Domingo 30 del Tiempo Ordinario Ciclo C

Te comparto la reflexión correspondiente al Domingo 30 del  Tiempo Ordinario Ciclo C, sobre las lecturas de la Biblia que se proclaman durante la Eucaristía de este día.



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Nota acerca de la fecha: En el 2016, corresponde al Domingo 23 de Octubre.



La gran afirmación de la Biblia es que Dios ama a todos los seres humanos y que ofrece su salvación a todos. Todo dependerá, entonces, de la respuesta que cada ser humano (allí donde esté) dé a su propuesta de amor.

 

Con todo, ese amor se expresa de manera apremiante hacia los pobres, los sufrientes, los excluidos. Es de aquí que se ha desprendido, en la Iglesia católica, la ‘opción preferencial por los pobres’ como uno de los ejes de la acción pastoral.

 

Pero la pobreza no se reduce sólo a la dimensión material y social. Esta dimensión es uno de sus componentes posibles. Algunos teólogos nos hacen caer en cuenta que, en no pocos casos, esa pobreza es producida por estructuras sociales y políticas injustas; por eso más que de pobres habría que hablar de empobrecidos y de procesos de empobrecimiento.

  

Pero la Biblia habla también de la pobreza espiritual: esa actitud y disposición humilde del ser humano creyente que reconoce su limitación, que se sabe necesitado de Dios, de su salvación, de su ayuda, que se ofrece a Dios en total disponibilidad.

 

Es la pobreza de aquel hombre que dice a Jesús: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya será suficiente para que mi siervo sane”. Esta frase ha pasado a la liturgia con una leve modificación:

 

“Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme.”




“Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme.”“Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme.”




Eclesiástico 35, 12-14. 16-18

Los gritos del pobre atraviesan las nubes

 

El Señor es un Dios justo, que no puede ser parcial; no es parcial contra el pobre, escucha las súplicas del oprimido; no desoye los gritos del huérfano o de la viuda cuando repite su queja; sus penas consiguen su favor, y su grito alcanza las nubes; los gritos del pobre atraviesan las nubes y hasta alcanzar a Dios no descansan; no cesa hasta que Dios le atiende, y el juez justo le hace justicia.

 

 

En la primera lectura Dios es presentado como juez justo e incorruptible, que escucha las súplicas de aquel que lo invoca sinceramente. Justicia, incorruptibilidad y capacidad de escucha son valores claves en la vida de toda comunidad humana y, por supuesto, en la vida del creyente.  Son valores que deben ser rescatados, si pretendemos construir un mundo diferente.

 

El libro de Ben Sirá (o Eclesiástico) fue escrito al comienzo del siglo II A.C, en un tiempo en que la cultura helénica dominaba la tierra de Palestina (en la que estaba establecido el antiguo pueblo de Israel). Esta imposición de la cultura helénica ponía en peligro los valores religiosos y culturales de Israel. Por eso el autor insiste en la necesidad de defender estos valores y en especial la experiencia religiosa del Judaísmo.

 

Desde esta perspectiva se entiende por qué el autor insiste en leer, meditar y vivir la Torá (es decir, la ley mosaica) y en volver a la sabiduría contenida en las tradiciones del pueblos de Israel. La insistencia en la sabiduría (tal como ella es entendida por la experiencia judaica) es clave.

 

El libro afirma que el camino de la verdadera sabiduría consiste en la práctica de una religión verdadera, que se identifica con la observancia apasionada y consciente de la Ley. Esta Ley dada por Dios al pueblo hace muchos siglos, a través de Moisés, sigue siendo el núcleo inspirador del camino histórico de Israel. En ella se aprende la piedad, la práctica de la justicia, la rectitud, el respeto a los pobres.

 

En su reflexión, el autor afirma que Dios no puede ser comprado ni forzado con actos de culto. Además nos recuerda que si tales actos de culto están disociados de la vida y no son coherentes con la justicia y la rectitud que Dios espera de sus fieles son actos vacíos, ritos huecos.

 

Esta afirmación sigue siendo válida no sólo para el creyente judío, sino para el cristiano que vive su fe en Dios siguiendo a Jesucristo. Así las cosas, quien se confiese cristiano está llamado a ser sabio y el verdadero sabio expresa su madurez en la práctica de la justicia. Surge así un gran cuestionamiento ¿cómo puede una persona practicar la injusticia y entrar en el templo a celebrar el culto, sin asumir un serio proceso de transformación, es decir, de conversión?

