Segundo Domingo de Adviento Ciclo C

Te comparto la reflexión correspondiente al Segundo Domingo de Adviento Ciclo C, sobre las lecturas de la Biblia que se proclaman durante la Eucaristía de este día.



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Nota acerca de la fecha: En el 2015, corresponde al Domingo 6 de Diciembre.




Nos estamos preparando espiritualmente para la venida (Adviento) del Mesías. Pero toda venida (toda visita) está ligada a algo, en este caso a una misión. Aquel que viene, es decir, Jesús llega para realizar algo. En perspectiva cristiana, Jesús (el Mesías, el Cristo) llega para revelar (manifestar, mostrar, dejar ver), con su vida, la presencia amorosa de Dios que, amando, transforma las miserias humanas, de las cuales, la principal, es el egoísmo. Eso que Jesús revela es lo que en su anuncio aparece como el Reino de Dios.

 

La venida del Mesías (que es de lo que se trata el tiempo de Adviento) estaba (y continúa estando) ligada a una experiencia que debe suceder y desarrollarse en aquellos que reciben la visita (el pueblo, la Iglesia, la humanidad): una transformación profunda y seria en la manera de vivir, de convivir y de actuar (personal y colectivamente).  Pero esta transformación será imposible si la conciencia y el corazón de las personas no son tocados por el amor de Dios.  Este proceso de transformación al que estamos aludiendo es lo que la biblia llama CONVERSIÓN.

 

Entrar en conversión es eliminar todos los obstáculos que impiden la llegada del Señor Jesús a nuestro mundo y que frenan o cierran Su acción en nosotros.  En consecuencia, este tiempo de Adviento es un llamado a la revisión de nuestra actitud. Dios desea venir a nuestro encuentro, pero si no estamos dispuestos (actitud) a recibirlo, a escucharlo, a dejarnos interpelar, a comprender su amor, a vivir este proceso de transformación en Él y con Él, la transformación no sucederá. La revisión de nuestra actitud ante Dios es clave para todos los bautizados.

 

Durante el camino del Adviento – a través de las lecturas propuestas – van apareciendo varios personajes. Cada uno de ellos nos enseña muchas cosas. Isaías, Juan el Bautista,  María, etc… ¿Estamos dispuestos a contemplarlos y a aprender de ellos?



Libro de Baruc 5,1-9

Quítate tu ropa de duelo y de aflicción, Jerusalén, vístete para siempre con el esplendor de la gloria de Dios, cúbrete con el manto de la justicia de Dios, coloca sobre tu cabeza la diadema de gloria del Eterno. Porque Dios mostrará tu resplandor a todo lo que existe bajo el cielo. Porque recibirás de Dios para siempre este nombre: "Paz en la justicia" y "Gloria en la piedad". Levántate, Jerusalén, sube a lo alto y dirige tu mirada hacia el Oriente: mira a tus hijos reunidos desde el oriente al occidente por la palabra del Santo, llenos de gozo, porque Dios se acordó de ellos. Ellos salieron de ti a pie, llevados por enemigos, pero Dios te los devuelve, traídos gloriosamente como en un trono real. Porque Dios dispuso que sean aplanadas las altas montañas y las colinas seculares, y que se rellenen los valles hasta nivelar la tierra, para que Israel camine seguro bajo la gloria de Dios. También los bosques y todas las plantas aromáticas darán sombra a Israel por orden de Dios, porque Dios conducirá a Israel en la alegría, a la luz de su gloria, acompañándolo con su misericordia y su justicia. 


Algunas reflexiones

 

En esta lectura el profeta Baruc propone a los creyentes (del antiguo pueblo de Israel) que el camino de conversión  es como un verdadero éxodo (paso) de la esclavitud a la libertad y anima al pueblo a hacer este recorrido, aunque sea difícil. Dios nos propone este camino y nos dice que en él debemos ser capaces de ir soltando las cadenas que nos impiden ser personas libres, dispuestas a asumir con responsabilidad la propia vida, en conexión con la vida de los demás, de la humanidad y del mismo planeta (casa común de todos los humanos).

