Tercer Domingo de Pascua

Te comparto la reflexión correspondiente al Tercer Domingo de Pascua, sobre las lecturas de la Biblia que se proclaman durante la Eucaristía de este día.

 



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Nota acerca de la fecha: En el 2014, corresponde al Domingo 4 de Mayo.

 



Libro de los Hechos de los Apóstoles 2,14.22-33.

El día de Pentecostés, Pedro poniéndose de pie con los Once, levantó la voz y dijo: "Hombres de Judea y todos los que habitan en Jerusalén, presten atención, porque voy a explicarles lo que ha sucedido. Israelitas, escuchen: A Jesús de Nazaret, el hombre que Dios acreditó ante ustedes realizando por su intermedio los milagros, prodigios y signos que todos conocen, a ese hombre que había sido entregado conforme al plan y a la previsión de Dios, ustedes lo hicieron morir, clavándolo en la cruz por medio de los infieles. Pero Dios lo resucitó, librándolo de las angustias de la muerte, porque no era posible que ella tuviera dominio sobre él. En efecto, refiriéndose a él, dijo David: Veía sin cesar al Señor delante de mí, porque él está a mi derecha para que yo no vacile. Por eso se alegra mi corazón y mi lengua canta llena de gozo. También mi cuerpo descansará en la esperanza, porque tú no entregarás mi alma al Abismo, ni dejarás que tu servidor sufra la corrupción. Tú me has hecho conocer los caminos de la vida y me llenarás de gozo en tu presencia. Hermanos, permítanme decirles con toda franqueza que el patriarca David murió y fue sepultado, y su tumba se conserva entre nosotros hasta el día de hoy. Pero como él era profeta, sabía que Dios le había jurado que un descendiente suyo se sentaría en su trono. Por eso previó y anunció la resurrección del Mesías, cuando dijo que no fue entregado al Abismo ni su cuerpo sufrió la corrupción. A este Jesús, Dios lo resucitó, y todos nosotros somos testigos. Exaltado por el poder de Dios, él recibió del Padre el Espíritu Santo prometido, y lo ha comunicado como ustedes ven y oyen.

 

 



Salmo 16(15).

Protégeme, Dios mío, porque me refugio en ti.
Yo digo al Señor: «Señor, tú eres mi bien.»
El Señor es la parte de mi herencia y mi cáliz,
¡tú decides mi suerte!

Bendeciré al Señor que me aconseja,
¡hasta de noche me instruye mi conciencia!
Tengo siempre presente al Señor:
él está a mi lado, nunca vacilaré.

Por eso mi corazón se alegra,
se regocijan mis entrañas y todo mi ser descansa seguro:
porque no me entregarás a la Muerte
ni dejarás que tu amigo vea el sepulcro.

Me harás conocer
el camino de la vida,
saciándome de gozo en tu presencia,
de felicidad eterna a tu derecha.

 



Epístola I de San Pedro 1,17-21.

Y ya que ustedes llaman Padre a aquel que, sin hacer acepción de personas, juzga a cada uno según sus obras, vivan en el temor mientras están de paso en este mundo. Ustedes saben que fueron rescatados de la vana conducta heredada de sus padres, no con bienes corruptibles, como el oro y la plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, el Cordero sin mancha y sin defecto, predestinado antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos para bien de ustedes. Por él, ustedes creen en Dios, que lo ha resucitado y lo ha glorificado, de manera que la fe y la esperanza de ustedes estén puestas en Dios.

 



Evangelio según San Lucas 24,13-35.

Ese mismo día (el primero de la semana), dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido. Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. Él les dijo: "¿Qué comentaban por el camino?". Ellos se detuvieron, con el semblante triste, y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: "¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!". "¿Qué cosa?", les preguntó. Ellos respondieron: "Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron". Jesús les dijo: "¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?" Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él. Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: "Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba". El entró y se quedó con ellos. Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista. Y se decían: "¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?". En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: "Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!". Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

 

 

Comentario del Evangelio por San Juan Pablo II (1920-2005), papa.
Carta apostólica "Manes nobiscum", § 24-28

 

"En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén"

 

Los dos discípulos de Emaús, tras haber reconocido al Señor, «se levantaron al momento» para ir a comunicar lo que habían visto y oído. Cuando se ha tenido verdadera experiencia del Resucitado, alimentándose de su cuerpo y de su sangre, no se puede guardar la alegría sólo para uno mismo. El encuentro con Cristo, profundizado continuamente en la intimidad eucarística, suscita en la Iglesia y en cada cristiano la exigencia de evangelizar y dar testimonio. Lo subrayé precisamente… refiriéndome a las palabras de Pablo: «Cada vez que coméis de este pan y bebéis de la copa, proclamaréis la muerte del Señor, hasta que vuelva» (1ª Corintios 11,26). El Apóstol relaciona íntimamente el banquete y el anuncio: entrar en comunión con Cristo en el memorial de la Pascua significa experimentar al mismo tiempo el deber de ser misioneros del acontecimiento actualizado en el rito. La despedida al finalizar la Misa es como una consigna que impulsa al cristiano a comprometerse en la propagación del Evangelio y en la animación cristiana de la sociedad.


