23 Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo A)

Te comparto la reflexión correspondiente al 23 Domingo del  Tiempo Ordinario (ciclo A), sobre las lecturas de la Biblia que se proclaman durante la Eucaristía de este día.



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Nota acerca de la fecha: En el 2014, corresponde al Domingo 7 de Septiembre.

 



Libro de Ezequiel 33,7-9.

Así habla el Señor: Hijo de hombre, yo te he puesto como centinela de la casa de Israel: cuando oigas una palabra de mi boca, tú les advertirás de mi parte. Cuando yo diga al malvado: "Vas a morir", si tú no hablas para advertir al malvado que abandone su mala conducta, el malvado morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuenta de su sangre. Si tú, en cambio, adviertes al malvado para que se convierta de su mala conducta, y él no se convierte, él morirá por su culpa, pero tú habrás salvado tu vida.




Carta de San Pablo a los Romanos 13,8-10.

Hermanos: Que la única deuda con los demás sea la del amor mutuo: el que ama al prójimo ya cumplió toda la Ley. Porque los mandamientos: No cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no codiciarás, y cualquier otro, se resumen en este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. El amor no hace mal al prójimo. Por lo tanto, el amor es la plenitud de la Ley.




Evangelio según San Mateo 18,15-20.

Jesús dijo a sus discípulos: Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, ve y busca una o dos personas más, para que el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos. Si se niega a hacerles caso, dilo a la comunidad. Y si tampoco quiere escuchar a la comunidad, considéralo como pagano o publicano. Les aseguro que todo lo que ustedes aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo. También les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá. Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos.

 

 

Te comparto algunas reflexiones acerca de las lecturas anteriores:

 

Ser cristiano significa, entre otras cosas, interesarse adecuadamente por la vida de los demás. La indiferencia es una de las enfermedades más agudas de la humanidad en la actualidad. Estamos tan centrados en nosotros mismos, en nuestro propio YO, en la búsqueda de nuestro propio bienestar, que nos olvidamos con frecuencia de los otros… Es como si no existieran y, aunque sabemos que existen, parecen no importarnos.

 

Pasamos por alto que la vida de los seres humanos es una inmensa red de la cual nosotros mismos hacemos parte y no podemos salirnos de ella. Esto quiere decir que nuestra vida (con todo lo que la constituye) está integrada y articulada con la vida de los otros. Los otros no son simplemente los otros… En realidad, somos un “nosotros” inmenso. Debemos tomar conciencia de ello.

 

Hemos dicho que ser cristiano es interesarnos por la vida de los otros, pero de una manera adecuada. No se trata, entonces, de entrar en la vida de los demás de una manera inapropiada y abusiva. Entramos en la vida de otro si él nos deja entrar y, si abre la puerta, entramos delicadamente, con el único objetivo de ayudar, de servir, de hacer el bien, de construir.

 

En el camino de la vida (y en el camino de la fe que hacemos en ella) nadie está exento de cometer errores, de perder el rumbo, de confundirse, de tomar decisiones equivocadas, de herir con sus decisiones, actitudes y comportamientos a otros. Y, cuando esto sucede, qué importante es saber recapacitar. Pero también es importante contar con la presencia de otra persona que – animada por el amor sincero – sea capaz de ayudarnos a tomar conciencia de la situación, capaz de ayudarnos a reorientar los pasos, capaz de hacernos las correcciones necesarias.

 

Esta experiencia de corrección fraterna pide mucho respeto por parte de quien la hace (una corrección mal hecha puede empeorar la situación). Pero también, la experiencia de la corrección pide mucha humildad de parte de quien la recibe, es decir, de aquella persona que es objeto de corrección (con frecuencia somos hipersensibles, orgullosos, susceptibles, autosuficientes).

 

Las lecturas de hoy nos recuerdan que todos somos responsables de todos y que – también –cada uno es responsable (delante de Dios) de sus propias decisiones y acciones. Hay personas que viven quejándose, pero no hacen nada para cambiar la situación que los afecta; otras personas –sin asumir un serio esfuerzo de cambio personal– pasan el tiempo culpando a los demás de sus problemas. La corrección fraterna es necesaria, pero con ella no se busca asumir lo que la persona que falla debe asumir. Una cosa es ayudar y otra substituir.

 

En la primera lectura, el profeta habla del vigilante, de la torre del centinela. Él debe estar atento, para ver, escuchar y dar aviso ante la presencia de un peligro que acecha. Una sociedad, una comunidad, una familia sin vigilante y sin atalayas es vulnerable. ¿No deberíamos cumplir todos – desde nuestra realidad y contexto – la función de vigilantes? Es cierto, los vigilantes hoy están de moda, los vemos en muchos lugares de nuestras ciudades (conjuntos, edificios, bancos, instituciones educativas, etc.), velando por la seguridad (especialmente por el cuidado de los bienes materiales), pero ¿cómo vigilamos y cuidamos por otras realidades como la salud mental, la madurez espiritual, la calidad de la convivencia social, la salud de la justicia y del ejercicio político?

 

El evangelio nos recuerda que ser “hermano” significa cuidar al otro, advertirle de los peligros, guiarlo y reprenderlo (llamar su atención) si es necesario. Esto, aplicado a la vida de la iglesia, nos lleva a tomar conciencia que ella es un cuerpo y, en él, ningún órgano puede ser autosuficiente y ninguno de ellos existe sin los otros. Ser cuerpo, sentirnos cuerpo y funcionar como cuerpo es algo muy importante. Sin embargo, con frecuencia, podemos ver que no es esto lo que sucede en la realidad. El individualismo y la desarticulación amenazan con instalarse, deformando y poniendo obstáculos a la vivencia de la comunidad y de la fraternidad.

 

Amar es también acompañar y corregir, por eso el amor no es ciego ni tonto. Al contrario, es inteligente y crítico, capaz de conducir a la persona a tomar postura frente a lo que vive, frente a lo que sucede a su alrededor. Por tanto no se trata de asumir una actitud de dejar hacer y dejar pasar, sino de discernir para tomar postura y actuar creativa y responsablemente.

 

Los textos de hoy nos recuerdan que no debemos ser indiferentes ante la vida de los demás y que no podemos ser indiferentes sobre la manera como estamos construyendo la propia vida. Tampoco podemos ser indiferentes ante la sociedad y ante la vida de la iglesia inserta en ella. ¿Qué estamos haciendo al respecto?

 

 

Terminemos nuestra reflexión orando con el...

 


Salmo 95(94).

¡Vengan, cantemos con júbilo al Señor,
aclamemos a la Roca que nos salva!

¡Vengan, cantemos con júbilo al Señor,
aclamemos a la Roca que nos salva!
¡Lleguemos hasta él dándole gracias,
aclamemos con música al Señor!

¡Entren, inclinémonos para adorarlo!
¡Doblemos la rodilla ante el Señor que nos creó!
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros, el pueblo que él apacienta, las ovejas conducidas por su mano.

Ojalá hoy escuchen la voz del Señor:
«No endurezcan su corazón como en Meribá, como en el día de Masá, en el desierto,
cuando sus padres me tentaron y provocaron,
aunque habían visto mis obras.»

 

 

Por último, te invito a que hagamos juntos la siguiente oración:

 

Oh Dios, osamos llamarte Padre de toda la humanidad. Danos la gracia de comprender y sintonizar con tu amor respetuoso, inteligente y tolerante. Danos espíritu de comprensión y libertad, para que sepamos comprender, perdonar y ayudar a todos nuestros hermanos. Te lo pedimos por Jesús, tu hijo, nuestro hermano. Amén.



 


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