En Defensa de la Fe


Sexto Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo B 2018

Te comparto la reflexión correspondiente al Sexto Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo B 2018, sobre las lecturas de la Biblia que se proclaman durante la Eucaristía de este día.


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Nota acerca de la fecha: En el 2018, corresponde al Domingo 11 de Febrero.



Una de las claves mayores de la Biblia es mostrar – a través de los textos – la presencia y la acción compasiva de Dios. Así, pues, contemplando la acción amorosa de Dios, el creyente debe sentirse motivado e impulsado a transformarse en un ‘humano compasivo’.

 

El hombre afectado por la lepra, del que habla el evangelio, seguramente estaba cansado de su condición, debilitado por su sufrimiento y angustiado por su exclusión. Él se acerca a Jesús y deposita en Él el peso de su dolor y la envergadura de su esperanza.

 

Podemos preguntarnos: ¿Logramos conectar con las situaciones de sufrimiento que nos rodean? ¿Cómo vivimos nuestro propio sufrimiento? El encuentro con Jesús ¿nos llena de esperanza? ¿Llevamos esperanza a quienes nos rodean?  Algunas palabras claves sintetizan el contenido de las lecturas propuestas: ley, persona, comunidad, inclusión, exclusión, sufrimiento, compasión, anuncio.




"Si quieres, puedes limpiarme. Compadecido, extendió la mano y lo tocó, diciendo: Quiero: queda limpio. La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio”



Levítico 13,1-2.44-46

El leproso tendrá su morada fuera del campamento

 

El Señor dijo a Moisés y a Aarón: "Cuando alguno tenga una inflamación, una erupción o una mancha en la piel, y se le produzca la lepra, será llevado ante Aarón, el sacerdote, o cualquiera de sus hijos sacerdotes. Se trata de un hombre con lepra: es impuro. El sacerdote lo declarará impuro de lepra en la cabeza. El que haya sido declarado enfermo de lepra andará harapiento y despeinado, con la barba tapada y gritando: "¡Impuro, impuro!" Mientras le dure la afección, seguirá impuro; vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento."

 

 

Algunas reflexiones

 

Recordemos que en la antigua tradición judía la enfermedad era interpretada como una maldición divina, como un castigo de Dios por el pecado. Hoy tenemos otra manera de comprender la enfermedad. Evitemos aplicar, sin reflexionar, convicciones, paradigmas y prácticas del pasado a las situaciones presentes, en las que los contextos tienen otras variables. Hay que examinar y discernir para actuar acertadamente.

 

Entendemos, en el contexto del Antiguo Testamento y de las condiciones de vida de aquella época, la medida de sacar al enfermo de la comunidad, para evitar el contagio de todos (es la ley del mal menor la que se aplica en este caso). Pero la lectura no deberá llevarnos a pensar que es, a través de medidas, políticas y prácticas excluyentes que vamos a resolver los grandes problemas que aquejan a la sociedad. En realidad, todo el sistema normativo religioso de aquella época generaba una permanente exclusión de personas por motivos de sexo, salud, condición social, edad, religión, nacionalidad. Sería un serio error valerse de la religión, hoy, para legitimar este tipo de actitudes abusivas. 

 

Proteger la comunidad: Se trata de una medida preventiva. Proteger al grupo. Siempre hay posibilidad de contagio: ¿De qué se contagia la Iglesia? ¿De qué se contagian las comunidades cristianas? ¿De qué se contagia el cristiano de hoy? ¿Somos capaces de contagiar el mundo con la fuerza, la perspectiva y los valores del Reino de Dios?

 


I Corintios 10,31-11,1

Seguid mi ejemplo, como yo sigo el de Cristo

 

Hermanos: Cuando comáis o bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios. No deis motivo de escándalo a los judíos, ni a los griegos, ni a la Iglesia de Dios, como yo, por mi parte, procuro contentar en todo a todos, no buscando mi propio bien, sino el de la mayoría, para que se salven. Seguid mi ejemplo, como yo sigo el de Cristo.

 

 

Algunas reflexiones

 

La segunda lectura, nos permite comprender que eso que llamamos espiritualidad debe atravesar (permear) todas las situaciones de la vida (incluidas las que consideramos menos espirituales). Hay que entender que espiritualidad no es sinónimo de evasión del mundo ni de desprecio del cuerpo o de las cosas materiales. La espiritualidad es la manera profunda de asumir la condición humana siempre en comunión con Dios. 

 

Subrayamos, a continuación, algunas reflexiones para alimentar la meditación a partir de este texto:

 

Poner la existencia en el horizonte de Dios: De lo que se trata, en la vida cristiana, es de poner toda la existencia en el horizonte de Dios y en hacer todas las cosas desde este horizonte. Las cosas que hacemos son (aparentemente) las mismas: compramos, vendemos, negociamos, hacemos fiesta, estudiamos, construimos, ejercemos la ciudadanía etc., pero lo que marca la diferencia es aquellos que nos motiva, los valores que nos guían, los objetivos que buscamos, la intencionalidad que nos acompaña. Ahí está la diferencia.