 

El libro de Baruc es un texto cuyo autor desconocemos. Se lo ha atribuido a un tal Baruc, que fue secretario del profeta Jeremías, durante el exilio en Babilonia (Bar 1,1-2). Pero los especialistas en Biblia han mostrado que esta atribución no es exacta, pues muchas de las ideas y perspectivas que se presentan en el libro son claramente posteriores a la época del exilio, por lo cual es sencillamente imposible atribuir este escrito al secretario de Jeremías. Lo más probable es que sea un escrito compuesto hacia el s. II a.C., en el contexto de la dispersión (o diáspora) judía.

 

El libro propone un mensaje concreto: los habitantes de Jerusalén (que  por ser la capital del país simboliza al pueblo de Israel) están invitados a celebrar una liturgia penitencial (lo cual supone vivir la experiencia penitencial correspondiente)  y exhorta a todos a entrar en un proceso de reconciliación con Dios. Este llamado continúa siendo actual.

 

El autor está convencido de que el pueblo, reconociendo su pecado y dejándose guiar por la sabiduría divina, podrá volver a una relación profunda con Dios, caracterizada por el respeto y el amor. Esta integración entre respeto y amor es lo que la Biblia llama TEMOR DE DIOS (Bar 3,9-4,4). Es por ello que el profeta invita a Jerusalén (al pueblo) a alegrase. Hoy estamos llamados a alegrarnos por esta propuesta de reconciliación que Dios nos hace.

 

El profeta, en el libro, compara a Jerusalén con una mujer infiel, que por causa de su infidelidad ha perdido a su esposo (Dios) y por ello anda de luto, afligida y sin esperanza. Con todo, el profeta, que habla en nombre de Dios,  le anuncia que el luto terminó, que Dios ha perdonado su pecado y que quiere reconstruir la relación de amor con el pueblo. La relación con Dios “resucita” y esto trae nueva vida al pueblo. Es un mensaje maravilloso. ¿Entendemos el Adviento como una oportunidad para la reconciliación y para resucitar nuestra relación con Dios?

 

La reconciliación se expresa a través de la imagen del retorno de los hijos dispersos (se refiere a los exiliados del pueblo). Este retorno es posible gracias al amor de Dios, que está siempre dispuesto a liberar y a perdonar. Este es también el proyecto propuesto para el Adviento.



Filipenses 1,4-6.8-11

Siempre y en todas mis oraciones pido con alegría por todos ustedes, pensando en la colaboración que prestaron a la difusión del Evangelio, desde el comienzo hasta ahora. Estoy firmemente convencido de que aquel que comenzó en ustedes la buena obra la irá completando hasta el Día de Cristo Jesús. Dios es testigo de que los quiero tiernamente a todos en el corazón de Cristo Jesús. Y en mi oración pido que el amor de ustedes crezca cada vez más en el conocimiento y en la plena comprensión, a fin de que puedan discernir lo que es mejor. Así serán encontrados puros e irreprochables en el Día de Cristo, llenos del fruto de justicia que proviene de Jesucristo, para la gloria y alabanza de Dios. 

 

 

Algunas reflexiones

 

En esta lectura el apóstol san Pablo insiste en que el cristiano y la comunidad cristiana deben preocuparse con el anuncio profético. Esto no es siempre adecuadamente comprendido, muy seguramente por la idea que se ha ido construyendo sobre la figura del profeta. De hecho, con esta palabra se ha designado (en distintas culturas y momentos de la historia) a personas y funciones muy diferentes, abarcando incluso la idea de una persona que parece tener “súper-poderes” de adivinación, al punto de ser capaz de saber lo que va a acontecer en el futuro (incluso muchos siglos después).  Pero esta no es la concepción del profeta en la Biblia. En ella el profeta es concebido como una persona profundamente espiritual y conectada con la realidad (la realidad del pueblo), por eso es capaz de hacer una lectura espiritual-crítica y aterrizada, denunciando aquellos fenómenos contrarios a Dios, a su voluntad y a sus valores y, al mismo tiempo, capaz de anunciar la presencia y la acción de Dios, a través de sus diferentes mediaciones.

 

La carta a los Filipenses es un escrito lleno de afecto. Es dirigida por Pablo a una comunidad que él amó mucho y de la cual él recibió amor y apoyo para su obra evangelizadora.  Pablo escribió esta carta estando en prisión (muy seguramente en la ciudad de Éfeso).

 

A través de la carta, Pablo exhorta a los cristianos de la época (y hoy a nosotros) a mantenerse fiel a Jesucristo, al Evangelio.  Además, Pablo agradece a Dios por la fidelidad de esta comunidad a la fe recibida y por su compromiso misionero: fue una comunidad que se comprometió con la evangelización. ¿Están nuestras comunidades parroquiales seriamente comprometidas con la evangelización? ¿Estoy comprometido con la evangelización?

