Segundo Domingo de Pascua Ciclo C

Te comparto la reflexión correspondiente al Segundo Domingo de Pascua Ciclo C, sobre las lecturas de la Biblia que se proclaman durante la Eucaristía de este día.



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Nota acerca de la fecha: En el 2016, corresponde al Domingo 3 de Abril.




Hechos de los Apóstoles 5, 12-16

Crecía el número de los creyentes, hombres y mujeres, que se adherían al Señor

 

Los apóstoles hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo. Los fieles se reunían de común acuerdo en el pórtico de Salomón; los demás no se atrevían a juntárseles, aunque la gente se hacía lenguas de ellos; más aún, crecía el número de los creyentes, hombres y mujeres, que se adherían al Señor. La gente sacaba los enfermos a la calle, y los ponía en catres y camillas, para que, al pasar Pedro, su sombra, por lo menos, cayera sobre alguno. Mucha gente de los alrededores acudía a Jerusalén, llevando a enfermos y poseídos de espíritu inmundo, y todos se curaban.

 

 

Algunas reflexiones:

 

Esta lectura nos sitúa en los comienzos de la Iglesia.


Iglesia, ¿para qué? El libro nos responde claramente:


1) para continuar la misión de Jesús;

 

2) para que la Buena Noticia de Jesús resucitado llegue hasta los confines del mundo;

 

3) para que Jesucristo sea anunciado y amado;

 

4) para que el amor de Dios (que supera toda filosofía) llegue a todos.  

 

El libro de los Hechos de los Apóstoles presenta el camino que la Iglesia naciente recorrió durante el primer siglo, desde Jerusalén (lugar donde nació), hasta Roma (centro del gran imperio de la época). El texto propuesto es una especie de “sumario”, de síntesis de las facetas del testimonio dado por la Iglesia que acaba de nacer de la experiencia pascual (recordemos que nosotros acabamos de celebrar la Pascua).

 

En el libro aparecen – propiamente hablando - dos “sumarios”: en Hechos 2,42-47 y en Hechos 4,32-37. El texto propuesto para hoy es una especie de “tercer sumario” centrado en la actividad de los apóstoles, del cual resaltamos los siguientes aspectos:

 

  • Hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo: Atención a dos elementos: el hacer. Estamos llenos de discursos. Más importante que los discursos (aunque estos sean algunas veces necesarios, esclarecedores y motivadores) son las acciones.

¿Qué hacemos los cristianos?


¿Qué hace la Iglesia como cuerpo?


¿Cómo la Iglesia responde – desde su praxis pastoral –a los grandes problemas, necesidades e inquietudes de nuestro tiempo?

 

  • La capacidad de ser signo: Un signo tiene el poder de dirigir la atención (de quien lo ve) hacia una realidad mayor. La Iglesia (cada cristiano) debe ser signo de Cristo, es decir, debe tener la capacidad de hacer que la atención del no-creyente se dirija hacia Cristo. ¿Está sucediendo esto? Los signos de curación y liberación buscan dar testimonio de Jesús resucitado y de la nueva manera de vivir que brota de la comunión con Él.

 

  • Curaban a los enfermos y liberaban a las personas poseídas por espíritus malignos: la gente sacaba a los enfermos y los llevaban ante los apóstoles.  (El texto resalta la figura de Pedro). Lo que se quiere afirmar es que la comunidad continúa la acción “sanadora” de Jesús. ¿Cómo la Iglesia ejerce esta actividad sanadora en medio de una sociedad enferma?

 

  • Entre el deseo y la distancia: Se nos dice que todavía la gente no sabe bien cómo posicionarse frente a los apóstoles y frente a esta experiencia (de Iglesia) que va naciendo [¿Cómo se posicionan, hoy, los no-creyentes ante la Iglesia? ¿Con interés? ¿la reconocen? ¿la respetan? ¿la admiran? ¿les es indiferente? ¿les es irrelevante? ¿la perciben como lastre histórico?]. Nos dice Lucas, en el libro de Hechos, que los fieles (los cristianos) se reúnen, pero hay otros (judíos) que sienten atracción, pero que no se acercan. Con todo, poco a poco, muchos van vinculándose a esta experiencia.

 

Los 3 sumarios deben ser leídos en conjunto para tener una visión más completa de lo que se busca vivir y del ideal de Iglesia al que estamos llamados.

 

¿Qué retos nos quedan de este texto?

 

1)   Construir día a día una auténtica comunidad cristiana que haga creíble la propuesta de Jesús.

 

2)   Tomar conciencia de nuestra condición de signos de Jesucristo y del reino de Dios anunciado por Él. Cuidado con confundir la actividad sanadora y liberadora de Jesús con una especie de súper Harry Potter. No se trata de esto.

