En Defensa de la Fe


Los castigos del Purgatorio, Santa Perpetua, Santa Gertrudis, Santa Catalina de Génova, El Hermano Juan de Vía

Para acercarse a Dios, hay que ser más puros que la luz. Aún no soy digna de comparecer ante el Cordero inmaculado; me quedan manchas que contraje en la tierra. No tengo todavía esa pureza perfecta que Él quiere contemplar en sus santos.

 

Sabed que, si la puerta del Cielo estuviese abierta para mí, no me atrevería a cruzar el umbral antes de estar completamente purificada de la más pequeña mancha; me parece que el coro de vírgenes que sigue los pasos del Cordero, me repelería con horror.




Para acercarse a Dios, hay que ser más puros que la luz. Aún no soy digna de comparecer ante el Cordero inmaculado; me quedan manchas que contraje en la tierra. No tengo todavía esa pureza perfecta.Para acercarse a Dios, hay que ser más puros que la luz. Aún no soy digna de comparecer ante el Cordero inmaculado; me quedan manchas que contraje en la tierra. No tengo todavía esa pureza perfecta.


Capítulo 18 - Penas del Purgatorio. - Santa Perpetua. - Santa Gertrudis. — Santa Catalina de Génova. - El Hermano Juan de Vía.

Como hemos dicho antes, el dolor de los sentidos tiene diferentes grados de intensidad: es menos terrible para las almas que no tienen pecados graves que expiar, o que, habiendo ya terminado esta expiación más rigurosa, se acercan a su liberación. Muchas de estas almas ya no sufren sino del dolor de la condenación. Ya empiezan entonces a brillar con los primeros rayos de gloria y a degustar las primicias de la beatitud.

 

Cuando SANTA PERPETUA (7 de marzo) vio a su hermano menor Dinócrates en el Purgatorio, este niño no parecía estar sometido a crueles torturas. La ilustre mártir escribió ella misma el relato de esta visión en su prisión de Cartago, donde había sido encarcelada por su fe en Nuestro Señor Jesucristo, durante la persecución de Septimio-Severo en el año 205.

 

El Purgatorio se le apareció en forma de un árido desierto, donde vio a su hermano Dinócrates, que había muerto a la edad de siete años. El niño tenía una úlcera en la cara y, atormentado por la sed, buscaba en vano beber de las aguas de una fuente, que estaba delante de él, pero cuyos bordes eran demasiado altos para que él pudiera alcanzarlos.

 

La santa mártir comprendió que el alma de su hermano estaba en el lugar de la expiación y que pedía la ayuda de sus oraciones. Así que rezó por él; y tres días después, en una nueva visión, vio al mismo Dinócrates en medio de un jardín encantador: su rostro era hermoso como el de un ángel, estaba vestido con una túnica muy bella; los bordes de la fuente descendieron ante él, por lo cual sacó de sus aguas vivas una copa de oro y logró saciar su sed tomando grandes sorbos.

 

- Entonces la santa supo que el alma de su hermano menor estaba por fin disfrutando de las alegrías del Paraíso.

 

Leemos en las revelaciones de Santa Gertrudis (15 de noviembre. Revelationes Gertrudianae ac Mechtildianae) que una joven monja de su monasterio, a la que amaba singularmente por sus grandes virtudes, había muerto en medio de los más bellos sentimientos de piedad.

 

Mientras encomendaba ardientemente esta querida alma a Dios, entró en éxtasis y tuvo una visión. La difunta se le apareció ante el trono de Dios, rodeada de una aureola brillante y cubierta con ricas prendas.

 

Pero ella se veía triste y preocupada: sus ojos miraban hacia abajo, como si estuviese avergonzada de aparecer ante la presencia de Dios; era como si quisiera esconderse y huir de Él. - Gertrudis, sorprendida, preguntó al divino Esposo de las Vírgenes la causa de esta tristeza y vergüenza en tan santa alma: "Dulcísimo Jesús", gritó, "¿por qué en tu infinita bondad no invitas a tu novia a acercarse a ti y entrar en el gozo de su Señor?

 

¿Por qué la dejas de lado triste y temerosa?” Entonces Nuestro Señor, con una sonrisa de amor, llamó a esta alma santa para que se acercara; pero ella, cada vez más preocupada, después de vacilar un poco, toda temblorosa, se inclinó profundamente y se alejó.

