En Defensa de la Fe


Los castigos del Purgatorio, Antonio Pereyra, La Venerable Ángela Tholomei

Si conocieras el rigor de los juicios de Dios, no hablarías así. ¿Qué son mis débiles penitencias en comparación con los tormentos reservados en la otra vida para las infidelidades que se permiten tan fácilmente en este mundo? ¿Qué es esto? ¿Qué es esto? Me gustaría hacer cien veces más.”

 

No se trata aquí, como vemos, de los castigos que los grandes pecadores tienen que soportar en el purgatorio cuando se convierten antes de la muerte; sino de los castigos que Dios inflige a una monja ferviente, por las faltas más leves.





Si conocieras el rigor de los juicios de Dios, no hablarías así. ¿Qué son mis débiles penitencias en comparación con los tormentos reservados en la otra vida para las infidelidades que se permiten t…?Si conocieras el rigor de los juicios de Dios, no hablarías así. ¿Qué son mis débiles penitencias en comparación con los tormentos reservados en la otra vida para las infidelidades que se permiten t…?




Capítulo 13 - Penas del Purgatorio - Antonio Pereyra - La Venerable Ángela Tholomei

A los dos hechos anteriores, añadamos un tercero, tomado de los anales de la Compañía de Jesús. Estamos hablando del prodigio que ocurrió en la persona de ANTONIO PEREYRA, hermano coadjutor de esta Sociedad, quien murió en olor de santidad en el colegio de Évora en Portugal, el 1 de agosto de 1645.

 

Cuarenta y seis años antes, en 1599, cinco años después de haber entrado en el noviciado, este hermano fue golpeado por una enfermedad mortal en la isla de San Miguel, que hace parte de las Azores; y poco después de haber recibido los últimos sacramentos, ante los ojos de toda la comunidad que presenciaba su agonía, pareció entregar su alma y pronto se volvió tan frío como un cadáver.

 

La casi imperceptible aparición de un débil latido del corazón impidió su entierro inmediato. Así que lo dejaron tres días enteros en su lecho de muerte, y ya en su cuerpo había evidentes signos de descomposición; cuando de repente, al cuarto día, abrió los ojos, respiró y habló.

 

Luego tuvo que decirle obedientemente a su superior, el P. Luis Pinheyro, todo lo que había sucedido en él desde el último trance de su agonía; aquí está el resumen del informe que escribió de su propia mano:

 

"En primer lugar vi -dijo- desde mi lecho de muerte a mi Padre San Ignacio, acompañado de algunos de nuestros Padres del cielo, que venían a visitar a sus hijos enfermos, buscando a los que parecían dignos de ser ofrecidos por él y sus compañeros a Nuestro Señor. Cuando estaba cerca de mí, pensé por un momento que me llevaría lejos, y mi corazón tembló de alegría; pero pronto me señaló lo que tenía que corregir para poder obtener tan gran felicidad”.

 

Luego, sin embargo, por una misteriosa disposición de la Providencia, el alma de F. Pereyra se separó momentáneamente de su cuerpo; inmediatamente esta vio una horrible tropa de demonios corriendo hacia ella, lo cual la llenó de temor.

 

Sin embargo, al mismo tiempo su ángel de la guarda en compañía San Antonio de Padua, su compatriota y patrón, descendiendo del cielo, pusieron a sus enemigos en fuga y la invitaron a venir con ellos para vislumbrar y saborear por un momento, algo de las alegrías y las penas de la eternidad.

 

“Me llevaron -añadió- a un lugar de delicias, donde me mostraron una corona de gloria incomparable, pero que aún no merecía; luego, al borde del abismo, vi a las almas malditas caer en el fuego eterno tan rápidamente como granos de trigo arrojados bajo una piedra de molino que giraba sin descanso; el abismo infernal era como uno de esos hornos de cal, donde a veces la llama es como si se asfixiara bajo el montón de material que se arroja en él, solo para levantarse de nuevo, alimentándose de dicho material, con una violencia espantosa”.

