15 Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo A)

Te comparto la reflexión correspondiente al 15 Domingo del  Tiempo Ordinario (ciclo A), sobre las lecturas de la Biblia que se proclaman durante la Eucaristía de este día.

 



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Nota acerca de la fecha: En el 2014, corresponde al Domingo 13 de Julio.




Libro de Isaías 55,10-11.

Así habla el Señor: Así como la lluvia y la nieve descienden del cielo y no vuelven a él sin haber empapado la tierra, sin haberla fecundado y hecho germinar, para que dé la semilla al sembrador y el pan al que come, así sucede con la palabra que sale de mi boca: ella no vuelve a mí estéril, sino que realiza todo lo que yo quiero y cumple la misión que yo le encomendé.

 



Carta de San Pablo a los Romanos 8,18-23.

Hermanos: Yo considero que los sufrimientos del tiempo presente no pueden compararse con la gloria futura que se revelará en nosotros. En efecto, toda la creación espera ansiosamente esta revelación de los hijos de Dios. Ella quedó sujeta a la vanidad, no voluntariamente, sino por causa de quien la sometió, pero conservando una esperanza. Porque también la creación será liberada de la esclavitud de la corrupción para participar de la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Sabemos que la creación entera, hasta el presente, gime y sufre dolores de parto. Y no sólo ella: también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente anhelando que se realice la redención de nuestro cuerpo.


 

 

Evangelio según San Mateo 13,1-23.

Aquel día, Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar. Una gran multitud se reunió junto a él, de manera que debió subir a una barca y sentarse en ella, mientras la multitud permanecía en la costa. Entonces él les habló extensamente por medio de parábolas. Les decía: "El sembrador salió a sembrar. Al esparcir las semillas, algunas cayeron al borde del camino y los pájaros las comieron. Otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y brotaron en seguida, porque la tierra era poco profunda; pero cuando salió el sol, se quemaron y, por falta de raíz, se secaron. Otras cayeron entre espinas, y estas, al crecer, las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto: unas cien, otras sesenta, otras treinta. ¡El que tenga oídos, que oiga!". Los discípulos se acercaron y le dijeron: "¿Por qué les hablas por medio de parábolas?". El les respondió: "A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no. Porque a quien tiene, se le dará más todavía y tendrá en abundancia, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Por eso les hablo por medio de parábolas: porque miran y no ven, oyen y no escuchan ni entienden. Y así se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice: Por más que oigan, no comprenderán, por más que vean, no conocerán, porque el corazón de este pueblo se ha endurecido, tienen tapados sus oídos y han cerrado sus ojos, para que sus ojos no vean, y sus oídos no oigan, y su corazón no comprenda, y no se conviertan, y yo no los cure. Felices, en cambio, los ojos de ustedes, porque ven; felices sus oídos, porque oyen. Les aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron; oír lo que ustedes oyen, y no lo oyeron. Escuchen, entonces, lo que significa la parábola del sembrador. Cuando alguien oye la Palabra del Reino y no la comprende, viene el Maligno y arrebata lo que había sido sembrado en su corazón: este es el que recibió la semilla al borde del camino. El que la recibe en terreno pedregoso es el hombre que, al escuchar la Palabra, la acepta en seguida con alegría, pero no la deja echar raíces, porque es inconstante: en cuanto sobreviene una tribulación o una persecución a causa de la Palabra, inmediatamente sucumbe. El que recibe la semilla entre espinas es el hombre que escucha la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas la ahogan, y no puede dar fruto. Y el que la recibe en tierra fértil es el hombre que escucha la Palabra y la comprende. Este produce fruto, ya sea cien, ya sesenta, ya treinta por uno".

 

Te comparto algunas reflexiones acerca de las lecturas anteriores:

 

El mensaje de la liturgia de este domingo está centrado en la palabra. La palabra es una realidad antropológica fundamental. Desde antes que un bebé nazca ya su madre y quienes le rodean le están dirigiendo palabras. Cuando el niño nace todos sus familiares lo bombardean con palabras… Y todos esperan que el(la) niño(a) pronuncie sus primeras palabras.

 

Al hablar de palabra estamos entrando en el terreno de la relación, de la  comunicación, del desarrollo de la capacidad de expresión que acompaña a todo ser humano.  De hecho, el desarrollo humano integral de todo individuo está íntimamente relacionado con sus procesos de comunicación, relación y expresión. Impedir estos procesos es recortar las posibilidades de la persona y lesionar profundamente su desarrollo.

 

Pero las palabras no son simplemente instrumento: ellas son la persona hecha expresión. Las palabras van cargadas de mensaje, pero también de afectos, de emociones, de intencionalidad.

