Domingo 24 del Tiempo Ordinario Ciclo B 2018

Te comparto la reflexión correspondiente al Domingo 24 del Tiempo Ordinario Ciclo B 2018, sobre las lecturas de la Biblia que se proclaman durante la Eucaristía de este día.


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Nota acerca de la fecha: En el 2018, corresponde al Domingo 16 de Septiembre.



La sed no se calma sólo por saber dónde está el arroyo.

Hay que ir y beber.



"El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo que cargue con su cruz y me siga.Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará"



Isaías 50, 5-9a

Ofrecí la espalda a los que me apaleaban

 

El Señor me abrió el oído; yo no resistí ni me eché atrás: ofrecí la espalda a los que me aplastaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos. El Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado. Tengo cerca a mi defensor, ¿quién pleiteará contra mí? Comparezcamos juntos. ¿Quién tiene algo contra mí? Que se me acerque. Mirad, el Señor me ayuda, ¿quién me condenará?




Santiago 2, 14-18

La fe, si no tiene obras, está muerta

 

¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Es que esa fe lo podrá salvar? Supongamos que un hermano o una hermana andan sin ropa y faltos de alimento diario, y que uno de vosotros les dice: "Dios os ampare; abrigaos y llenaos el estómago", y no le dais lo necesario para el cuerpo; ¿de qué sirve? Esto pasa con la fe: si no tiene obras, por sí sola está muerta. Alguno dirá: "Tú tienes fe, y yo tengo obras. Enséñame tu fe sin obras, y yo, por las obras, te probaré mi fe."




Marcos 8, 27-35

Tú eres el Mesías, el Hijo del hombre tiene que padecer mucho.

 

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Filipo; por el camino, preguntó a sus discípulos: "¿Quién dice la gente que soy yo?" Ellos le contestaron: "Unos, Juan Bautista; otros, Elías; y otros, uno de los profetas." Él les preguntó: "Y vosotros, ¿quién decís que soy?" Pedro le contestó: "Tú eres el Mesías." Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y empezó a instruirlos: "El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días." Se lo explicaba con toda claridad. Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Jesús se volvió y, de cara a los discípulos, increpó a Pedro: "¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!" Después llamó a la gente y a sus discípulos, y les dijo: "El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará."

 

 

Algunas reflexiones

 

La primera lectura nos invita a meditar sobre nuestra identidad y labor profética. Al ser bautizados se nos dice que nos consagramos a Dios y que somos configurados a Cristo (quien es sacerdote, profeta y rey). Por tanto, el cristiano debe activar estas tres dimensiones de su identidad cristiana.  En cuanto a profetas, debemos hablar en nombre de Dios y debemos comunicar palabras de Dios.

 

La primera lectura nos presenta al profeta totalmente comprometido con el proyecto de Dios.  Aunque este profeta está enfrentando una situación de rechazo, persecución e incomprensión, el permanece fiel a su misión; opta por ir hasta las últimas consecuencias en el desarrollo de la tarea que Dios le ha encomendado.

 

Este profeta da testimonio de 4 elementos fundamentales, que pueden enriquecer nuestra meditación:

 

1.   Servir a Dios es más importante que cualquier cosa,

 

2.   La vida al servicio de Dios – aunque tenga momentos difíciles y esté afectada por los problemas y el sufrimiento – no es una vida fracasada, porque tiene sentido,

 

3.   El abandono total en Dios es garantía de una misión bien hecha.

 

4.   Dios no abandona a su servidor.

 

El texto de la primera lectura nos sitúa en la época de exilio que vivió el antiguo pueblo de Israel en Babilonia (hacia el siglo VI a.C.).  En esas circunstancias, a los profetas les correspondió prestar un servicio de orientación y consuelo, para sostener al pueblo que – tras largos años de exilio – estaba desanimado, estaba perdiendo la esperanza de volver a su tierra y corría el peligro de ser devorado por la cultura babilónica y perder su fe.

    

Pero el profeta anuncia que las cosas van a cambiar, que la posibilidad de volver a la tierra perdida se acerca. Y compara esta posibilidad de retorno con el éxodo narrado en el libro que lleva este nombre. Con ello, el profeta deja claro que Dios no ha abandonado al pueblo y que es importante mantener la esperanza, alimentar una actitud proactiva y asumir la tarea de reconstruir el país. De esta reconstrucción nos hablan los libros de Esdras y Nehemías que hacen parte de los libros del Antiguo Testamento.

