Domingo 27 del Tiempo Ordinario Ciclo C

Te comparto la reflexión correspondiente al Domingo 27 del  Tiempo Ordinario Ciclo C, sobre las lecturas de la Biblia que se proclaman durante la Eucaristía de este día.


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Nota acerca de la fecha: En el 2016, corresponde al Domingo 2 de Octubre.




Muchas actitudes son posibles ante las diversas situaciones, pero ¿Cuál es la actitud correcta? O ¿cómo discernir la actitud más adecuada dentro de un contexto determinado?

 

Lo cierto es que siempre nos encontramos en medio de la tensión entre nuestras capacidades y nuestra finitud. Es conveniente no olvidar estos dos polos entre los cuales se desenvuelve dinámicamente nuestra vida. Nuestra opción por Dios debe tener en cuenta que existimos contextualmente, afectados por múltiples aspectos.

 

Precisamente por eso, porque los contextos y las situaciones cambian, las respuestas no son necesariamente las mismas. Aprendemos de lo vivido, pero lo vivido nos sirve de materia prima para la elaboración de nuevas respuestas a situaciones nuevas. Hay situaciones semejantes, pero no iguales. Y hay situaciones inéditas que nos obligan a hacer esfuerzos mayores de discernimiento y acción. Lo importante para el creyente es conservar el deseo de permanecer en comunión con Dios. La perseverancia es la clave de la liturgia de este domingo.



 

¿Somos perseverantes en nuestra fe? ¿Nuestro amor da suficiente testimonio de dicha fe?¿Somos perseverantes en nuestra fe? ¿Nuestro amor da suficiente testimonio de dicha fe?




Habacuc 1, 2-3; 2, 2-4

El justo vivirá por su fe


¿Hasta cuándo clamaré, Señor, sin que me escuches? ¿Te gritaré: "Violencia", sin que me salves? ¿Por qué me haces ver desgracias, me muestras trabajos, violencias y catástrofes, surgen luchas, se alzan contiendas? El Señor me respondió así: "Escribe la visión, grábala en tablillas, de modo que se lea de corrido. La visión espera su momento, se acerca su término y no fallará; si tarda, espera, porque ha de llegar sin retrasarse. El injusto tiene el alma hinchada, pero el justo vivirá por su fe."

 

 

En la PRIMERA LECTURA, el profeta Habacuc invoca a Dios para que cese la injusticia, la violencia y el pecado.  ¿No es esto lo que queremos para todo el planeta? Pero recordemos que no se trata de caer en una fe mágica, en la que se piensa que Dios va a cambiarlo todo y los humanos podemos cruzarnos de brazos para esperar que Dios haga. No, la sabiduría popular nos puede servir aquí: “A Dios rogando y con el mazo dando”: Dios hace su parte, pero nos pide trabajar con Él, y eso significa que nosotros los humanos hagamos la nuestra.

 

La transformación del mundo, de las sociedades, de las culturas son tareas de largo aliento, por eso hay que tener una mirada amplia, capaz de ver holísticamente, que evite fragmentaciones y que visualice proyectos transformadores que apunten a dar respuesta a las causas, para no caer en reformismos que dan la impresión de cambio, pero que – en realidad - mantienen lo ya existente… un poco disfrazado.

 

Desde el punto de vista de la fe, lo que debe operarse es un cambio del corazón y de la mentalidad. Si ellos cambian, cambiarán las prácticas, los comportamientos, las actitudes, los modos de organizarnos y configurarnos socialmente.

 

Si el corazón y la mente de la persona que miente, oprime, ejerce violencia, roba, etc., no entra por un camino de transformación, una transformación que toque la conciencia ¿cómo esperar que la mentira, la opresión, la violencia, la corrupción, etc., desparezcan de los distintos ámbitos de la vida humana?