La Eucaristía no sólo proporciona la fuerza interior para dicha misión, sino también, en cierto sentido, su proyecto. En efecto, la Eucaristía es un modo de ser que pasa de Jesús al cristiano y, por su testimonio, tiende a irradiarse en la sociedad y en la cultura. Para lograrlo, es necesario que cada fiel asimile, en la meditación personal y comunitaria, los valores que la Eucaristía expresa… Es decir la acción de gracias…: [la Eucaristía] nos obliga a un continuo «dar gracias»… por todo lo que tenemos y somos…; el camino de la solidaridad…: el cristiano que participa en la Eucaristía aprende de ella a ser promotor de comunión, de paz y de solidaridad en todas las circunstancias de la vida… al servicio de los últimos…, un compromiso activo en la edificación de una sociedad más equitativa y fraterna...: inclinándose para lavar los pies a sus discípulos (cf. Juan 13,1), Jesús explica de modo inequívoco el sentido de la Eucaristía.

 

 

Te comparto unas reflexiones generales acerca de estas lecturas:

 

Quisiera proponerte, para nuestra meditación de hoy, algunos puntos acerca de la primera lectura, pero pedirte que medites (con la ayuda de tu biblia) el texto completo del discurso de Pedro Hechos 2, 14-41:

 

San Lucas, en la primera lectura, nos sitúa en el día de Pentecostés, es decir, en el día en el cual la comunidad apostólica vive la experiencia de la efusión del Espíritu Santo. La experiencia del Espíritu es, luego de la resurrección, la clave para comprender la vida de la iglesia. Esta experiencia del Espíritu se traduce en varias características y/o dinamismos que se desarrollan en la vida concreta de los creyentes: sentido de trascendencia, sensibilidad espiritual, búsqueda del bien y de la verdad, atención a Dios, valor (en griego, parresía) para dar testimonio de Jesucristo resucitado y deseo de evangelizar (es decir, comunicar a otros la Buena Noticia de Jesucristo como causa y camino de salvación).

 

Este discurso de Pedro es el primer discurso que aparece en el libro de Hechos de los Apóstoles. En este discurso (que debes leerlo por completo) Pedro trata de aclarar que el acontecimiento de Pentecostés (la efusión del Espíritu Santo sobre los Apóstoles y discípulos de Jesús) y sus consecuencias (todos hablan en diferentes lenguas las maravillas de Dios) no debe ser mal interpretado ni rebajado al nivel de una manifestación pública de un grupo de borrachos (Hechos 2,13). Para ubicar a todos en el verdadero sentido de este acontecimiento, Pedro alude a un texto del profeta Joel (Antiguo Testamento) en el que se anuncia que llegará el día en que Dios comunique su Espíritu a su pueblo, haciendo de él un pueblo de profetas y de conocedores de Dios (lee, Joel 3, 1-5). Además Pedro busca dirigir la atención de todos los oyentes sobre tres aspectos fundamentales: 1. La muerte de Jesús (obra de las autoridades judías), 2. Su resurrección (obra de Dios Padre) y 3. La comunicación del Espíritu (obra de Jesús resucitado).

 

El discurso de Pedro sintetiza lo que muy bien pudo ser el primer anuncio de la Iglesia sobre Jesucristo (este sería como el Credo más antiguo): un Jesús histórico, acreditado por Dios con milagros, prodigios y señales; la muerte de este maestro Jesús a mano de las autoridades judías, y, finalmente, su resurrección obrada por Dios para salvación de toda la humanidad.

 

El cristiano al persignarse (o signarse con la cruz) dice que todo lo que hace lo hace en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu. ¿Somos los cristianos conscientes del compromiso que este signo aparentemente sencillo está expresando? ¿Qué significa realmente eso de ser espiritual, de vivir en el Espíritu, de vivir según el Espíritu de Dios?

