En Defensa de la Fe


El Purgatorio - Ventajas de la devoción a las almas - Gratitud de las almas - Santa Margarita de Cortona - San Felipe Neri - El cardenal Baronio y la moribunda

Después de su llegada al Cielo, los primeros favores que las almas redimidas piden a Dios son para quienes les ayudaron a abandonar el Purgatorio. Dichas almas no dejarán de rezar por sus benefactores, siempre que los vean en alguna necesidad o peligro.


En tiempos de desgracia, enfermedad o accidentes de todo tipo, ellas serán sus protectores.  Su celo crecerá cuando se trate de los intereses de las almas de sus bienhechores. Les ayudarán poderosamente a vencer las tentaciones, a practicar las buenas obras, a morir cristianamente y a escapar de las penas del Purgatorio.







Después de su llegada al Cielo, los primeros favores que las almas redimidas piden a Dios son para quienes les ayudaron a abandonar el Purgatorio. Dichas almas no dejarán de rezar por sus benefactoresDespués de su llegada al Cielo, los primeros favores que las almas redimidas piden a Dios son para quienes les ayudaron a abandonar el Purgatorio. Dichas almas no dejarán de rezar por sus benefactores, siempre que los vean en alguna necesidad o peligro. En tiempos de desgracia, enfermedad o accidentes de todo tipo, ellas serán sus protectores. Su celo crecerá cuando se trate de los intereses de las almas de sus bienhechores. Les ayudarán poderosamente a vencer las tentaciones, a practicar las buenas obras, a morir cristianamente y a escapar de las penas del Purgatorio.






SEGUNDA PARTE



Capítulo 45 - Ventajas de la devoción a las almas - Gratitud de las almas - Santa Margarita de Cortona - San Felipe Neri - El cardenal Baronio y la moribunda

¿Es la gratitud de las almas muy difícil de entender? Si hubieses liberado a un cautivo de la más dura esclavitud, ¿no estaría él agradecido por tal bendición?

 

Cuando el emperador Carlos V capturó la ciudad de Túnez, liberó a veinte mil esclavos cristianos que habían sido reducidos a las más terribles condiciones antes de su victoria. Llenos de gratitud por su benefactor, lo rodearon, lo bendijeron y le cantaron alabanzas.

 

Si devolvieses la salud a un enfermo desesperado, o la fortuna a un pobre que ha caído en la pobreza, ¿no recibirías su gratitud y sus bendiciones?

 

Se entiende entonces que las almas santas y buenas no se comporten de manera diferente con sus benefactores, almas cuyo cautiverio, sufrimiento y necesidad eran mucho más apremiantes y difíciles que cualquier cautiverio, cualquier indigencia, cualquier enfermedad terrenal.

 

En efecto, estas almas redimidas vienen de manera especial al encuentro de sus benefactores en el momento de su muerte, para protegerlos, acompañarlos e introducirlos en el Descanso Eterno.

 

Ya hemos hablado de Santa Margarita de Cortona y de su devoción por los difuntos.

 

La historia cuenta que al morir, ella vio venir a una multitud de almas que había ayudado a liberar y le hacían cortejo para llevarla al Cielo.

 

Dios reveló este favor concedido a Margarita por medio de una persona santa de la ciudad de Castello. Esta sierva de Dios, arrebatada en el espíritu en el momento  en que Margarita abandonaba la vida terrenal, vio esa alma bienaventurada en medio de un cortejo celestial. Cuando volvió en sí, dio a conocer a sus amigos lo que el Señor le había dado a contemplar.

 

San Felipe Neri, fundador de la Congregación del Oratorio, tenía una muy tierna devoción por las almas del Purgatorio, y su atracción le llevaba a rezar especialmente por aquellas cuya conciencia él había guiado. Se sentía más obligado con estas, porque la Providencia se las había confiado a su celo.

 

Él sentía que su caridad lo obligaba a seguirlas hasta que alcanzaran su completa purificación y su entrada en la Gloria.  Él admitió que muchos de sus hijos espirituales se le aparecieron después de su muerte para pedirle sus oraciones o para agradecerle las que él había hecho en su favor. También aseguró que a través de ellas, había recibido más de una gracia.

 

Después de su muerte, un padre franciscano de gran piedad estaba rezando en la capilla donde se habían depositado sus venerados restos, cuando el santo se le apareció, rodeado de gloria, en medio de un brillante cortejo.  El religioso, llevado por el aire de amabilidad y familiaridad con que le miraba el santo, se animó a preguntarle qué era esa corte de bienaventurados que lo rodeaba.

 

El Santo respondió que eran las almas de aquellos a quienes él había sido útil durante su vida mortal, y a las que había ayudado a liberar del Purgatorio con sus sufragios. Añadió que dichas almas habían venido a su encuentro al momento de dejar este mundo, para introducirlo a su turno en la Jerusalén Celestial.

 

No hay duda, dice el piadoso padre Rossignoli, que después de su entrada en la Gloria, los primeros favores que las benditas almas piden a la Divina Misericordia son para quienes les han abierto la puerta del Paraíso. Dichas almas no dejarán de rezar por sus benefactores, siempre que los vean en alguna necesidad o peligro.

 

En tiempos de desgracia, enfermedad o accidentes de todo tipo, ellas serán sus protectores.  Su celo crecerá cuando se trate de los intereses de las almas de sus bienhechores. Les ayudarán poderosamente a vencer las tentaciones, a practicar las buenas obras, a morir cristianamente y a escapar de las penas del Purgatorio.

 

El cardenal Baronio, cuya autoridad histórica es bien conocida, habla de una persona que era muy caritativa con las almas, y que estando en su lecho de muerte, afrontó una gran angustia.  El espíritu de las tinieblas le sugería en ese momento oscuros temores y le velaba de su mente la dulce luz de las Divinas Misericordias; se esforzaba por sumirla en la desesperación. De pronto, el Cielo pareció abrirse ante sus ojos y miles de defensores descendieron hacia ella, volando en su ayuda, reavivándole su confianza y prometiéndole la victoria.

 

Reconfortada por esta inesperada ayuda, preguntó a sus defensores quiénes eran: "Somos -respondieron- las almas que vuestros sufragios han sacado del Purgatorio; hemos venido a ayudaros a nuestra turno y pronto os conduciremos al Paraíso”.

 

Ante estas palabras consoladoras, la enferma se sintió transformada y llena de la más dulce confianza.  Poco después murió tranquilamente, con la serenidad en su rostro y la alegría en el corazón.






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