Domingo 22 del Tiempo Ordinario Ciclo C

Te comparto la reflexión correspondiente al Domingo 22 del  Tiempo Ordinario Ciclo C, sobre las lecturas de la Biblia que se proclaman durante la Eucaristía de este día.



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Nota acerca de la fecha: En el 2016, corresponde al Domingo 28 de Agosto.



Podemos privarnos (como personas y como sociedad) de muchas cosas. Podemos vivir sin celular, sin tantos productos, marcas, y almacenes que venden lo mismo. Si no tenemos estas cosas quizá nos incomodemos un poco, pero podremos sobrevivir, avanzar y crecer.

 

Sin embargo, no podemos privarnos del verdadero amor, de la ética, de los valores. Sin ellos, el ser humano y las sociedades humanas se destruyen, quedan incompletos, frustrados. Esto nos ayuda a entender que ser cristiano está también ligado a una experiencia y una praxis ética.

 

Hay unos valores que son propios del Reino de Dios. Debemos conocerlos, interiorizarlos y practicarlos. Tres de esos valores son la igualdad, la gratuidad y la humildad. La liturgia de hoy está centrada, de manera especial, en los dos últimos.




Tenemos en nuestro mundo modelos de gratuidad y de humildad que nos deben motivar a ponerlos en prácticaTenemos en nuestro mundo modelos de gratuidad y de humildad que nos deben motivar a ponerlos en práctica




Eclesiástico 3, 17-18. 20. 28-29

Hazte pequeño y alcanzarás el favor de Dios

 

Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad y te querrán más que al hombre generoso. Hazte pequeño en las grandezas humanas, y alcanzarás el favor de Dios; porque es grande la misericordia de Dios, y revela sus secretos a los humildes. No corras a curar la herida del cínico, pues no tiene cura, es brote de mala planta. El sabio aprecia las sentencias de los sabios, el oído atento a la sabiduría se alegrará.

 

 

En la primera lectura, tenemos un texto de un libro sapiencial del siglo II a.C. Allí se aconseja nuevamente la humildad como camino que nos hace agradables a Dios y valiosos a los ojos de los demás, en el contexto de una sana convivencia.

 

Debemos situarnos, para comprender mejor esta lectura, en el siglo II a. C., cuando el helenismo se implantaba en la región de Palestina. Esta invasión e imposición cultural causó mucho sufrimiento a las comunidades invadidas. Muchos judíos de la época se dejaron seducir por la cultura helénica y abandonaron los valores culturales y espirituales propios de Israel (este proceso afectó, de manera particular, a los judíos que vivían dispersos por el imperio, es decir, los judíos de la diáspora).

 

El autor del libro, Jesús Ben-Sirá, es un judío orgulloso de su fe y de su cultura. Percibiendo las consecuencias de esta invasión helénica sobre su pueblo, emprende una reflexión que busca defender su patrimonio espiritual y cultural. Invita a sus compatriotas a volver sus ojos a sus raíces, a su cultura, a su historia, a su riqueza espiritual.

 

¿No estaremos necesitando urgentemente hacer este ejercicio, sin por ello rechazar, diabolizar o desconocer la riqueza de la cultura o el camino espiritual de otros?

 

Hay que ser cuidadosos y equilibrados. Lo cierto es que el autor insiste en la riqueza de la Torá y en la sabiduría que hay en el camino espiritual del pueblo de Israel e invita a todos a hacerse responsables de esta herencia cultural.  

 

El texto que nos es propuesto como primera lectura pertenece a la primera parte del libro. Esta parte habla de la sabiduría que viene de Dios y que es ofrecida a toda la humanidad. Esta sabiduría (que se expresa a través de dichos y proverbios) busca enseñar el arte del buen vivir, del sabio convivir y de llegar a la felicidad. 

 

El texto se presenta como una instrucción que un papá da a su hijo, instrucción que busca – evidentemente – la felicidad de aquel que comienza la vida y debe realizarla. Los temas fundamentales son la humildad y la sencillez.

 

El autor presenta este valor como clave en la vida humana. Este valor de la humildad no es para unos pocos, sino para todos. Pero no es algo que aparezca automáticamente: hay que darle importancia, buscarla, cultivarla… Y – como debe suceder con todos los valores – practicarla.

 

El humilde no es un apocado. Es una persona que sabe lo que es y lo que puede; el humilde sabe asumir su puesto y – desde él – desplegar los talentos que Dios le dio.

 

El humilde renuncia a violentar y humillar a los demás. El humilde es capaz de distinguir entre lo esencial, lo necesario y lo superficial.

 

La persona humilde es sabia; no deja que el éxito se le “suba a la cabeza” ni desprecia a los demás.

 

Es consciente que todo es don de Dios y que la mejor manera de agradecerle es haciendo adecuado uso de sus dones.

