En Defensa de la Fe


Diversidad de penas en el Purgatorio, El rey Sancho y la reina Guda, Santa Lidvina y el alma atravesada, Santa Margarita y el lecho de fuego

Según las revelaciones de los santos, hay una gran diversidad de penas en el Purgatorio. Aunque el fuego es el tormento dominante, también existe el del frío, el de los miembros y los tormentos aplicados a los diversos sentidos del cuerpo humano.

   

Tal diversidad de penas está ordenada por la Justicia Divina, y parece sobre todo responder a la naturaleza de los pecados, los cuales requieren cada uno su propio castigo.





Según las revelaciones de los santos, hay una gran diversidad de penas en el Purgatorio. Tal diversidad está ordenada por la Justicia Divina, y parece responder a la naturaleza de los pecados.Según las revelaciones de los santos, hay una gran diversidad de penas en el Purgatorio. Tal diversidad está ordenada por la Justicia Divina, y parece responder a la naturaleza de los pecados.




(Esta página está pendiente de una revisión final, la cual se hará a la mayor brevedad posible. La publicamos sin embargo en su estado actual, para que ayude desde ya a la salvación de la mayor cantidad posible de almas)




Capítulo 20 - Diversidad de penas. - El rey Sancho y la reina Guda - Santa Lidvina y el alma atravesada. - Santa Margarita y el lecho de fuego

Según las revelaciones de los santos, hay una gran diversidad en las aflictivas sentencias del Purgatorio. Aunque el fuego es el tormento dominante, también existe el tormento del frío, la tortura de los miembros y los tormentos aplicados a los diversos sentidos del cuerpo humano.

   

Esta diversidad de castigos está ordenada por la Justicia Divina, y parece sobre todo responder a la naturaleza de los pecados, que requieren cada uno su propio castigo, según estas palabras: “Quia per quae peccat quis, per haec et torquetur, el hombre es castigado por donde ha pecado” (Savia. XI, 17).

 

- Es conveniente que así sea también en el caso de los castigos, ya que la misma diversidad existe para las recompensas. Cada uno recibe en el cielo según sus obras, y, como dice el venerable Beda, cada uno recibe su corona, su vestimenta de gloria: una vestimenta que para el mártir tiene el esplendor de la púrpura, y para el confesor el brillo de una blancura deslumbrante.

 

El historiador Juan Vásquez (Cf. Merv. 8), en su Crónica, bajo el año 940, reporta cómo SANCHO, rey de León, se le apareció a la Reina Guda, y fue liberado del Purgatorio por la piedad de esta princesa. Sancho había vivido como un excelente cristiano y murió envenenado por uno de sus súbditos.

 

La reina Guda, su esposa, se preocupó de rezar y de que su alma descanse en oración; no contenta con celebrar un gran número de Misas, llevó el velo en el monasterio de Castilla, donde se había depositado el cuerpo de su marido, para poder llorar y rezar con sus queridos restos.

 

Mientras rezaba un día sábado a los pies de la Santísima Virgen, para encomendarle el alma de su marido, se le apareció Sancho, pero en qué estado, ¡gran Dios! estaba cubierto de ropas de luto, y llevaba como cinturón una doble fila de cadenas enrojecidas por el fuego. Después de agradecer a su piadosa viuda por sus votos, la instó a continuar con su caridad.

 

Le dijo: "Oh, Guda, si supieras por lo que estoy pasando, harías mucho más. Por las entrañas de la divina misericordia, ayúdame, querida Guda, ayúdame: ¡estas llamas me están devorando!”

 

La Reina redobló sus oraciones, ayunos y buenas obras: dio limosna real a los pobres, hizo que se celebraran Misas por todos lados y dio al monasterio un magnífico adorno para los servicios del altar.

 

Y después de cuarenta días el rey se le apareció de nuevo, y fue liberado de su faja ardiente, y de todas sus aflicciones; y en lugar de sus vestidos de luto llevaba un manto blanco brillante, como el adorno sagrado que Guda había dado al monasterio para él.

 

Aquí estoy, querida Guda, gracias a ti me libero de mis sufrimientos. ¡Bendita seas para siempre! Perseverad en vuestros santos ejercicios, meditad a menudo en la dureza de las penas de la otra vida y en las alegrías del paraíso, donde os estaré esperando.” Con estas palabras desapareció, dejando a la piadosa Guda inundada de consuelo.

 

Un día una mujer vino a SANTA LIDVINA desesperada para decirle que acababa de perder a su hermano. “Mi hermano -dijo- acaba de morir, y encomiendo su pobre alma a vuestra caridad. Ofrezca a Dios por ella algunas oraciones y parte del sufrimiento de su enfermedad”.

