En Defensa de la Fe


Los castigos del Purgatorio, Aparición de Foligno, El fraile dominico de Zamorra

Un día, su amigo se le apareció. Después de saludarlo con respeto y afecto, le dijo que estaba de camino al cielo; pero que antes de poder gozar de la felicidad celestial, le quedaba mucho por sufrir por una infinidad de pequeñas faltas de las que no se había arrepentido lo suficiente durante su vida.

 

Nada en la tierra -añadió- puede dar una idea de los tormentos que soporto, y Dios me permite mostraros un efecto notable. - Mientras decía estas palabras, extendió su mano derecha sobre la mesa del refectorio, y la marca quedó en la madera carbonizada, como si le hubieran aplicado un hierro candente.




Le quedaba mucho por sufrir por una infinidad de pequeñas faltas de las que no se había arrepentido lo suficiente durante su vida. Nada en la tierra puede dar una idea de los tormentos que soportoLe quedaba mucho por sufrir por una infinidad de pequeñas faltas de las que no se había arrepentido lo suficiente durante su vida. Nada en la tierra puede dar una idea de los tormentos que soporto




Capítulo 14 - Penas del Purgatorio - Aparición de Foligno - El fraile dominico de Zamorra

Los mismos rigores se revelan en una aparición más reciente, donde una monja, que murió después de una vida ejemplar, expresó sus sufrimientos de tal forma que asustó a todas las almas. El evento ocurrió el 16 de noviembre de 1859, en FOLIGNO, cerca de Asís, Italia.

 

Causó un gran revuelo en la región y, además de las pruebas sensibles que dejó, una investigación realizada en debida forma por la autoridad competente estableció la verdad indiscutible.

 

En el convento terciario franciscano de Foligno había una monja, llamada TERESA GESTA, que había sido durante muchos años maestra de novicias y al mismo tiempo encargada del pobre guardarropa de la comunidad. Nació en Bastia, Córcega, en 1707 y entró en el monasterio en febrero de 1826.

 

La Hermana Teresa era un modelo de fervor y caridad; no hay que sorprenderse, dijo el director, si Dios la glorificó con algún prodigio después de su muerte. Murió repentinamente el 4 de noviembre de 1859, de un devastador ataque de apoplejía.

 

Doce días después, el 16 de noviembre, una hermana llamada Ana-Felicia, que la sustituía en su oficio, subió al guardarropa y entró en él, cuando oyó unos gemidos que parecían venir desde dentro de la habitación. Un poco asustada, se apresuró a abrir la puerta: no había nadie.

 

Pero se oyeron nuevos gemidos, tanto que, a pesar de su coraje ordinario, se sintió abrumada por el miedo. “¡Jesús! ¡María!" gritó, "¿Qué es esto?” - No había terminado, cuando escuchó una voz quejumbrosa, acompañada de este doloroso suspiro: "¡Oh, Dios mío, cómo sufro! ¡Oh! Dio, che peno tanto! - La asombrada hermana reconoció inmediatamente la voz de la pobre hermana Teresa.

 

Entonces toda la habitación se llenó de un humo espeso y la sombra de la hermana Teresa apareció, moviéndose hacia la puerta, deslizándose a lo largo de la pared. Y cuando llegó a la puerta, gritó en voz alta: "Este es un testimonio de la misericordia de Dios".

 

Cuando dijo estas palabras, golpeó el panel más alto de la puerta, dejando sobre él la huella de su mano derecha; esta quemó la madera como un hierro candente y luego desapareció.

 

Sor Ana-Felicia quedó medio muerta de miedo. Toda alterada, empezó a gritar y a pedir ayuda. Una de sus compañeras corrió, luego otra, luego toda la comunidad; se precipitaron alrededor de ella, y todas se sorprendieron al sentir el olor a madera quemada. Sor Ana-Felicia les contó lo que acaba de pasar y les mostró la terrible huella en la puerta.

 

Reconocieron inmediatamente la mano de la hermana Teresa, la cual era notoriamente pequeña. Aterrorizados, salieron corriendo hacia el coro, comenzaron a rezar, pasaron la noche rezando y haciendo penitencia por la difunta, y al día siguiente todas recibieron la comunión por ella.