 

Por el contrario, la persona que se deja dominar por el orgullo se transforma fácilmente en egoísta, autosuficiente y dominador. Piensa que puede prescindir de los otros y de Dios. Este tipo de persona encarna la necedad, la ausencia de sabiduría.

 

Podemos identificar algunas líneas de reflexión propuestas por esta lectura sapiencial:

 

  • 1.       Proceder con humildad,

 

  • 2.       Asumir que a mayor importancia, mayor humildad,

 

  • 3.       Comprender que la soberbia produce desgracia (para el soberbio y para otros). Es una enfermedad del espíritu,

 

  • 4.       Reflexionar no sólo en las acciones negativas y destructivas, sino en la ‘raíz’ de la cual ellas brotan, el egoísmo. 




 

Hebreos 12, 18-19. 22-24a

Os habéis acercado al monte Sión, ciudad del Dios vivo

 

Hermanos: Vosotros no os habéis acercado a un monte tangible, a un fuego encendido, a densos nubarrones, a la tormenta, al sonido de la trompeta; ni habéis oído aquella voz que el pueblo, al oírla, pidió que no les siguiera hablando. Vosotros os habéis acercado al monte de Sión, ciudad del Dios vivo, Jerusalén del cielo, a millares de ángeles en fiesta, a la asamblea de los primogénitos inscritos en el cielo, a Dios, juez de todos, a las almas de los justos que han llegado a su destino y al Mediador de la nueva alianza, Jesús.

 

 

La segunda lectura está dirigida a una comunidad cristiana que parece haber caído en una actitud de pereza espiritual, de poca auto-exigencia y de acomodamiento. No se compromete mucho con la acogida y la ayuda a los demás. Es una comunidad asustada por los problemas y acomodada, en una especie de cristianismo light, una iglesia de poco compromiso.

 

Por eso, el autor plantea que la fe en Dios es una experiencia de comunión, de encuentro con los otros (en una convivencia sana), de amor al prójimo (no teórico sino práctico). El autor insiste que es sólo desde este horizonte que la vida cristiana puede adquirir su “sabor” y transformarse en luz para la sociedad.

 

El texto propuesto, es la continuación de la lectura que venimos haciendo de la Carta a los Hebreos. El autor pide a los cristianos vivir con seriedad su fe en Cristo y los anima a perseverar en las pruebas. Lo que busca el autor con su exhortación es lograr que la comunidad asuma un estilo de vida y unas actitudes consecuentes con su vinculación a Cristo: saber convivir con los demás y mantener una adecuada relación con Dios.

 

Para dejar las cosas bien claras, el autor de la carta hace un paralelo entre la antigua religión judía (que los destinatarios conocían bien) y la propuesta de salvación que Cristo reveló. Lo que pretende con este paralelo es mostrar la novedad y la riqueza del cristianismo.

 

¿Conocemos realmente la riqueza del cristianismo? ¿No estaremos dando por supuesto que ya conocemos esta riqueza y tenemos todo claro?  

 

En ese paralelo, la experiencia religiosa antigua (simbolizada por el Sinaí, montaña de la cual Moisés desciende con las tablas de la ley) es presentada como una experiencia que generó miedo (esto suponía una deficiente comprensión de Dios, a quien se le atribuían las características de un juez implacable).

 

En cambio, la experiencia de seguimiento de Cristo revela la cercanía de un Dios amoroso, que llama a entrar en comunión con Él (es una experiencia religiosa centrada en el encuentro, el amor y la confianza).

 

Lo que el autor quiere afirmar es que el sistema religioso basado en el miedo debe desaparecer, porque no ayuda a crecer y porque no produce personas libres.

 

En la experiencia cristiana, el bautismo, nos introduce en ese clima de amorosa filiación y de intimidad transformadora. De allí se deriva la alegría de creer, de la cual nos ha hablado recientemente el Papa Francisco.  Dios se acerca a nosotros, hace alianza con nosotros y establece su morada entre nosotros, para hacernos partícipes de su vida, de su proyecto de salvación y herederos de la vida eterna.

 

Preguntémonos:

 

  • 1.   ¿Qué tipo de experiencia religiosa estamos viviendo?

 

  • 2.   ¿No nos habremos quedado en la antigua religión, pensando que hemos dado el salto al gozo del evangelio cristiano?

 

  • 3.   ¿No nos invita este texto a redescubrir nuestra fe en Cristo Jesús y a salir de una concepción demasiado cómoda de la experiencia espiritual?




Lucas 14, 1. 7-14

El que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido

 

Un sábado, entró Jesús en casa de uno de los principales fariseos para comer, y ellos le estaban espiando. Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les propuso esta parábola: "Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y vendrá el que os convidó a ti y al otro y te dirá: "Cédele el puesto a éste." Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: "Amigo, sube más arriba." Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido." Y dijo al que lo había invitado: "Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos."

