Domingo 32 del Tiempo Ordinario ciclo A

Te comparto la reflexión correspondiente al Domingo 32 del Tiempo Ordinario ciclo A, sobre las lecturas de la Biblia que se proclaman durante la Eucaristía de este día.

 

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Nota acerca de la fecha: En el 2014, corresponde al Domingo 9 de Noviembre.

 



Libro de Ezequiel 47,1-2.8-9.12.

Un ángel me llevó a la entrada del Templo, y vi que salía agua por debajo del umbral del Templo, en dirección al oriente, porque la fachada del Templo miraba hacia el oriente. El agua descendía por debajo del costado derecho del Templo, al sur del Altar. Luego me sacó por el camino de la puerta septentrional, y me hizo dar la vuelta por un camino exterior, hasta la puerta exterior que miraba hacia el oriente. Allí vi que el agua fluía por el costado derecho. Entonces me dijo: "Estas aguas fluyen hacia el sector oriental, bajan hasta la estepa y van a desembocar en el Mar (Muerto). Se las hace salir hasta el Mar, para que sus aguas sean saneadas. Hasta donde llegue el torrente, tendrán vida todos los seres vivientes que se mueven por el suelo y habrá peces en abundancia. Porque cuando esta agua llegue hasta el Mar, sus aguas quedarán saneadas, y habrá vida en todas partes adonde llegue el torrente. Al borde del torrente, sobre sus dos orillas, crecerán árboles frutales de todas las especies. No se marchitarán sus hojas ni se agotarán sus frutos, y todos los meses producirán nuevos frutos, porque el agua sale del Santuario. Sus frutos servirán de alimento y sus hojas de remedio".



 

Carta I de San Pablo a los Corintios 3,9b-11.16-17.

Hermanos: Ustedes son el campo de Dios, el edificio de Dios. Según la gracia que Dios me ha dado, yo puse los cimientos como lo hace un buen arquitecto, y otro edifica encima. Que cada cual se fije bien de qué manera construye. El fundamento ya está puesto y nadie puede poner otro, porque el fundamento es Jesucristo. ¿No saben que ustedes son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él. Porque el templo de Dios es sagrado, y ustedes son ese templo.

 

 

 

Evangelio según San Juan 2,13-22.

Se acercaba la Pascua de los judíos. Jesús subió a Jerusalén y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas sentados delante de sus mesas. Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo, junto con sus ovejas y sus bueyes; desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas y dijo a los vendedores de palomas: "Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio". Y sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura: El celo por tu Casa me consumirá. Entonces los judíos le preguntaron: "¿Qué signo nos das para obrar así?". Jesús les respondió: "Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar". Los judíos le dijeron: "Han sido necesarios cuarenta y seis años para construir este Templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?". Pero él se refería al templo de su cuerpo. Por eso, cuando Jesús resucitó, sus discípulos recordaron que él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en la palabra que había pronunciado.

 

 

Te comparto algunas reflexiones acerca de las lecturas anteriores:

 

Las lecturas de este domingo ponen el acento en un conjunto de aspectos claves de la vida cristiana. Mirémoslos con atención:

 

Dejarnos conducir por Dios: El profeta Ezequiel, en un relato extraordinario, lleno de simbolismos y de profundidad espiritual, comienza hablándonos de una experiencia personal fundamental: Un ángel me llevó al templo…Me llevó, me condujo, me orientó a… Dejarnos conducir por Dios, por su amor, por su Espíritu, por su Palabra. Esta debe ser la actitud permanente del creyente. Puede ocurrirnos que queramos hacer nuestra vida (eso está bien), pero sin contar con Dios (eso ya es – desde el punto de vista espiritual, un problema). Si esto hacemos ¿qué sentido tiene afirmar que creemos en Dios? La actitud de disponibilidad y docilidad a la acción de Dios y a su voluntad es algo que debemos revisar. Notemos, de pasada, que en las lecturas se produce un desplazamiento: en la primera lectura (profeta Ezequiel) el Ángel de Dios conduce al creyente al templo. En la 2ª lectura (la carta de Pablo a los Corintios), el templo es el creyente.