 

Claro, no siempre el tiempo de Dios coincide con los tiempos humanos. Allí hay un misterio profundo. Lo cierto es que el tiempo en el que transcurre nuestra vida no es sólo una sucesión de momentos, de meses, de años, etc.; es posibilidad de vivir, de construir sentidos, de responder a Dios y de dejar una huella positiva en nuestro paso por este mundo.

 

En el texto de la PRIMERA LECTURA, Dios confirma su intención de actuar en el mundo; pero cada persona (y, en concreto, el creyente) debe plantearse la pregunta por su compromiso concreto con la Voluntad de Dios y con lo que – ligado a esa voluntad – la humanidad  y el planeta requieren.

 

Sabemos muy poco sobre el profeta Habacuc. Parece haber vivido en la época en que el imperio babilónico había dominado al imperio Asirio y buscaba imponer su dominio en la región de Canaán, donde también se encontraba establecido el pueblo de Israel. Estaríamos entonces ubicados hacia el siglo VII a.C.  Para esa época, el rey de Judá era Joaquín. Fue un período de vacío político, de desorientación religiosa y de injusticia social al interior del país. Los babilonios están ya muy cerca y pretenden tomar Jerusalén. Todo el pueblo de Israel sabe que “cambiará de dueño” y le tocará pagar tributos más onerosos que los que le había impuesto su antiguo dominador.  Efectivamente, Joaquín no alcanzó a reinar ni medio año cuando los babilonios tomaron la capital y deportaron a Babilonia a una buena parte del pueblo (especialmente la clase dirigente) y, por supuesto, al rey y parte de su corte.

 

El profeta Habacuc - que es, ante todo, un hombre piadoso y creyente – clama a Dios pidiendo respuestas tanto por la situación de vasallaje impuesta por Babilonia como por la situación interna del pueblo que, a pesar de todo lo que está pasando, no cambia: ¿Por qué me haces ver desgracias, me muestras trabajos, violencias y catástrofes, surgen luchas, se alzan contiendas?  Habacuc, en medio de su angustia tiene clara una cosa: Dios no puede ser insensible ante lo que pasa, no puede concordar  con la injusticia ni puede permitir – sin hacer nada – que su proyecto de salvación quede frustrado.

 

Pero Dios responde, no se queda callado… Y su palabra es de esperanza: Dios le asegura que no es indiferente a la situación del pueblo, que no es indiferente al mal y que va a actuar, pero hay que saber esperar y mantenerse firme en la fe, en la alianza. Saber esperar, tener paciencia y no perder el rumbo son presentadas, aquí, como actitudes claves. ¿No lo son también, hoy, para nosotros?  Hay que saber esperar el tiempo de Dios, el momento ideal para intervenir (pero no olvidemos que esa intervención no será mágica; se realizará a través de mediaciones, a través de personas concretas y de proyectos en los que quienes optan por Él deben actuar).  

 

Con frecuencia muchas personas se preguntan por la postura de Dios ante tanta injusticia y sufrimiento. No es que Dios admita la injusticia y se olvide del ser humano. Lo que ocurre –según la perspectiva de Habacuc - es que Dios ha dejado – en primera instancia – la responsabilidad de construir la historia en manos del ser humano y respeta su libertad.

 

Claro, muchas veces soporta nuestros extravíos, nuestro orgullo, nuestra ignorancia, nuestra terquedad.  Debemos aprender a esperar activamente, reconocer que – con frecuencia – nuestros caminos no son los de Dios y que debe operarse en nosotros, en los otros, en el mundo un cambio de corazón y de mentalidad.

 

Además, debemos aprender a confiar en la acción de Dios y saber intuir su tiempo, su ritmo.  En ese proceso, aún sin lograr entenderlo todo, es importante perseverar, no perder el rumbo y continuar dando el testimonio que corresponde a la opción que hemos hecho por Dios.    

