Domingo 31 del Tiempo Ordinario ciclo A – Conmemoración de Todos los Difuntos

Te comparto la reflexión correspondiente al Domingo 31 del Tiempo Ordinario ciclo A (Conmem.de Todos los Difuntos), sobre las lecturas de la Biblia que se proclaman durante la Eucaristía de este día.

 



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Nota acerca de la fecha: En el 2014, corresponde al Domingo 2 de Noviembre.

 



Job 19,1.23-27a

Yo sé que está vivo mi Redentor

 

Respondió Job a sus amigos: "¡Ojalá se escribieran mis palabras, ojalá se grabaran en cobre, con cincel de hierro y en plomo se escribieran para siempre en la roca! Yo sé que está vivo mi Redentor, y que al final se alzará sobre el polvo: después que me arranquen la piel, ya sin carne, veré a Dios; yo mismo lo veré, y no otro, mis propios ojos lo verán."

 

 



Filipenses 3,20-21

Transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso

 

Hermanos: Nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo. Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso, con esa energía que posee para sometérselo todo.


 

 

 

Marcos 15,33-39; 16,1-6

Jesús, dando un fuerte grito, expiró

 

Al llegar el mediodía, toda la región quedó en tinieblas hasta media tarde. Y, a la media tarde, Jesús clamó con voz potente: "Eloí, Eloí, lamá sabaktaní". (Que significa: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?") Algunos de los presentes, al oírlo, decían: "Mira, está llamando a Elías." Y uno echó a correr y, empapando una esponja en vinagre, la sujetó a una caña, y le daba de beber, diciendo: "Dejad, a ver si viene Elías a bajarlo." Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró. El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo: "Realmente este hombre era Hijo de Dios." [Pasado el sábado, María Magdalena, María la de Santiago, y Salomé compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús. Y muy temprano, el primer día de la semana, al salir el sol, fueron al sepulcro. Y se decían unas a otras: "¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro?" Al mirar, vieron que la piedra estaba corrida, y eso que era muy grande. Entraron en el sepulcro y vieron a un joven sentado a la derecha, vestido de blanco. Y se asustaron. Él les dijo: "No os asustéis. ¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado. Mirad el sitio donde lo pusieron."]

 

 

Te comparto algunos comentarios acerca de las lecturas anteriores:

 

El tema de la «vida eterna» es un tema teológico y espiritual complejo, que debe ser tratado con delicadeza y sin ingenuidad. ¿Qué es lo que se quiere expresar con él? ¿Qué es lo que el ser humano anhela en lo más profundo de su ser? ¿Es la vida eterna una simple prolongación de nuestra vida en este mundo? ¿Qué es lo que queremos decir los creyentes con esta expresión? Recordemos que ya en los evangelios aparece algo fundamental: la vida eterna es una experiencia de comunión y conocimiento de Dios: “Esta es la vida eterna – dice Jesús – que te conozcan a ti y a tu enviado, Jesucristo” (Juan 17)

 

Encontramos en la Biblia no pocos relatos en los que se alude a la Vida Eterna. Tales relatos bíblicos en los que se alude –en imágenes, en metáforas – a esa vida eterna no pretenden ser una descripción exacta de ella (no sabemos exactamente cómo es este “más allá” ni las características de la vida posible en él. Lo que expresamos es el anhelo profundo de que la vida triunfe sobre la muerte y de que esta vida que hemos recibido llegue a su realización plena y alcance su sentido pleno y definitivo.

 

El ser humano no es – para la comprensión cristiana- un mero compuesto de cuerpo y alma (así lo es para la visión filosófica platónica) y las cosas de la vida eterna no se resuelven simplemente separando el alma del cuerpo y enviándola a un lugar muy bonito (llamado cielo) o a un lugar feo (llamado infierno), según hayan sido nuestras opciones y comportamientos.

 

Detrás de todos estos planteamientos está la pregunta fundamental por el sentido de la vida: no sólo la pregunta por los pequeños sentidos históricos que van tejiendo nuestra existencia, sino el sentido total y definitivo de ella. Tal sentido, el creyente lo busca y lo plantea desde su relación con Dios.

