Domingo 32 del Tiempo Ordinario Ciclo B 2018

Te comparto la reflexión correspondiente al Domingo 32 del Tiempo Ordinario Ciclo B 2018, sobre las lecturas de la Biblia que se proclaman durante la Eucaristía de este día.


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Nota acerca de la fecha: En el 2018, corresponde al Domingo 11 de Noviembre.



Dar culto a Dios es rendirle homenaje. Formalmente, la liturgia es la forma estructurada a través de la cual la Iglesia da culto a Dios y le expresa, mediante ritos y ceremonias, respeto y amor. Mediante el culto la comunidad creyente reconoce en Dios su origen, su meta, su sentido.

 

Pero no basta el culto formal (la liturgia). Este culto formal solo tiene sentido si brota y se sitúa dentro del culto existencial (la vida en su totalidad). Dicho de otra manera, si el creyente no vive de manera consciente su relación con Dios y hace de ella (en la cotidianidad) el espacio privilegiado para amarlo y dejarse amar por Él ¿Qué sentido podrá tener entrar en un templo para adorar a quien, en la vida, no aparece?

 

Muchas veces el culto queda reducido al ámbito de la liturgia (ese es el culto litúrgico), pero no logra atravesar, alimentar y orientar la vida (ese es el culto existencial). La dimensión litúrgica y la existencial deben ir juntas.

 

En la perspectiva bíblica, el culto a Dios cobija toda la existencia y no solamente los ritos de la liturgia. Por eso san Pablo, en el capítulo 12 de la carta a los romanos, escribió:

   

Hermanos míos, ya que Dios es tan bueno con ustedes, les ruego que dediquen toda su vida a servirle y a hacer todo lo que a Él le agrada. Así es como se le debe adorar. Y no vivan ya como vive todo el mundo. Al contrario, cambien de manera de ser y de pensar. Así podrán saber qué es lo que Dios quiere, es decir, todo lo que es bueno, agradable y perfecto.

 

En realidad, desde la comprensión cristiana, Dios no está muy interesado  en grandes celebraciones litúrgicas, sino en la vivencia del amor, que se hace concreto en la práctica de la justicia, de la misericordia, de la solidaridad, de la caridad.

 

Podemos celebrar liturgias espectaculares (por ejemplo, misas fastuosas), pero si ellas no están ligadas a compromisos vitales, a opciones de vida, a proyectos existenciales constructivos, entonces son simplemente liturgias vacías.

 

Esto no es nuevo, el profeta Isaías (seis siglos antes de Jesucristo) escribió al pueblo de Israel:

 

“¿Por qué me traen tantos animales
para presentarlos en mi altar?
¡Ya estoy harto de esas ofrendas;
me da asco ver tanta sangre
de toros, carneros y cabritos!

Yo nunca les he pedido
que me traigan esos animales
cuando vienen a adorarme;
solo vienen para ensuciar mi templo
y burlarse de mí.
¡Váyanse de mi templo!

¡Para mí, esas ofrendas
no tienen ningún valor!
¡Ya no quiero que las traigan!
Y no me ofrezcan incienso
porque ya no lo soporto.
Tampoco soporto sus fiestas
de sábado y luna nueva,
ni reuniones de gente malvada.
Me resultan tan molestas
que ya no las aguanto.

Ustedes oran mucho,
y al orar levantan las manos,
pero yo no los veo ni los escucho.
¡Han matado a tanta gente
que las manos que levantan
están manchadas de sangre!
¡Dejen ya de pecar!
¡No quiero ver su maldad!
¡Dejen ya de hacer lo malo
y aprendan a hacer lo bueno!
Ayuden al maltratado,
traten con justicia al huérfano
y defiendan a la viuda.

Vengan ya, vamos a discutir en serio,
a ver si nos ponemos de acuerdo.
Si ustedes me obedecen, yo los perdonaré.
Sus pecados los han manchado
como con tinta roja;
pero yo los limpiaré.
¡Los dejaré blancos como la nieve!”

 

Desde esta perspectiva debemos comprender la propuesta de las lecturas de este domingo: Una mujer pobre que es capaz de solidarizarse con el profeta de Dios. Fue a través de su solidaridad que dio culto a Dios.  El episodio tomado del libro de los Reyes nos está diciendo que la solidaridad es una verdadera acción de adoración, de culto a Dios; que la solidaridad es una experiencia generadora de vida, de vínculos creadores, de tejido humano fraterno.

