En Defensa de la Fe


Consolaciones del Purgatorio - La Santísima Virgen María, privilegio del sábado - La Venerable Paule de Santa Teresa - San Pedro Damián y el difunto Marozi

Los días sábado, la Reina del Cielo libera a las almas que, habiendo llevado el santo Escapulario, tienen derecho a tal privilegio; luego, consuela a las demás almas que la han honrado particularmente.


Si esto sucede en los sábados corrientes, no cabe duda que también es el caso de las fiestas dedicadas a la Madre de Dios. Entre todas estas fiestas, la de la gloriosa Asunción de María parece ser el gran día de la liberación.






Los días sábado, la Reina del Cielo libera a las almas que, habiendo llevado el santo Escapulario, tienen derecho a tal privilegio; luego, consuela a las demás almas que la han honrado particularmenteLos días sábado, la Reina del Cielo libera a las almas que, habiendo llevado el santo Escapulario, tienen derecho a tal privilegio; luego, consuela a las demás almas que la han honrado particularmente. Si esto sucede en los sábados corrientes, no cabe duda que también es el caso de las fiestas dedicadas a la Madre de Dios. Entre todas estas fiestas, la de la gloriosa Asunción de María parece ser el gran día de la liberación.




Capítulo 6 - Consolaciones del Purgatorio - La Santísima Virgen María, privilegio del sábado - La Venerable Paule de Santa Teresa - San Pedro Damián y el difunto Marozi

Es especialmente en ciertos días que la Reina del Cielo ejerce su misericordia en el Purgatorio. Estos días privilegiados son, en primer lugar, todos los sábados, y luego las diversas fiestas de María, que se convierten así en días de fiesta en el Purgatorio.

 

Vemos en las revelaciones de los santos que los sábados, día especialmente consagrado a la Santísima Virgen, la dulce Madre de las Misericordias desciende a las mazmorras del Purgatorio para visitar y consolar a sus devotos servidores.

 

Luego, según la piadosa creencia de los fieles, libera a las almas que, habiendo llevado el santo Escapulario, tienen derecho al privilegio de la Sabatina; después prodiga la dulzura de sus consuelos a las demás almas que la han honrado particularmente.

 

Esto es lo que vio al respecto la Venerable Hermana Paule de Santa Teresa, monja dominica del monasterio de Santa Catalina en Nápoles.

 

Habiendo sido arrebatada en éxtasis un día sábado y transportada en espíritu al Purgatorio, se sorprendió bastante al encontrarlo transformado como en un paraíso de delicias, iluminado por una luz brillante, en lugar de la oscuridad habitual. Mientras se preguntaba por el motivo de este cambio, vio a la Reina del Cielo, rodeada de infinidad de ángeles, a los que ordenó liberar las almas que le habían sido especialmente devotas y conducirlas al cielo.

 

Si esto sucede en los sábados corrientes, no cabe duda que también es el caso de las fiestas dedicadas a la Madre de Dios. Entre todas estas fiestas, la de la gloriosa Asunción de María parece ser el gran día de la liberación. San Pedro Damián nos dice que cada año, en el día de la Asunción, la Santísima Virgen libera varios miles de almas.

 

He aquí la visión milagrosa que el santo relata sobre este tema.

 

Es una costumbre piadosa -dice- entre la gente de Roma visitar las iglesias portando una vela en la mano, la noche anterior a la fiesta de la Asunción de Nuestra Señora. Sucedió en aquella ocasión que una mujer piadosa, arrodillada en la basílica del Ara Coeli, en el capitolio, vio a otra señora rezando delante ella. Dicha señora era su madrina, quien había muerto varios meses atrás.

 

Sorprendida y sin poder creer lo que veían sus ojos, quiso aclarar este misterio y fue a pararse cerca de la puerta de la iglesia. En cuanto la vio salir, la cogió de la mano y la llevó aparte: "¿No eres tú –le dijo- mi madrina Marozi, quien me cargó en la pila bautismal?” – “Sí, respondió de inmediato la aparición, yo soy”. -

 

“¿Cómo es que te encuentro entre los vivos, ya que moriste hace casi un año?” – “Hasta el día de hoy he permanecido inmersa en un fuego espantoso, a causa de los muchos pecados de vanidad que cometí en mi juventud. Pero en esta gran solemnidad, la Reina del Cielo descendió en medio de las llamas del Purgatorio y me liberó a mí y a un gran número de difuntos, para que pudiésemos entrar en el cielo el día de su Asunción.

 

Este gran acto de clemencia lo ejerce cada año y, en la presente circunstancia, el número de los que liberó es igual al de los habitantes de Roma".

 

Viendo que su ahijada permanecía aturdida y parecía dudar aún, la aparición añadió: "Como prueba de la verdad de mis palabras, debes saber que tú misma morirás dentro de un año, en la fiesta de la Asunción: si pasas de esa fecha, considera que todo esto fue una ilusión".

 

San Pedro Damián concluye este relato diciendo que la joven pasó el año haciendo buenas obras con el fin de prepararse para presentarse ante Dios. Al año siguiente, en la víspera de la Asunción, cayó enferma y murió el mismo día de la fiesta, como había sido predicho.

 

La fiesta de la Asunción es pues el gran día de las misericordias de María hacia las almas: ella se complace en introducir a sus hijos en la Gloria Celestial, justo en el aniversario del día en que ella misma entró en la misma Gloria.

 

Esta piadosa creencia, agrega el abate Louvet, se apoya en un gran número de revelaciones particulares; por eso, en Roma, la iglesia de Santa María de Montorio, que es el centro de la archicofradía de sufragios por los difuntos, está dedicada bajo la advocación de la Asunción.







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