 

Desde la óptica del autor del libro, Dios es el juez justo, que no hace acepción de personas, que rechaza la opresión, la maldad, la mentira, la falsedad; que no se deja sobornar; que pide congruencia; que reclama unidad entre fe y vida; que pide estar atentos a las necesidades de los más pobres.

 

¿No es esto lo que debemos buscar también hoy?

 

En aquella época los más pobres eran los huérfanos y las viudas. En las diferentes épocas los pobres pueden ser distintos, pero – como lo afirmó Jesús – siempre estarán en medio de nosotros.

 

¿Qué nos queda de esta reflexión del libro de Ben Sirá?

 

  • 1.   Que debe haber una profunda unidad entre fe y vida.

 

  • 2.   Que la verdadera religión va más allá de los ritos y debe pasar por la justicia, la solidaridad y la rectitud.

 

  • 3.   Que los ritos son importantes y genuinos si están situados al interior de una vida que se esfuerza por ser íntegra y coherente.

 

  • 4.   Que no basta con la ofrenda (limosna) que se da en el templo, sino que hay que salir del templo a hacer el bien.

 

  • 5.   Que Dios tiene una preocupación especial por las personas que sufren, por los excluidos, y que dicha preocupación debe ser compartida por quienes creen en Él.

 

  • 6.   Que Dios escucha la oración de los pobres y de los que sufren.  

 


 

II Timoteo 4, 6-8. 16-18

Ahora me aguarda la corona merecida

 

Querido hermano: Yo estoy a punto de ser sacrificado, y el momento de mi partida es inminente. He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día; y no sólo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida. La primera vez que me defendí, todos me abandonaron, y nadie me asistió. Que Dios los perdone. Pero el Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje, de modo que lo oyeran todos los gentiles. Él me libró de la boca del león. El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo. A Él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

En la segunda lectura, el autor de la Carta a Timoteo nos invita a vivir el seguimiento de Cristo con entusiasmo, con ardor, con alegría. Recordemos que la carta hace referencia a la experiencia de San Pablo, quien vivió, en su propia historia la experiencia de la misericordia de Dios (el cual lo hizo pasar de la autosuficiencia a la humildad).  

 

Este texto nos sitúa al final de la 2ª carta a Timoteo. Se discute si fue el mismo Pablo quien la escribió. Lo importante es que hace referencia a la vida de Apóstol y que, con ella, se busca dar orientaciones a los cristianos de finales del primer siglo sobre la necesidad de mantenerse firmes en la fe y fieles a Jesucristo. Recordemos que los creyentes de finales del siglo I d.C., están sufriendo persecución, que hay divisiones en las comunidades cristianas y que muchos tienden a desanimarse, a abandonar la fe o, simplemente, a llevar un cristianismo superficial.

 

 ¿No nos estará pasando lo mismo?

 

El autor de la carta se presenta asumiendo el lugar del apóstol Pablo, que está preso en Roma y que ya se prepara para su partida de este mundo. Lo fundamental es que nos da su testimonio:

 

  • 1.   Ha vivido la experiencia del amor de Dios revelado en Jesucristo.

 

  • 2.   Ha vivido la misericordia de Dios.

 

  • 3.   Se ha sentido llamado por Dios a anunciar a Jesucristo, entre las poblaciones que no lo conocen (los gentiles).

 

  • 4.   Ha sido perseguido, torturado, encarcelado y ha sido condenado a muerte.

 

  • 5.   Pero no ha perdido la fe, ha luchado como un buen combatiente, hasta el final.

 

  • 6.   Ha entendido que ser cristiano es seguir a Cristo, configurarse con Él y comprometer su vida entera al servicio de Dios.

 

  • 7.   Y, aunque muchos lo han abandonado, es consciente de la fidelidad de Dios y confía que recibirá de Él el premio reservado al servidor fiel.

 

  • 8.   Y todo lo ha vivido no para ser él el centro ni para ganar honores, sino para dar gloria a Dios: A Él la gloria por los siglos de los siglos”.

 

¿No es este un hermoso cuadro, un extraordinario testimonio de vida, que nos invita y anima a seguir adelante, a pesar de las dificultades?