 

En el Evangelio, una mujer viuda es capaz de ofrecer aquello de lo que depende para subsistir. No puede ofrecer (desde el punto de vista cuantitativo) grandes cosas, pero – desde el punto de vista existencial – ofrece TODO. Por eso, es puesta por Jesús como ejemplo, en contraposición a aquellas personas que se tienen por muy religiosas y que ofrecen, pero con el ánimo de aparecer, de figurar, de ser reconocidos públicamente.  

 

Las lecturas buscan llamar nuestra atención sobre varias cosas:

 

1.      Debemos ser cuidadosos cuando damos. ¿Qué damos? ¿Por qué lo damos? ¿Qué buscamos al dar? ¿Qué actitudes acompañan nuestra acción de dar?

 

2.      El verdadero don no consiste tanto en el valor de aquello material que entregamos, sino en la calidad de nuestra confianza en Dios y en la actitud de amor y solidaridad hacia el prójimo que se va a beneficiar con lo que damos. En eso radica la auténtica pobreza espiritual.

 

Jesús es el modelo pleno y perfecto del culto a Dios. Su culto consistió en una entrega amorosa, fiel, decidida, constante y total a Dios Padre y a la misión que Él le encomendó. Su culto se expresó en su auténtica compasión hacia el prójimo. Jesús dio culto a Dios amando hasta el extremo, entregando su vida por el bien de los demás; por eso – en el libro de los Hechos de los Apóstoles – el apóstol Pedro nos resumirá su existencia con una frase muy sencilla: “Pasó haciendo el bien”. Podemos percibir, en Jesús, la relación estrecha entre culto a Dios y donación de sí al prójimo.



"Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir”



Veamos las lecturas:




I Reyes 17, 10-16

La viuda hizo un panecillo y lo llevó a Elías

 

En aquellos días, el profeta Elías se puso en camino hacia Sarepta, y, al llegar a la puerta de la ciudad, encontró allí una viuda que recogía leña. La llamó y le dijo: "Por favor, tráeme un poco de agua en un jarro para que beba". Mientras iba a buscarla, le gritó: "Por favor, tráeme también en la mano un trozo de pan". Respondió ella: "Te juro por el Señor, tu Dios, que no tengo ni pan; me queda solo un puñado de harina en el cántaro y un poco de aceite en la alcuza. Ya ves que estaba recogiendo un poco de leña. Voy a hacer un pan para mí y para mi hijo; nos lo comeremos y luego moriremos". Respondió Elías: "No temas. Anda, prepáralo como has dicho, pero primero hazme a mí un panecillo y tráemelo; para ti y para tu hijo lo harás después. Porque así dice el Señor, Dios de Israel: "La orza de harina no se vaciará, la alcuza de aceite no se agotará, hasta el día en que el Señor envíe la lluvia sobre la tierra". Ella se fue, hizo lo que le había dicho Elías, y comieron él, ella y su hijo. Ni la orza de harina se vació, ni la alcuza de aceite se agotó, como lo había dicho el Señor por medio de Elías.

 

 

Algunas reflexiones:

 

En los dos libros de los Reyes que encontramos en el Antiguo Testamento encontramos un conjunto de tradiciones ligadas a la vida del profeta Elías. El nombre de Elías es ya muy significativo, significa “Mi Dios es el Señor”. Se trata no solo de un nombre, sino de un proyecto de vida, de una confesión de fe, de una alianza entre el creyente y Dios.

 

Este profeta desarrolló su misión en el Reino del Norte (es decir Israel), durante el siglo IX a. C.  Fue un tiempo en que la fe del pueblo se encontraba en peligro por la presencia y la expansión de cultos provenientes de otros pueblos.  En este contexto, el profeta Elías insistió al pueblo en la necesidad de mantenerse fiel a Yahvé y a la alianza que Él había hecho con el pueblo.

 

Para el profeta era claro que esa alianza no era un simple formalismo. Se trataba de una alianza de vida. Por este trabajo de animación espiritual, el profeta Elías llegó a ser considerado como el gran defensor de la fidelidad a Dios y a la alianza pactada con Él.  Como consecuencia de su misión, el profeta Elías fue perseguido.

 

Recordemos que Elías desarrolló su misión durante los reinados de los reyes Acab y Ocozías. El primero de ellos se destacó – según cuenta la narración bíblica – por su infidelidad a Dios, por su falta de escrúpulos, por sus abusos de poder y por su matrimonio con la cruel reina Jezabel.

