En Defensa de la Fe


Duración del Purgatorio - Santa Lutgarda, Abad de Citeaux y el Papa Inocencio III - Juan de Lierre - San Vicente Ferrer

Hermano mío, estoy condenada a estos tormentos hasta el día del juicio final. Pero puedes ayudarme. La virtud del Santo Sacrificio de la Misa es tan poderosa que os pido ofrecer treinta misas por mí.

 

El santo se apresuró a acceder a esta petición; celebró las treinta misas; al trigésimo día su hermana se le apareció rodeada de ángeles y ascendió al cielo.

 

Este hecho nos muestra, por una parte, el tiempo que un alma puede llegar a sufrir, y, de otro lado, el poderosísimo efecto de la Santa Misa, cuando Dios se digna aplicarla a un alma.




Hermano mío, estoy condenada a estos tormentos hasta el día del juicio final. Pero puedes ayudarme. La virtud del Santo Sacrificio de la Misa es tan poderosa que os pido ofrecer treinta misas por mí.Hermano mío, estoy condenada a estos tormentos hasta el día del juicio final. Pero puedes ayudarme. La virtud del Santo Sacrificio de la Misa es tan poderosa que os pido ofrecer treinta misas por mí.






Capítulo 23 - Duración del Purgatorio. - Santa Lutgarda, Abad de Citeaux y el Papa Inocencio III. - Juan de Lierre. - San Vicente Ferrer

En la Vida de la SANTA LUTGARDA (16 de junio), escrita por su contemporáneo Tomás de Cantimpré, se menciona a un religioso, por lo demás fervoroso, pero que por un exceso de celo, fue condenado a cuarenta años en el Purgatorio.

 

Era un abad de la Orden Cisterciense llamado Simón, quien tenía por Lutgarda una gran veneración; la santa por su parte seguía de buena gana sus consejos, y sus conversaciones frecuentes con él, habían creado una especie de intimidad espiritual entre ellos.

 

Pero el abad no fue tan amable con sus subordinados como lo fue con la santa. Fue severo consigo mismo y también en su administración; llevó las exigencias de la disciplina hasta el punto de la dureza, olvidando por completo la lección del Maestro quien nos enseña a ser amables y humildes de corazón.

 

Habiendo muerto el abad, gracias a que la santa rezaba fervientemente por él y se imponía penitencias por el alivio de su alma, este se le apareció un día y le confesó que estaba condenado a cuarenta años en el Purgatorio.

 

Afortunadamente él tenía en Lutgarda una amiga generosa y poderosa. Ella le brindó sus oraciones y sacrificios; entonces, habiendo la santa recibido de Dios la seguridad de que el difunto sería liberado pronto, ella respondió: “No dejaré de llorar, Señor, no dejaré de perturbar tu Misericordia, hasta que lo vea liberado de sus penas”. Ella finalmente lo vio reaparecer lleno de gratitud, brillando de gloria y en el culmen de la felicidad.  

 

Ya que acabamos de mencionar a Santa Lutgarda, ¿debiéramos hablar de la famosa aparición del PAPA INOCENCIO III? Confieso que este hecho me sorprendió al principio, y que me hubiera gustado pasarlo por alto y guardar silencio. Me repugnaba pensar que un Papa, y este Papa en particular, hubiese sido condenado a un largo y terrible purgatorio.

 

Es bien sabido que Inocencio III, quien presidió el famoso Concilio de Letrán en 1215, fue uno de los más grandes Pontífices que ocupara la Cátedra de San Pedro: su piedad y su celo le hicieron realizar las cosas más grandes para la Iglesia de Dios y la santa disciplina.

 

¿Cómo podemos entonces aceptar que un hombre así hubiese sido juzgado por el Tribunal Supremo con tanta severidad?

 

¿Cómo podemos reconciliar esta revelación de Santa Lutgarda con la misericordia divina?

 

Por ello, hubiese preferido considerarlo como un espejismo y buscado argumentos para apoyar tal idea. Sin embargo he logrado comprobar que la verdad de la aparición es admitida por los autores más serios y que nadie la rechaza.

 

Además, el historiador Tomás de Cantimpré es muy asertivo y al mismo tiempo muy cauto: "Observe el lector, escribe él al final de su relato, que he conocido por boca de la piadosa Lutgarda las faltas mismas, reveladas por el difunto, y que las suprimo aquí tan solo por respeto a tan gran Papa".

 

Además, considerando el hecho mismo, ¿hay alguna razón válida para revocarlo en caso de duda? ¿No sabemos acaso que Dios no hace acepción de personas,... que los Papas se presentan ante el tribunal de Dios igual que el último de los fieles,… que todos, grandes y pequeños, somos iguales ante Él y que cada uno recibe según sus obras?

 

¿No sabemos acaso que los que gobiernan a los demás tienen una gran responsabilidad y que deberán rendir cuentas con todo el rigor? “Judicium durissimum his qui praesunt fiet, un juicio muy duro está reservado a los superiores” (Sabid. 6:6), es el Espíritu Santo quien lo declara.