 

La reflexión sobre el texto de esta segunda lectura puede tener en cuenta varios puntos. Propongo los siguientes:

 

  • 1.La esencia de la Iglesia es ser misionera. Para que la propuesta de salvación que trae Jesús llegue a todos los pueblos es necesario que cada cristiano se comprometa con la evangelización, la cual no debe ser confundida con una especie de proselitismo ramplón y dominante. ¿Nos comprometemos con la evangelización?

 

  • 2.Sólo es posible acoger a Jesucristo (Señor, Mesías e Hijo de Dios), que nos visita, si nuestro amor es verdadero y activo. ¿Qué tan real es el amor que decimos tener por los otros cuando afirmamos que son “nuestros hermanos”?

 

  • 3.¿Será posible construir – desde la pastoral de las iglesias - comunidades que se transformen en espacios de vida donde los pobres, los que sufren y los pequeños encuentran espacio?



Lucas 3,1-6

El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene, bajo el pontificado de Anás y Caifás, Dios dirigió su palabra a Juan, hijo de Zacarías, que estaba en el desierto. Este comenzó entonces a recorrer toda la región del río Jordán, anunciando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados, como está escrito en el libro del profeta Isaías: Una voz grita en desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos. Los valles serán rellenados, las montañas y las colinas serán aplanadas. Serán enderezados los senderos sinuosos y nivelados los caminos desparejos. Entonces, todos los hombres verán la Salvación de Dios. 

 

 

Algunas reflexiones

 

En este texto del evangelio lucano, Juan Bautista (que es presentado como el último profeta del Antiguo Testamento) invita a sus oyentes (el pueblo de Israel) a entrar en un proceso de conversión (regreso a Dios y cambio en la manera de vivir). Lo que el Bautista hace es un llamado a revisar los valores con que se vive y las prioridades que se tienen. Este es un ejercicio que podemos hacer en este tiempo de Adviento.

 

El Bautista sabe y siente que si la persona no examina sus valores y prioridades y que no se producirá una reconfiguración de su vida, entonces la venida del Mesías puede perderse. Sería como una visita que cae en el vacío. Esta es una de las preocupaciones que debe tener la Iglesia y cada cristiano en particular.

 

Con este texto, propuesto para esta liturgia, comienza propiamente, en el Evangelio según san Lucas, el anuncio de la Buena Nueva de Jesús. Es como una contextualización de la misión de Jesús, conectando la propuesta que Él representa (Nuevo testamento y Nueva Alianza) con el Bautista (que recoge y representa la propuesta hecha en el Antiguo Testamento y la Antigua Alianza). Los dos testamentos se encuentran, se completan, se iluminan. Desde esta perspectiva, el Bautista es presentado como el Profeta que prepara la llegada del Mesías, disponiendo los corazones de los oyentes para acoger la presencia y la propuesta salvadora de Jesús. Todo lo anterior puede revelarnos varias tareas para el Adviento:

 

  • 1.Articular el pasado con el presente. Saber valorar el pasado, pero abriéndose – desde el presente -  al futuro, con esperanza.  

 

  • 2.Prepararnos para acoger, meditar y dejarnos interpelar por la propuesta que Dios nos hizo en la persona de Jesús.

 

  • 3.Prepararnos espiritualmente para vivir este proceso de conversión, maduración y evangelización.

 

  • 4.Ser capaces de preparar ambientes humanos (familiares, grupales, parroquiales, sociales, etc.) propicios para que otros puedan vivir esta experiencia de encuentro con Dios.

 

 

Terminemos nuestra reflexión orando con el…



Salmo 126(125)

Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, 
nos parecía que soñábamos:
nuestra boca se llenó de risas
y nuestros labios, de canciones.



Hasta los mismos paganos decían:
“¡El Señor hizo por ellos grandes cosas!”.
¡Grandes cosas hizo el Señor por nosotros 
y estamos rebosantes de alegría!



¡Cambia, Señor, nuestra suerte 
como los torrentes del Négueb!
Los que siembran entre lágrimas 
cosecharán entre canciones.



El sembrador va llorando 
cuando esparce la semilla, 
pero vuelve cantando 
cuando trae las gavillas. 

 

 

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