 



II Timoteo 1, 6-8. 13-14

No te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor

 

Querido hermano: Reaviva el don de Dios, que recibiste cuando te impuse las manos; porque Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de energía, amor y buen juicio. No te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor y de mí, su prisionero. Toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según la fuerza de Dios. Ten delante la visión que yo te di con mis palabras sensatas y vive con fe y amor en Cristo Jesús. Guarda este precioso depósito con la ayuda del Espíritu Santo que habita en nosotros.

 

 

En la segunda lectura, el autor se preocupa por alimentar en los cristianos de las comunidades de finales del siglo primero, el compromiso por el Reino de Dios.  Si la Iglesia debe ser “instrumento” del Reino de Dios en el mundo, ella debe cuidar su salud espiritual para poder cumplir su misión, al interior de las sociedades donde está presente. Pero, puesto que esta tarea no es fácil y puede encontrar obstáculos, pueden presentarse desánimos en unos, desviación en otros, abandono total en otros, pereza en otros, etc., por eso la Iglesia toda (y el cristiano) no debe dormirse: oración, discernimiento y práctica del evangelio es lo que se le pide al cristiano.

 

La lectura viene como anillo al dedo para dar continuidad a lo planteado en la primera lectura. Para no perder el rumbo y evitar caer en la desesperación, el creyente debe:

 

  • 1.       Reavivar el don de Dios,

 

  • 2.       Alimentar, en lo más hondo de su espíritu la energía, el amor y el buen juicio.

 

  • 3.       No avergonzarse de la opción de fe que ha tomado. Al contrario, sentirse sanamente orgulloso de ella y velar por fortalecerla.

 

  • 4.       Asumir la misión con decisión.

 

  • 5.       Centrarse en Cristo, en su vida y en su enseñanza.

 

  • 6.       Dejarse guiar por el Espíritu de Dios.

 

Recordemos que la 2ª Carta a Timoteo, que pertenece al Nuevo testamento, nos sitúa ya en una perspectiva claramente cristiana. Es presentada como un conjunto de consejos pastorales que Pablo apóstol da a su amigo Timoteo, a quien ha nombrado responsable de algunas de las iglesias de Asia Menor.

 

Claro, su mensaje sigue siendo válido y de allí podemos sacar no pocos aspectos para orientar nuestra vida cristiana.  El autor de la carta insiste a Timoteo en que, ante todo, debe ser consciente del don que ha recibido de Dios, perseverar en el servicio y conservar la sana doctrina. ¿No sigue siendo esto actual? ¿No debemos, acaso, asumir estas tres tareas?

 

Aunque las orientaciones que aparecen en esta carta son – de manera particular -  para quienes están al frente de las comunidades, ellas pueden ser asumidas por todos los bautizados.

 

El mundo en el que vivimos (un  mundo complejo y pluralista) puede – en ocasiones – apartarnos de los valores de Jesús y paralizar nuestro deseo de servir. Por ello hay que ir a la raíz del ser cristiano y revitalizar nuestra opción de vida con el don de Dios. Eso es lo que se espera que hagamos.




 

Lucas 17, 5-10

¡Si tuvierais fe ... !

 

En aquel tiempo, los apóstoles le pidieron al Señor: "Auméntanos la fe." El Señor contestó: "Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: "Arráncate de raíz y plántate en el mar." Y os obedecería. Suponed que un criado vuestro trabaja como labrador o como pastor; cuando vuelve del campo, ¿quién de vosotros le dice: "En seguida, ven y ponte a la mesa"? ¿No le diréis: 'Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú"? ¿Tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Lo mismo vosotros: cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: "Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer.""

 

 

El texto del EVANGELIO es una invitación a un compromiso de fondo con el proyecto de Dios. Una invitación a la radicalidad, que hay que distinguir del radicalismo (que va más hacia los fundamentalismos y las posturas extremistas). La radicalidad nos invita a ir a la raíz de las cosas, para comprenderlas y para nutrir lo que creemos y lo que vivimos.