 

Tomar conciencia de la fuerza vital del amor de Dios: la vida es el don fundamental. “Yo vine para que tengan vida… Y vida en abundancia”, dijo Jesús. Una vida llena de sentido, de amor, de dimensión de trascendencia. Una vida ligada a Dios, en relación con Él; una vida movilizada por un proyecto, por una razón fundamental, por una utopía. Esa vida – en el relato del profeta Ezequiel –aparece simbolizada con el agua que brota del templo. Un agua vivificadora. Notemos el contraste y la fuerza transformadora de esta agua en el relato: sale del templo y se dirige hacia el Mar MUERTO. Llega a las aguas pútridas del mar (allí donde no hay vida) y sanea, repara, purifica, transforma y hace posible lo que no era posible: “Estas aguas fluyen hacia el sector oriental, bajan hasta la estepa y van a desembocar en el Mar. Se las hace salir hasta el Mar, para que sus aguas sean saneadas. Hasta donde llegue el torrente, tendrán vida todos los seres vivientes que se mueven por el suelo y habrá peces en abundancia.” Es un río de agua viva que resucita al mar (Muerto). Del mismo modo, estas aguas y su acción nos hacen pensar en la fuerza transformadora que debería brotar de cada creyente en Dios. Por donde el creyente pase debería producirse una transformación. ¿Están las iglesias y los creyentes plenamente conscientes de esta capacidad transformadora y de esta responsabilidad? Lo cierto es que la reinterpretación cristiana de este texto ha llegado a comparar este templo y esta agua con la experiencia del bautismo. Somos acogidos para entrar en el torrente de la vida, para realizar nuestra propia vida y para comunicar vida allí donde estemos. El paso del creyente producirá, entonces, fruto: “Al borde del torrente, sobre sus dos orillas, crecerán árboles frutales de todas las especies.”

 

La vida cristiana como una construcción. En la carta de Pablo a los Corintios se nos dice algo determinante: somos construcción de Dios y –más adelante – somos nosotros constructores de nuestra vida, pero debemos tener cuidado de la manera como hacemos esta construcción. Las dos perspectivas no se oponen ni se excluyen. La sana tradición teológica cristiana nos ha recordado que “la gracia no desplaza ni suplanta la naturaleza”, es decir, la acción de Dios no suprime la acción humana. En este sentido Pablo subraya la acción divina: “Ustedes son el edificio de Dios.” Pero no olvidemos que la experiencia de la fe reclama las dos dimensiones: la divina (la acción de Dios, su gracia) y la humana (el esfuerzo que el creyente debe hacer todos los días por mantenerse en el camino propuesto por Dios y escogido por él. La fe es, también, una opción que exige responsabilidad). Desde esta segunda perspectiva, que subraya la acción responsable del creyente, san Pablo hace una advertencia: “Que cada cual se fije bien de qué manera construye”. No han faltado casos en los que las construcciones (puentes, edificios, torres, etc.) se caen, porque algo falló en su construcción: no se estudió bien el suelo, no se hicieron los cálculos adecuados, no se usaron materiales de buena calidad, se improvisó… Si esto pasa con las construcciones materiales, ¿por qué no aprender de ello para la construcción de la vida?

 

Cuidado con pervertir lo que Dios nos ha dado o lo que Dios ha hecho: En la construcción de la vida cristiana (Pablo, en su carta, y Juan, en su evangelio) ponen el acento en 2 aspectos: 1) No debemos olvidar que Cristo es el fundamento (no hay que poner otro, hay que asegurarnos que Él esté presente y sea el soporte de toda la vida, de toda la construcción y 2) El creyente es Templo del Espíritu Santo: ¿No saben que ustedes son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes? (…) el templo de Dios es sagrado, y ustedes son ese templo. Por eso Pablo hace un llamado urgente: debemos evitar dañar, destruir o pervertir ese templo poniéndolo al servicio de lo que no es. El relato de la purificación del templo va en el mismo sentido. Es claro que otras aplicaciones y ampliaciones son posibles, por ejemplo: cuando la religión se transforma en mecanismo de lucro (cuando se hace negocio) pierde su verdadero sentido, se pervierte y llega incluso a ser mecanismo de opresión. Por alguna razón Jesús de Nazaret reaccionó y dijo a los comerciantes: "Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio".

 

 

Terminemos nuestra meditación orando con el...

 


Salmo 46(45)

Vengan a contemplar las obras del Señor

 

El Señor es nuestro refugio y fortaleza,
una ayuda siempre pronta en los peligros.
Por eso no tememos, aunque la tierra se conmueva
y las montañas se desplomen hasta el fondo del mar.

 

Vengan a contemplar las obras del Señor

 

Los canales del Río alegran la Ciudad de Dios,
la más santa Morada del Altísimo.
El Señor está en medio de ella: nunca vacilará;
él la socorrerá al despuntar la aurora.

 

Vengan a contemplar las obras del Señor

 

El Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestro baluarte es el Dios de Jacob.
Vengan a contemplar las obras del Señor,
Él hace cosas admirables en la tierra.

 




¿Tienes alguna pregunta, duda, inquietud, sugerencia o comentario acerca de estas reflexiones?

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