 

Sin embargo, en medio de este mensaje de consuelo y de esperanza, aparecen varios textos intercalados que quiebran esta temática de alegría. Son cuatro cantos dramáticos que se conocen como los cuatro ‘Cantos del Siervo de Dios’. Este Servidor cumple su misión en medio del sufrimiento, se mantiene firme, se entrega totalmente a Dios, confía en Él y su entrega adquiere un valor redentor.

 

Algunos siglos más tarde, los cristianos se apoyaron en estos Cánticos del Siervo Fiel para hablar de Jesús: los aplican a Jesús para predicar que Él es el VERDADERO SIERVO DE DIOS, totalmente fiel a la misión encomendada por Dios. Esto es lo que aparece claro en el evangelio de san Juan (capítulo 17) cuando Jesús (al final de su misión y ad portas de la pasión) ora a Dios, su Padre, diciéndole que ha cumplido su misión y que vuelve a Él.   

  

El texto de la carta de Santiago (segunda lectura) nos es propuesta para seguir caminando en la dirección del Siervo de Dios. Aquí el énfasis está puesto en la coherencia que se da cuando hay una adecuada articulación entre la fe (lo que decimos creer) y las obras (las acciones que realizamos, el estilo de vida que llevamos). Y, de manera particular, el autor (Santiago) llama la atención sobre el amor y la solidaridad para con los pobres (vale la pena la lectura completa de esta carta).

  

Para completar el itinerario de meditación propuesto para hoy, la liturgia nos ofrece un trozo del evangelio de Marcos. En él, el evangelista nos presenta a Jesús como el Mesías e Hijo de Dios que trae la liberación integral al ser humano.  Jesús desarrolla su misión mostrando, con su vida, con su enseñanza y con sus signos, que el camino de la salvación está indisolublemente ligado al amor, pero que se trata de un amor que se concreta en la donación de la propia vida.  Por eso Jesús habla de su pasión: me perseguirán, me ultrajarán, me matarán…pero resucitaré.

 

Recordemos que, según la narración de Marcos, Jesús está caminando con sus discípulos hacia Jerusalén y los va formando por el camino. Los forma para que sean los continuadores de la misión. Debemos nosotros, hoy, asumirnos también como continuadores de la misión de Jesús.

  

Tengamos en cuenta, además, que uno de los temas fundamentales del evangelio de Marcos es el problema de la identidad teológica de Jesús.  Muchos conocen quién es Él desde el punto de vista humano y social: es el carpintero, el hijo de José y de María. Incluso conocen algunos de sus familiares. Pero reconocerlo como el enviado de Dios es otra cosa. Supone un discernimiento mayor y una mirada distinta que logra penetrar más allá de lo que todos ven inicialmente.

 

El problema de la identidad teológica de Jesús es uno de los temas centrales del Nuevo Testamento: ¿Quién es Él según Dios? ¿Quién es Él para Dios? ¿Tiene Jesús un significado salvífico para la humanidad? Los primeros discípulos de Jesús tuvieron que recorrer un largo camino con Él para poder descubrir su identidad teológica. También el cristiano de hoy debe recorrer ese camino, hasta poder decir – de manera personal: Tú eres el Mesías, Tú eres el Hijo de Dios, Tú eres el Cristo, Tú eres mi salvador. Esa es la tarea que nos queda en esta liturgia: profundizar y alimentar nuestra relación personal con Jesús para reconocer que Él es nuestro salvador.

 

Notemos que, en este itinerario personal con Jesús, hay que superar las opiniones de los otros. Cada discípulo debe hacer su propia experiencia. Por eso Jesús pasa de la primera pregunta (¿Quién dice la gente que soy yo?) a la segunda (Y Ustedes, ¿qué dicen de mí?).  Este es el punto crucial: ¿Qué puedes decir tú, por ti mismo(a) de Jesús? Es desde tu experiencia que debes dar cuenta de esto, no solo desde lo que otros dicen.

 

    

Terminemos nuestra reflexión orando con el…

 


Salmo 116

Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida.

 

Amo al Señor, porque escucha / mi voz suplicante, / porque inclina su oído hacia mí / el día que lo invoco. R.

 

Me envolvían redes de muerte, / me alcanzaron los lazos del abismo, / caí en tristeza y angustia. / Invoqué el nombre el Señor, / "Señor, salva mi vida." R.

 

El Señor es benigno y justo, / nuestro Dios es compasivo; / el Señor guarda a los sencillos: / estando yo sin fuerzas, me salvó R.

 

Arrancó mi alma de la muerte, / mis ojos de las lágrimas, / mis pies de la caída. / Caminaré en presencia del Señor / en el país de la vida. R.

 


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