Domingo 33 del Tiempo Ordinario Ciclo B

Te comparto la reflexión correspondiente al Domingo 33 del  Tiempo Ordinario Ciclo B, sobre las lecturas de la Biblia que se proclaman durante la Eucaristía de este día.



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Nota acerca de la fecha: En el 2015, corresponde al Domingo 15 de Noviembre.



El mensaje de este domingo busca fortalecer la esperanza del creyente cristiano: esperanza en el amor y en la acción de Dios; esperanza en la acción misericordiosa y liberadora de Jesucristo. También las lecturas de este domingo buscan orientar la atención del discípulo o discípula de Jesús hacia la propuesta de vida que Dios tiene para toda la humanidad, para todos sus “hijos”.  Se trata de un proyecto de vida que asume la historia, pero no se agota en ella, porque apunta a una vida plena, definitiva, eterna; “Yo vine para que tengan vida y la tengan en abundancia”



Daniel 12, 1-3

Por aquel tiempo se salvará tu pueblo

 

Por aquel tiempo se levantará Miguel, el arcángel que se ocupa de tu pueblo: serán tiempos difíciles, como no los ha habido desde que hubo naciones hasta ahora. Entonces se salvará tu pueblo: todos los inscritos en el libro. Muchos de los que duermen en el polvo despertarán: unos para la vida eterna, otros para ignominia perpetua. Los sabios brillarán como el fulgor del firmamento, y los que enseñaron a muchos la justicia, como las estrellas, para toda la eternidad.

 

 

Algunas reflexiones:

 

En el año 333 a.C., Alejandro Magno derrotó a Darío III, rey de los persas. A partir de este momento el territorio de Palestina (escenario de la vida del pueblo de Israel) pasa de manos persas a manos griegas.

 

Alejandro buscaba construir un imperio global, es decir, un mundo griego (helénico) en el que todos los pueblos fueran una sola familia, unidos bajo una misma ley divina y en el que todos los ciudadanos del imperio comulgaban con los mismos valores (los valores griegos, claro está). Buscaba una homogenización cultural.

 

Cuando Alejandro murió, en el año 323 a.C., el imperio fue disputado por sus militares y, así, la región de Palestina fue objeto de disputa entre la familia de los Ptolomeos y la familia de los Seléucidas.  Después de duras peleas, el seléucida Antíoco III acabó por hacerse con el dominio de Palestina. De hecho, más adelante, su sucesor (Antíoco IV) impuso con violencia una política de absorción cultural que amenazó con destruir la religión y la cultura judía. Esta amenaza provocó, al interior del antiguo pueblo judío, la organización de un movimiento de resistencia religiosa, social, política y cultural que se conoció con el nombre de LOS MACABEOS. De esto quedan dos testimonios en el Antiguo Testamento: dos libros que llevan el nombre de Macabeos.

 

El libro de Daniel (un libro en el que se mezclan lo profético y lo apocalíptico) nació en este contexto. El libro aparece hacia la mitad del s. II a.C. Su autor fue un judío piadoso y fiel a su cultura y religión, que se esforzó por defender además la integridad de la fe Yahvista, la fe judía. Entendemos por qué el autor del libro insiste en que, para aquellos que decidan permanecer fieles a Dios y a la alianza, Dios les dará la victoria sobre sus enemigos. En realidad, el autor, narra la historia de un tal Daniel, que vive en Babilonia y que es capaz de mantener su fe en medio de un ambiente adverso. Pero no sólo mantiene su fe, sino que anima a los miembros del pueblo judío que se encuentran en la misma situación a perseverar en su camino espiritual y en su identidad cultural.

 

El autor del libro motiva a los destinatarios de su mensaje, recordándoles que Dios está acompañando con amor la vida de su pueblo elegido, que no los abandonará y que recompensará la fidelidad a la alianza.

 

Sabemos que con el libro de Daniel se inaugura la literatura apocalíptica, que es una literatura que aparece en tiempos de persecución y de crisis (más adelante, al finalizar el primer siglo, volvemos a encontrar este contexto de persecución y crisis, pero ya en contexto cristiano. En ese contexto aparecerá el libro del Apocalipsis del Nuevo Testamento).

