Domingo 32 del Tiempo Ordinario Ciclo A 2017

Te comparto la reflexión correspondiente al Domingo 32 del  Tiempo Ordinario Ciclo A 2017, sobre las lecturas de la Biblia que se proclaman durante la Eucaristía de este día.



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Nota acerca de la fecha: En el 2017, corresponde al Domingo 12 de Noviembre.



Al acercarnos al final del año litúrgico, las lecturas bíblicas nos invitan a reflexionar sobre el ‘final’ de la existencia. Este final es considerado, por algunos, como la aniquilación total; otros afirman que tal final es inexistente, pues entienden la existencia como un eterno retorno; otros más, lo asumen como la llegada a la realización plena, como el logro de la meta que llena de sentido la vida.

 

Como vemos, hay varias cosmovisiones en juego.  Ahora bien, para el creyente cristiano, la meta final es la comunión plena con Dios en una dimensión de vida que nunca acaba. Pero llegar allá requiere esperanza, esfuerzo, vigilancia y sabiduría. Estos son los temas que abordan las lecturas de este domingo.

 

Planteémonos, de entrada, algunas preguntas:

 

1.      ¿Pienso – a pesar de su carácter misterioso - en el ‘puerto final’ de mi existencia y de la totalidad de la humanidad?

 

2.      ¿Soy fiel al NORTE que me propone Jesús o me pierdo en el torbellino de actividades diarias?

 

3.      ¿Qué sería de mi vida sin esperanza?

 

4.      ¿Cómo alimento, en mi vida y en mi entorno, la esperanza?




“Las sensatas se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas… ¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!... las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta“Las sensatas se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas… ¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!... las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta"



Veamos las lecturas de este domingo:



Sabiduría 6,12-16

Encuentran la sabiduría los que la buscan

 

La sabiduría es radiante e inmarcesible, la ven fácilmente los que la aman, y la encuentran los que la buscan; ella misma se da a conocer a los que la desean. Quien madruga por ella no se cansa: la encuentra sentada a la puerta. Meditar en ella es prudencia consumada, el que vela por ella pronto se ve libre de preocupaciones; ella misma va de un lado a otro buscando a los que la merecen; los aborda benigna por los caminos y sale a su paso en cada pensamiento.

 

 

La primera lectura, del Libro de la Sabiduría, es un himno que canta las maravillas de la Sabiduría. Esta sale al encuentro de quienes la buscan honesta y humildemente; ella se deja acariciar de aquellos que la aman; ella misma se les muestra, se les revela. La sabiduría es una cualidad, una manera en que Dios se manifiesta a quienes seriamente lo buscan. La única condición para que este encuentro se llegue a dar, es estar abierto a la sabiduría, buscarla; como se busca a Dios.  Es importante darse cuenta de que la Sabiduría es presentada, en este libro, como «personificada». Esta personificación es un recurso literario, una forma de hablar.

 

Sin embargo, buscar sabiduría no es lo mismo que acumular conocimientos: Tenemos necesidad de distinguir erudición de sabiduría. Sabiduría no es lo mismo que erudición. Desde la perspectiva bíblica se es sabio cuando se aprende a amar; cuando se sabe convivir constructivamente con los demás; cuando desarrollamos en nosotros capacidad de escucha y comprensión; cuando logramos desarrollar nuestra capacidad de discernimiento; cuando purificamos nuestras falsas ideas de Dios y logramos establecer con Él una relación de amor que genera maduración; cuando somos respetuosos y delicados en el trato con los demás; cuando sabemos cuidarnos de aquello que nos puede hacer mal.

 

Al decir que somos creyentes, en realidad, lo que afirmamos es que sostenemos una relación personal con Dios. Si esto es así, tal relación ¿nos ha ido transformando en personas auténticamente sabias? Este es el quid del problema.      