 

La enseñanza de Jesús a sus discípulos les propone adherir a su persona y a su proyecto. Esa adhesión es la fe, pero recordemos que toda adhesión requiere ser acogida, bien comprendida, reflexionada y adecuadamente implementada a través de un estilo de vida.  El discípulo compromete su vida en el seguimiento de Jesús y en el proyecto del Reino; por eso es importante que tenga claridad, para que su opción sea madura, profunda y sostenible en el tiempo. Y, al mismo tiempo, el creyente es consciente que su acción compromete a Dios, pone en juego a Dios.  Por eso es, simultáneamente, actor y servidor.

 

Recordemos que Jesús sigue de viaje con sus discípulos hacia Jerusalén y, mientras viajan, Él va haciendo con ellos un proceso de formación, pues son ellos los que deberán continuar su obra.  Aumentar la fe, es la preocupación que aparece en los discípulos. Esta petición expresa, sin duda, la conciencia que tienen los discípulos del estado en que ellos mismos se encuentran: aman a Jesús, lo siguen, perciben la grandeza de la misión en el mundo, pero se sienten frágiles y sienten que su fe es muy pequeña. ¿No nos ocurre lo mismo? ¿Cómo está nuestra fe?

 

Jesús les ha dejado claro que para asumir el camino del Reino de Dios  hay que amar y el amor se hace concreto a través de las actitudes, de los compromisos, del servicio, de la entrega de la propia vida en la construcción de una humanidad nueva. Esta es la puerta estrecha de que ya les ha hablado en otra estación del viaje.

 

Recordemos que, en los evangelios, la fe no es primeramente una adhesión a dogmas y a doctrinas (este es un acento posterior en la evolución del cristianismo), sino la adhesión vital a Jesucristo, a su proyecto de salvación, al Reino de Dios.

 

Los discípulos saben que esta adhesión a Jesús no es un camino fácil, entre otras cosas, porque el mismo Jesús es exigente (no quiere mediocridad) y porque los discípulos van descubriendo el drama de su propio maestro (que está siendo incomprendido, rechazado y perseguido). De hecho, Jesús les advierte que vendrá un momento duro pues  lo van a apresar y a asesinar.

 

En estas circunstancias, ¿qué será mejor? ¿Seguir con Jesús o abandonarlo? El texto pretende llevar al discípulo (al creyente de todos los tiempos) a formularse esta pregunta, pues, sin importar la época, ser cristiano será algo exigente y tendrá sus riesgos.   

 

La imagen utilizada por Jesús (la orden dada a la morera de arrancarse y trasplantarse en el mar) es – obvio – una imagen para indicar que desde la fe todo es posible y que cuando la persona se adhiere a Jesús de corazón y de manera seria, se produce una transformación radical en la persona, en su modo de ser y de vivir y es esta transformación la que irradia algo nuevo y provoca cambios en los ambientes y entornos en que ella actúa.

 

En la segunda parte del texto, se describe la actitud que el creyente debe tener delante de Dios: no se trata de cumplir – de manera externa – un conjunto de mandamientos para alcanzar la salvación. Si esto se vive así, la fe se vuelve un negocio y el creyente puede caer en el más ramplón de los orgullos: el orgullo espiritual.  Esa actitud lleva al creyente a tratar a Dios como alguien que “le debe” salvación por haber hecho esto o aquello.

 

La verdadera actitud debe ser de desprendimiento, de confianza radical y de gratuidad. Por eso, una vez realizada la tarea, lo que hay que decir es, simplemente: "Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer."

 

Meditemos y avancemos en nuestro camino con Jesús…

 

 

Terminemos nuestra reflexión orando con el…

 


Salmo 94

Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: "No endurezcáis vuestro corazón."

 

Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva; entremos a su presencia dándole gracias, aclamándolo con cantos. R.

 

Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro. Porque Él es nuestro Dios, y nosotros su pueblo, el rebaño que Él guía. R.

 

Ojalá escuchéis hoy su voz: "No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masa en el desierto; cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras." R.

 




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