 

Volviendo al libro de Daniel, el autor del libro anuncia a los creyentes perseguidos la llegada inminente de la intervención salvadora de Dios para salvar al pueblo fiel (al resto fiel). Por eso se habla allí de la intervención del ángel Miguel, que actúa como jefe del “ejército celestial”, que Dios envía para “castigar” a los perseguidores y para proteger a los fieles de su pueblo.

 

Esta intervención liberadora de Dios abrazará no sólo a todos los judíos fieles que transitan por la historia, sino también a aquellos que murieron siendo fieles a la Alianza.

 

En concreto, el autor habla de la intervención de Dios que pondrá fin al mundo de injusticia, opresión, muerte y prepotencia de los “dominadores”, y la aparición de un mundo nuevo caracterizado por la práctica de la justicia, la búsqueda de la paz y la búsqueda de trascendencia. ¿No son estas realidades por las que, hoy, vale la pena trabajar en nuestro país? Claro, en la perspectiva cristiana el cristiano no sólo aspira a transformar su mundo actual sino a entrar en comunión plena con Dios en una vida que no se acabe. Por eso se entiende la importancia de la Resurrección.

 

El autor del texto que estamos meditando no explica directamente en qué consistirá esa “vida eterna”, pero utiliza algunos símbolos que pretenden evocar la transformación radical (transfiguración) del mundo y de los fieles resucitados (“resplandecerán como la luz del firmamento” y “brillarán como estrellas con un esplendor eterno”). Se enfatiza en la idea según la cual esa vida nueva no será una vida semejante a la que tenemos en el mundo presente, que es una vida contingente y caduca. Será una vida transfigurada.

 

En síntesis, es esta la esperanza que debe animar a los creyentes judíos (a los que se dirige el libro de Daniel) a construir su vida en unión con Dios. Esto es lo que se busca hacer también – a través de la liturgia – con los fieles cristianos.

 

Propongo algunos aspectos que pueden ayudarnos en nuestra meditación:

 

  • 1) El lugar que tiene la esperanza en el camino de la vida y de la fe.

 

  • 2) La importancia de aprender a vivir la fe contando con el principio de realidad: en la vida del creyente hay y habrá situaciones de sufrimiento, de dificultad. La fe no es para suprimir la dimensión problemática y dramática de la vida, sino para saberlos asumir, afrontar y resolver.

 

  • 3) La necesidad de tener unos valores sobre los cuales la persona de fe puede construir su vida y orientar su acción.

 

  • 4) Es un llamado a pensar, llevar en el corazón y en la oración a los cristianos que, por causa de su fe, están siendo perseguidos en distintas latitudes del planeta.

 

  • 5) Aprender a confiar en la presencia amorosa de Dios en la vida y en su solicitud por toda la humanidad.

 

  • 6) Profundizar en la dimensión de trascendencia de la vida: la certeza de que la vida no se acaba con la muerte nos ayuda a superar el miedo nihilista que sumerge al ser humano en la desesperación del sinsentido, del acabamiento y de la nada.

 



Hebreos 10, 11-14.18

Con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados.

 

Cualquier otro sacerdote ejerce su ministerio, diariamente, ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, porque de ningún modo pueden borrar los pecados. Pero Cristo ofreció por los pecados, para siempre jamás, un solo sacrificio; está sentado a la derecha de Dios y espera el tiempo que falta hasta que sus enemigos sean puestos como estrado de sus pies. Con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados. Donde hay perdón, no hay ofrenda por los pecados.

 

 

Algunas reflexiones:

 

Continuamos la lectura de la Carta a los Hebreos. Recordemos que este extenso sermón se destinó originalmente a comunidades cristianas que vivían en situaciones que ponían su experiencia de fe en crisis.  En este contexto, la falta de entusiasmo de muchos cristianos en dicho ambiente hostil se dejaba sentir. Las cosas se complicaban más por la presencia de predicadores que regaban doctrinas poco ortodoxas que extraviaban a muchos cristianos no formados (lo mismo sucede hoy). La necesidad de formación en la Iglesia es un hecho.