 

3)   Vivir internamente la fraternidad que queremos que se viva en el resto de la humanidad. Si no es la Iglesia capaz de esto ad intra ¿cómo espera ejercer influencia ad extra?




Apocalipsis 1, 9-11a. 12-13. 17-19

Estaba muerto y, ya ves, vivo por los siglos de los siglos

 

Yo, Juan, vuestro hermano y compañero en la tribulación, en el reino y en la constancia en Jesús, estaba desterrado en la isla de Patmos, por haber predicado la palabra de Dios, y haber dado testimonio de Jesús. Un domingo caí en éxtasis y oí a mis espaldas una voz potente que decía: "Lo que veas escríbelo en un libro, y envíaselo a las siete Iglesias de Asia." Me volví a ver quién me hablaba, y, al volverme, vi siete candelabros de oro, y en medio de ellos una figura humana, vestida de larga túnica, con un cinturón de oro a la altura del pecho. Al verlo, caí a sus pies como muerto. Él puso la mano derecha sobre mí y dijo: "No temas: Yo soy el primero y el Último, yo soy el que vive. Estaba muerto y, ya ves, vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del abismo. Escribe, pues, lo que veas: lo que está sucediendo y lo que ha de suceder más tarde."

 

 

Algunas reflexiones:

 

Esta lectura, en un contexto de persecución y sufrimiento, nos sitúa al final del primer siglo de nuestra era.  El autor (un tal Juan, que – sin duda – no es ni Juan el apóstol ni Juan el evangelista) nos dice que había sido desterrado a la isla de Patmos como consecuencia de su fe en Cristo y de su acción evangelizadora.

 

Estamos a finales del reinado del emperador romano Domiciano. Por causa de la persecución muchos cristianos abandonaban la fe y otros vivían un cristianismo temeroso, acomplejado. Otros luchaban por mantenerse firmes en la fe y no sucumbir a los embates de la persecución. El imperio había organizado un culto al emperador [del que se habían hecho muchas estatuas]. Todos debían rendir culto al emperador, llevarle ofrendas, inclinarse ante él (quien se hacía llamar SEÑOR). Muchos cristianos no se doblegaron y afirmaron que no rendirían culto al emperador, porque ellos ya tenían su SEÑOR, Jesucristo.  Esto, entre otras cosas, desencadenó la persecución.

 

Entendemos así por qué el libro del Apocalipsis está planteado coma una especie de guerra entre los poderes opresores del imperio y Cristo y sus fieles. El mensaje del libro es claramente de esperanza: aunque las cosas sean difíciles, aunque la historia parezca mostrar que el mal es casi invencible, no hay que temer: Cristo está presente y el mal será vencido, porque la última palabra la tiene Dios (y Dios ha revelado que el amor es más poderoso que cualquier violencia. El signo mayor de esto es que ha resucitado a Jesús).

    

El autor del libro reafirma esta centralidad de Jesús: sin Jesús la comunidad será aplastada por el desánimo y devorada por el mal, pero con Él recibirá consuelo, discernimiento, fuerza y poder para vencer al mal. Una voz lo reconforta y le pide hacer algo no para él, sino para todas las iglesias de Asia Menor: Escribir un libro. Se entiende que el contenido del libro busca sostener y animar en la fe a todas estas iglesias que están sufriendo  la persecución [Recordemos que aún hoy muchas iglesias cristianas sufren persecución y están en peligro.  Estamos todos llamados a crear sociedades y construir condiciones para que nadie sea perseguido por causa de su opción religiosa].

 

La voz de quien habla es la voz de Cristo, que es presentado, según la visión como una figura humana, vestida de larga túnica, con un cinturón de oro a la altura del pecho. Es claro que se trata de Jesús resucitado, en estado glorioso. Ya no es el Jesús rechazado, humillado y descartado por las autoridades judías y romanas. Es el Jesús reconocido y exaltado por Dios. Él mismo se presenta: Yo soy el primero y el Último, yo soy el que vive. Estaba muerto y, ya ves, vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del abismo.

 

Cristo se hace presente. Él debe ser el centro. En Él se debe apoyar la Iglesia (las iglesias).  En Él y con Él será posible superar el miedo. Por eso vuelven a resonar dos palabras claves (que encontramos muchísimas veces en la Biblia): No temas.  Es esta experiencia de consuelo, de confianza, de seguridad en Cristo a la que todos los cristianos estamos invitados.

 

Cristo está en medio de la Iglesia (las iglesias): “Vi siete candelabros de oro, y en medio de ellos una figura humana, vestida de larga túnica, con un cinturón de oro a la altura del pecho.”

 

¿Está Cristo en medio de nosotros?