 

 

El texto del evangelio nos habla de un banquete, en casa de un fariseo. El banquete es aprovechado por Jesús para hablar del Reino de Dios. En el banquete lo que se busca es encontrarse auténticamente con otros, compartir, reconocer a los otros como otros (sin basarnos en los títulos, cargos, puestos o recursos que cada uno pueda tener).

 

Recordemos que, en la cultura semita, el banquete es el espacio de encuentro fraterno, en el que los invitados comparten el alimento (necesidad vital) y crean lazos de comunión y de reconocimiento. Es un espacio para confraternizar, es decir, para crear fraternidad.

 

Valiéndose del banquete Jesús denuncia la actitud de aquel que quiere los primeros puestos, que busca ser el centro y ser tratado como “el más importante”.  Jesús recomienda la humildad, la superación de la ambición de poder… exorcizar el complejo de superioridad, que conduce a prácticas de dominación.

 

Lucas es el único evangelista que muestra a los fariseos tan cercanos a Jesús (en ninguno de los otros evangelios nunca un fariseo invita a Jesús a comer a su casa).

 

Recordemos que los fariseos constituían uno de los principales grupos religiosos del judaísmo de la época de Jesús. Eran grandes conocedores de la Ley Mosaica (La Torá). Se preocupaban por despertar en los israelitas un gran amor por la Ley y las tradiciones.

 

Los cristianos tenemos una imagen negativa de este grupo por las confrontaciones y tensiones que tuvieron con Jesús y que aparecen en los relatos de los evangelios.

 

Hay que hacer claridad que no se trataba de todos los fariseos, sino de “ciertos fariseos” (las generalizaciones son peligrosas). Por eso hay que distinguir entre fariseísmo (palabra de connotación negativa, que se refiere a una actitud legalista, hipócrita y dominante) y el farisianismo como movimiento religioso. Los fariseos eran, pues, un grupo religioso muy serio, empeñado en la santificación del pueblo (eran los grandes catequistas de la época, en el judaísmo).

 

Lo que Jesús critica de algunos fariseos es que – al absolutizar la ley – pierden de vista el amor, la misericordia y el respeto por los demás. Por otra parte, les critica el que se consideren ellos mismos “puros” y “perfectos”, con derecho a despreciar y juzgar a los demás.

 

Bueno, ahora entendemos que también dentro del cristianismo pueden presentarse actitudes y comportamientos de corte fariseo (en sentido negativo). Estas actitudes de suficiencia, superioridad y prepotencia son totalmente lo contrario de lo que se está tratando como tema central, la humildad.

 

El texto tiene dos partes. En la primera, se trata el tema de la humildad (no buscar el primer lugar: recordemos que Jesús en la última cena, siendo el Señor, lavó los pies de los discípulos).

 

En la segunda, se aborda el tema de la gratuidad (la capacidad de amar desinteresadamente: por eso aconseja invitar a los que no pueden retribuir. Es una clara alusión a la preocupación por los pobres, que deben estar en el centro de la vida del creyente).

 

En realidad, ambos temas están ligados al Reino, son valores del Reino de Dios, que debemos descubrir, apropiar y vivir (transformar en actitudes).

 

Atención a este proceso: descubrir-apropiar-vivir. No basta con quedarnos escuchando o haciendo buenos discursos sobre estos valores. El valor no existe vitalmente si no se transforma en actitud y en praxis. ¿Qué podemos decir al respecto?

 

Notemos que la intención de Jesús es (una vez más) orientar nuestra atención hacia el Reino de Dios (es decir hacia la presencia amorosa y transformadora de Dios y la relación que tenemos con Él). El Reino es presentado por Jesús como un banquete (encuentro), donde lo fundamental es la presencia de Dios y los lazos de comunión, familiaridad y solidaridad que establecemos entre prójimos (fraternidad). Este es el proyecto de Jesús ¿Lo hemos entendido? ¿Lo queremos vivir?

 

Nuestra sociedad es frecuentemente agresiva y competitiva. ¿No tendrá, esta enseñanza de Jesús, mucha actualidad? Queremos construir un mundo reconciliado y la paz. ¿Nos servirán la humildad y la gratuidad en este proyecto?

 

Por otro lado, al interior de la Iglesia puede suceder que aparezcan personas cuya ambición está por encima del verdadero servicio. ¿No es, acaso, este texto un llamado a la conversión?

 

 

Terminemos nuestra reflexión orando con el…



 

Salmo 67

Preparaste, oh Dios, casa para los pobres.

 

Los justos se alegran, gozan en la presencia de Dios, rebosando de alegría. Cantad a Dios, tocad en su honor; su nombre es el Señor. R.

 

Padre de huérfanos, protector de viudas, Dios vive en su santa morada. Dios prepara casa a los desvalidos, libera a los cautivos y los enriquece. R.

 

Derramaste en tu heredad, oh Dios, una lluvia copiosa, aliviaste la tierra extenuada; y tu rebaño habitó en la tierra que tu bondad, oh Dios, preparó para los pobres. R.



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