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Consolaciones del Purgatorio - Los Ángeles - Santa Brígida - La Venerable Paule de Santa Teresa - Hermano Pedro de Basto

Si al morir, un alma en estado de gracia no es aún digna de ver a Dios, el ángel de la guarda la conduce al Purgatorio y permanece allí con ella para ayudarla y consolarla en lo que esté a su alcance.






Si al morir, un alma en estado de gracia no es aún digna de ver a Dios, el ángel de la guarda la conduce al Purgatorio y permanece allí con ella para ayudarla y consolarla en lo que esté a su alcance.Si al morir, un alma en estado de gracia no es aún digna de ver a Dios, el ángel de la guarda la conduce al Purgatorio y permanece allí con ella para ayudarla y consolarla en lo que esté a su alcance.



Capítulo 7 - Consolaciones del Purgatorio - Los Ángeles - Santa Brígida - La Venerable Paule de Santa Teresa - Hermano Pedro de Basto

Además de los consuelos que las almas reciben de la Santísima Virgen María, estas también son ayudadas y consoladas por los santos ángeles, especialmente por sus ángeles custodios. Los Doctores de la Iglesia enseñan que la misión tutelar del ángel de la guarda no termina hasta que el alma que le fue asignada entre en el paraíso.

 

Si, en el momento de la muerte, un alma en estado de gracia no es todavía digna de ver el rostro del Altísimo, el ángel de la guarda la conduce al lugar de la expiación y permanece allí con ella para proporcionarle toda la ayuda y el consuelo que esté a su alcance.

 

Es -dice el padre Rossignoli- una opinión bastante común entre los santos doctores, que el Señor, quien un día enviará a sus ángeles a reunir a todos sus elegidos, envía de vez en cuando a los mismos ángeles al Purgatorio, con el fin de visitar a las almas que sufren y consolarlas.

 

Sin duda, ninguna consolación podría ser más valiosa para ellas que tener la visión de los habitantes de la Jerusalén celestial, cuya admirable y eterna dicha ellas compartirán un día. Las revelaciones de Santa Brígida están llenas de testimonios de este tipo y las vidas de muchos otros santos aportan también un gran número de iguales testimonios.

 

La venerable hermana Paule de Santa Teresa, de la que hemos hablado anteriormente, se dedicó maravillosamente a la Iglesia sufriente y fue recompensada con visiones milagrosas.

 

Un día, mientras rezaba fervientemente por las benditas almas, fue transportada en espíritu al Purgatorio, y allí vio una multitud de almas sumergidas en las llamas. Cerca se encontraba el Salvador, de pie, escoltado por sus ángeles; Él iba señalando algunas de ellas para ir al cielo, al que subían inmediatamente con una alegría indescriptible.

 

Al ver esto, la sierva de Dios, dirigiéndose a su divino Esposo, le dijo: "Oh Jesús, ¿por qué esta selección entre una multitud tan grande de almas? – Él se dignó responder: "He liberado a aquellas que durante su vida realizaron grandes actos de caridad y de misericordia, y que merecieron que Yo hiciese lo mismo con ellas, de acuerdo con mi palabra: 'Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia'”.

 

Encontramos en la vida del siervo de Dios, Pedro de Basto, un rasgo que muestra cómo los santos ángeles, además de velar por nosotros en la tierra, se interesan por el alivio de las almas del Purgatorio. - Y ya que hemos mencionado el nombre del hermano de Basto, no podemos resistirnos a dar a conocer a nuestros lectores a este admirable religioso: su historia es tan interesante como edificante.

 

Pedro de Basto, Hermano Coadjutor de la Compañía de Jesús, al que su biógrafo llama Alfonso Rodríguez de Malabar, murió en olor de santidad en Cochin el 1 de marzo de 1645. Nació en Portugal de la ilustre familia de Machado, unida por la sangre a todo lo que la provincia de Entre-Douro-et-Minho tenía entonces por razas más nobles.

 

Los duques de Pastrano e Hixar estaban entre sus aliados; y el mundo ofrecía a su corazón una carrera llena de las más seductoras esperanzas. Pero Dios se lo había reservado y le había advertido de sus más maravillosos dones.

 

De pequeño, cuando Pedro Machado era llevado a la iglesia y rezaba con el fervor de un ángel ante el Santísimo Sacramento, creía que todo el pueblo veía, como él, con los ojos del cuerpo, legiones de espíritus celestiales en adoración cerca del altar y del sagrario; y desde entonces, el Salvador, oculto bajo los velos eucarísticos, se convirtió en el centro de todos sus afectos y de las innumerables maravillas que llenaron su larga y santa vida.

 

Fue allí donde más tarde, como en un sol divino, descubrió sin velos el futuro y sus detalles más imprevistos. Fue allí también donde Dios le mostró los misteriosos símbolos de una escalera de oro que unía el cielo con la tierra, apoyada en el sagrado tabernáculo; también le mostró el lirio de la pureza, hundiendo sus raíces y extractando su vida de la flor del trigo divino de los elegidos, y del vino que solo hace germinar las vírgenes.

