En Defensa de la Fe


Razones para ayudar a las almas del Purgatorio - Lazos íntimos que nos unen a ellas - La piedad filial - Cimón de Atenas, y su padre en la cárcel - San Juan de Dios salvando del incendio a los enfermos

Nosotros estamos en condiciones de pagar las deudas del alma, contraídas por nuestros seres queridos. Liberarlos del cautiverio del Purgatorio es de paso buscar por anticipado nuestra propia liberación.





San Juan de Dios se vio obligado a cruzar varias veces esta inmensa hoguera, corriendo y batallando en medio del fuego durante la media hora que duró el rescate.El santo no sufrió la más mínima heridaSan Juan de Dios se vio obligado a cruzar varias veces esta inmensa hoguera, corriendo y batallando en medio del fuego durante la media hora que duró el rescate. El santo no sufrió la más mínima herida: las llamas respetaron su cuerpo, sus ropas y hasta el más pequeño cabello de su cabeza. Dios quiso mostrar con un milagro lo agradable que le resultaba la caridad de su siervo.




SEGUNDA PARTE



Capítulo 36 - Razones para ayudar a las almas - Lazos íntimos que nos unen a ellas - La piedad filial - Cimón de Atenas, y su padre en la cárcel - San Juan de Dios salvando del incendio a los enfermos

Si nosotros debemos ayudar a las almas debido a que se encuentran en extrema necesidad, ¿cuánto más urgente se hace este motivo cuando consideramos que dichas almas están unidas a nosotros por los lazos más sagrados, por los lazos de la sangre, por la Sangre Divina de Nuestro Señor Jesucristo y por la sangre humana de la que descendemos según la carne?

 

Sí. Hay almas en el Purgatorio que están unidas a nosotros por el más estrecho vínculo. Es un padre, es una madre que gimen atormentados y me tienden los brazos. ¿Qué no haríamos por nuestro padre, por nuestra madre, si estuvieran languideciendo en una dura prisión?

 

Un antiguo ateniense, el célebre Cimón, sufrió el dolor de ver a su padre encarcelado por acreedores despiadados a los que no había podido pagar. Para colmo, Cimón no pudo encontrar los recursos para liberarlo y el anciano murió encadenado.

 

Apesadumbrado, inconsolable, Cimón corrió a la prisión y pidió que al menos le entregaran el cuerpo de su padre para enterrarlo. Tal petición le fue negada con el pretexto de que, al no haber pagado sus deudas, no podía ser liberado. “Dejen que primero entierre a mi padre -exclamó Cimón- y luego vendré a ocupar su lugar en la prisión”.

 

Admiramos este rasgo de piedad filial; pero ¿no deberíamos imitarlo también nosotros? ¿No tenemos acaso un padre y una madre en la cárcel del Purgatorio? ¿No deberíamos liberarlos, a costa de cualquier sacrificio?

 

En mejor situación que Cimón, nosotros estamos en condiciones de pagar las deudas de nuestros seres queridos. No tendremos que ocupar su lugar; por el contrario, liberarlos del cautiverio del Purgatorio es buscar por anticipado nuestra propia liberación.

 

Admiramos por otro lado, la caridad de San Juan de Dios (8 de marzo), quien se enfrentó a la furia de las llamas para salvar a los desprotegidos enfermos en medio de un incendio.

 

Este gran siervo de Dios murió en Granada en el año 1550, arrodillado ante una imagen de Jesús crucificado, a la que abrazó y siguió estrechando entre sus brazos después de haber entregado su alma a Dios.

 

San Juan de Dios había nacido de padres muy pobres y se vio forzado a cuidar rebaños de animales para sobrevivir. Él era por el contrario rico en fe y confianza en Dios. Su felicidad estaba en la oración y en la escucha de la palabra de Dios: éste fue el principio de la santidad a la que pronto se elevó.

 

Un sermón del venerable Padre Juan de Ávila, apóstol de Andalucía, le conmovió tanto que resolvió dedicar toda su vida al servicio de los pobres y de los enfermos. Sin más recursos que su caridad y su confianza en Dios, consiguió comprar una casa donde acogió a inválidos abandonados, alimentándolos y cuidando de sus cuerpos y almas. Este asilo pronto se amplió y se convirtió en el Hospital Real de Granada, un vasto establecimiento lleno de multitud de ancianos y enfermos de todo tipo.

 

Un día, se produjo un incendio en dicho hospital y muchos pacientes estuvieron a punto de sufrir una muerte espantosa. Las llamas los rodearon por completo e impidieron que otros se acercaran para salvarlos. Gritaban, clamaban al cielo y a la tierra para que los ayudaran.

 

Juan se dio cuenta de lo que estaba sucediendo; su caridad se iluminó; se precipitó en medio del incendio, penetró a través de las llamas y del humo hasta llegar a los lechos de los enfermos;  cargó sobre sus hombros a todos estos desdichados y los llevó a salvo, uno tras otro.

 

Obligado a cruzar varias veces esta inmensa hoguera, corriendo y batallando en medio del fuego durante la media hora que duró el rescate, el santo no sufrió la más mínima herida: las llamas respetaron su cuerpo, sus ropas y hasta el más pequeño cabello de su cabeza. Dios quiso mostrar con un milagro lo agradable que le resultaba la caridad de su siervo.

 

Y nosotros nos preguntamos: ¿Acaso los que salvan, no los cuerpos, sino las almas, de las llamas del Purgatorio, hacen una obra menos agradable al Señor? ¿La necesidad, los gritos y los gemidos de dichas almas son menos conmovedores para un corazón lleno de fe? ¿Es acaso más difícil asistirlas? ¿Es necesario arrojarse a las llamas para ayudarlas?

 

Ciertamente, tenemos a nuestro alcance los medios más fáciles para ayudarlas, y Dios no nos pide que nos impongamos penas extremas. Sin embargo, la caridad de las almas fervientes puede llevarlas a realizar los mayores sacrificios, incluso hasta compartir los dolores de sus hermanos del Purgatorio.






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