 

Queda claro que estas comunidades a las que originalmente se dirigía la Carta necesitaban redescubrir el entusiasmo inicial, revitalizar su compromiso con Cristo y alcanzar una fe más coherente.  ¿No estamos necesitando esto hoy?

 

Por lo dicho anteriormente, entendemos por qué el autor de la Carta insiste en presentar a Jesucristo a estas comunidades cristianas en crisis, desde la perspectiva sacerdotal, puntualizando en que el sacerdocio de Jesús sobrepasa el sacerdocio del Antiguo Testamento.

 

Según el autor, Jesucristo introduce al creyente en una relación de amor con Dios Padre y lo integra a la comunidad de fe (que – al igual que Jesús es una comunidad sacerdotal).

 

Una vez comprometidos con Cristo, los cristianos son llamados a hacer de su vida un continuo sacrificio de alabanza, que no es otra cosa sino la entrega existencial de su vida a Dios y al prójimo a través del servicio, en el amor. 

 

El texto que nos es propuesto hace parte de la conclusión de la reflexión sobre el sacerdocio de Cristo. Subrayamos algunos puntos clave para la reflexión:

 

  • 1) Comprender y vivir la fe desde la lógica de la alianza: creer es entrar en alianza con Dios y ser fiel a ella. El cristiano está inmerso en una alianza nueva (que tiene un alcance mayor que la alianza del Antiguo Testamento).  Hay una comprensión diferente de la alianza.

 

  • 2) Meditar en la noción de sacrificio, pues ella experimenta una transformación: ya no se trata – para el cristiano – de ofrecer algo externo, sino de comprometer y ofrecer su propia vida a Dios.

 

  • 3) No perder de vista que el punto de llegada de todo el peregrinar en la fe es el mismo Dios: el cristiano está llamado a caminar responsablemente en la historia, pero sabe que su destino final es el encuentro pleno con Dios, “allí” (si se puede usar esta palabra), donde Jesús entró. Se trata de entender que Jesús nos “abrió la puerta del cielo” y que hay que aprovechar esta invitación.

 

  • 4) La experiencia de la remisión de los pecados es clave: el perdón es fundamental en la vida humana. No se puede ser realmente cristiano por fuera del ámbito del perdón: el perdón recibido de Dios (perdón que nos restaura y rescata) y perdón que el cristiano ofrece (perdón que transforma la convivencia humana).

 

Recordemos que – en la perspectiva del Antiguo Testamento – el sacrificio por los pecados constituye uno de los pilares del culto israelita. Ellos (los sacrificios) tenían, según se pensaba, la función de “expiar” los pecados del pueblo y restaurar la comunión con Dios.

 

El autor está convencido que los sacrificios externos ofrecidos por el pecado no eran eficaces y no conseguían restablecer la comunión con Dios. Desde la perspectiva del autor de la Carta a los Hebreos sólo el amor es capaz de crear, re-crear, restaurar y salvar a los seres humanos y las relaciones de ellos con Dios. 

 

El objetivo de rehacer (reconstruir) la comunión con Dios fue – según la Carta a los Hebreos – lo que Jesús consiguió obedeciendo a Dios en todo, luchando contra el mal, venciendo el egoísmo que es la raíz de todo pecado y ofreciendo su propia existencia totalmente al servicio de la humanidad.  Haciendo esto, Jesús propone a los hombres un camino nuevo: la donación en el amor; el servicio como reconocimiento del otro en su necesidad; la transformación de la manera de pensar (mente) y de sentir (corazón) por la sintonía y para la comunión con Dios.  Este es el camino que Jesús propone a sus seguidores. ¿Los hemos acogido? ¿Los estamos viviendo?

 

De esta manera Jesús venció la lógica del egoísmo y del pecado y puso a los seres humanos en la ruta del amor para que puedan integrar la familia de Dios. Es esto lo que se espera de los creyentes cristianos de todos los tiempos.




Marcos 13, 24-32

Reunirá a los elegidos de los cuatro vientos.

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: "En aquellos días, después de esa gran angustia, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán. Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad; enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, de horizonte a horizonte. Aprended de esta parábola de la higuera: Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, deducís que el verano está cerca; pues cuando veáis vosotros suceder esto, sabed que Él está cerca, a la puerta. Os aseguro que no pasará esta generación antes que todo se cumpla. El cielo y la tierra pasarán; mis palabras no pasarán; aunque el día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sólo el Padre."