 

No escandalizar: Perder de vista este horizonte y funcionar con otros valores y otros criterios es, precisamente, lo que termina escandalizando a los demás (tanto de dentro como de fuera, pues terminamos comportándonos de una manera y haciendo cosas que no corresponden al horizonte de Dios.

 

Abrazar un estilo de vida: Debemos entender que ser cristiano es una opción de vida; es abrazar un estilo de vida que está animado y orientado por unos valores. 

 

Dar ejemplo: La fuerza del ejemplo es más poderosa que lo que se pretende hacer con muchos discursos. Los discursos son necesarios (cuando hay que explicar), pero la formación auténtica depende más del ethos que se construye con el ejemplo y con las prácticas.





Marcos 1,40-45

La lepra se le quitó, y quedó limpio

 

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: "Si quieres, puedes limpiarme." Compadecido, extendió la mano y lo tocó, diciendo: "Quiero: queda limpio." La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio. Él lo despidió, encargándole severamente: "No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés." Pero, cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a Él de todas partes.

 

 

Algunas reflexiones

 

El episodio del encuentro entre el hombre enfermo de lepra y Jesús nos sitúan en el horizonte práctico de la vida cristiana. Debemos prestar atención a la relación entre sufrimiento-compasión y acción.

 

Subrayamos, a continuación, algunas reflexiones para alimentar la meditación a partir de este texto:

 

Acercarnos a Jesús: Acercarnos a Jesús, conscientes de nuestra propia enfermedad y con el deseo de curarnos. Deseo que debe estar acompañado de: 1) La obediencia para seguir el tratamiento; 2) La fuerza de voluntad para ir hasta el final; 3) La confianza en el médico que hemos buscado.

 

Entrar en la compasión de Dios: El centro de la narración está en la actitud y en la acción de Jesús: es capaz de compadecerse y de actuar, movido por esta compasión. La palabra compasión es la clave: Que significa literalmente «sufrir juntos». Se es compasivo cuando se es capaz de ser sensible al sufrimiento del otro y cuando hay un esfuerzo sincero por comprender al otro (que sufre), desde su situación, y ayudarlo poniéndose a su servicio.   La compasión es la percepción y comprensión del sufrimiento del otro, y el deseo de aliviar o eliminar su sufrimiento. Lo que caracteriza a Jesús es su capacidad de compasión y su trabajo a fondo por ponerse al servicio de ser humano sufriente. Por eso responde:  "Quiero: queda limpio."

 

Superar el mal y vivir en comunidad: “La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio.” La intención del evangelista al hacer esta precisión es doble: por un lado, enfatizar el poder sanador de Jesús (su capacidad para vencer el mal que afecta a la humanidad) y, por otro, insistir en el proceso de inclusión de aquel que ha estado enfermo. Recordemos que a ley (planteada en la primera lectura) obliga a sacar a la persona afectada de lepra de la comunidad, de la vida comunitaria, de la participación religiosa y social. Al sanarla, se restaura nuevamente esta dinámica de vida. El ser humano no debe ser excluido y su lugar de desarrollo es la sociedad a la que pertenece. En ella debe encontrar las condiciones necesarias para su realización; en ella debe poder llevar una ‘vida digna’. Por eso le pide: “ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación”. Era el mecanismo socio-religioso usado en la época para reintegrarse a la comunidad.

 

Anunciar desde la propia experiencia: Aparentemente, estamos ante un caso de ‘desobediencia creativa’. El hombre sanado había recibido la orden de no decir nada a nadie, de reintegrarse a la comunidad con discreción. Pero desobedece la orden de Jesús y se transforma en un ‘anunciador’ de Jesús, a partir de su propia experiencia. En realidad, se nos quiere hacer caer en cuenta que la experiencia de encuentro con Jesús es algo tan especial y trascendental que no puede ser guardada, silenciada, escondida. Hay que compartirla, porque ‘otros’ (muchos) tienen necesidad de Jesús y de la sanación (salvación) que sólo Él puede dar.

 

Desobedecer creativamente: Notemos que el hombre que sufre de lepra se atreve a romper una norma (la que le prohíbe – estando enfermo – acercarse a la ciudad y tener contacto con la gente. Toma el riesgo de acercarse a Jesús. Las normas son para discernirlas. Ciertas situaciones ameritan una cierta ‘desobediencia creativa’. La ley (las normas) debe estar al servicio del ser humano.

 

Dar primacía a la vida: Una auténtica experiencia religiosa debe conducirnos a la toma de conciencia del valor inalienable de la vida. Notemos que la religión de Jesús está a favor de la vida. Jesús pone en el centro de su atención y de sus preocupaciones la vida de las personas. La vida y las personas están por encima de la ley, no al revés.

 

 

Terminemos nuestra reflexión orando con el…

 


Salmo 32

Tú eres mi refugio, me rodeas de cantos de liberación.

 

Dichoso el que está absuelto de su culpa, / a quien le han sepultado su pecado; / dichoso el hombre a quien el Señor / no le apunta el delito. R. // Había pecado, lo reconocí, / no te encubrí mi delito; / propuse: "Confesaré al Señor mi culpa" / y tú perdonaste mi culpa y mi pecado. R. // Alegraos, justos, y gozad con el Señor; / aclamadlo, los de corazón sincero. R.

 


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