 

Es, precisamente para esto que este texto nos es propuesto en esta liturgia.

 

¿No es Pablo un ejemplo de vida que necesitamos meditar y actualizar en nuestra experiencia cristiana?

 

¿No es este el tipo de cristianismo vivido por Pablo que la Iglesia necesita para lograr una seria renovación?  



 

Lucas 18, 9-14

El publicano bajó a su casa justificado, y el fariseo no.

 

En aquel tiempo, a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola: "Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: "¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo." El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: "¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador." Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido."

 

 

El texto del evangelio, por su parte, hace énfasis en la actitud humilde que el creyente debe asumir delante de Dios. Pero debemos tener cuidado con el concepto de humildad y no confundirlo con la sumisión del esclavo (Dios no quiere esclavos sino hijos) ni con el complejo de inferioridad (pues así como la humildad pide reconocer los propios límites, también pide – desde una sana conciencia – activar las propias capacidades).

 

El evangelista – a través de su relato – nos quiere decir que Dios rechaza la actitud orgullosa y que detesta la autosuficiencia. Al contrario, Lucas nos recomienda ser humildes y dispuestos a acoger con gratitud el don de Dios.  

 

Jesús sigue caminando con sus discípulos hacia Jerusalén. Mientras van de viaje los va formando. Esta vez Jesús toca un tema delicado: la actitud del creyente ante Dios. ¿Por qué habla de esto? Porque algunos se consideran justos y perfectos… Y, además, creen tener el derecho de despreciar a los demás. Esta actitud, muy frecuente en algunos miembros de la corriente de los fariseos de la época, hace que Jesús reaccione duramente.  Tales fariseos piensan que por la observancia escrupulosa de la ley (de muchas normas que se fueron creando) tienen garantizada la salvación, pueden exigirle a Dios y, además, pueden erigirse como jueces de los demás, a quienes consideran imperfectos, pecadores, no merecedores de la salvación de Dios.

 

¿No hay, aún hoy, al interior de la Iglesia, estas mismas actitudes?  Jesús no rechaza el amor que los fariseos tienen por la Torá (por la Ley de Moisés) ni está en desacuerdo con la profunda piedad que parece animar a los fariseos. Lo que Jesús rechaza es el fundamentalismo que se esconde en estas actitudes, la prepotencia espiritual y un marcado complejo de superioridad.

 

Recordemos que los publicanos eran cobradores de impuestos al servicio del imperio romano. Por tal razón eran rechazados y considerados traidores y colaboracionistas con el régimen de dominación. Los publicanos tenían, además, la fama de aprovechar su cargo para enriquecerse ilícitamente (recordemos el caso de Zaqueo, narrado en el capítulo 19 del evangelio de Lucas).  Por tanto, al hacerse publicano, la persona quedaba excluida de algunos derechos cívicos, políticos y religiosos.

 

A través de la parábola se nos propone una especie de paralelo (de confrontación) entre dos actitudes posibles delante de Dios: el fariseo encarna la prepotencia, el orgullo, la altivez, la excesiva seguridad. El publicano, por su parte, encarna la conciencia de pecado, la humildad y la confianza en la misericordia de Dios.

 

El fariseo no es justificado y el publicano sí ¿por qué?  Por su falta de humildad, porque la salvación no es simplemente una conquista humana, sino un don de Dios que ha de recibirse con gratitud.

 

¿Qué aspectos podemos meditar a partir de este texto? Proponemos los siguientes:

 

  • 1.   ¿Cómo entiendes la experiencia espiritual?

 

  • 2.   ¿Cómo es tu oración y tu actitud ante Dios?

 

  • 3.   ¿Cómo es tu actitud hacia las demás personas?

 

  • 4.   ¿Logras mantener unidas la lógica del don de Dios y la lógica del esfuerzo personal en tu camino espiritual?

 

 

Terminemos nuestra reflexión orando con el…

 


Salmo 33

Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha.

 

Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren. R.

 

El Señor se enfrenta con los malhechores, para borrar de la tierra su memoria. Cuando uno grita, el Señor lo escucha y lo libra de sus angustias. R.

 

El Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos. El Señor redime a sus siervos, no será castigado quien se acoge a Él. R.

 

 


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