 

 

Algunas reflexiones:

 

El texto propuesto nos sitúa en Jerusalén, poco antes de la pasión, muerte y resurrección de Jesús (pero recordemos que los evangelios fueron escritos después de la experiencia de la Resurrección y, por tanto, tienen una perspectiva post-pascual).

 

En el desarrollo de la narración del evangelio de Marcos, cuando Jesús llega a Jerusalén, ya la tensión y el conflicto entre Él y las autoridades religiosas judías ha llegado a su clímax. El escenario es, entonces, muy sombrío: Jesús va al jardín de los Olivos y –según la versión de Marcos – Jesús propone a los discípulos una enseñanza un poco enigmática conocida como “discurso escatológico”. En este discurso Jesús usa un lenguaje enigmático propio de un tipo de pensamiento y de literatura llamada APOCALÍPTICA. 

 

Este “Discurso escatológico” se divide en 3 partes:

 

  • 1) Una introducción (Mc 13, 1-4);

 

  • 2) Una presentación de las vicisitudes que van a marcar la historia humana y que piden de los discípulos de Jesús una actitud adecuada de esperanza, vigilancia y lucidez (Mc 13, 5.23);

 

  • 3) El anuncio de la venida definitiva del enviado de Dios, del Hijo del Hombre y el nacimiento de un mundo nuevo a partir de las ruinas del mundo viejo, del mundo dominado por el egoísmo (Mc 13,24-27); la afirmación de la incertidumbre en lo que respecta al fin del mundo. Por eso se insiste a los discípulos en permanecer vigilantes y preparados. 

     

La mayor parte de los estudiosos del evangelio de Marcos consideran que este discurso describe, en realidad, la misión que la comunidad cristiana (cada creyente y la Iglesia toda) debe desarrollar después de la muerte y resurrección de Jesús hasta el final de la historia humana (del cual nadie sabe con exactitud cuándo sucederá. Sólo Dios lo sabe).

 

Es verdad que se trata de un texto difícil para el lector actual del siglo XXI. Las imágenes, el lenguaje, el género literario no nos son familiares.

 

Debe quedar claro – para evitar que el lector se despiste y se haga falsas ideas – que Marcos (el autor del evangelio) no se propone hacer un reportaje minucioso de los acontecimientos (una especie de reconstrucción de lo que pasó), sino una lectura teológica de la historia y la propuesta de un mensaje de fe que alimente el espíritu de los creyentes, que deben pasar por muchas vicisitudes.

 

Cabe anotar que los discípulos de que se habla al comienzo del “discurso escatológico” representan a toda la comunidad cristiana (la Iglesia de todos los tiempos, los creyentes). Esos discípulos somos nosotros, por eso el mensaje es para todos.

 

Según la lógica del evangelista Marcos, en este momento de la narración del evangelio (en el huerto de los Olivos) es ya consciente de haber llegado a la hora decisiva de su misión, al momento de entregarlo todo y de volver a Dios (su Padre).  En este momento de su experiencia, sabiendo que su paso por este mundo va a terminar, Jesús confía la misión a la comunidad cristiana: la Iglesia debe continuar la misión; cada creyente cristiano debe asumir su parte en ella y contribuir con otros a la transformación del mundo con los valores de Dios. Jesús ya lo ha dicho a sus discípulos (y a través de ellos a los creyentes de todos los tiempos). Las cosas no serán fáciles, pero apoyados en Jesús y siguiéndolo a Él y sus enseñanzas todo podrá ser superado. ¿No es, acaso, esto lo que también debe vivir el creyente de hoy?

 

Los dos primeros versículos del texto propuesto retoman el lenguaje usado por algunos autores del Antiguo Testamento, especialmente de la literatura profética (Isaías 13.10: texto en el cual el oscurecimiento del sol, de la luna y las estrellas se refiere al día de la intervención de Dios, que destruirá al imperio babilónico y liberará al pueblo de Dios, exiliado (Isaías 34,4ss). Curiosamente, en el libro del profeta Joel son usadas las mismas imágenes para describir el “Día del Señor” (Joel 2, 10), expresión usada para hablar del juicio de Dios. El evangelista Marcos empleará este mismo lenguaje para hablar del colapso de las fuerzas que – en la historia humana – luchan contra Dios, contra el amor y el proyecto que Él propuso a todos en la persona de Jesús.

