En Defensa de la Fe


Domingo 20 del Tiempo Ordinario Ciclo C

Te comparto la reflexión correspondiente al Domingo 20 del  Tiempo Ordinario Ciclo C, sobre las lecturas de la Biblia que se proclaman durante la Eucaristía de este día.



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Nota acerca de la fecha: En el 2016, corresponde al Domingo 14 de Agosto.


Nos encontramos este domingo con una nueva sesión de enseñanza de Jesús a sus discípulos. Todas sus enseñanzas tienen que ver con la vida y con la acción amorosa de Dios en ella (es el acontecer del Reino de Dios). Esta vez la enseñanza tiene que ver con la radicalidad. O somos seguidores de Jesús o no lo somos. No se puede estar, al mismo tiempo, montado en el autobús y caminando por los andenes. La tibieza espiritual se refleja en la tibieza de la opción que se ha hecho. Precisamente, para evitar esto es que los últimos Papas insisten en la necesidad de una Nueva Evangelización, cuyo primer eje es su ARDOR. La Iglesia, nos dice el Papa, necesita cristianos realmente comprometidos. Y el mundo – para creer – necesita testigos auténticos. Este es el gran reto que tenemos los creyentes cristianos.  La idea no es ser cristianos a medias o cristianos por horas o días. El objetivo es ser cristianos coherentes e integrales.

 

Es en este sentido que las lecturas nos presentan algunos testigos de la experiencia de fe.  Ellos son como ejemplos de que “sí se puede ser creyente en serio”.



"El Amor tiene que ponerse en acción. Esa actividad nos llevará al Servicio" (Madre Teresa de Calcuta)



Jeremías 38, 4-6. 8-10

Me engendraste hombre de pleitos para todo el país

 

En aquellos días, los príncipes dijeron al rey: "Muera ese Jeremías, porque está desmoralizando a los soldados que quedan en la ciudad y a todo el pueblo, con semejantes discursos. Ese hombre no busca el bien del pueblo, sino su desgracia." Respondió el rey Sedecías: "Ahí lo tenéis, en vuestro poder: el rey no puede nada contra vosotros." Ellos cogieron a Jeremías y lo arrojaron en el aljibe de Malquías, príncipe real, en el patio de la guardia, descolgándolo con sogas. En el aljibe no había agua, sino lodo, y Jeremías se hundió en el lodo. Ebedmelek salió del palacio y habló al rey: "Mi rey y señor, esos hombres han tratado inicuamente al profeta Jeremías, arrojándolo al aljibe, donde morirá de hambre, porque no queda pan en la ciudad." Entonces el rey ordenó a Ebedmelek, el cusita: "Toma tres hombres a tu mando, y sacad al profeta Jeremías del aljibe, antes de que muera."

 

 

La primera lectura nos presenta al profeta Jeremías, que recibe de Dios una misión cuyo desarrollo le va a generar muchos problemas y conflictos. Pero el profeta no abandona, no desvirtúa la misión, no se pervierte…Permanece fiel. El profeta tiene una tarea ingrata: anunciarle al pueblo de Israel que se ha apartado de Dios y que si persiste en su mala actitud el reino de Judá desaparecerá.

 

El pueblo se resiente y los jefes detestan a Jeremías, pero Jeremías tiene claro que – aunque su mensaje sea duro y difícil de aceptar – es lo que debe ser anunciado al pueblo. Hay gente a la que no le gusta escuchar la verdad, sino que lo que quiere oír es según sus gustos o sus conveniencias. La misión no es un concurso de popularidad, sino un proceso de decantación de la verdad, de cuestionamiento de la conciencia y de construcción de ambientes que favorezcan los procesos de conversión.

 

Hay que tener en cuenta que Jeremías ejerció su misión profética en buena parte del siglo VII a.C., y una parte del siglo VI a.C. Es una época convulsionada en la historia del antiguo pueblo de Israel. El rey fue asesinado en combate contra los egipcios y el reino de Judá pasó por las manos de algunos reyes poco solventes y poco preocupados por la experiencia religiosa del pueblo, es decir, por lo que en la Biblia se llama la Alianza. El reino de Judá pasa por una fuerte inestabilidad y está al borde de la ruina.

