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Revelaciones de los santos sobre el lugar del Purgatorio - 2

Le agradó a Dios mostrar en espíritu a algunas almas privilegiadas las tristes moradas del Purgatorio, las cuales debían luego revelar estos dolorosos misterios para la edificación de todos los fieles.



Le agradó a Dios mostrar en espíritu a algunas almas privilegiadas las tristes moradas del Purgatorio, las cuales debían luego revelar estos dolorosos misterios para la edificación de todos los fielesLe agradó a Dios mostrar en espíritu a algunas almas privilegiadas las tristes moradas del Purgatorio, las cuales debían luego revelar estos dolorosos misterios para la edificación de todos los fieles




Capítulo 6 - Lugar del Purgatorio. - Santa Francisca Romana. - Santa Magdalena de Pazzi

Le agradó a Dios hacer ver en espíritu a algunas almas privilegiadas las tristes moradas del Purgatorio, las cuales debían luego revelar estos dolorosos misterios para la edificación de todos los fieles.

 

De ellas hizo parte la ilustre Santa Francisca Romana, fundadora de las Hermanas Oblatas, quien murió en 1440 en Roma, donde sus virtudes y sus milagros brillaron con más fuerza.

 

Dios le prodigó grandes conocimientos acerca del estado de las almas en la otra vida.

 

Ella vio el infierno y sus horribles suplicios; también vio el interior del Purgatorio, y el misterioso orden, casi diría, la jerarquía de las expiaciones que reina en esta parte de la Iglesia de Jesucristo.

 

Para obedecer a sus superiores, que creían que debían imponerle esta obligación, ella dio a conocer todo lo que Dios le había manifestado; y sus visiones, escritas bajo su dictado por el venerable canónigo Matteotti, su director espiritual, tienen toda la autenticidad que se puede pedir en esta materia.

 

La Sierva de Dios declaró que después de haber experimentado con un miedo indescriptible la visión del infierno, ella salió de ese abismo y fue conducida por su guía celestial, el Arcángel Rafael, a las regiones del Purgatorio.

 

Allí no reinaba ni el horror del desorden, ni la desesperación, ni las tinieblas eternas; la Divina Esperanza esparcía su luz, y le fue dicho que este lugar de purificación también se llamaba Morada de la Esperanza.

 

Allí vio almas que sufrían cruelmente, pero también ángeles que las visitaban y las ayudaban en sus sufrimientos.

 

El Purgatorio, dice, está dividido en tres partes distintas, que son como las tres grandes provincias de este reino de dolor. Están situadas una encima de la otra y ocupadas por almas de diferentes categorías.

 

Estas almas están más profundamente enterradas, en la medida en que están más manchadas y más alejadas de su liberación.

 

La región inferior está repleta de un fuego muy ardiente, pero no es tan terrible como el del infierno: es un vasto mar ardiente con inmensas llamas.

 

Innumerables almas están sumergidas en ella: corresponden a las que fueron culpables de pecados mortales, que confesaron debidamente, pero que no fueron suficientemente expiados durante la vida.

 

La Sierva de Dios aprendió entonces que por cada pecado mortal perdonado queda una sentencia de siete años de Purgatorio. - Este lapso de tiempo no puede tomarse como una medida fija ya que los pecados mortales difieren en su gravedad; debe ser tomado más bien como una pena promedio.

 

Aunque las almas están envueltas en las mismas llamas, sus sufrimientos no son los mismos; difieren según el número y la calidad de sus pecados anteriores.

 

En este Purgatorio inferior la santa distinguía entre los laicos y las personas consagradas a Dios. Los laicos eran aquellos que, después de una vida de pecado, habían hecho una conversión sincera; las personas consagradas a Dios eran aquellas que no habían vivido de acuerdo con la santidad de su estado: estaban en la parte más profunda.

 

En ese mismo momento, vio descender allí el alma de un sacerdote que conocía, pero cuyo nombre se abstuvo de revelar. Ella notó que su cabeza estaba envuelta en un velo que cubría una mancha, la mancha de la sensualidad.

 

Aunque había llevado una vida edificante, este sacerdote no siempre había mantenido una estricta templanza y había buscado demasiada satisfacción en el comer.

 

La santa fue entonces llevada al Purgatorio intermedio, destinado a las almas que merecían un castigo menos riguroso. Había allí tres lugares distintos: uno se parecía a un gran cuarto frío, donde reinaba un frío indescriptible; el segundo, por el contrario, era como una inmensa caldera llena de aceite y brea hirvientes; el tercero era como un estanque de metal líquido, que se parecía al oro o la plata fundidos.

 

El Purgatorio superior, que la santa no describe, es la morada de las almas que, habiendo sido purificadas por las penas de los sentidos, ya no sufren más que el dolor de la congoja, y se acercan al momento feliz de su liberación.

 

Tal es en esencia la visión de Santa Francisca sobre el Purgatorio.

 

Aquí está ahora la visión de Santa Magdalena de Pazzi, monja carmelita de Florencia, según lo reportado sobre su vida por el Padre Cépari.

 

Es una imagen detallada del Purgatorio, mientras que la visión anterior sólo daba un boceto.

 

Algún tiempo antes de su santa muerte, ocurrida en 1607, la Sierva de Dios Magdalena de Pazzi, encontrándose por la tarde con varias monjas en el jardín del convento, quedó extasiada y vio abrirse el Purgatorio ante ella.

 

Al mismo tiempo, como más tarde lo hizo saber, una voz la invitó a visitar todas las prisiones de la justicia divina, para ver de cerca cuán dignas de piedad son las pobres almas que viven allí.