 

Como consecuencia de lo dicho arriba, el mensaje de Marcos es claro:   va a suceder una transformación radical en la historia humana; se superará la manera distorsionada de comprender la religión y se superará y destruirá toda fuerza y poder opuestos a Dios y a sus fieles (recordemos que, cuando se escribe el evangelio de Marcos, muchas comunidades cristianas están siendo perseguidas).  

 

Hay que anotar que el evangelista Marcos no se refiere aquí al “fin del mundo”, sino a la victoria de Dios sobre el mal que oprime a quienes optaron por Dios.

 

Notemos también que el fracaso del mundo viejo (el mundo egoísta, no solidario y violento) está asociado a la venida del Hijo del Hombre (que para el cristiano es Jesucristo).

Esta imagen del Hijo del Hombre la encontramos en el libro de Daniel (libro que encontramos en el Antiguo Testamento) (Daniel 7, 13-14). Este Hijo de Hombre es un personaje misterioso que – según las convicciones religiosas del antiguo pueblo de Israel - realizará (por encargo de Dios) la inauguración del Reino de Dios, asegurará la soberanía de Dios en toda la creación y garantizará la victoria sobre el mal. Para Marcos (y para los creyentes cristianos) este Hijo del Hombre es Jesús de Nazaret.

 

Ahora bien, si Jesús es el Hijo del Hombre, entonces los cristianos pueden confiar en que – siempre que se mantengan unidos a Él - el mal podrá ser destruido y el Reino de Dios podrá habitar en el corazón de los seres humanos y en sus relaciones.

 

Como podemos ver, Jesús responde a la pregunta que se le hace sobre cuándo acontecerá lo anunciado.  Jesús no se ocupa en precisar un límite cronológico (día, hora, año), sino que se centra en subrayar la actitud que debe acompañar la vida de sus discípulos.  La actitud debe ser de confianza plena en Dios, de esperanza en otro mundo posible, de vigilancia ante las tendencias egoístas que no se resignan a desaparecer y de discernimiento, pues las cosas no siempre son claras.

 

Finalmente, la imagen de la Higuera nos invita a centrar la atención en los procesos de maduración: la aparición en la higuera de nuevas ramas y de nuevas hojas anuncia al agricultor que el proceso ha llegado a su madurez: la planta ha llegado a su estado adulto y está lista para que el agricultor coseche. En realidad se trata de recordar a los discípulos de Jesús que se trata de vivir un proceso de maduración que lo lleve a un cristianismo adulto. ¿Estaremos trabajando en la Iglesia por un cristianismo de este tipo?

 

Proponemos algunos aspectos que pueden ayudar en la reflexión:

 

  • 1) Debemos ser prudentes ante los discursos que proliferan sobre el fin del mundo;

 

  • 2) Es necesario mantener en la vida una actitud de vigilancia, de discernimiento, de análisis riguroso de las tendencias y fenómenos que aparecen en la historia, porque no todo lo que brilla es oro;

 

  • 3) Debemos estar conscientes del necesario compromiso de todos los cristianos en la vida y en la transformación de la sociedad (una fe, una religión que, en lugar de comprometer con la construcción responsable del mundo, alimente la evasión es digna de desconfianza).

 

 

Terminemos nuestra reflexión orando con el…




Salmo 15 (14)

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti

 

El Señor es el lote de mi heredad y mi copa; / mi suerte está en tu mano. / Tengo siempre presente al Señor, / con Él a mi derecha no vacilaré. R.

 

Por eso se me alegra el corazón, / se gozan mis entrañas, / y mi carne descansa serena. / Porque no me entregarás a la muerte, / ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. R.

 

Me enseñarás el sendero de la vida, / me saciarás de gozo en tu presencia, / de alegría perpetua a tu derecha. R.



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