 

Antonio Pereyra fue llevado desde allí ante la corte del Juez Soberano, donde fue condenado al fuego del Purgatorio; él asevera que “nada, puede ayudarnos comprender lo que allí sufrimos, ni el estado de angustia al que nos vemos sometidos por cuenta del deseo de gozar de Dios y Su bendita Presencia y del no poderlo disfrutar todavía. 

 

Así mismo, cuando su alma se volvió a unir a su cuerpo por orden de Nuestro Señor, ni las nuevas torturas de la enfermedad, que padeció durante seis meses completos, teniendo que someterse diariamente al hierro encendido y su carne siendo irremediablemente atacada por la corrupción de esta primera muerte, ni las espantosas penitencias, que nunca dejó de cumplir, tanto como le permitía la obediencia, durante los cuarenta y seis años de su nueva vida, pudieron saciar su sed de dolor y expiación.

 

Decía: “Nada de esto es comparable con todo lo que la infinita justicia y misericordia de Dios me han hecho ver y soportar”.

 

Finalmente, como sello auténtico de tantas maravillas, el Hermano Pereyra reveló en detalle a su superior los secretos planes de la Providencia para la futura restauración del reino de Portugal, todavía a más de medio siglo de que ocurriese. Sin embargo, podemos afirmar con certeza que la garantía más intachable de todas estas maravillas fue la sorprendente santidad a la que Antonio Pereyra se elevó de forma sostenida.

  

Citamos un hecho similar que confirma en todos los aspectos lo que acabamos de leer. Lo encontramos en la vida de la venerable Sierva de Dios, Ángela Tholomei, una monja dominica. Fue resucitada de la muerte por su propio hermano; y dio testimonio del rigor de los juicios de Dios en plena conformidad con los anteriormente citados.

 

El Beato Jean-Baptiste Tholomei, cuyas raras virtudes y el don de los milagros lo habían elevado a los altares, tenía una hermana, Ángela Tholomei; las virtudes heroicas de esta última también eran reconocidas por la Iglesia. Ella cayó gravemente enferma y su santo hermano pidió su curación a través de oraciones incesantes. El Señor le respondió, como había respondido a las hermanas de Lázaro en el pasado, que no sanaría a Ángela, sino que iría más allá, que la levantaría para la gloria de Dios y el bien de las almas.

 

Ella murió, encomendándose a las oraciones de su santo hermano. Mientras su cuerpo era llevado a la tumba, el B. Jean-Baptiste, sin duda obedeciendo a una moción del Espíritu Santo, se acercó al ataúd y, en el nombre de Nuestro Señor Jesucristo, ordenó a su hermana que saliera. Inmediatamente ella despertó como de un sueño profundo y volvió a la vida.

 

Esta santa alma demostraba estar impactada y hablaba de la severidad de los juicios de Dios, además de hechos que hacen estremecer a cualquiera. Al mismo tiempo, ella comenzó a llevar una vida que confirmaba la veracidad de sus palabras. Las penitencias a las que se sometía eran espantosas: no contenta con las ordinarias utilizadas por los santos, tales como ayunos, vigilias, cilicios, disciplinas sangrientas, llegó a lanzarse a las llamas, y se revolcaba entre ellas hasta que su carne se quemaba por completo. Su cuerpo martirizado se había convertido en un objeto de lástima y de horror.

 

Se le culpó mucho, se le acusó de distorsionar excesivamente la verdadera penitencia cristiana, y aun así continuó, respondiendo: "Si conocieras el rigor de los juicios de Dios, no hablarías así. ¿Qué representan mis débiles penitencias en comparación con los tormentos reservados en la otra vida por culpa de las infidelidades que cometemos tan fácilmente en este mundo? ¿Qué representan? ¿Qué representan? Me gustaría hacer cien veces más”.

 

Como vemos, no se trata aquí de los castigos que los grandes pecadores tienen que soportar en el Purgatorio (cuando por gracia alcanzan a convertirse antes de su muerte) sino de los castigos que Dios inflige a una monja fervorosa por las faltas más leves.





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