 

Cuando tenía unos diecisiete años, gracias a esta pureza de corazón y a esta fuerza, de la que el sacramento de la Eucaristía era para él fuente inagotable, Pedro hizo voto de castidad perpetua a los pies de Nuestra Señora de la Victoria en Lisboa. Sin embargo, aún no pensaba en abandonar el mundo, y pocos días después se embarcó hacia las Indias, donde sirvió durante dos años.

 

Pero al final de este tiempo, a punto de perecer en un naufragio, en el que fue durante cinco días completos juguete de las olas, sostenido y salvado por la Reina del Cielo y su divino Hijo, quienes se le aparecieron, Pedro prometió dedicar todo lo que le quedaba de vida a Su servicio desde el estado religioso; y tan pronto como regresó a Goa, con sólo diecinueve años de edad, fue a ofrecerse como coadjutor temporal a los superiores de la Compañía de Jesús.

 

Por temor a que su nombre le reportara algún honor o alabanza por parte de los hombres, tomó prestado el nombre de la humilde aldea donde había sido bautizado, y se llamó únicamente Pedro de Basto.

 

Fue a él a quien, poco tiempo después, durante una de las pruebas del noviciado, le ocurrió una historia que es famosa en los anales de la Compañía y que es muy consoladora para todos los hijos de San Ignacio. El maestro de novicios del Hermano Pedro le había enviado a él y a dos jóvenes compañeros en peregrinación a la isla de Salsette, ordenándoles que no aceptaran la hospitalidad de los misioneros en ningún sitio, sino que pidieran en los pueblos el pan de cada día y el refugio de cada noche.

 

Un día, cansados luego de un largo viaje, se encontraron con una humilde familia, conformada por un anciano, una mujer y un niño pequeño, quienes los acogieron con incomparable caridad y se apresuraron a servirles una modesta comida. Pero cuando llegó la hora de partir, después de haberles dado mil gracias y en el momento en que Pedro de Basto pidió a sus anfitriones que les dijeran sus nombres, sin duda con la intención de encomendarlos a Dios, ellos respondieron: "Somos, respondió la madre, los tres fundadores de la Compañía de Jesús";  y en ese mismo instante los tres desaparecieron.

 

Toda la vida religiosa de este santo varón, hasta su muerte, es decir, durante casi cincuenta y seis años, fue un entramado de maravillas y gracias extraordinarias; pero hay que añadir que las mereció y las compró, por así decirlo, al precio de las más heroicas virtudes, trabajos y sacrificios.

 

Encargado alternativamente de la lencería, de la cocina o de la puerta, en los colegios de Goa, Tutucurin, Coulao y Cochin, Pedro de Basto nunca buscó evitar el trabajo más duro, ni reservarse un poco de ocio a costa de sus diversos oficios, para disfrutar de las delicias de la oración.

 

Las enfermedades graves, cuya única causa fue el exceso de trabajo, eran, decía riendo, sus más alegres distracciones. Además, abandonado, por así decirlo, a toda la furia de los demonios, el siervo de Dios no disfrutaba casi de ningún descanso. Estos espíritus de las tinieblas se le aparecían en las formas más horribles, y a menudo le azotaban, especialmente a la hora en que cada noche acostumbraba a interrumpir su sueño e ir a rezar ante el Santísimo Sacramento.

 

Un día, estando de viaje, sus compañeros huyeron ante el ruido de una formidable tropa de hombres, caballos y elefantes, que parecía acercarse con furia; solo él permaneció tranquilo; y cuando sus compañeros se mostraron sorprendidos de que él no hubiese mostrado el menor signo de miedo, les dijo: "Si Dios no permite que los demonios ejerzan su furia sobre nosotros, ¿qué debemos temer? Y si Él lo permitiese,  ¿por qué debo intentar escapar de sus golpes?

 

Solo tenía que invocar a la Reina del Cielo, para que ella apareciera de repente cerca de él, y pusiera en fuga al asustado Infierno.

 

A menudo se sentía sacudido hasta el fondo de su alma, y solo encontraba calma y victoria en la presencia de su refugio habitual, Jesús presente en la Santa Eucaristía.

 

Una vez, sintiéndose afligido por indignos ultrajes, los cuales le habían conmovido más de lo habitual, fue a postrarse al pie del altar y pidió con insistencia al Salvador el don de la paciencia. Entonces se le apareció Nuestro Señor, cubierto de heridas, con una tira de púrpura sobre los hombros, una soga al cuello, una caña en la mano, una corona de espinas en la cabeza, y dirigiéndose a Pedro de Basto, le dijo: "Pedro, contempla, pues, lo que sufrió el verdadero Hijo de Dios, para que enseñes a los hombres a sufrir”.

 

Pero aún no hemos tocado el punto que queríamos tratar con respecto a esta santa vida: me refiero a la devoción de Pedro de Basto por las almas del Purgatorio, devoción admirablemente alentada y asistida por su ángel de la guarda. A pesar de sus muchos trabajos, rezaba cada día el Santo Rosario por los que habían fallecido. Un día, por olvido, se acostó sin haberlo recitado; pero apenas se durmió fue despertado por su ángel de la guarda: "Hijo mío -dijo este espíritu celestial-, las almas del Purgatorio esperan el efecto ordinario de tu caridad”. Pedro se levantó de inmediato para cumplir con este piadoso deber.






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