 

La santa enferma le prometió ésto, y poco después, en uno de sus frecuentes desvaríos, fue conducida por su ángel de la guarda a las prisiones subterráneas, donde vio con extrema compasión los tormentos de las pobres almas sumergidas en las llamas. Una de ellas le llamó especialmente la atención: la vio atravesada de lado a lado por alfileres de hierro.

 

Su ángel le dijo que era el hermano fallecido de la mujer, que había venido a pedir la ayuda de sus oraciones por él. “Si desea, añadió, pedir algún tipo de misericordia para él, no se le negará.” - “Pido, por tanto, -respondió ella- que se le libere de estos horribles hierros que le atraviesan”.

 

Inmediatamente vio que se les arrancaba de la desgracia y que se le sacaba de esa prisión especial, a la prisión común para almas que no han sufrido ningún tormento particular.

 

Cuando la hermana del difunto regresó a Sta. Lidvina poco después, ésta le informó de la triste situación de su hermano y la instó a ayudarle ofreciendo oraciones y limosnas por él. Ella misma ofreció sus súplicas y sufrimientos a Dios, hasta que la pobre alma fue finalmente liberada.

 

Leímos en la Vida de SANTA MARGARITA MARÍA, que un alma fue torturada en un lecho de tormento, a causa de su pereza durante su vida; que al mismo tiempo tuvo que sufrir un tormento particular en su corazón, a causa de sus malos sentimientos, y en su lenguaje, como castigo por sus palabras poco caritativas.

 

Además, tuvo que sufrir un terrible castigo de un tipo muy diferente, causado, no por el fuego o el hierro, sino por el terrible espectáculo de la condenación. Así es como la misma Beata relata este evento en sus escritos:

 

"Vi en un sueño", dice, "una de nuestras hermanas que ha estado muerta por algún tiempo. Me dijo que estaba sufriendo mucho en el Purgatorio; pero que Dios acababa de hacerle sentir un dolor que superaba todas sus penas, mostrándole a uno de sus parientes cercanos arrojado al infierno.

 

"Me desperté con estas palabras, y sentí todo mi cuerpo como si estuviera roto, de modo que apenas podía moverme. Como los sueños no son creíbles, no pensé mucho en éste; pero esta monja me obligó a hacerlo a pesar de mí.

 

Porque desde entonces no me dio descanso, y me dijo incesantemente: Reza a Dios por mí y ofrece tus sufrimientos, unidos a los de Jesucristo, para aliviar los míos, y dame todo lo que harás hasta el primer viernes de mayo, cuando comulgarás por mí.

 

"Lo hice con el permiso de mi superior. Pero la pena que me comunicó esta muchacha sufriente aumentó tanto que me abrumó y me hizo imposible obtener algún alivio y descanso.

 

La obediencia me hizo retirarme a mi cama, pero no sentí que la tenía cerca de mí, y ella dijo: "Aquí estás en tu cama a gusto, y mira en la que estoy acostado, y donde estoy sufriendo males intolerables". "Vi esa cama, que todavía me hace temblar cada vez que pienso en ella.

 

La parte superior e inferior eran púas afiladas e inflamadas, que entraban en la carne: me dijo entonces que se debía a su pereza y a su negligencia en la observación de las reglas. - Mi corazón se desgarró", añadió, "lo cual es mi dolor más cruel, por mis pensamientos de murmullo y desaprobación, en los que hablaba en contra de mis superiores.

 

- Mi lengua está roída por las alimañas, y me la arrancan continuamente por las palabras que he dicho contra la caridad y por mi pequeño silencio. - ¡Cómo desearía que todas las almas consagradas a Dios pudieran verme en estos horribles tormentos!

 

Si pudiera hacerles ver lo que se prepara para los que viven negligentemente en su vocación, caminarían con un ardor muy diferente en sus observancias, y tendrían cuidado de no caer en los defectos que ahora me hacen sufrir tanto”.

 

"Estallé en lágrimas al ver esto. Sin embargo, el alma sufriente continuó: Desgraciadamente -dijo- un día de corrección en silencio, observado por toda la comunidad, curaría mi boca alterada; otro, gastado en la práctica de la santa caridad, curaría mi lengua; un tercero, gastado sin ningún murmullo o desaprobación contra la superiora, curaría mi corazón desgarrado; pero nadie piensa en aliviarme”.

 

"Después de haber hecho la comunión que me pidió, me dijo que sus horribles tormentos habían disminuido bien; pero que seguía en el Purgatorio durante mucho tiempo, condenada a sufrir las penas que se deben a las almas tibias en el servicio de Dios.

 

“Para mí", añade Santa Margarita María: "Desde entonces me encontré libre de mis sufrimientos, que, según me había dicho, no disminuirían a menos que ella misma se aliviara de ellos”.





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