En Defensa de la Fe


Materia de la expiación - La falta de caridad y de respeto para con el prójimo - San Luis Beltrán y el muerto que pidió perdón - El Padre Nieremberg - La Beata Margarita María y las religiosas benedictinas

El pobre difunto le pidió que durante tres meses, todos sus trabajos y sufrimientos le fuesen aplicados como reparación por sus faltas.


Es difícil describir cuánto sufrió la Beata durante los tres meses siguientes. El difunto no se apartó de ella: en el lado donde él estaba, ella se sentía arder, con un dolor tan grande que la hacía llorar sin parar.





El pobre difunto le pidió que durante tres meses, todos sus trabajos y sufrimientos le fuesen aplicados como reparación por sus faltas. Es difícil describir cuánto sufrió la Beata durante ese tiempo.El pobre difunto le pidió que durante tres meses, todos sus trabajos y sufrimientos le fuesen aplicados como reparación por sus faltas. Es difícil describir cuánto sufrió la Beata durante los tres meses siguientes. El difunto no se apartó de ella: en el lado donde él estaba, ella se sentía arder, con un dolor tan grande que la hacía llorar sin parar.




PRIMERA PARTE



Capítulo 40 - Materia de la expiación - La falta de caridad y de respeto para con el prójimo - San Luis Beltrán y el muerto que pidió perdón - El Padre Nieremberg - La Beata Margarita María y las religiosas benedictinas

La verdadera caridad es sencilla y se humilla ante sus hermanos, respetándolos a todos como si fueran superiores a ella. Sus palabras son siempre amables y llenas de consideración hacia todos, no son amargas ni frías, ni huelen a desprecio, porque brotan de un corazón dulce y humilde, como el de Jesús.

 

También evita cuidadosamente cualquier cosa que pueda perturbar la unión; y si surge alguna disputa, hace todos los esfuerzos, todos los sacrificios, para lograr la reconciliación, según esta palabra del Divino Maestro: Si presentas tu ofrenda en el altar, y allí recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, y ve primero a reconciliarte con tu hermano; luego vendrás a presentar tu ofrenda.

 

Un religioso que había tenido una falta de caridad con San Luis Beltrán recibió un terrible castigo luego de su muerte. Fue sumergido en el fuego del Purgatorio, al que debía someterse hasta que la Justicia Divina fuese satisfecha; además, no podía ser admitido en la Morada de los Elegidos hasta que no realizara un acto externo de reparación, que sirviera de ejemplo a los vivos.

 

Así se relata el hecho en la Vida del Santo.

 

Cuando San Luis Beltrán, de la Orden de Santo Domingo, residía en el convento de Valencia, había un joven religioso en la comunidad que daba demasiada importancia a la ciencia humana.

 

Sin duda, las letras y la erudición tienen su precio, pero, como declara el Espíritu Santo, ellas ceden ante el temor de Dios y la ciencia de los santos: Non super timentem Dominum.

 

Dicha ciencia de los santos, que la Sabiduría Eterna ha venido a enseñarnos, consiste en la humildad y la caridad. Ahora bien, el joven religioso del que hablamos, todavía no muy avanzado en esta ciencia divina, tuvo el atrevimiento de reprocharle al Padre Luis su supuesta falta de conocimiento, y le dijo:

 

“¡Ya nos damos cuenta Padre, que usted no es muy culto!”

 

- Hermano mío -respondió el Santo con suave firmeza; Lucifer ha sido muy culto y sin embargo no por ello es menos condenable.

 

El hermano que había cometido esta falta no pensó en repararla. Sin embargo, no era un mal religioso; algún tiempo después, habiendo caído enfermo, recibió con buena disposición todos los sacramentos y murió en la paz del Señor.

 

Pasó un tiempo apreciable y mientras tanto San Luis fue nombrado Prior. Un día, habiéndose quedado él en el coro después de los maitines, el difunto se le apareció rodeado de llamas, e inclinándose humildemente ante San Luis, le dijo:

 

"Padre, perdóneme por las palabras hirientes que una vez le dije. Dios no me permitirá ver Su rostro hasta que usted me haya perdonado esta falta y haya celebrado por mí el Santo Sacrificio de la Misa".