 

En ese momento le oímos decir: "Sí, entraré allí". Aceptó hacer este doloroso viaje.

 

De hecho, comenzó a caminar por el jardín, que es muy grande, durante dos horas completas, deteniéndose de vez en cuando.

 

Cada vez que interrumpía su caminata, analizaba cuidadosamente las penas que se le mostraban. Entonces se la veía retorcer sus manos en señal de compasión: su cara se ponía pálida, su cuerpo se doblaba bajo el peso del dolor en presencia del espectáculo que tenía ante sus ojos.

 

Empezó a gritar con una voz lastimera: "¡Piedad, Dios mío, piedad! Desciende, oh Preciosa Sangre y libera a estas almas de su prisión. Pobres almas, ustedes están sufriendo tan cruelmente y sin embargo están felices y contentas. Las mazmorras de los mártires, comparadas con esto, eran jardines encantadores. Sin embargo, hay otras más abajo. ¡Qué feliz me consideraría si no me hicieran ir más abajo!”

 

Sin embargo, ella bajó más, porque la vimos continuar su camino. Pero cuando dio unos pasos, se detuvo horrorizada y con un gran suspiro gritó: "¡Qué!, ¡hay también religiosos en estos tristes lugares! ¡Dios mío, qué atormentados están! ¡Oh, Señor!

 

Ella no comprendía sus sufrimientos, pero el horror que sentía al contemplarlos la hacía suspirar a cada paso.

 

De allí pasó a lugares menos sombríos: eran las mazmorras de las almas sencillas y de los niños, cuya ignorancia y carencia de razón mitigaban en gran medida sus faltas. Igualmente, sus tormentos le parecieron mucho más tolerables que los de los demás.

 

No había nada más que hielo y fuego. Notó que estas almas tenían sus ángeles guardianes cerca de ellas, los cuales las fortalecían enormemente gracias a su presencia; pero también vio demonios, cuya horrible apariencia agravaba su sufrimiento.

 

Después de dar unos pasos, vio almas mucho más infelices, y se le oyó gritar: "¡Oh, qué horrible es este lugar! ¡Está lleno de horribles demonios y de incomprensibles tormentos!

 

Entonces, ¿quiénes son, Dios mío, las tristes víctimas tan cruelmente torturadas? ¡Ay! Son atravesadas con espadas afiladas y cortadas en pedazos. (Se le respondió que estas eran las almas cuya conducta había sido manchada por la hipocresía).

 

Al avanzar un poco, vio una gran multitud de almas pisoteadas y como aplastadas bajo una prensa; y comprendió que eran almas que durante sus vidas habían estado sujetas a la impaciencia y la desobediencia.

 

Al contemplarlos, su mirada, sus suspiros, su actitud expresaban compasión y miedo.

 

Un momento después, pareció más consternada y lanzó un grito de terror: era el calabozo de las mentiras que acababa de abrirse ante sus ojos.

 

Después de mirarlo atentamente, dijo en voz alta: "Los mentirosos son colocados en un lugar cercano al infierno, y sus penas son muy grandes. Se les vierte plomo fundido en sus bocas; los veo ardiendo y temblando de frío al mismo tiempo”.

 

Llegó luego a la prisión de las almas que habían pecado por debilidad, y la oyeron gritar: "¡Ay! Pensé que ustedes estaban con las que pecaron por ignorancia; pero me equivoqué, ustedes están ardiendo en un fuego más candente”.

 

Más adelante, vio a las almas que estaban demasiado apegadas a los bienes de este mundo y que pecaron por codicia. “¡Qué ceguera, dijo, buscar tanto una fortuna perecedera!

 

Aquellos que una vez fueron insaciables en la consecución de riquezas están aquí saciados de tormento; se licúan como el metal en el horno”.

 

De allí pasó al lugar donde se encierran las almas que una vez se mancharon con el vicio de la impureza; las vio en un calabozo tan sucio y asqueroso que hizo que su corazón se sintiera asqueado. Rápidamente apartó los ojos de esta repugnante vista.

 

Cuando vio a los ambiciosos y a los soberbios, dijo: “Estos son los que querían destacarse más que los demás: ahora están condenados a vivir en esta espantosa oscuridad”.

 

Entonces se le hizo ver las almas que habían sido ingratas con Dios. Eran objeto de un tormento indecible y parecían como si se hubiesen ahogado en un lago de plomo fundido, por haber secado la fuente de la piedad merced a su ingratitud.

 

Finalmente, se le mostraron, en una última mazmorra, las almas que no tenían vicios muy destacados, pero que, al no cuidarse lo suficiente, habían cometido toda clase de faltas leves.

 

Notó que estas almas participaban del castigo asociado con todos los vicios, pero en un menor grado; esto era debido a que las faltas cometidas, como no habían sido recurrentes, las hacían menos culpables en comparación con aquellas que habían sido hábitos.

 

Después de esta última estación, la santa salió del jardín, rezando a Dios para que no la volviese a hacer testigo de un espectáculo tan desgarrador: ya no sentía las fuerzas para soportarlo.

 

Sin embargo, su éxtasis aún perduraba, y conversando con Jesús, le dijo: “Enséñame, Señor, ¿cuál fue tu propósito al mostrarme estas terribles prisiones de las que yo sabía tan poco y entendía aún menos?… Ah, lo veo ahora: querías hacerme conocer tu infinita santidad y hacerme odiar aún más los pecados más pequeños, los cuales son tan abominables a tus ojos”.






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