19 Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo A)

Te comparto la reflexión correspondiente al 19 Domingo del  Tiempo Ordinario (ciclo A), sobre las lecturas de la Biblia que se proclaman durante la Eucaristía de este día.

 



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Nota acerca de la fecha: En el 2014, corresponde al Domingo 10 de Agosto.


 

Primer Libro de los Reyes 19,9a.11-13a.

Elías entró en la gruta y pasó allí la noche. Entonces le fue dirigida la palabra del Señor. El Señor le dijo: "Sal y quédate de pie en la montaña, delante del Señor". Y en ese momento el Señor pasaba. Sopló un viento huracanado que partía las montañas y resquebrajaba las rocas delante del Señor. Pero el Señor no estaba en el viento. Después del viento, hubo un terremoto. Pero el Señor no estaba en el terremoto. Después del terremoto, se encendió un fuego. Pero el Señor no estaba en el fuego. Después del fuego, se oyó el rumor de una brisa suave. Al oírla, Elías se cubrió el rostro con su manto, salió y se quedó de pie a la entrada de la gruta. Entonces le llegó una voz, que decía: "¿Qué haces aquí, Elías?".

 

 

Te comparto algunas reflexiones acerca de la lectura anterior:

 

Somos buscadores de Dios, pero ¿dónde encontrarlo? El texto del 1º libro de los reyes plantea la cuestión. Con frecuencia no lo encontramos porque no lo buscamos; otras, no lo encontramos, porque buscamos mal; otras, aún, no lo encontramos porque esperamos que se nos haga presente en las formas en que queremos que se manifieste y nos volvemos ciegos para percibir su presencia en la forma en que Él quiere manifestarse (revelarse). Saber discernir y prepararse espiritualmente para acogerlo es una de las grandes experiencias de la vida espiritual. ¿Buscas a Dios? ¿Cómo te preparas para este encuentro? ¿Cómo disciernes la presencia de Dios?

 





Carta de San Pablo a los Romanos 9,1-5.

Digo la verdad en Cristo, no miento, y mi conciencia me lo atestigua en el Espíritu Santo. Siento una gran tristeza y un dolor constante en mi corazón. Yo mismo desearía ser maldito, separado de Cristo, en favor de mis hermanos, los de mi propia raza. Ellos son israelitas: a ellos pertenecen la adopción filial, la gloria, las alianzas, la legislación, el culto y las promesas. A ellos pertenecen también los patriarcas, y de ellos desciende Cristo según su condición humana, el cual está por encima de todo, Dios bendito eternamente. Amén.

 

Te comparto algunas reflexiones acerca de la lectura anterior:

 

“Digo la verdad”… La verdad, la honestidad, la transparencia… cualidad tan escasa, hoy. Sin embargo, esta es una de las condiciones fundamentales para lograr la coherencia cristiana. El mismo Jesús, en el evangelio de Juan, la pone como la condición fundamental de la libertad: “La verdad hará de ustedes personas libres” (Juan 8, 32)

 

San Pablo confiesa en su carta su sentimiento de tristeza. ¿Cuál es la razón de esta tristeza?: la falta de acogida y de respuesta que los primeros destinatarios de su predicación muestran ante Jesucristo. Su pueblo, a los que llama “mis hermanos, los de mi propia raza”, no acogen a Jesucristo. Ellos (el pueblo judío) que ha tenido todo lo necesario para comprender la manifestación de Dios en la persona de Jesús no logran abrir su corazón al Evangelio. Esta cerrazón del pueblo judío llevará al Apóstol a replantear su misión y a darle una nueva dirección: predicar a los otros pueblos (a aquellos que – según la mentalidad de la época – se conocían como los gentiles, los paganos, aquello que no pertenecían al pueblo de Israel). Y nosotros ¿Cómo nos situamos ante el Evangelio? ¿Qué importancia damos a la predicación que – en nuestros días – se hace de Jesús? Y ¿Qué podemos decir de la calidad de esta predicación? ¿Qué nos inspiran los predicadores actuales de Jesucristo?

 

 



Evangelio según San Mateo 14,22-33.

Después de multiplicar los panes, Jesús obligó a los discípulos que subieran a la barca y pasaran antes que él a la otra orilla, mientras él despedía a la multitud. Después, Jesús subió a la montaña para orar a solas. Y al atardecer, todavía estaba allí, solo. La barca ya estaba muy lejos de la costa, sacudida por las olas, porque tenían viento en contra. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron. "Es un fantasma", dijeron, y llenos de temor se pusieron a gritar. Pero Jesús les dijo:  "Tranquilícense, soy yo; no teman". Entonces Pedro le respondió: "Señor, si eres tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua". "Ven", le dijo Jesús. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua en dirección a él. Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: "Señor, sálvame". En seguida, Jesús le tendió la mano y lo sostuvo, mientras le decía: "Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?". En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en ella se postraron ante él, diciendo: "Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios".