 

El texto propuesto nos sitúa en Jerusalén, durante el reinado de Sedecías, cerca del año 586 a.C. Algunos años antes, el rey Sedecías, presionado por la corriente del pueblo, que está a favor de negociar con el imperio Egipcio, toma la decisión de no pagar tributo al imperio Babilónico. Como consecuencia de esto, Nabucodonosor, rey de Babilonia, pone cerco a Jerusalén. Judá pide ayuda a Egipto. Pero Jeremías advierte que se está poniendo en peligro al pueblo, y que la represión de Babilonia será cada vez más dura por causa de esta rebelión y las consecuencias serán muy negativas. Jeremías desaconseja hacer alianza con Egipto, pero los dirigentes políticos insisten, acusando a Jeremías de asumir una postura derrotista y buscando la eliminación del profeta. Las consecuencias fueron catastróficas. Jeremías interpreta la catástrofe como castigo por no haber escuchado.

 

El rey Sedecías se deja presionar por algunos de los dirigentes políticos y deja que Jeremías sea puesto en prisión y arrojado en una cisterna. Es el texto que tenemos hoy. Jeremías mantiene su postura y no deja de invocar a Dios y de insistir en la necesidad de volver a la Alianza.

 

La lectura del libro del profeta Jeremías nos permite descubrir el fondo de su experiencia: “Dios me sedujo y yo me dejé seducir” – nos dice el profeta. ¿Nos dejamos seducir por Dios y por su proyecto?

 

Jeremías es el tipo de profeta que está dispuesto a arriesgar su vida por Dios. No piensa en su bienestar, sino en el bienestar del pueblo al que ha sido enviado y en la Alianza que Dios ha querido hacer con él.

 

 ¿Podemos decir lo mismo de nosotros mismos?



 

Hebreos 12, 1-4

Corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos

 

Hermanos: Una nube inmensa de testigos nos rodea: por tanto, quitémonos lo que nos estorba y el pecado que nos ata, y corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe: Jesús, que, renunciando al gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios. Recordad al que soportó la oposición de los pecadores, y no os canséis ni perdáis el ánimo. Todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra pelea contra el pecado.

 

 

La segunda lectura invita al creyente cristiano a correr decididamente con el objetivo de alcanzar la vida plena (la vida que Dios da). El autor de la carta a los Hebreos usa la imagen del atleta que corre (imagen muy actual, pues estamos en pleno desarrollo de los juegos olímpicos).

 

La imagen del atleta nos hace pensar en muchas cosas: estilo de vida, metas, disciplina, motivación, autoexigencia, entrenamiento constante, aprendizaje continuo, perseverancia, esfuerzo, cultivo de sí (de las capacidades), capacidad crítica y evaluativa. Todas estas experiencias, aspectos y ejercicios pueden ser claramente aplicados a la experiencia cristiana. 

 

Recordemos que la carta a los Hebreos se dirige a cristianos de origen judío, que conocen las tradiciones del Antiguo Testamento. Estos cristianos parecen estar viviendo en medio de un ambiente difícil y hostil. Frente al desánimo de muchos, el autor de la carta se propone, usando un lenguaje de tipo sacerdotal, animar a los cristianos  (a las comunidades) a retomar con ardor su fe y su compromiso.

 

Para animarlos el autor usa varias estrategias:

 

  • 1.   Les recuerda que no están solos; que han sido precedidos por otros creyentes, que han dejado testimonios auténticos de fe. Y los invita a contemplar estos testimonios y a apoyarse en ellos para seguir adelante. Esto es lo que la Iglesia pretende al proponernos un inmenso número de santos y santas. Ellos nos muestran que sí es posible vivir la fe, a pesar de las dificultades.

 

  • 2.   Les insiste en hacer un ejercicio existencial clave: quitarse (de encima o de dentro) aquello que estorba. Sí, nos llenamos de cosas que nos estorban, que no nos dejan caminar, que no nos dejan ver, que no nos permiten entrar en comunión con Dios, que no nos dejan abrazar lo esencial. Hay que limpiar, despejar, purificar. ¿Lo estamos haciendo?

 

  • 3.   Nos pide, sobre todo, renunciar al pecado, pues el pecado (cuya raíz es el egoísmo) es incompatible con Dios, con sus valores y con su proyecto.

 

  • 4.   Nos interpela para concentrarnos sólo en Jesús y correr tras sus huellas. Es como si volviera a resonar el llamado de Jesús: Tú, ven y sígueme.

 

  • 5.   Nos exhorta a perseverar, a ir hasta el final.

 

Debemos retomar estos 5 puntos una y otra vez, en conjunto.

 

Propongo que consideremos, para nuestra meditación, las siguientes líneas de reflexión:

 

  • 1.   El camino que debe hacer el cristiano no es ni será fácil.

 

  • 2.   Es necesario no quedarse en “medias tintas”. O se es o no se es.