 

El Apóstol Pedro, impulsado por el Espíritu Santo y lleno de valor, anuncia a Jesucristo (A este Jesús, Dios lo resucitó, y todos nosotros somos testigos) y denuncia su asesinato (ustedes lo hicieron morir, clavándolo en la cruz por medio de los infieles). ¿En qué debería consistir, hoy, el anuncio de la Iglesia? ¿Qué es lo que la Iglesia está llamada a denunciar en la actualidad? ¿Qué condiciones se requieren para que su anuncio sea creíble?

 

Pedro termina, hoy, su discurso diciendo que esa experiencia del Espíritu Santo no es una mera idea ni un don dado simplemente a un grupo selecto, sino que está dispuesto para todos lo que dispongan su corazón con fe (él recibió del Padre el Espíritu Santo prometido, y lo ha comunicado…). Tradicionalmente se nos ha dicho que el día de nuestro bautismo recibimos el Espíritu Santo, pero ¿somos conscientes de ese don? ¿Nos sentimos realmente habitados por este Espíritu? ¿Actuamos bajo la guía de este Espíritu?

 

Desafortunadamente, el texto en la liturgia aparece recortado, pero todo el discurso desemboca en un llamado urgente al arrepentimiento y la conversión. ¿Qué se esconde detrás de cada uno de estos densos conceptos religiosos? El arrepentimiento supone un darse cuenta de aquello que está errado, de aquello que estamos haciendo mal, de aquello con lo cual ocasionamos dolor y nos destruimos o destruimos a otros. Y la conversión sitúa a la persona en la actitud de querer abrazar una nueva vida y esforzarse para pasar del deseo a la realidad en un proyecto permanente. Notemos que la referencia a una comunidad cristiana original ligada a estas dos experiencias nos permite entender que el cristianismo en su origen no fue sin más una teoría, sino un cambio de vida, una praxis, una transformación personal y social. Es importante tener esto presente, pues hoy muchos piensan que el cristianismo es cuestión de aceptar intelectualmente un paquete de verdades, teorías o dogmas. Eso es algo posterior, pero si no hay una base existencial profunda todo se queda en “ideas”. ¿Cómo estamos viviendo estas dos experiencias?

 

Pentecostés (es decir, la presencia poderosa y transformadora del Espíritu Santo en los cristianos) cambia para siempre las cosas, pues antes que miedo por el fin del mundo o por la persecución de que podían ser objeto los Apóstoles, el Espíritu les indica que el mundo apenas comienza y que la iglesia, que nace, tiene la tarea de contribuir en la reconstrucción de este mundo con la clave del amor. Es importante que la Iglesia no pierda su norte y permanezca fiel a esta misión original y creadora. La historia nos ha mostrado que durante estos 21 siglos de cristianismo ha habido momentos de gran lucidez eclesial y momentos de gran ceguera. La Iglesia cuenta con la asistencia del Espíritu pero ello no significa que no esté expuesta al mal, a perder su rumbo, a traicionar a su Señor y a desviarse de la misión encomendada. Hay que tener cuidado. Pero, antes de echar juicios y señalar con el dedo, no olvidemos que la Iglesia somos todos los bautizados.

 

 

Te comparto otros puntos para la reflexión:

 

1)      En la actualidad, en los países mayoritariamente cristianos, no persiguen a nadie por anunciar a Jesucristo o por hablar de su resurrección. Por ejemplo: a nadie van a perseguir o torturar o matar por afirmar que cree en Jesucristo o en su resurrección o por anunciar que Jesús es el Mesías; pero si alguien denuncia los casos de corrupción (a todo nivel) sí podría correr un gran riesgo. Esto debe llevarnos a meditar sobre cuáles son los anuncios que debieran ser hechos hoy. Sólo una lectura inteligente e integral de la sociedad puede ayudarnos a encontrar estos nuevos focos de “testimonio”.

 

2)      Recordemos que los relatos de las apariciones de Jesús y la misma resurrección han sido entendidos muy literalmente, como si se tratara de “reportajes” directos de los hechos. Se nos olvida que se trata de textos teológicos-confesionales que vehiculan un mensaje y unos significados profundos. Es necesario tener en cuenta su verdadero tenor y desde allí educar nuestra manera de creer y nuestra fe. ¿Cómo entender hoy el contenido profundo de la fe en la resurrección? ¿Qué significa hoy «dar testimonio de la resurrección» de Jesucristo?

 

 

Por último, te invito a que hagamos juntos la siguiente oración:

 

Dios, Padre nuestro: te rogamos que tus hijos e hijas nos llenemos de gozo y esperanza al celebrar el triunfo pascual de Jesús. Que este gozo nos fortalezca para permanecer fieles al amor y a la Justicia, seguros de que ellos triunfarán. Amén.

 


¿Tienes alguna pregunta, duda, inquietud, sugerencia o comentario acerca de estas reflexiones?

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