En Defensa de la Fe


Los castigos del Purgatorio, San Antonino, el religioso enfermo. - El Padre Rossignoli, quince minutos en el Purgatorio. - La Hermana Angélica

En el Purgatorio, como los dolores que se sufren son mucho más intensos, el tiempo más corto parece muy largo. Este principio nos brinda una nueva forma de apreciar los castigos del Purgatorio.


¡Cuán largo parecería un minuto, si tuviésemos que mantener las manos en el fuego durante ese lapso!




En el Purgatorio, como los dolores que se sufren son mucho más intensos, el tiempo más corto parece muy largo. Este principio nos brinda una nueva forma de apreciar los castigos del Purgatorio.En el Purgatorio, como los dolores que se sufren son mucho más intensos, el tiempo más corto parece muy largo. Este principio nos brinda una nueva forma de apreciar los castigos del Purgatorio.



Capítulo 16 - Penas del Purgatorio. - San Antonino, el religioso enfermo. - El Padre Rossignoli, Quince minutos en el Purgatorio. - La Hermana Angélica.

Algo que demuestra aún más lo riguroso del Purgatorio es el hecho de que el tiempo más corto parece muy largo. Todo el mundo sabe que los días de alegría pasan rápidamente y que parecen cortos, mientras que los momentos en que experimentamos sufrimiento nos parecen muy largos.

 

¡Oh, qué lentas pasan las horas nocturnas para los pobres enfermos, las cuales transcurren en medio del insomnio y del dolor! ¡Oh, cuán largo parecería un minuto si tuviésemos que mantener nuestras manos dentro el fuego durante ese breve lapso!

 

Se puede decir que cuanto más intenso es el dolor que se sufre, el tiempo más breve parece demasiado largo. Esta regla nos proporciona una nueva forma de apreciar los castigos del Purgatorio.

 

Encontramos en los Anales de los Frailes Menores, en el año 1285, un hecho que también fue reportado por SAN ANTONINO en su Summa, Parte IV, § 4: “Un religioso que había estado sufriendo por mucho tiempo una dolorosa enfermedad, se dejó vencer por el desánimo y le rogó a Dios que lo dejara morir para ser liberado de sus males. No pensó que la prolongación de su enfermedad fuese en cambio una misericordia de Dios, quien quería evitarle un sufrimiento más severo en el Purgatorio”.

 

“En respuesta a su oración, Dios instruyó a su ángel guardián para ofrecerle la opción de morir inmediatamente y de someterse a tres días de Purgatorio, o de soportar en cambio su enfermedad durante otro año e ir directamente al Cielo. El enfermo, teniendo que elegir entre tres días de Purgatorio y un año de sufrimiento, no se dio cuenta y eligió los tres días de Purgatorio. Fue así como  murió enseguida y llegó derecho al Purgatorio.

 

Después de una hora en el Purgatorio, su ángel vino a visitarlo en medio de sus sufrimientos. Cuando el pobre sufriente lo vio, se quejó de que aquel lo había dejado demasiado tiempo padeciendo este suplicio. “Tú me prometiste que solo estaría allí durante tres días”.

 

- “¿Cuánto tiempo, preguntó el ángel, crees que llevas sufriendo?” – “Al menos varios años”, respondió. “Y acaso no tenía yo que sufrir más que tres días”. – “Deberías saber, dijo el ángel, que solo has estado aquí una hora. Lo duro del dolor te engaña acerca del tiempo, de modo que un instante te parece un día, y una hora como si fueran años”.

 

- “¡Ay!”, dijo entonces gimiendo, “He sido muy ciego, muy insensato en la elección que he hecho. Reza a Dios, mi buen ángel, para que me perdone y me permita volver a la tierra: estoy dispuesto a sufrir los más crueles dolores, no solo durante dos años, sino durante el tiempo que le plazca. Prefiero diez años de terribles enfermedades que una sola hora en esta estancia de angustia indescriptible”.

 

Las siguientes líneas están tomadas de un piadoso autor citado por el Padre Rossignoli (Merv. 17). Dos religiosos de eminente virtud se apoyaron mutuamente para llevar la vida más santa posible. Uno de ellos cayó enfermo y tuvo la visión de que pronto moriría, que su alma se salvaría y que solo estaría en el Purgatorio hasta la primera Misa que fuese celebrada por él.

 

- Lleno de alegría por esta noticia, se apresuró a contárselo a su amigo y le rogó que no se demorara después de su muerte en celebrar la misa que iba a abrirle las puertas del cielo.

 

Murió a la mañana siguiente, y su santo compañero, sin perder tiempo, fue a ofrecer el Santo Sacrificio por él. Después de la Misa, mientras daba gracias y seguía rezando por el difunto, este se le apareció radiante de gloria; pero en tono de amistosa queja le preguntó, “¿por qué retrasaste tanto en celebrar la única misa que yo estaba necesitando?”

 

- “Mi bienaventurado hermano", respondió el religioso, "¿verdaderamente me retrasé tanto? No te entiendo”. A lo cual su amigo le contestó: “¿Acaso no me dejaste sufriendo más de un año antes de ofrecer la Misa por mí?” – El religioso replicó: “La verdad, hermano, yo comencé a ofrecer el Santo Sacrificio inmediatamente después de tu muerte: no pasó ni un cuarto de hora”.

 

"El Beato lo miró con emoción y gritó: "¡Qué terribles son entonces estos castigos expiatorios, ya que me han hecho sentir como si unos pocos minutos fuesen un año! Sirve a Dios, hermano mío, con estricta fidelidad para evitar tales castigos. Adiós, voy volando al Cielo, donde pronto te reunirás conmigo”.

 

Este rigor de la justicia divina hacia las almas más fervientes se explica por la infinita santidad de Dios que descubre manchas en lo que nos parece estar más puro.

 

Los anales de la Orden de San Francisco (Cf. Rossign. Merv. 36.) hablan de un religioso al que por su eminente piedad lo habían apodado el Angélico.

 

Murió como santo en un convento de frailes menores en París; y uno de sus hermanos de la Orden, doctor en teología, convencido de que después de una vida tan perfecta él había ido directamente al cielo y que no tenía necesidad de oraciones, omitió celebrar por él las tres Misas obligatorias según lo instituido para cada difunto.

 

- Transcurridos varios días, mientras caminaba meditabundo por un lugar solitario, el difunto se presentó ante él rodeado de llamas y le dijo con una voz lastimera: "Querido Maestro, le ruego que tenga piedad de mí. - “¿Qué, Hermano Angélico, necesitas ayuda de mí?” – Este último respondió: “Estoy atrapado en el fuego del Purgatorio y me he quedado esperando el fruto del Santo Sacrificio que ibas a ofrecer tres veces por mí”.

 

- “Querido hermano, pensé que ya estabas en posesión de la gloria. Después de una vida ferviente y ejemplar como la tuya, no podía imaginar que aún tuvieses que soportar algún dolor.” – El difunto contestó: “Desgraciadamente, nadie se imagina lo severo que Dios juzga y castiga a su criatura. Su infinita santidad descubre en nuestras mejores acciones lados defectuosos, imperfecciones que le desagradan. Nos hace rendir cuentas hasta del último céntimo”.




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