 

El texto que estamos meditando, hoy, nos habla de una fuerte sequía que afectó a la población (I Reyes 17). Esta sequía obligó al profeta Elías (que estaba siendo perseguido) a viajar hacia la ciudad de Sarepta, una pequeña ciudad de la costa fenicia.

 

Algunos aspectos claves que pueden ayudarnos a meditar a partir de este texto:

 

1.      Aprender a compartir aún desde nuestra propia pobreza.

 

2.      Comprender que la solidaridad es una de las claves para la transformación social.

 

3.      Evaluar la calidad de nuestra confianza en Dios, entendiendo que esta confianza (fe) no substituye nuestro esfuerzo personal y/o colectivo.

 

4.      Meditar sobre el lugar que tienen los más pobres en mi propia vida.

  

El relato nos muestra que cuando alguien es capaz de compartir, superando su egoísmo, los dones de Dios llegan a todos y hasta sobran. ¿No cuestiona todo esto nuestra tendencia a acaparar? La generosidad no empobrece, sino que es generadora de formas de vida nueva.

 


Hebreos 9, 24-28

Cristo se ha ofrecido una sola vez para quitar los pecados de todos.

 

Cristo ha entrado no en un santuario construido por hombres - imagen del auténtico-, sino en el mismo cielo, para ponerse ante Dios, intercediendo por nosotros. Tampoco se ofrece a sí mismo muchas veces- como el sumo sacerdote, que entraba en el santuario todos los años y ofrecía sangre ajena; si hubiese sido así, tendría que haber padecido muchas veces, desde el principio del mundo-. De hecho, Él se ha manifestado una sola vez, al final de la historia, para destruir el pecado con el sacrificio de sí mismo. Por cuanto el destino de los hombres es morir una sola vez. Y después de la muerte, el juicio. De la misma manera, Cristo se ha ofrecido una sola vez para quitar los pecados de todos. La segunda vez aparecerá, sin ninguna relación al pecado, a los que lo esperan, para salvarlos.

  

 

Algunas reflexiones:

 

Continuamos haciendo la lectura de la Carta a los Hebreos.  En ella Cristo es presentado como el Sumo Sacerdote por excelencia. No en la línea del sacerdocio levítico (tal como era entendido por la religión judaica), sino en la línea de un sacerdocio nuevo, eterno, perfectamente ejercido en el amor, en el cual tanto el que ofrece como lo ofrecido son una misma realidad.

 

En el texto propuesto para este domingo el autor explica en qué consiste esa perfección sacerdotal de Jesucristo y las consecuencias que esto tiene para la vida del creyente cristiano:

 

  • Cristo no se limita a entrar en un santuario material (un templo, una capilla, por ejemplo), sino que entró en la humanidad para transformarla desde el amor.

  

  • El sacerdocio que ejerce Jesús es la donación de su vida, que está puesta totalmente al servicio de la humanidad. Jesús no vive para sí mismo sino para los demás y esto es lo que se espera de quien decide seguirlo.

 

  • La misión realizada por Jesucristo tuvo como objetivo destruir el egoísmo, que es la fuente de todo pecado. Comulgar es comprometerse en esta opción: superar el egoísmo y crear fraternidad.

  

  • Este Cristo que se ha entregado, que ha resucitado y que ha entrado a la comunión plena con Dios Padre (por eso se habla de cielo) volverá (por eso se habla de Parusía), al final de os tiempos.

 

Algunos aspectos que pueden ayudarnos a meditar a partir de este texto:

 

1.       Entrar en la humanidad es asumir la condición humana. No podemos vivir una vida auténticamente humana sin asumir lo que somos y lo que estamos llamados a ser.

 

2.      Hay una relación estrecha entre ‘entrar en el cielo’ (el ámbito de Dios) y ‘donación de la propia vida’. Tanto aquello que llamamos ‘cielo’ como aquello que llamamos ‘infierno’ cielo está ligado a aquello que vivimos y que hacemos de nuestra vida terrena.

 

3.      La destrucción del pecado y la superación del mal son tarea ineludible para el seguidor de Jesús. El pecado (con mayúscula) es el egoísmo.

 

4.      Jesucristo es el Sumo Sacerdote de la nueva alianza. Es importante avivar la conciencia de esta alianza que Dios ha hecho con la humanidad a través de Jesucristo.



