:16.). Esto quiere decir que aquellos que se esfuerzan por servir a Dios de manera perfecta, y a pesar de su buena voluntad, cometen aún una multitud de faltas a los ojos infinitamente puros de Dios.

 

Todo lo que tenemos que hacer es descender a nuestra conciencia, analizar ante Dios nuestros pensamientos, palabras y acciones, para convencernos de este triste efecto de la miseria humana. ¡Oh, qué fácil es ser irreverentes en la oración, preferir auto compadecernos  a cumplir con nuestros deberes, pecar por vanidad, impaciencia, sensualidad, pensamientos y palabras poco caritativas y falta de conformidad con la voluntad de Dios!

 

El día es largo: ¿es acaso muy difícil para una persona virtuosa cometer, no diría siete, sino veinte o treinta de esta clase de faltas o imperfecciones?

 

Partamos de una estimación moderada y supongamos que uno comete un promedio de 10 faltas por día; al final de los 365 días del año acumularíamos una cantidad de 3.650 faltas.

 

Reduzcamos la cifra y para facilitar el cálculo digamos que cometemos 3.000 faltas por año. Al cabo de diez años, serían 30.000; Y luego de 20 años, 60.000.

 

Supongamos que de estas 60.000 faltas hemos expiado la mitad de ellas, a través de penitencia y buenas obras; entonces nos quedan aún 30.000 por reparar.

 

Continuemos con nuestra hipótesis: supongamos que morimos al cabo de estos veinte años de vida virtuosa y que nos presentamos ante Dios con una deuda de 30.000 faltas, la cuales tenemos que pagar en el Purgatorio. ¿Cuánto tiempo nos tomaría completar esta reparación?

 

Supongamos que en promedio cada falta requiere una hora de Purgatorio. Tal suposición es muy conservadora a juzgar por las revelaciones de los santos; sin embargo, asumamos una hora por cada falta; dicha reparación se convierte entonces en un Purgatorio de 30.000 horas. Y estas 30.000 horas, ¿sabemos a cuánto tiempo equivalen? A 3 años, 3 meses y 15 días.

 

De este modo, un buen cristiano, que cuida cada cosa de sí mismo, que evita todo pecado mortal, que se dedica a la penitencia y a las buenas obras, se encuentra al final de veinte años de vida, enfrentado a 3 años, 3 meses y 15 días de Purgatorio.

 

El cálculo anterior se basa en un supuesto muy benévolo. Ahora bien, si aumentásemos la pena, en lugar de una hora podríamos fijar en un día el tiempo necesario para la expiación de una falta… y si en lugar de tener únicamente pecados veniales, llevásemos ante Dios una deuda por pagar consistente en pecados mortales, más o menos numerosos, cometidos en el pasado… y si, como dice Santa Francisca Romana, la expiación de un pecado mortal en relación con la culpa nos tomase en promedio siete años, ¿quién no se daría cuenta de que esto representa una cantidad de tiempo tremendamente grande y que tal reparación podría fácilmente prolongarse por muchísimos años y aún siglos?

 

¡Años y siglos de tormento! ¡Oh! si uno pensara acerca de ello, con qué cuidado evitaríamos las más pequeñas faltas, ¡con qué fervor practicaríamos la penitencia para reparar en este mundo!



 


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