En Defensa de la Fe


El alivio de las almas a través de la Santa Misa - Santa Teresa y Bernardino de Mendoza - La multiplicidad de misas, la pomposidad de los funerales - Las ceremonias sagradas de la Iglesia y las coronas profanas que cubren los féretros

En el momento de la Comunión, al dejar mi lugar para acercarme a la Santa Mesa, vi a nuestro benefactor, quien con las manos juntas y el rostro resplandeciente me agradecía lo que había hecho para rescatarlo del Purgatorio. Esta hermosa escena nos muestra no solo la eficacia de la Santa Misa, sino también la tierna bondad con la que Jesucristo se interesa por las almas e incluso solicita nuestros sufragios en su favor.






En el momento de la Comunión, vi a nuestro benefactor, quien con las manos juntas y el rostro resplandeciente me agradecía lo que había hecho para rescatarlo del Purgatorio.En el momento de la Comunión, al dejar mi lugar para acercarme a la Santa Mesa, vi a nuestro benefactor, quien con las manos juntas y el rostro resplandeciente me agradecía lo que había hecho para rescatarlo del Purgatorio. Esta hermosa escena nos muestra no solo la eficacia de la Santa Misa, sino también la tierna bondad con la que Jesucristo se interesa por las almas e incluso solicita nuestros sufragios en su favor.




SEGUNDA PARTE



Capítulo 20 - El alivio de las almas a través de la Santa Misa - Santa Teresa y Bernardino de Mendoza - La multiplicidad de misas, la pomposidad de los funerales - Las ceremonias sagradas de la Iglesia y las coronas profanas que cubren los féretros

Concluyamos lo que tenemos que decir sobre la Santa Misa con el relato de Santa Teresa, concerniente a Bernardino de Mendoza. Ella cuenta este hecho en su libro de las Fundaciones, capítulo X.

 

El Día de los Difuntos, don Bernardino de Mendoza regaló a Santa Teresa una casa y un hermoso jardín, situados en Valladolid, para que allí se fundase un convento en honor a la Madre de Dios.

 

"Dos meses después -escribe la  santa-, este caballero cayó repentinamente enfermo y perdió el habla, de modo que no podía confesarse, aunque mostraba con signos el deseo de hacerlo y la profunda contrición que sentía por sus pecados.

 

Pronto murió, lejos de donde yo me encontraba en ese momento. Pero Nuestro Señor me habló y me hizo saber que él se había salvado, aunque había corrido un gran riesgo de no lograrlo. La misericordia de Dios se había derramado sobre él, merced a los donativos que había hecho para el convento en honor de la Santísima Virgen; sin embargo, su alma no debía salir del Purgatorio antes de que fuese celebrada la primera Misa en la nueva casa.

 

Sentí tan profundamente los sufrimientos de esta alma que, a pesar de mi fuerte deseo por terminar lo antes posible la fundación de Toledo, me fui inmediatamente para Valladolid.

 

Un día, mientras rezaba en Medina del Campo, Nuestro Señor me dijo que me apresurara, pues el alma de Mendoza estaba sumida en los mayores tormentos. Entonces, aunque no estaba preparada para ello, me puse inmediatamente en marcha y llegué a Valladolid el día de San Lorenzo.

 

Inmediatamente llamé a los albañiles para que construyeran sin demora los muros del recinto, pero como esto iba a tomarse mucho tiempo, pedí permiso al señor obispo para construir una capilla provisional, para uso de las hermanas que me habían acompañado.

 

Habiéndolo obtenido, hice celebrar allí la Misa, y en el momento de la comunión, al dejar mi lugar para acercarme a la Santa Mesa, vi a nuestro benefactor, quien, con las manos juntas y el rostro resplandeciente, me agradeció lo que había hecho para rescatarlo del Purgatorio.

 

Entonces lo vi ascender al Cielo, lleno de gloria. Me alegré aún más porque no me había imaginado lograr un éxito semejante. En efecto, aunque Nuestro Señor me había revelado que la liberación de esta alma se produciría inmediatamente después de la primera Misa celebrada en la nueva casa, pensé que ello debía entenderse como <<la primera Misa, cuando el Santísimo Sacramento ya pudiese ser guardado en el Tabernáculo>>.

 

Esta hermosa escena nos muestra no solo la eficacia de la Santa Misa, sino también la tierna bondad con la que Jesucristo se interesa por las almas e incluso solicita nuestros sufragios en favor de ellas.

 

Siendo el Sacrificio Divino de tan grande valor, cabría preguntarse si un mayor número de Misas proporciona más alivio a las almas que un número menor, pero compensado esto último con espléndidos funerales y abundantes limosnas. - La respuesta a esta pregunta puede deducirse del espíritu de la Iglesia, que es el espíritu de Jesucristo mismo y la expresión de Su Voluntad.

 

La Iglesia insta a los fieles a ofrecer oraciones, limosnas y demás buenas obras por los difuntos, a que les sean aplicadas indulgencias, pero sobre todo a que les sea celebrada la Santa Misa y que asistamos a ella.

 

A la vez que da un lugar especial al Divino Sacrificio, la Iglesia aprueba y emplea las diversas clases de sufragios, según las circunstancias, la devoción y la condición social del difunto o de sus herederos.

 

Es una costumbre católica, que los fieles han observado sagradamente desde los primeros tiempos, celebrar por el difunto un servicio solemne y un funeral tan espléndido como lo permitan sus posibilidades.

 

Los gastos que realizan de esta manera son una limosna a la Iglesia, limosna que eleva muchísimo a los ojos de Dios el valor del Divino Sacrificio y también su valor expiatorio en relación con el alma del difunto.

 

Sin embargo, es bueno moderar el gasto en los funerales, de tal manera que queden todavía recursos suficientes para celebrar un número adecuado de Misas y para dar limosna a los pobres.

 

No debemos olvidar el carácter cristiano de los funerales; veamos el servicio fúnebre como un gran acto religioso y no como una expresión de vanidad mundana.

 

Hay que evitar los símbolos profanos de luto que no se ajustan a las tradiciones cristianas, por ejemplo, las costosas coronas de flores con las que se hace acompañar el féretro del difunto.

 

Se trata de una innovación justamente desaprobada por la Iglesia, a quien Jesucristo confió el cuidado del culto y de las ceremonias sagradas, sin excluir las fúnebres.

 

Las que la Iglesia emplea al momento de la muerte de sus hijos son venerables por su antigüedad, llenas de significado y de consuelo para la fe. Todos los elementos expuestos a los ojos de los fieles, la Cruz y el agua bendita, las velas y el incienso, las lágrimas y las oraciones, respiran compasión por las almas, fe en la Divina Misericordia y esperanza en la inmortalidad del alma.

 

¿Tiene todo ello algún parecido con las frías coronas de violetas? Estas no le dicen nada al alma cristiana; representan a lo sumo un símbolo profano de la vida mortal - un símbolo que contrasta con la imagen santa de la Cruz -  y que es ajeno a los ritos sagrados de la Iglesia.







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