En Defensa de la Fe


El alivio de las almas del Purgatorio - ¿Qué almas deben ser objeto de nuestra caridad? Todos los fieles difuntos - San Andrés Avellino - Los pecadores que mueren sin los sacramentos - San Francisco de Sales

Somos completamente ignorantes del destino de las almas en la otra vida.  Por cuenta de tal incertidumbre debemos rezar en general por todos los difuntos, como lo hace la Iglesia, sin perjuicio de aquellas almas a las que queremos ayudar más particularmente.





No sabemos el destino de las almas en la otra vida.  Por ello debemos rezar en general por todos los difuntos, sin perjuicio de aquellas almas a las que queremos ayudar más particularmente.Somos completamente ignorantes del destino de las almas en la otra vida. Por cuenta de tal incertidumbre debemos rezar en general por todos los difuntos, como lo hace la Iglesia, sin perjuicio de aquellas almas a las que queremos ayudar más particularmente.




SEGUNDA PARTE



Capítulo 32 - El alivio de las almas - ¿Qué almas deben ser objeto de nuestra caridad? Todos los fieles difuntos - San Andrés Avellino - Los pecadores que mueren sin los sacramentos - San Francisco de Sales

Hemos visto los recursos y los muchos medios que la Divina Misericordia ha puesto en nuestras manos para aliviar a las almas del Purgatorio; pero ¿qué almas están en este lugar de expiación y a cuáles debemos prestar ayuda? ¿Por cuáles almas debemos rezar y ofrecer nuestros sufragios a Dios?

 

A esta pregunta respondemos que debemos rezar por las almas de todos los fieles difuntos, omnium fidelium defunctorum, según lo que expresa la Iglesia.

 

Aunque la piedad filial nos impone deberes particulares hacia nuestros padres y parientes, la caridad cristiana nos manda rezar por todos los fieles difuntos en general, porque todos son nuestros hermanos en Jesucristo, todos son nuestros prójimos, a los que debemos amar como a nosotros mismos.

 

Por “fieles difuntos”  la Iglesia entiende todas las almas que están actualmente en el Purgatorio, es decir, las que no están en el Infierno, pero que no son todavía dignas de ser admitidas en la Gloria del Paraíso.

 

¿Pero cuáles son esas almas? ¿Podemos conocerlas? - Dios se ha reservado este conocimiento para Sí Mismo, y a menos que se complazca en revelárnoslo, somos completamente ignorantes del destino de las almas en la otra vida.

 

Rara vez Él da a conocer que un alma está en el Purgatorio o en la Gloria del Cielo; y aún más raro es que revele que un alma fue reprobada.

 

Por cuenta de tal incertidumbre debemos rezar en general por todos los difuntos, como lo hace la Iglesia, sin perjuicio de aquellas almas a las que queremos ayudar más particularmente.

 

Evidentemente, podríamos limitar nuestra intención a los difuntos que aún están necesitados, si Dios nos concediera, como a San Andrés Avellino, el privilegio de conocer el estado de las almas en la otra vida.

 

Cuando este santo religioso de la Orden Teatina, siguiendo su piadosa costumbre, rezaba con angelical fervor por los difuntos, sentía a veces una especie de resistencia, un sentimiento de insuperable repulsión; otras veces, por el contrario, sentía un gran consuelo, una particular atracción.

 

Pronto comprendió lo que significaban estos diferentes sentimientos: el primero indicaba que su oración era en vano, que el alma a la que quería ayudar era indigna de misericordia y estaba condenada al Fuego Eterno; el otro indicaba que su oración era eficaz para aliviar el alma en el Purgatorio.

 

De la misma manera, cuando quería ofrecer el Santo Sacrificio por algún difunto, si al salir de la sacristía sentía como si una mano irresistible lo retuviese, comprendía que esa alma estaba en el Infierno; y si por el contrario, se sentía inundado de alegría, luz y devoción, estaba seguro de poder contribuir a la liberación de tal alma.

 

Este santo caritativo rezaba, pues, con el mayor ardor por los difuntos que sabía que sufrían, y no cesaba en sus sufragios hasta que tales almas acudían a darle las gracias y le daban la certeza de que habían sido liberadas (Vida del santo).

 

Para los que no tenemos estas luces sobrenaturales, debemos rezar por todos los difuntos, incluso por los mayores pecadores, así como también por los cristianos más virtuosos.

 

San Agustín conocía las grandes virtudes de su madre, Santa Mónica; sin embargo, no contento con ofrecer sus sufragios a Dios por ella, pedía a todos sus lectores que no dejaran de encomendarla a Dios.

 

En cuanto a los grandes pecadores que mueren sin haberse reconciliado externamente con Dios, no podemos excluirlos de nuestros sufragios, porque no tenemos certeza de su impenitencia interior.

 

La fe nos enseña que todo hombre que muere en pecado mortal incurre en la condenación; pero ¿quiénes son los que realmente mueren en este triste estado? Solo Dios, quien se ha reservado el Juicio Supremo de los vivos y de los muertos, sabe quiénes son.

 

En cuanto a nosotros, solo podemos sacar con base en las circunstancias externas una conclusión conjetural. Ya que esta puede ser engañosa, debemos abstenernos de formularla.

 

Sin embargo, hay que admitir que hay muchas razones para temer por los que mueren sin haberse preparado para la muerte. Así mismo, toda esperanza parece desvanecerse para los que rechazan los sacramentos. Estos abandonan la vida portando los signos externos de la reprobación.

 

Sin embargo, el juicio debe dejarse a Dios, según estas palabras: Dei judicium est, “El juicio es de Dios” (Deut. 1, 17).

 

- Cabría mayor esperanza para aquellos que no han sido abiertamente hostiles a la religión, que han sido bondadosos con los pobres, que han conservado alguna práctica de piedad cristiana o que al menos han aprobado y favorecido la piedad; cabría mayor esperanza para tales personas, digo yo, cuando sucede que, luego de haber vivido de esta forma, mueren repentinamente, sin haber tenido el tiempo de recibir los sacramentos de la Iglesia.

 

San Francisco de Sales quería que no desesperáramos y que mantuviésemos la esperanza en la conversión de los pecadores hasta su último suspiro; incluso después de la muerte, nos prohibía juzgar mal a los que habían llevado una mala vida.

 

Él decía que, salvo los pecadores cuya condenación está manifiesta en las Escrituras, nadie debe ser condenado, sino que se debe respetar el secreto de Dios. - Su argumento principal para ello era que, como la primera gracia no se daba por el mérito, la última, que es la perseverancia final o la buena muerte, tampoco se daba por el mérito.

 

Por eso quería que guardásemos esperanzas con respecto al difunto, a pesar de que hubiese tenido  una muerte lamentable; porque solo podemos hacer conjeturas basadas en lo externo, con respecto a lo cual hasta el más diestro puede equivocarse (Espíritu de San Francisco de Sales, parte 3).






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