18 Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo A)

Te comparto la reflexión correspondiente al 18 Domingo del  Tiempo Ordinario (ciclo A), sobre las lecturas de la Biblia que se proclaman durante la Eucaristía de este día.

 



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Nota acerca de la fecha: En el 2014, corresponde al Domingo 3 de Agosto.

 

 



Libro de Isaías 55,1-3.

¡Vengan a tomar agua, todos los sedientos, y el que no tenga dinero, venga también! Coman gratuitamente su ración de trigo, y sin pagar, tomen vino y leche. ¿Por qué gastan dinero en algo que no alimenta y sus ganancias, en algo que no sacia? Háganme caso, y comerán buena comida, se deleitarán con sabrosos manjares. Presten atención y vengan a mí, escuchen bien y vivirán. Yo haré con ustedes una alianza eterna, obra de mi inquebrantable amor a David.

 

 

Carta de San Pablo a los Romanos 8,35.37-39.
 

¿Quién podrá entonces separarnos del amor de Cristo? ¿Las tribulaciones, las angustias, la persecución, el hambre, la desnudez, los peligros, la espada? Pero en todo esto obtenemos una amplia victoria, gracias a aquel que nos amó. Porque tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor.

 

 

Evangelio según San Mateo 14,13-21.

Al enterarse de eso, Jesús se alejó en una barca a un lugar desierto para estar a solas. Apenas lo supo la gente, dejó las ciudades y lo siguió a pie. Cuando desembarcó, Jesús vio una gran muchedumbre y, compadeciéndose de ella, curó a los enfermos. Al atardecer, los discípulos se acercaron y le dijeron: "Este es un lugar desierto y ya se hace tarde; despide a la multitud para que vaya a las ciudades a comprarse alimentos". Pero Jesús les dijo: "No es necesario que se vayan, denles de comer ustedes mismos". Ellos respondieron: "Aquí no tenemos más que cinco panes y dos pescados". "Tráiganmelos aquí", les dijo. Y después de ordenar a la multitud que se sentara sobre el pasto, tomó los cinco panes y los dos pescados, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes, los dio a sus discípulos, y ellos los distribuyeron entre la multitud. Todos comieron hasta saciarse y con los pedazos que sobraron se llenaron doce canastas. Los que comieron fueron unos cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños.

 



Te propongo algunas reflexiones acerca de las lecturas anteriores:

 

Sed, hambre… ¿Quién no las ha sentido? ¿Quién no ha deseado – en medio de un calor extremo o después de un esfuerzo físico agotador- un poco de agua? ¿Quién no ha sentido el reclamo físico de algo para comer? ¿Quién no ha encontrado alguna vez a alguien pidiendo comida? El hermoso texto del profeta Isaías (en la primera lectura) nos devuelve a esas experiencias humanas fundamentales, pero – desde ellas – nos transporta a un nivel mucho más profundo, más exigente: el de la sed existencial (sed de sentido, de amor, de reconocimiento, de justicia, de paz, de igualdad, de solidaridad, de hospitalidad). La multiplicación de los panes y los peces (en el evangelio) nos recuerda la gran tentación de considerar que únicamente la satisfacción de las necesidades básicas nos conduce al Reino de Dios. El Reino de Dios pasa por ahí, pero es más.

 

Desde esta perspectiva de las necesidades, el profeta Isaías nos invita a hacer sabiamente nuestra inversión (de esfuerzos y de recursos): “¿Por qué gastan dinero en algo que no alimenta y sus ganancias, en algo que no sacia?” El dinero escasea para muchos… Otros, en cambio, lo tienen, pero lo malgastan. No se trata sólo de conseguir los recursos, de tenerlos, sino de saber en qué y cómo invertirlos. Esta metáfora del dinero puede ser aplicada a todas las dimensiones de la vida: a la vida misma, al tiempo, a las capacidades (o talentos) de que disponemos. El profeta prosigue y nos invita a dar un paso más: descubrir y reconocer que el verdadero alimento y la verdadera agua que calman el hambre y la sed profundas del ser humano provienen de Dios, es Dios mismo. Por alguna razón Jesús (Enviado de Dios) dijo: Yo soy el pan de vida… Yo soy el pan bajado del cielo (Evangelio de Juan). Si Dios es el verdadero alimento; si de Él viene la verdadera agua, entonces lo central, lo fundamental en la vida del creyente debe ser su relación con Dios. Entendemos, en esta lógica, por qué el profeta, que habla en nombre de Dios, exhorta a sus oyentes diciendo: “Presten atención y vengan a mí, escuchen bien y vivirán”. Por eso, hay que acercarse a Dios con una actitud nueva: hay que abandonar una religión del temor, una religión que nos obligue a relacionarnos con Dios desde el miedo. Jesús nos mostró hasta la saciedad que Dios es un Padre de amor, que nos abre las puertas de la esperanza y que nos acoge con alegría. ¿Qué tipo de relación debiéramos, entonces, tener con él? Esta relación pide de nuestra parte dos actitudes fundamentales: ATENCIÓN y ESCUCHA. Sufrimos de distracción permanente y se nos ha olvidado escuchar. Reclamamos que nos escuchen y hasta imponemos nuestra voz, pero nos cuesta mucho estar atentos y escuchar.