 

  • 3.   Los obstáculos y problemas nos hacen sufrir, pero pueden ser asumidos como posibilidades de aprendizaje y crecimiento.



Lucas 12, 49-53

No he venido a traer paz, sino división

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: "He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla! ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división. En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra."

 

 

El texto del evangelio nos presenta a Jesús y la manera como Él comprendió su misión: Jesús tiene claro que la misión es una tarea exigente y controvertida. Tanto, que la define como “lanzar fuego a la tierra”.  Pero este “fuego” (imagen bastante sugestiva) tiene como objetivo purificar y quemar lo que no ayuda al ser humano a caminar (a crecer, a humanizarse): el egoísmo.

 

Desde el punto de vista positivo, la misión tiene un objetivo fundamental: hacer visible la presencia del Reino de Dios y su desarrollo, en medio de la humanidad. 

 

Jesús nos permite también entender que una misión bien hecha y ajustada a los criterios de Dios provocará “roncha” y habrá no sólo resistencias, sino detractores y opositores encarnizados (esto nos permite entender por qué persiguieron a los profetas y por qué mataron a Jesús, a Pedro, a Pablo, etc.).

 

La propuesta de Jesús reclama transparencia y una respuesta radical y esto terminará provocando divisiones. La pregunta para el evangelizador, para el creyente, para el misionero es clara ¿Hasta dónde estará dispuesto a ir en el desarrollo de su misión?

 

Es importante averiguar de qué fuego y de qué bautismo habla aquí Jesús. Recordemos que estamos en pleno itinerario de Jesús hacia Jerusalén, capital política y religiosa del país. Allí será el lugar del don total de Jesús, pero teológicamente será el lugar también de la mayor revelación de Dios a la humanidad; por tanto, la humanidad quedará confrontada ante el amor de Dios que se le entrega en totalidad y la respuesta de acogida o rechazo que dará.

 

Se producirá allí una especie de decantación, de purificación, de juicio, del que el fuego es uno de los símbolos usados en la Biblia. De ese fuego divino nacerá el mundo nuevo, la humanidad reconciliada (ahora entendemos por qué en la vigilia pascual Cristo – a través del Cirio Pascual- es presentado como el nuevo fuego y, también, por qué el Espíritu Santo es presentado como el fuego que da inicio a la IGLESIA y a la evangelización).

 

De hecho, el fuego en el Antiguo Testamento es usado para representar la santidad divina y el poder de Dios (cf. Ex 3,2; 19,18; Dt 4,12; 5,4.22.23; 2 Re 2,11). El símbolo del fuego (del que habla Jesús) debe ser entendido – en este texto – como la santidad de Dios revelada en Jesús; santidad capaz de destruir el egoísmo, la injusticia y el mal presente en el mundo. Fuego capaz de crear la fraternidad universal.

 

En todo caso, en la perspectiva de Lucas, estas palabras de Jesús y esta enseñanza apuntan a preparar a los discípulos para comprender la misión de su maestro y la radicalidad que debe asumir aquel que lo sigue. El bautismo alude aquí a su entrega total, a su pasión, a la inmersión en el río del total servicio, pero, al mismo tiempo, del total rechazo. De hecho, para que el fuego transformador se pueda manifestar es necesario que Jesús haga de su vida un total don de amor. Esto es lo que sucede en la cruz.

 

Como consecuencia de este bautismo y de este fuego, la gente tendrá que tomar postura. No podrá permanecer neutra frente al amor de Dios, frente a la propuesta de Dios. Y al decidir, la gente se dividirá: unos en pro y otros en contra del Reino de Dios, no importa que sean familiares. Cada uno tomará postura y revelará lo que hay en su corazón y el tipo de vida que quiere llevar.

 

¿Cuál es tu opción? ¿Cómo piensas dar forma, día a día, a tu postura? Esto es lo que la liturgia de este domingo te propone. 

 

 

Terminemos nuestra reflexión orando con el…



 

Salmo 39

Señor, date prisa en socorrerme.

 

Yo esperaba con ansia al Señor; Él se inclinó y escuchó mi grito. R.

 

Me levantó de la fosa fatal, de la charca fangosa; afianzó mis pies sobre roca, y aseguró mis pasos. R.

 

Me puso en la boca un cántico nuevo, un himno a nuestro Dios. Muchos, al verlo, quedaron sobrecogidos y confiaron en el Señor. R.

 

Yo soy pobre y desgraciado, pero el Señor cuida de mí; tú eres mi auxilio y mi liberación: Dios mío, no tardes. R.

 

 

 

A continuación, te ofrezco la reflexión en audio:








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