 

¿Dejamos que Él esté y sea el centro de nuestras vidas?

 

¿Confiamos plenamente en Él?

 

Este es el mensaje fundamental del libro del Apocalipsis y de la lectura.




Juan 20, 19-31

A los ocho días, llegó Jesús

 

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: "Paz a vosotros." Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: "Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo." Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: - "Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos." Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: "Hemos visto al Señor." Pero él les contestó: "Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo." A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: "Paz a vosotros." Luego dijo a Tomás: "Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente." Contestó Tomás: "¡Señor mío y Dios mío!" Jesús le dijo: "¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto." Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

 

 

Algunas reflexiones:

 

¿Dónde encontrar, hoy, a Jesús resucitado? Si no lo encontramos en aquella persona que dice ser discípula de Jesús o en las comunidades que se autodefinen como “cristianas” (familia cristiana, grupo cristiano, parroquia cristiana, movimientos cristianos, comunidades religiosas cristianas, diócesis, etc.) caben serias dudas:

 

1) sobre la realidad de la resurrección,

 

2) sobre la seriedad de la experiencia de los mismos cristianos,

 

3) sobre cómo los no cristianos perciben a los cristianos.

 

Lo dicho anteriormente es ya un serio cuestionamiento lanzado a la Iglesia (entendida aquí como el cuerpo vivo formado por todos los bautizados). El cristiano y la comunidad cristiana son el “lugar” privilegiado para encontrarse con Jesús resucitado. Si los no-creyentes no lo encuentran ahí ¿dónde podrán buscarlo?

 

Sin embargo, para que el cristiano y la comunidad de fe sean realmente espacio de encuentro con Cristo Resucitado es necesario que, ante todo, cada creyente y que cada comunidad cristiana ponga, realmente, en el centro de su vida a Jesucristo y asuma que – su relación con Él – . ¿Es ese el piso y el horizonte desde el cual se están comprometiendo a construir sus vidas? ¿Estará sucediendo esto?

 

Jesús Resucitado debe ser el centro de la comunidad cristiana. Este “cristocentrismo” debe ser la característica fundamental de la vida Cristiana. Es de Cristo que la comunidad recibe el Espíritu Santo, la vida divina, la salvación. Él es el MEDIADOR  por excelencia. De Cristo, el creyente y la comunidad reciben la fuerza y la sabiduría que les permite hacer frente a las dificultades de la vida.  Pero esto no sucede de manera mágica, se requiere que exista y que se fortalezca la relación con Él, la conciencia de su presencia, el diálogo (oración) con Él, la meditación de lo que  Él hizo (ejemplo) y enseñó y el esfuerzo por continuar en la propia vida la vida de Jesús, claro, desde el propio contexto.

 

¿Qué retos nos plantea esta lectura?

 

1.   Hay que superar el miedo: no podemos vivir encerrados por miedo, sin hacer de nuestra vida algo realmente valioso. La Iglesia no se debe enconchar ni esconderse. Es importante que ella “salga” al mundo de hoy y, allí, sea signo.

 

2.   Hay que construir la paz dentro, para poder comunicarla fuera. No se trata de la “paz de las armas”, sino de la paz de Cristo: “La paz esté con vosotros”, Dice Jesús al presentarse.

 

3.   Descubrirnos enviados y aceptar este envío de Jesús: “Como el Padre me envió, así los envío yo”. Enviados a continuar la obra de Jesús.

 

4.   Entender que no hay resurrección sin muerte: les enseñó las manos y el costado.” Es siempre necesario recordar que el seguimiento de Jesucristo es una experiencia exigente, arriesgada y que no debemos sucumbir a la tentación de construir un cristianismo light.

 

5.   Interesarnos por vivir una experiencia de comunión e intimidad con el Espíritu Santo: Recibid el Espíritu Santo. Es con la asistencia del Espíritu que captamos la presencia del Resucitado, que comprendemos su mensaje y que encontramos la sabiduría y la fuerza para hacer la misión.  Esto nos ayuda a entender por qué –desde el punto litúrgico - el tiempo de Pascua se corona con la fiesta de Pentecostés.

 

6.   Darnos cuenta que para poder comprender a Jesús (su muerte y su resurrección) es necesario asumir el riesgo de la fe y entrar en su pasión: "Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente."




Terminemos nuestra reflexión orando con el…



Salmo 117

Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.

 

Diga la casa de Israel: eterna es su misericordia. Diga la casa de Aarón: eterna es su misericordia. Digan los fieles del Señor: eterna es su misericordia. R.

 

La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente. Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo. R.

 

Señor, danos la salvación; Señor, danos prosperidad. Bendito el que viene en nombre del Señor; os bendecimos desde la casa del Señor; el Señor es Dios, Él nos ilumina. R.



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