 

Ahora, Inocencio III reinó durante dieciocho años, en tiempos muy difíciles. Y, añaden los Bolandistas, ¿no está escrito que los juicios de Dios son insondables y a menudo muy diferentes de los juicios de los hombres? “Judicia tua abyssus multa - Tus juicios son como un gran abismo” (Salmo 35).

 

Por consiguiente, la realidad de la aparición no puede ser puesta en duda a través de razonamientos. Por ello no veo ningún motivo para suprimirla, ya que Dios solo revela este tipo de misterios con el fin de que sean conocidos, para la edificación de su Iglesia.

 

El Papa Inocencio III murió el 16 de julio de 1216. Ese mismo día se le apareció a Santa Lutgarda en su monasterio de Aywières en Brabante. Ella, sorprendida al creer ver un fantasma rodeado de llamas, le preguntó quién era y qué quería.

 

“Soy el Papa Inocencio”, respondió. - “¿Es posible que tú, nuestro Padre Común, estés en tal estado?”, le preguntó la santa. - “Es verdad; estoy expiando tres faltas que cometí y que casi causaron mi condenación eterna.

 

Gracias a la Santísima Virgen María, he obtenido el perdón por ellas, pero todavía tengo que expiarlas. ¡Ay! Tal expiación es terrible y durará siglos, a menos que vengas poderosamente en mi ayuda. En el nombre de la Santísima Virgen, quien me obtuvo el favor de poder venir hasta ti, ayúdame", dijo él y desapareció.

 

Lutgarda anunció la muerte del Papa a sus hermanas, y junto con ellas se entregaron a la oración y a hacer ejercicios de penitencia en favor del augusto y venerado difunto, cuya muerte les fue anunciada unas semanas más tarde por otro conducto.

 

Añadamos a continuación un hecho más consolador que encontramos en la vida de la misma santa. Un famoso predicador, llamado JUAN DE LIERRE, hombre de gran piedad, era bien conocido por Santa Lutgarda.

 

Habían hecho un pacto, mediante el cual se prometían mutuamente que el que muriese primero le haría una visita al otro, si Dios así lo permitiese. - Juan murió primero. Habiendo emprendido el viaje hacia Roma para resolver ciertos asuntos de interés para las religiosas, este sacerdote encontró la muerte en los Alpes.

 

Fiel a su promesa, se presentó a Lutgarda en el claustro de Aywières. Cuando la santa lo vio, sin sospechar que estaba muerto, lo invitó según la regla a entrar en la sala de visitas para hablar con él.

 

“Ya no soy de este mundo, le dijo, y vengo aquí solo para cumplir mi promesa”. Ante estas palabras, Lutgarda cayó de rodillas y permaneció así durante algún tiempo, completamente absorta.

 

Luego levantó su mirada y observó a su bienaventurado amigo: "¿Por qué, dijo ella, estás vestido tan espléndidamente? ¿Qué significa esta triple vestimenta con la que te veo adornado?” - “El hábito blanco -respondió- significa la inocencia virginal que siempre he conservado; el hábito rojo señala las obras y los sufrimientos que me consumieron antes de tiempo; el hábito azul que lo cubre todo, indica la perfección de la vida espiritual”.

 

Habiendo dicho estas palabras, abandonó de repente a Lutgarda, quien quedó entre el pesar de haber perdido a tan buen sacerdote y la alegría que sintió por la felicidad de su amigo.

 

SAN VICENTE FERRER, el famoso taumaturgo de la Orden de Santo Domingo, quien predicó con tanta fuerza la gran verdad del juicio de Dios, tenía una hermana que no se conmovía en lo absoluto con las palabras y ejemplos de su santo hermano.

 

Estaba llena del espíritu del mundo, deslumbrada por sus vanidades, embriagada con sus placeres, y caminaba con grandes pasos hacia su ruina eterna.

 

Sin embargo, el santo rezó por su conversión, y su oración fue finalmente respondida. La desafortunada pecadora cayó mortalmente enferma; y en el momento de su muerte, volviendo en sí, se confesó con sincero arrepentimiento.

 

Pocos días después de su muerte, mientras su hermano celebraba el Santo Sacrificio de la Misa en su nombre, ella se le apareció en medio de las llamas, presa de tormentos intolerables.

 

“Desgraciadamente, hermano mío, dijo, estoy condenada a estos tormentos hasta el día del juicio final. Pero puedes ayudarme. La virtud del Santo Sacrificio de la Misa es tan poderosa que os pido ofrecer treinta misas por mí; espero el mayor beneficio de ellas”.

 

El santo se apresuró a acceder a esta petición; celebró las treinta misas; al trigésimo día, su hermana se le apareció rodeada de ángeles y ascendió al cielo (Bayle, Vida de San Vincente Ferrer).

 

Gracias a la virtud del Santo Sacrificio de la Misa, una expiación de varios siglos se redujo a treinta días.

 

Este hecho nos muestra, por una parte, el tiempo que un alma puede llegar a tardar en reparar sus faltas, y, de otro lado, el poderosísimo efecto de la Santa Misa, cuando Dios se digna aplicarla a un alma.

 

Pero tal aplicación, al igual que la de otros sufragios, no siempre tiene lugar, al menos, no siempre con la misma plenitud.





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