En Defensa de la Fe


El Purgatorio - Ventajas de la devoción a las almas – Favores temporales - El abad Postel y la doncella de París

"¡No serás mi empleada, serás mi hija a partir de este momento!  Ese retrato es el de mi único hijo, a quien encontraste en la calle. Él murió hace dos años y gracias a ti él ha sido liberado del Purgatorio; no me cabe la menor duda; y Dios permitió que él te enviara aquí".








Ese retrato es el de mi hijo, a quien encontraste en la calle. Él murió hace dos años y gracias a ti él ha sido liberado del Purgatorio; no me cabe la menor duda;y Dios permitió que él te enviara aquí¡No serás mi empleada, serás mi hija a partir de este momento! Ese retrato es el de mi único hijo, a quien encontraste en la calle. Él murió hace dos años y gracias a ti él ha sido liberado del Purgatorio; no me cabe la menor duda; y Dios permitió que él te enviara aquí.





SEGUNDA PARTE



Capítulo 47 - Ventajas - Favores temporales - El abad Postel y la doncella de París

El abad Postel, traductor del padre Rossignoli, relata la siguiente historia. Dice que ocurrió en París hacia 1827; la consignó en el libro “Las Maravillas del Purgatorio”, bajo el número 51.

 

Una pobre empleada doméstica, educada cristianamente en su pueblo, había adoptado la santa práctica de hacer decir, con sus modestos ahorros, una Misa mensual por las almas del Purgatorio.

 

Llevada por sus patrones a la capital, no faltaba nunca a dicha Misa, convirtiendo en norma el asistir ella misma al Divino Sacrificio, uniendo sus oraciones a las del sacerdote, especialmente en favor del alma cuya expiación necesitase algo más para completar su purificación.  Esta era su petición acostumbrada.

 

Pronto Dios la puso a prueba a través de una larga enfermedad, que no solo la hizo sufrir cruelmente, sino que le hizo perder su trabajo y agotar sus últimos recursos.

 

El día que pudo salir del hospicio, solo le quedaban veinte céntimos.

 

Después de rezar al Cielo una oración de confianza, se puso a buscar un trabajo. Le habían hablado de una oficina de empleo en el otro extremo de la ciudad, y se dirigía allá cuando la iglesia de San Eustaquio se interpuso en su camino.

 

Al ver un sacerdote en el altar se acordó que ese mes había faltado a su Misa acostumbrada por los difuntos y que ese día era precisamente la fecha en que desde hacía años ella se había dado ese consuelo.

 

Pero, ¿cómo hacerlo? Si renunciaba a su último franco, no le quedaría ni siquiera para saciar su hambre. Fue una lucha entre su devoción y la prudencia humana.

 

La devoción se impuso.  "Al fin y al cabo, se dijo, el buen Dios verá que esto es para Él, ¡y no me abandonará!"

 

Entró en la sacristía, entregó su ofrenda para una Misa y luego asistió a la Misa con su habitual fervor.

 

Una vez terminada, continuó su camino, llena de una comprensible ansiedad.  Sin nada en absoluto, ¿qué podía hacer si le faltase trabajo?  Mientras le daba vueltas a este pensamiento, un joven pálido, de esbelta figura, de porte distinguido, se acercó a ella y le preguntó: "¿Busca usted un trabajo? " - "Sí, señor".- "Bueno, vaya a tal calle, a tal número, a casa de la señora... creo que le va a convenir y estará bien allí".

 

Una vez dichas estas palabras, desapareció entre la multitud de transeúntes, sin esperar el agradecimiento que la pobre muchacha le dirigió.

 

Le señalaron la calle, reconoció el número y subió al apartamento.  Una criada salió, con un paquete bajo el brazo y murmurando palabras de queja y enfado.  - "¿Está la señora?", preguntó la recién llegada.  - "Tal vez sí, tal vez no", respondió la otra; y añadió: "¿Qué me importa? La señora misma abrirá si le conviene. No tengo por qué involucrarme más. Adiós”.  Y bajó las escaleras.

 

Nuestra pobre muchacha toca el timbre temblando y una suave voz le dice que entre.  Se encuentra ante una anciana, de aspecto venerable, que la anima a que le diga qué se le ofrece.  - "Señora, dice la doncella, esta mañana escuché que usted necesita una empleada y he venido a ofrecerme. Me aseguraron que usted me acogería con amabilidad”.

 

- “Pero, mi querida niña, lo que estás diciendo es de lo más extraño.  Esta mañana no necesitaba a nadie; hace apenas media hora despedí a una criada insolente y no hay nadie en el mundo, aparte de ella y yo, que lo supiésemos.  ¿Quién te envió entonces?”

 

- “Fue un caballero, señora, un joven caballero que me encontré en la calle, quien me detuvo por esta circunstancia. Bendije a Dios por la posibilidad que se me presentaba, ya que hoy mismo debo encontrar trabajo: no me queda ni un céntimo".

 

La anciana no podía entender quién había sido esa persona. Estaba haciendo conjeturas cuando la muchacha, al levantar la vista sobre un mueble del salón, vio un retrato.  “Aquí está señora, dijo enseguida; no busque más. Esta es exactamente la figura del joven que me habló. Vengo de su parte”.

 

Al oír estas palabras, la señora exclama con fuerza y parece estar a punto de desmayarse. Le pide a la joven que le vuelva a contar toda la historia, la de la devoción a las almas del Purgatorio, la de la Misa matutina, la del encuentro con el caballero. Entonces, se echa al cuello de la pobre niña, la abraza efusivamente y le dice: "¡No serás mi empleada, serás mi hija a partir de este momento!  Él es mi hijo, mi único hijo, a quien encontraste. Mi hijo murió hace dos años y gracias a ti él ha sido liberado del Purgatorio; no me cabe la menor duda; y Dios permitió que él te enviara aquí.

 

Bendita seas pues; oremos juntas por todos los que sufren antes de entrar en la Eternidad Bienaventurada".





 

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