 


I Tesalonicenses 4,13-18

A los que han muerto, Dios, por medio de Jesús, los llevará con Él

 

Hermanos, no queremos que ignoréis la suerte de los difuntos para que no os aflijáis como los hombres sin esperanza. Pues si creemos que Jesús ha muerto y resucitado, del mismo modo, a los que han muerto, Dios, por medio de Jesús, los llevará con Él. Esto es lo que os decimos como palabra del Señor: Nosotros, los que vivimos y quedamos para cuando venga el Señor, no aventajaremos a los difuntos. Pues Él mismo, el Señor, cuando se dé la orden, a la voz del arcángel y al son de la trompeta divina, descenderá del cielo, y los muertos en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que aún vivimos, seremos arrebatados con ellos en la nube, al encuentro del Señor, en el aire. Y así estaremos siempre con el Señor. Consolaos, pues, mutuamente con estas palabras.

 

 

Por su parte Pablo, en la 1ª carta a los Tesalonicenses, intenta responder las dudas de algunos cristianos que han ingresado hace poco a la comunidad. Estos creyentes consideran que los difuntos quedan en situación de desventaja porque van a estar ausentes cuando –el Señor Jesús glorioso regrese (es decir, cuando acontezca la parusía).

 

Pablo reafirma la enseñanza que él recibió. Los que murieron en Jesús estarán siempre presentes con Él no sólo en el último día, sino por la eternidad. Ellos resucitarán en primer lugar y los que aún estemos vivos en este mundo - dice san Pablo- seremos llevados al Señor. E insiste: Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, Dios llevará consigo a quienes murieron en Jesús. Esto lo dice el apóstol Pablo, que piensa que en el bautismo nos sumergimos en la muerte del Señor para resucitar con Él.

 

Igualmente, san Pablo cree que quienes murieron con Cristo y en Cristo (es decir, en el amor) resucitan con Él, porque han puesto toda su existencia en Él y al servicio del Reino de Dios. Esta es, pues, la gran esperanza del creyente cristiano.

 

¿Qué sería de la vida humana sin esperanza? La esperanza cristiana (la resurrección y la comunión plena con Dios) da respuesta a una de las preguntas ineludibles de la existencia ¿Y cuál es la suerte de los muertos?

 

Mateo 25,1-13

¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: "Se parecerá el reino de los cielos a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran sensatas. Las necias, al tomar las lámparas, se dejaron el aceite; en cambio, las sensatas se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: "¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!" Entonces se despertaron todas aquellas doncellas y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las sensatas: "Dadnos un poco de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas." Pero las sensatas contestaron: "Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis." Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras doncellas, diciendo: "Señor, señor, ábrenos." Pero él respondió: "Os lo aseguro: no os conozco." Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora."

 

 

El evangelio de hoy completa la reflexión. El texto propuesto nos trae la parábola llamada de las doncellas necias y las doncellas insensatas, que estaban esperando al novio, para acogerlo y para que este las invitara a entrar en la gran fiesta de su boda. Recordemos que – en la Biblia- el reino de Dios es simbolizado con un banquete de bodas. En este sentido, «el novio» designa al Mesías, al Cristo (Mateo 9,15).

 

En realidad, la parábola nos enseña que el final de cada persona dependerá de los caminos que ella escoja transitar en esta vida mortal. Es en esta vida donde o somos sabios o somos necios. La muerte espiritual será, entonces, consecuencia de las opciones de vida. Por eso os salmistas oran pidiendo: Muéstranos, Señor, tus caminos.

 

Desde la perspectiva de los textos del Nuevo Testamento, las necias y los necios son aquellos que han escuchado el mensaje de Jesús, pero no lo han interiorizado ni se han comprometido con Él. No han transformado en práctica su enseñanza, su PALABRA. Personas sabias son las que han escuchado a Jesús, le han abierto la puerta de su corazón, lo han dejado entrar en la vida y se han esforzado por traducir en práctica (en acción) sus enseñanzas. Por haber hecho esta opción entran al banquete del Reino.