Marcos 12, 38-44

Esa pobre viuda ha echado más que nadie.

 

En aquel tiempo, entre lo que enseñaba Jesús a la gente, dijo: "¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas, con pretexto de largos rezos. Éstos recibirán una sentencia más rigurosa". Estando Jesús sentado enfrente del arca de las ofrendas, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban en cantidad; se acercó una viuda pobre y echó dos reales. Llamando a los discípulos, les dijo: "Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir”.

 

Algunas reflexiones:

 

El texto nos sitúa en Jerusalén, algunos días antes de la pasión de Jesús. La tensión de Jesús con los representantes oficiales del Judaísmo se ha hecho muy aguda.  La vida de Jesús corre peligro. Es una vida en peligro por causa de su opción de amor.

 

Lo que queda claro –según la narración del evangelista Marcos - es que el proyecto de Jesús (y su manera de comprender el Reino de Dios) es incompatible con la visión religiosa de los líderes judíos de la época y con sus actitudes (pues buscan los primeros puestos, usan su investidura para beneficio propio, les gusta dominar a los pequeños, no tienen compasión de los pecadores, se creen dueños de la salvación de Dios, etc.).

 

Jesús – con su predicación-  hace caer en cuenta al pueblo que los líderes de la comunidad judía han transformado la religión de Moisés en una propuesta vacía de sentido y estéril.

 

Una religión de miedo y centrada en el cumplimiento externo de ritos no es capaz de transformar verdaderamente al ser humano. Por eso – en su momento – compara a la comunidad judía con una higuera seca, con una planta en la cual no se encuentra el fruto esperado (Mc 11,12-14.20-26).

 

Recordemos que Jesús ha denunciado que hasta el templo fue transformado en un espacio de negocio religioso y en un escenario de liturgias pomposas pero vacías. Ya no era el lugar de encuentro con Dios ni el lugar donde los pobres podían encontrar ayuda.

 

El texto de hoy se ubica en este mismo contexto de confrontación de Jesús con las autoridades judías. Entendemos por qué, en Él, se contraponen las actitudes de los representantes de las autoridades judías a la actitud de la mujer viuda que, desde su pobreza, es capaz de entregar incluso aquello que le es necesario para subsistir. Según Jesús esta mujer encarna el espíritu de fe en Dios que aquellas autoridades judías deberían tener y no tienen.

 

Algunos puntos que pueden ayudarnos en la reflexión de este texto:

 

1.      Jesús llama la atención sobre las actitudes y comportamientos concretos de las personas (las autoridades judías y la mujer). Es muy necesario examinar y evaluar (usando los criterios de Jesús) nuestros propios comportamientos y actitudes.

 

2.      No basta con ser doctor de la ley, es decir con saberla. Hay que pasar a la conversión personal y a la vivencia de esta ley. Una cosa es ser letrado y otra ser coherente en el amor.

 

3.      Las apariencias nos hacen ciegos. Vivimos en el mundo de la apariencia, de la imagen, pero esto es peligroso. Jesús es capaz de desmontar las apariencias y de llegar al fondo de la persona: a su conciencia, a su corazón.

 

4.      Jesús nos invita a ser humildes. Mientras que las autoridades religiosas judías (de las que se habla en el evangelio) se presentan orgullosas, altivas, autosuficientes y seguras, Jesús subraya la actitud de la mujer viuda que entra al templo: su humildad, su confianza en Dios, su desprendimiento, su generosidad.

 

¿Cuál es, pues, el verdadero culto que Dios espera de nosotros? Dios espera que los gestos que hacemos en la liturgia se traduzcan en amor en la vida cotidiana, en la convivencia con los demás.

 

 

Terminemos nuestra reflexión orando con el…

 

 

Salmo 146

Alaba, alma mía, al Señor

 

Que mantiene su fidelidad perpetuamente, / que hace justicia a los oprimidos, / que da pan a los hambrientos. / El Señor liberta a los cautivos. R.

 

El Señor abre los ojos al ciego, / el Señor endereza a los que ya se doblan, / el Señor ama a los justos, / el Señor guarda a los peregrinos. R.

 

Sustenta al huérfano y a la viuda / y trastorna el camino de los malvados. / El Señor reina eternamente, / tu Dios, Sión, de edad en edad. R.

 

 

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