 

El hambre y la sed no sólo son realidades biofísicas, también son realidades que tienen carácter social: En muchas de nuestras culturas compartir la comida es un mecanismo social de integración, de socialización y hasta de reconciliación. Por otra parte, también en nuestras sociedades hay gente que muere de hambre y de sed. Detrás de este inhumano fenómeno, operan egoísmos estructurales, mecanismos de desigualdad e inequidad social.

 

Ahora bien, cuidar del ser humano es atender a sus necesidades. Hay necesidades básicas que deben ser satisfechas prioritariamente. Estas necesidades básicas (simbolizadas por la sed y el hambre; el agua y el pan) nos recuerdan que por ahí debe pasar también la evangelización, pues ¿cómo pretender que las personas puedan orientarse a satisfacer sus necesidades intelectuales, estéticas y espirituales si están viviendo en condiciones no de vida sino, apenas, de sobrevivencia? Desde esta perspectiva, los textos de hoy nos exhortan a plantearnos seriamente la problemática social y, también, a abordar, sin maquillajes, el problema de la relación entre espiritualidad y compromiso social, entre religión y sociedad. Orar es fundamental, pero la oración debe estar ligada a acciones concretas, a compromisos serios, a modos de vida coherentes con el evangelio, etc. Pero hay que ir más allá de la mera satisfacción de las necesidades básicas y entrar en el terreno de la satisfacción de necesidades de otro orden, entre ellas las necesidades de orden espiritual. Estas necesidades de orden espiritual nos sumergen en el universo de las relaciones que dan sentido a la existencia.

 

Desde el universo relacional de sentido, San Pablo nos invita (en la segunda lectura) a vivir una relación viva con Jesucristo; no debemos quedarnos con ideas sobre Jesús, con reflexiones académicas sobre él, sobre su mundo y sus opciones. No debemos quedarnos con fórmulas de catecismo aprendidas de memoria. Todas estas cosas pueden ser interesantes y ayudar en algo, pero no deben substituir nuestra relación PERSONAL con Jesucristo, una relación que nos comprometa, que nos implique, que nos cuestione, que nos alimente y, en definitiva, que nos transforme. Se trata de una relación de amor, desde la garantía del amor de Jesucristo, que no tiene comparación, pues el amor de Jesús no es otra cosa sino la revelación histórica plena del amor de Dios: “Porque tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor.”

 

Una relación de amor se caracteriza por la atención al otro; por el cuidado del otro a través de una acción efectiva en su favor; por el deseo permanente de asociar a otros para que entren en la atmósfera del amor solidario y comprometido. Se trata de un amor que valora lo que hay y a partir de ello provoca grandes transformaciones, un amor que sabe que su fuente es Dios mismo, un amor que no se encierra en un grupito sino que se expande y llega a abarcar a todos. Veamos (en el evangelio) cada uno de estos aspectos:

 

1. La atención al otro: “…Jesús vio una gran muchedumbre”.

 

2. El cuidado del otro a través de una acción efectiva: “… compadeciéndose de la muchedumbre, curó a los enfermos.”



3. El deseo permanente de asociar a otros: “… denles ustedes de comer”.



4. La valoración de lo que hay y su adecuado uso, provocando transformaciones: “Los discípulos dijeron: Aquí no tenemos más que cinco panes y dos pescados. Jesús les dijo: Tráiganmelos aquí”.

 

5. La referencia constante a Dios como fuente: “…levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición…”



6. La expansión que abarca a todos: “Todos comieron hasta saciarse”.

 

Nuestra manera de amar ¿Tiene estas características?

 

Te propongo a continuación algunas preguntas para continuar la reflexión:

 

1)        ¿Cómo y de qué manera me convierto yo en alimento para los demás?

 

2)       ¿Mi manera de vivir, de convivir y de relacionarme alimenta en otras personas el deseo de buscar a Dios?

 

3)       ¿Cuál es el pan que busco? ¿Ya logré satisfacer mis necesidades básicas?

 

4)      ¿Estoy ocupándome seriamente de mis necesidades de orden espiritual?

 

5)       Y nuestras acciones ¿Han logrado superar el simple asistencialismo?

 

 

Terminemos nuestra reflexión orando con el...

 


Salmo 145(144).

El Señor Dios es bondadoso y compasivo

 


El Señor Dios es bondadoso y compasivo,
lento para enojarse y de gran misericordia;
el Señor es bueno con todos
y tiene compasión de todas sus criaturas.



Los ojos de todos esperan en ti,
y tú les das la comida a su tiempo;
abres tu mano y colmas de favores
a todos los vivientes.



El Señor es justo en todos sus caminos
y bondadoso en todas sus acciones;
está cerca de aquellos que lo invocan,
de aquellos que lo invocan de verdad.

 


Por último, te invito a que hagamos juntos la siguiente oración:

 

 

Oh Dios, danos hambre de ti, hambre de amor, de justicia, de libertad, para nosotros y para todos los seres humanos. Danos hambre de respeto por la naturaleza. Que nuestra hambre de ti nos lleve a un verdadero encuentro contigo y no con un ídolo religioso que te suplante. Nosotros te lo pedimos unidos a Jesús, hijo tuyo y hermano nuestro. Amén.


 

¿Tienes alguna pregunta, duda, inquietud, sugerencia o comentario acerca de estas reflexiones?

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