 

Al ver esto, Santa Gertrudis, dirigiéndose directamente al alma, le dijo: "¿Por qué, hija mía, te vas cuando el Señor te llama? Tú, que has suspirado toda tu vida por Jesús, ahora que se ha acercado a ti, te estás alejando de Él”. “Ah, madre mía -respondió aquella alma-, aún no soy digna de comparecer ante el Cordero inmaculado; me queda aún inmundicia que he contraído en la tierra.

 

Para acercarse al Sol de Justicia, hay que ser más puro que un rayo de luz: no tengo todavía esa pureza perfecta que Él quiere contemplar en sus santos. Sabed que, si la puerta del Cielo estuviera abierta para mí, no me atrevería a cruzar el umbral antes de estar completamente purificada de las más pequeñas manchas; pienso que el Coro de Vírgenes que sigue los pasos del Cordero, me repelería con horror”.

 

- “Y sin embargo”, respondió la santa abadesa, “¡te veo rodeada de luz y gloria!” - “Lo que ves -respondió el alma- no es más que el fleco del vestido de la Gloria: para ponerte este inefable manto del cielo, no puedes ya tener ni una sombra de mancha”.

 

Esta visión nos muestra un alma muy cerca de la Gloria; pero al mismo tiempo indica que esta alma se ilumina de manera muy diferente que la nuestra en presencia de la infinita santidad de Dios. El conocimiento pleno de tal santidad la hace buscar, como a un preciado bien, la reparación que necesita para ser digna de la mirada del Dios tres veces santo.

 

Esto, además, es lo que enseña expresamente SANTA CATALINA DE GÉNOVA. Se sabe que esta santa recibió de Dios una luz muy especial sobre el estado de las almas del Purgatorio: ella escribió un opúsculo, titulado “Tratado del Purgatorio,” que goza de una autoridad similar a las obras de Santa Teresa. En el capítulo VIII de dicho opúsculo, ella dice lo siguiente:

 

"El Señor es todo misericordia: está ante nosotros con los brazos abiertos para recibirnos en su gloria. Pero veo también que la Esencia Divina es de tal pureza que el alma no puede sostener su mirada a menos que sea absolutamente inmaculada. Si tal alma encontrara en sí misma el menor átomo de imperfección, en lugar de quedarse con una mancha en presencia de la Infinita Majestad, se precipitaría a las profundidades del infierno.

 

- Al encontrar que el Purgatorio se encuentra dispuesto para limpiar las impurezas, el alma se precipita en él; además, considera que es merced a una gran misericordia que un lugar así le es dado para lograr liberarse de aquello que le impide acceder a la felicidad suprema”.

 

La Historia del Origen de la Orden Seráfica (Parte 4. n. 7. Cf. Merv. 83) menciona a un santo religioso, llamado HERMANO JUAN DE VÍA, quien murió piadosamente en un convento de las Islas Canarias. Su enfermero, el Hermano Ascensión, estaba rezando en su celda y encomendando a Dios el alma del difunto, cuando de repente vio ante él a un religioso de su orden, pero que parecía transfigurado: estaba todo radiante y llenó la celda de una dulce claridad.

 

El fraile, que estaba bastante fuera de sí, no lo reconoció, pero tuvo la osadía de preguntarle quién era y por qué lo visitaba. - La aparición respondió: "Soy el espíritu del Hermano Juan de Vía: os doy gracias por las oraciones que eleváis al cielo en mi nombre y he venido a pediros un acto adicional de caridad.

 

Sabed que, gracias a la Misericordia Divina, estoy en el lugar de la Salvación, entre los predestinados a la Gloria: la luz que me rodea es una prueba de ello. Sin embargo, aún no soy digno de ver el rostro del Señor, por una falta que debo expiar. Durante mi vida mortal y por causa mía, he omitido varias veces recitar el Oficio de los Muertos, como estaba prescrito por la Regla. Te suplico, hermano mío, por el amor que le tienes a Jesucristo, que logres que mi deuda con respecto a este asunto sea saldada, para que yo pueda disfrutar de la visión de mi Dios”.

 

El Hermano Ascensión corrió a hablar con el Padre Guardián, le contó lo que le había sucedido, y ambos se apresuraron a recitar los oficios solicitados. Entonces el alma del Bienaventurado Hermano Juan de Vía fue vista de nuevo, pero esta vez mucho más radiante: ya estaba gozando de la felicidad completa.





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