 

La memoria de los fieles difuntos nos lleva a preguntar: ¿Qué significa que exista en el calendario litúrgico – un día específico para conmemorar (es decir, hacer memoria) a todos los difuntos? Significa que nos tomamos en serio la muerte, que nos cuestionamos sobre el sentido de la vida y que nos sentimos interpelados a abordar la pregunta por lo definitivo ¿qué será de cada uno de nosotros y de todos luego de la experiencia de la muerte?

 

También nos ayuda a tomar conciencia de nuestra temporalidad: la vida es como un soplo que pasa. Somos frágiles, caducos, pasajeros. Esa caducidad hace que el olvido pueda borrar los mejores recuerdos de aquellos que nos precedieron en el camino, en este itinerario que llamamos historia.

 

 A través de esta conmemoración de los difuntos se nos invita a rescatar la memoria vital y a agradecer por el paso de tantas personas que marcaron positivamente nuestra vida y a sanar aquellas heridas que nos dejaron o causamos a algunas personas que tampoco están más.

 

La memoria de los difuntos está también ligada a la memoria de la pasión y muerte de Jesús. Creemos en Jesús resucitado. La resurrección es el fundamento de la fe cristiana, pero esta fe sería imposible sin el paso de este Jesús por la muerte. Jesús murió, no eludió la muerte ni estaba haciendo como si muriese. Murió realmente y esta muerte y su contenido (es decir, su por qué y su para qué) deben cuestionarnos.

 

Finalmente, esta memoria de los difuntos nos lleva a re-significar el acto de orar por ellos, muy extendido en las prácticas religiosas cristianas. ¿Cuál sería el sentido de nuestra oración por los difuntos si se tiene en cuenta que Dios no necesita de nuestra oración para ejercer su misericordia con ellos? Si la benevolencia de Dios dependiese de nuestras oraciones, súplicas y sacrificios ¿de qué Dios estaríamos hablando? Efectivamente, nuestra oración no puede añadir nada al infinito amor de Dios.

 

Cierro esta reflexión (por ahora) con algunas palabras del teólogo Hans Küng, que aún conservan toda su actualidad:

 

“Creer en la vida eterna es estar seguro de que este mundo no es definitivo; que la situación no permanecerá así eternamente; que todo cuanto existe – incluidas las instituciones religiosas y políticas – tienen carácter transitorio; que la división de razas y clases, pobres y ricos, dominadores y dominados es provisional; que el mundo, en fin, está sometido a la transitoriedad y al cambio.”

 

(¿Vida Eterna? - 1983)

 

Algunas preguntas pueden acompañar o guiar nuestra reflexión:

 

  • ¿Qué es la muerte para cada uno de nosotros? ¿Un acabamiento, una tragedia, un absurdo, un paso?

 

  • ¿Cómo integramos – en nuestro caminar cotidiano – vida y muerte?

 

  • ¿Hemos vivido experiencias en las que el hecho de la muerte nos ha interrogado?

 

 

Terminemos nuestra meditación orando con el...

 


Salmo 24

A ti, Señor, levanto mi alma.

 

Recuerda, Señor, que tu ternura / y tu misericordia son eternas; / acuérdate de mí con misericordia, / por tu bondad, Señor. R.

 

Ensancha mi corazón oprimido / y sácame de mis tribulaciones. / Mira mis trabajos y mis penas / y perdona todos mis pecados. R.

 

Guarda mi vida y líbrame, / no quede yo defraudado de haber acudido a ti. / La inocencia y la rectitud me protegerán, / porque espero en ti. R.

 

 

Por último, te invito a que hagamos juntos la siguiente oración:

 

Dios Eterno, Misterio inabarcable y Fuerza creadora. Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato, y ayúdanos a sentir, en la fe, la presencia espiritual de nuestros hermanos y hermanas que nos han precedido en la existencia y en el amor. Amén.

 



 

 

¿Tienes alguna pregunta, duda, inquietud, sugerencia o comentario acerca de estas reflexiones?

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