 

La noticia se difundió y las distintas comunidades de la ciudad unieron sus oraciones a las de las Hermanas Franciscanas. - Al día siguiente, 18 de noviembre, Sor Ana-Felicia entró en su celda para acostarse, oyó que la llamaban por su nombre y reconoció perfectamente la voz de Sor Teresa.

 

En ese mismo instante, un globo de luz brillante apareció delante de ella, iluminando la celda como si fuera de día, y oyó a la hermana Teresa quien, con voz alegre y triunfante, dijo estas palabras: “¡He muerto un viernes, el día de la Pasión; y he aquí que un viernes voy a la gloria! Sé fuerte para llevar la cruz, sé valiente para sufrir, ama la pobreza”.

 

Luego, agregando con amor: “¡Adiós, adiós, adiós!” Se transformó en una nube ligera, blanca y deslumbrante, voló al cielo y desapareció.

 

En la investigación que comenzó el 23 de noviembre, en presencia de un gran número de testigos, se abrió la tumba de la hermana Teresa y se encontró que la huella quemada de la puerta era exactamente igual a la mano de la difunta. - La puerta con la huella quemada, añade Monseñor de Ségur, se guarda en el convento con veneración. La madre abadesa, quien fue testigo del hecho, se dignó mostrármela ella misma.

 

Con el fin de garantizar la perfecta exactitud de estos detalles, reportados por Monseñor de Ségur, escribí al obispado de Foligno. Me respondieron enviándome un informe detallado, el cual estaba en perfecto acuerdo con el relato anterior y acompañado de un facsímil de la huella milagrosa.

 

Este informe explicaba la causa de la terrible expiación sufrida por la hermana Teresa. Después de haber dicho: “¡Ah! ¡Cuánto sufro! Dio, che peno tanto!” ella añadió que se debía a que en relación con su guardarropa, había fallado en algunos puntos en la estricta pobreza prescrita por la norma. La justicia divina, en efecto, castiga muy severamente las faltas más pequeñas.

 

Uno podría preguntarse aquí por qué la aparición, al dejar la misteriosa huella en la puerta, la llamó testimonio de la misericordia de Dios. Es porque al darnos tal advertencia, Dios nos muestra una gran misericordia: nos insta a ayudar a las almas y a cuidar también la nuestra.

 

Ya que hemos hablado de una huella quemada, informemos de un hecho similar, que ocurrió en España y que fue muy famoso en ese país. Así lo cuenta Fernando de Castilla en su Historia de Santo Domingo. Un religioso dominico vivía de manera sagrada en su convento de ZAMORA, una ciudad del reino de León.

 

Era amigo de un fraile, quien como él era franciscano, un hombre de gran virtud. Un día, cuando los dos hablaban de las cosas eternas, se prometieron que el primero que muriera, si Dios lo permitía, se le aparecería al otro para darle un consejo saludable. El fraile menor murió primero; y un día, cuando su amigo, el hijo de Santo Domingo, estaba preparando el comedor, se le apareció.

 

Después de saludarlo con respeto y afecto, le dijo que era uno de los elegidos; pero que antes de poder gozar de la felicidad celestial, le quedaba mucho por sufrir debido a una infinidad de pequeñas faltas de las que no se había arrepentido lo suficiente durante su vida.

 

“Nada en la tierra -añadió- puede dar una idea de los tormentos que soporto, y Dios me permite mostraros un efecto notable”. - Mientras decía estas palabras, extendió su mano derecha sobre la mesa del refectorio, y la marca quedó en la madera carbonizada, como si le hubieran aplicado un hierro candente.

 

Esta fue la lección de fervor que el difunto franciscano dio a su amigo vivo. No solo le benefició a él, sino a todos los que vieron dicha marca de fuego, tan profundamente representativa. Tal mesa se convirtió en un objeto de piedad, que la gente venía a contemplar desde todas partes; “todavía la podemos contemplar en Zamora”, dice el padre Rossignoli. Para protegerla se le cubrió con una lámina de cobre. Fue conservada hasta el final del siglo pasado; desde entonces, las revoluciones la hicieron desaparecer, como tantos otros objetos religiosos.




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