 

La parábola es una seria llamada de atención para todo creyente: "Ustedes velen, porque no saben el día ni la hora". No dejemos que se apague la lámpara (la fe, el amor, el servicio), porque cualquier momento puede ser el último. Permanezcamos atentos, porque la fiesta del Reino (la plenitud de nuestra vida) está en juego en cada opción. En la vida de aquí está en juego la Vida Eterna. Por tanto, debemos entender que el Reino ya está aquí. Jesús – a través de la parábola – nos advierte que no debemos dejar que falte el aceite en nuestras lámparas.

 

NO hay tiempo que perder, debemos aprovechar el tiempo, que es siempre OPORTUNIDAD. Pero debemos aprovecharlo para amar, para servir, para construir la fraternidad humana, para dejar este mundo mejor de lo que lo encontramos. La ausencia de aceite en la lámpara no es otra cosa sino la manera metafórica de hablar de la presencia de egoísmo en nuestro corazón. Y el egoísmo es el mayor obstáculo para entrar en la fiesta de la boda (la plenitud de la comunión con Dios y con todos). 

 

Sinteticemos esta reflexión en 4 aspectos:

 

1.      ¿Hacia dónde nos encaminamos y a qué aspiramos?: Llegar a la plenitud, resucitar, lograr la comunión plena con Dios son experiencias que no se dan de manera mágica ni por simples automatismos. Requieren que el creyente esté atento, ‘despierto espiritualmente’ y piden que haga el esfuerzo diario y continuado de amar, de vencer el egoísmo. Por tanto, mientras se esté vivo no se puede bajar la guardia. 

 

2.      La relación aceite-lámpara: El aceite es para la lámpara lo que la oración y la práctica de la caridad es para la Iglesia toda (y para cada cristiano en particular). Oración y caridad son el combustible de la vida cristiana. En esas dos experiencias la persona es irremplazable: el diálogo amoroso con Dios (=es decir, la oración) y el amor al prójimo vivido en la cotidianidad (= es decir, la caridad) requiere del compromiso personal de cada creyente. Es por eso que las 5 doncellas sabias no pueden prestar su aceite a las 5 doncellas insensatas.

 

3.      Conciencia, responsabilidad y esfuerzo permanente: Así como hay la posibilidad de entrar, también existe la posibilidad de quedar por fuera. Notemos que la invitación es para todos. Dios ofrece las ayudas necesarias para que todos podamos ‘entrar’ al banquete de bodas (que simboliza la comunión plena con Dios y con toda la creación y nuestra realización). Pero, una vez que Dios se ha revelado totalmente en Jesucristo y que Jesucristo ha entregado sobreabundantemente el amor de Dios a todos, la responsabilidad queda en manos del creyente: él deberá optar, hacer su parte, esforzarse, permanecer fiel y mantenerse en ‘el camino propuesto’ enfrentando los obstáculos y los fenómenos contrarios al Reino de Dios, que buscan envolverlo, devorarlo.

 

4.      ¿Cuánto durará este esfuerzo? Mientras estemos vivos, pues no sabemos ni el día ni la hora en que nuestro paso por este mundo llegará a su fin. La vida es, pues, el terreno de trabajo del creyente.  Ser cristiano no consiste en buscar a Dios saliéndose de la vida, sino la experiencia de encontrarlo en ella y permitir que Él sea – con su amor- quien dé a nuestra existencia sentido, orientación y sabor.  

 

 

Terminemos nuestra reflexión orando con el…

 

Salmo 63

Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío.

 

Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, / mi alma está sedienta de ti; / mi carne tiene ansia de ti, / como tierra reseca, agotada, sin agua. R.

 

¡Cómo te contemplaba en el santuario / viendo tu fuerza y tu gloria! / Tu gracia vale más que la vida, / te alabarán mis labios. R.

 

Toda mi vida te bendeciré / y alzaré las manos invocándote. / Me saciaré como de enjundia y de manteca, / y mis labios te alabarán jubilosos. R.

 

En el lecho me acuerdo de ti / y velando medito en ti, / porque fuiste mi auxilio, / y a la sombra de tus alas canto con júbilo. R.

 


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