 

- El Santo le perdonó de buena gana y ofreció una misa por él al día siguiente.

 

La noche siguiente, estando de nuevo en el coro, vio que el difunto se le apareció de nuevo, pero esta vez glorioso y subiendo al cielo.

 

El padre Eusebio Nieremberg, religioso de la Compañía de Jesús, autor del hermoso libro Diferencia entre el tiempo y la eternidad, residía en el Colegio de Madrid y allí murió en olor de santidad en 1658.

 

Este siervo de Dios, especialmente dedicado a las almas del Purgatorio, rezaba un día con fervor en la iglesia del colegio por un Padre recientemente fallecido. El difunto, que había sido durante mucho tiempo profesor de teología, había demostrado ser un buen religioso a la vez que un erudito teólogo. También había sido especialmente devoto de la Santísima Virgen. Sin embargo, un vicio se había mezclado con sus virtudes: le faltaba caridad en sus palabras y hablaba con frecuencia de las faltas del prójimo.

 

Un día, cuando el Padre Nieremberg estaba encomendando su alma a Dios, dicho religioso se le apareció y le reveló su estado. Había sido entregado a severos tormentos por haber faltado a la caridad en su manera de hablar.

 

Su lengua, en particular, el instrumento de sus faltas, era atormentada por un fuego ardiente. La Santísima Virgen, como premio a la tierna devoción que él le había tenido, había conseguido que este pudiese venir a pedirle oraciones; al mismo tiempo el Padre debía servir de ejemplo a sus hermanos, para enseñarles a vigilar cuidadosamente todas sus palabras.

 

- El padre Nieremberg, habiendo rezado y hecho muchas penitencias por el difunto, obtuvo finalmente su liberación.

 

El religioso mencionado en la Vida de la Beata Margarita, por el que esta sierva de Dios sufrió tan terriblemente durante tres meses, también estaba siendo castigado, entre otras faltas, por sus pecados contra la caridad.

 

Así es como se produjo esta revelación.

 

Leemos en La Vida de la Beata Margarita María, que ella estaba una vez ante el Santísimo Sacramento, cuando de repente se le apareció un hombre que estaba completamente en llamas, y cuyo calor la penetró tan fuertemente que sintió como si estuviese ardiendo con él.

 

El lamentable estado en el que vio a este difunto la hizo llorar. Se trataba de un monje benedictino de la congregación de Cluni, con el que ella se había confesado una vez y le había hecho un bien a su alma al ordenarle que comulgara. Como recompensa por este servicio, Dios le había permitido acudir a ella para aliviar sus penas.

 

El pobre difunto le pidió que durante tres meses, todos sus trabajos y sufrimientos le fuesen aplicados como reparación por sus faltas. Ella se lo prometió, después de pedirle permiso a su superiora.

 

- En ese momento, él le confiesa que la mayor causa de sus grandes padecimientos era que había buscado sus propios intereses antes que la gloria de Dios y el bien de las almas, ya que había estado demasiado preocupado por su reputación.

 

La segunda causa había sido la falta de caridad hacia sus hermanos.

 

La tercera había sido su afecto natural por las criaturas, al que había cedido por debilidad, y de lo cual había dado prueba en conversaciones espirituales, lo cual, como él mismo lo dice, le era muy desagradable a Dios.

 

Es difícil describir cuánto sufrió la Beata durante los tres meses siguientes. El difunto no se apartó de ella: en el lado donde él estaba, ella se sentía arder, con un dolor tan grande que la hacía llorar sin parar.

 

Su Superiora, movida por la compasión, le ordenó sobrellevar ciertas penitencias y disciplinas cuyos dolores y sufrimientos le proporcionaban un gran alivio. Decía la Beata, que los tormentos que la santidad de Dios le imprimían, eran insoportables.

 

 Esto fue una muestra de lo que tienen que soportar las almas.






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