En Defensa de la Fe


Los castigos del Purgatorio, dolor de la condenación

En la vida actual no podemos entender el bien inefable para el que fuimos creados. Pero en la otra vida, dicho bien aparece a las almas como el pan al hombre hambriento, como el agua viva al que está muriendo de sed, como la salud al enfermo torturado por largos sufrimientos; produce en ellas deseos ardientes que las atormentan sin poder ser satisfechos.



En esta vida no podemos entender el bien inefable para el que fuimos creados. Pero en la otra vida, dicho bien aparece a las almas como el pan al hambriento, como el agua al que está muriendo de sed.En esta vida no podemos entender el bien inefable para el que fuimos creados. Pero en la otra vida, dicho bien aparece a las almas como el pan al hambriento, como el agua al que está muriendo de sed.




Capítulo 10 - Penas del Purgatorio - Dolor de la condenación — Santa Catalina de Génova - Santa Teresa - Padre Nieremberg

Después de haber escuchado a los teólogos y a los doctores de la Iglesia, escucharemos a los doctores de otra clase: los SANTOS, quienes hablan de los dolores de la otra vida y  cuentan lo que Dios les ha mostrado a través de comunicaciones sobrenaturales.

 

SANTA CATALINA DE GÉNOVA, en su Tratado del Purgatorio (Capítulos II, VIII), dice que "las almas experimentan un tormento tan extremo que no hay palabras para describirlo, y no existe ningún entendimiento que pueda concebirlo, a menos que Dios lo diera a conocer por una gracia especial.

 

“Ningunas palabras", añade, "podrían expresarlo, ninguna mente podría formarse una idea de lo que es el purgatorio. En cuanto a la magnitud del castigo, es igual al infierno.”

 

SANTA TERESA, en el Castillo del Alma (Sexta morada, capítulo XI), hablando del dolor de la condenación, se expresa de la siguiente manera: "El dolor de la condenación o la privación de la vista de Dios sobrepasa todo lo que se puede imaginar como más doloroso: porque las almas, empujadas hacia Dios, como hacia el centro de todas sus aspiraciones, son continuamente repelidas por su justicia.

 

Imaginen un náufrago que, después de luchar durante mucho tiempo contra las olas, llega a la orilla, pero que sin embargo es constantemente empujado de vuelta al mar por una mano irresistible: ¡qué angustia tan dolorosa! Sin embargo aquella de las almas del purgatorio lo es mil veces más”.

 

El PADRE NIEREMBER de la Compañía de Jesús, que murió en olor de santidad en Madrid en 1658, relata (De pulchritudine Dei, libro 1, cap. 11) un hecho que ocurrió en Tréveris y que fue reconocido, dice el Padre Rossignoli (Merveilles du Purgatoire, 69), por el Vicario General de aquella diócesis como del todo veraz.

 

El día de Todos los Santos, una joven de rara piedad vio aparecer ante ella a una conocida suya que había muerto hacía poco.

 

La aparición iba vestida de blanco, con un velo del mismo color en la cabeza y sosteniendo un largo rosario en la mano, signo de la tierna devoción que siempre había profesado por la Reina del Cielo.

 

Imploró la caridad de su piadosa amiga, diciéndole que había prometido mandar celebrar tres misas en el altar de la Santísima Virgen, y que como no había podido cumplir la promesa, esta deuda se sumaba a su sufrimiento. Así que le rogó a su amiga que la cumpliera en su lugar.

 

La joven accedió de buena gana en llevar a cabo la obra caridad que se le había pedido; luego de que las tres misas fueron celebradas, la difunta se le apareció de nuevo, mostrándole su alegría y gratitud.

 

Incluso continuó apareciéndosele todos los noviembres, casi siempre en la iglesia.

 

Su amiga la vio en adoración ante el Santísimo Sacramento, abismada en un respeto indescriptible; al no poder ver todavía a su Dios cara a cara, parecía querer compensarlo contemplándolo al menos bajo las especies eucarísticas.

 

Durante el Divino Sacrificio de la Misa, en el momento de la elevación, su rostro irradiaba de tal manera que era como si un serafín hubiese descendido del cielo; la joven estaba admirada y declaró que nunca había visto algo tan hermoso.

 

Sin embargo, los días pasaron, y a pesar de las misas y oraciones ofrecidas por ella, esta santa alma permaneció en el exilio, lejos de los tabernáculos eternos.

 

El 3 de diciembre, fiesta de San Francisco Javier, su protectora tenía que comulgar en la iglesia de los Padres Jesuitas. Entonces la aparición la acompañó a la Santa Misa y luego estuvo a su lado durante todo el tiempo de su acción de gracias, como para participar en la felicidad de la Santa Comunión y también para disfrutar de la presencia de Jesucristo.

 

El 8 de diciembre, fiesta de la Inmaculada Concepción, la aparición volvió de nuevo, pero estaba tan brillante que la joven no pudo mirarla. Se acercaba de manera palpable el final de su expiación.

 

Finalmente, el 10 de diciembre, durante la Santa Misa, apareció con un brillo aún más deslumbrante: después de inclinarse con profunda reverencia ante el altar, agradeció a la piadosa joven sus oraciones y subió al cielo en compañía de su ángel de la guarda.

 

Algún tiempo antes esta santa alma había hecho saber que solo sufría el dolor de la condenación, o de la privación de Dios; y agregó que esta privación le causaba un tormento insoportable.

 

Esta revelación justifica las palabras de San Crisóstomo en su cuadragésima séptima homilía: "Imagínense -dijo- todos los tormentos del mundo; no encontraréis ninguno que equivalga a ser privado de la visión beatífica de Dios".

 

En efecto, el dolor de la condenación, es, según todos los santos y todos los doctores de la iglesia, mucho más severo que el dolor de los sentidos.

 

Es cierto que en la vida actual no podemos entender esto, porque sabemos muy poco sobre el bien soberano para el que fuimos creados. Pero en la otra vida, este bien inefable aparece a las almas como el pan al hombre hambriento, como el agua viva al que está muriendo de sed, como la salud al enfermo torturado por largos sufrimientos; produce en ellas deseos ardientes que las atormentan sin poder ser satisfechos.






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