 

Te propongo algunas reflexiones acerca de la lectura anterior:

 

Estamos siempre invitados a pasar a la otra orilla. En los evangelios la geografía encierra también un mensaje teológico. Con frecuencia las dos orillas del lago de Galilea (a que se refieren los textos) nos ponen en relación con dos mundos: una orilla nos conecta con el pueblo judío y la otra con la Transjordania (la tierra más allá del Jordán) con el mundo pagano. Una persona llena del Espíritu debe aprender a viajar de una orilla a otra, de un mundo a otro. No debe encerrarse en su mundo ni despreciar otros mundos, otras culturas, otros modos de ser y de vivir. Hay que evangelizar, pero para eso se requiere apertura, comprensión, capacidad de diálogo, interacción, humildad para llevar y, también, para aprender. Con frecuencia, el lago (y el mar) sirven como símbolos del mal. En este sentido, pasar a la otra orilla significa atravesar el lago, atravesar el mar (es decir, vencer el mal). No hay que ser muy listo para darse cuenta de las múltiples formas de mal y de maldad que actúan en el mundo. Y una de las tareas fundamentales del ser humano (y, con mayor razón, del cristiano) es luchar contra el mal (pasar a la otra orilla). ¿Asumimos esta tarea con responsabilidad?

 

La lucha contra el mal no es algo sencillo. Es una tarea compleja. Requiere de discernimiento, de inteligencia, sabiduría, método y estrategia. El relato enfatiza algo que quizá no hemos considerado suficientemente en nuestra lucha contra el mal (y que fue uno de los ejes de la misión de Jesús): la oración. El evangelista, en cambio, insiste en esto: “Jesús subió a la montaña para orar a solas. Y al atardecer, todavía estaba allí, solo.” La oración es fuente de intimidad con Dios, de fortaleza y, especialmente, una experiencia que posibilita una manera nueva, diferente y profunda de ver las cosas. La oración nos proporciona una perspectiva especial, desde la cual observamos, sentimos e interpretamos lo que sucede. ¿Cómo es nuestra oración? ¿Hemos aprendido a orar? ¿Nos han enseñado a orar? ¿Aprovechamos diariamente unos minutos para sumirnos en la oración con Dios?

 

El mar (que simboliza el mal) se enfurece y las olas sacuden la barca (que simboliza el proyecto de Jesús y la Iglesia). Todos entran en pánico. ¿Cómo hacer frente al embate de las olas? ¿Cómo hacer frente al mal? En perspectiva cristiana sólo hay un modo: uniéndonos a Jesucristo, que viene en nuestra ayuda. No lo confundamos con un fantasma. Él viene para fortalecernos, él permanece fiel a aquello que dijo a sus discípulos: “Yo estaré con Ustedes…” La petición de Pedro (mezcla de incredulidad y de curiosidad) pone de manifiesto la necesidad de la fe: “Señor, si eres tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua”, es decir, dame el poder de dominar el mal, de luchar contra él y de vencerlo (esto es lo que se quiere expresar con el tema de “caminar sobre el mar”). Y Jesús capacita a Pedro para ello, pero falta en él (en Pedro) más madurez, mayor profundidad, una fe adulta. Cuando esto falta el mal puede ganarnos la batalla: “…al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: "Señor, sálvame"”. El mensaje es claro. ¿Cómo está nuestra fe? ¿Hemos comprendido que nos corresponde luchar contra el mal?

 



Te propongo a continuación algunas reflexiones adicionales sobre las lecturas de este Domingo:

 

01.   En la época de Elías había gran confusión y la fidelidad a Dios estaba en entredicho porque el rey del momento había introducido cultos a dioses extranjeros (1R 16,31-32). La creencia en estos dioses legitimaba prácticas violentas e injustas. Era necesario volver al verdadero Dios. ¿Cómo distinguir entre fe verdadera e idolatría?

 

02.   Elías, entonces, en medio de persecuciones, desarrolla una campaña de purificación de la religión del pueblo de Israel. Un ejercicio de purificación de nuestras creencias se hace necesario. Estamos invitados a creer, pero no a creer cualquier cosa. Hay que discernir.

 

03.   Los discípulos, acosados por el mar embravecido, se dejan llevar por el pánico, que – a su vez – les desfigura la realidad: les hace ver a Jesús no como lo que es, sino como un fantasma. ¿Cómo vemos la realidad? ¿Atinamos a percibir las cosas como son o hay algo que las distorsiona? La iglesia (el creyente) puede(n) perder el horizonte cuando se deja(n) dominar por el miedo y – desde él – toma(n) decisiones.

 

04.   Nuestra vida está siempre expuesta a la acción de fuerzas contrarias que amenazan con destruirla, con torcer su orientación, de sacarla de los caminos de la salvación, de la verdad, de la justicia. Es necesario buscar, en Jesucristo, la serenidad para encontrar nuevamente nuestro norte.

 

Terminemos nuestra reflexión orando con el...

 



Salmo 85 (84)

Voy a proclamar lo que dice el Señor:
el Señor promete la paz,
Su salvación está muy cerca de sus fieles,
y la Gloria habitará en nuestra tierra.



El Amor y la Verdad se encontrarán,
la Justicia y la Paz se abrazarán;
la Verdad brotará de la tierra
y la Justicia mirará desde el cielo.



El mismo Señor nos dará sus bienes
y nuestra tierra producirá sus frutos.
La Justicia irá delante de él,
y la Paz, sobre la huella de sus pasos.

 



Por último, te invito a que hagamos juntos la siguiente oración:


Dios, Padre nuestro, acrecienta en nosotros el deseo de buscarte y, una vez que te hayamos encontrado, danos el don de la perseverancia y la fidelidad para permanecer contigo y poder ser signos de tu presencia allí donde estamos. Por Jesucristo Tu Hijo Nuestro Señor, Amén.

 


¿Tienes alguna pregunta, duda, inquietud, sugerencia o comentario acerca de estas reflexiones?

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