 

La palabra (las palabras) debe(n) situarnos en un encuentro transformador, en un diálogo que cambia vidas. Esto es un aspecto clave en la estructura de la Biblia. Si leemos con atención toda la narración bíblica notaremos que cuando Dios habla se producen grandes transformaciones: Desde el “Que exista la luz” pronunciado por Dios (Génesis 1,3) hasta el “Baja pronto que hoy quiero entrar en tu casa” dirigido por Jesús a Zaqueo (Lucas 19, 5), hay transformación.  Es sobre este poder transformador que quiere hablarnos el profeta Isaías en la primera lectura:

 

“Así como la lluvia y la nieve descienden del cielo
y no vuelven a él sin haber empapado la tierra,
sin haberla fecundado y hecho germinar,
para que dé la semilla al sembrador
y el pan al que come,
así sucede con la palabra que sale de mi boca

 

Debemos preguntarnos ¿cuándo la palabra de Dios es eficaz en nosotros?  Esta pregunta es clave. Nuestro mundo está lleno de palabras, sufrimos de “verborrea”. Pero ¿qué producen estas palabras? ¿Son eficaces? Muchas palabras lo son, otras simplemente llenan espacio, queman tiempo. Volvamos sobre la pregunta: ¿cuándo la palabra de Dios es eficaz en nosotros? Ensayemos 7 respuestas (todas ellas complementarias):

 

  • Cuando es verdadera, honesta.
  • Cuando brota del amor.
  • Cuando tiene la pretensión de hacer el bien.
  • Cuando es acogida con atención y respeto.
  • Cuando es analizada, comprendida e interiorizada.
  • Cuando – una vez establecida su verdad – nos comprometemos con ella.
  • Cuando es aplicada.   

 

Las primeras tres características tienen que ver con quien pronuncia la palabra. Las cuatro siguientes corresponden al oyente de la palabra. Recordemos que en toda relación somos, al mismo tiempo, emisores y oyentes de palabras.  

 

Pero no podemos quedarnos sólo en esta dimensión antropológica (que es – sin duda- bastante exigente), pues en la perspectiva teológica cristiana la Persona de Jesús es considerada, acogida y confesada como la máxima Palabra pronunciada por Dios. Puesto que Jesús de Nazaret es confesado como la Palabra viva de Dios, podemos decir que Él es el Enviado de Dios (el Mesías) y el Ungido de Dios (el Cristo). Entonces debemos escuchar y obedecer al maestro Jesús. Es en este sentido que hay que comprender aquellas palabras de Pedro en el Evangelio de Juan: “Señor ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. (Juan 6, 68)

 

Lucas, en el evangelio de Hechos nos dice que Jesús pasó por este mundo haciendo el bien y enseñando. Tanto su hacer como sus enseñanzas son PALABRA de Dios para la humanidad.  Esto es lo que el seguidor de Jesús confiesa: que Jesucristo es la PALABRA de Dios hecha ser humano, hecha humanidad, hecha carne: Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.  (Juan 1, 14). Y esa enseñanza de Jesús (lo que Pablo llamó el Evangelio de Cristo) nos acompaña permanentemente.   Además, a partir de la vida de Jesús, de lo que él hizo y enseñó surgieron los Evangelios y los Escritos del Nuevo Testamento, que son palabra escrita (palabra teológica, que escuchamos cada domingo).  

 

La  liturgia nos pide, pues, tomar en serio la palabra: tanto nuestra palabra (humana) como la Palabra de Dios. Si no tomamos en serio nuestra palabra humana ¿cómo podremos asumir con seriedad lo que Dios nos dice en y a través de Jesús? Así las cosas, la invitación de la liturgia de este domingo se concentra en tres grandes experiencias:

 

  • Dejarnos empapar y transformar por la Palabra de Dios.
  • Cuidar la calidad de nuestras propias palabras.
  • Discernir el valor real de las palabras que otros nos dicen.  

 

En el Evangelio de san Mateo (propuesto para este domingo), Jesús –a través de la parábola del sembrador- nos habla de un Dios que no se cansa de amar, de comunicarse (así el terreno parezca duro, árido e improbable para dar fruto). Ese terreno somos nosotros.  Igualmente, a través de la parábola del sembrador, Jesús nos invita a percibir la relación que hay entre acogida de la Palabra, su cultivo (en nuestra tierra. Este debe ser nuestro esfuerzo) y la capacidad de espera (pues ninguna semilla se transforma en árbol ni produce frutos al día siguiente, hay que trabajar y esperar).

 

 



Comentario del Evangelio por: Papa Francisco

 

“El hombre que escucha la Palabra y la comprende produce fruto, ya sea cien, ya sesenta, ya treinta por uno”

 

Toda la evangelización está fundada sobre la Palabra de Dios, escuchada, meditada, vivida, celebrada y testimoniada. Las Sagradas Escrituras son fuente de la evangelización. Por lo tanto, hace falta formarse continuamente en la escucha de la Palabra. La Iglesia no evangeliza si no se deja continuamente evangelizar. Es indispensable que la Palabra de Dios «sea cada vez más el corazón de toda actividad eclesial» [Benedicto XVI]. La Palabra de Dios escuchada y celebrada, sobre todo en la Eucaristía, alimenta y refuerza interiormente a los cristianos y los vuelve capaces de un auténtico testimonio evangélico en la vida cotidiana. Ya hemos superado aquella vieja contraposición entre Palabra y Sacramento. La Palabra proclamada, viva y eficaz, prepara la recepción del Sacramento, y en el Sacramento esa Palabra alcanza su máxima eficacia.

 

El estudio de las Sagradas Escrituras debe ser una puerta abierta a todos los creyentes. Es fundamental que la Palabra revelada fecunde radicalmente la catequesis y todos los esfuerzos por transmitir la fe. La evangelización requiere la familiaridad con la Palabra de Dios y esto exige a las diócesis, parroquias y a todas las agrupaciones católicas, proponer un estudio serio y perseverante de la Biblia, así como promover su lectura orante personal y comunitaria. Nosotros no buscamos a tientas ni necesitamos esperar que Dios nos dirija la palabra, porque realmente «Dios ha hablado, ya no es el gran desconocido sino que se ha mostrado» [Benedicto XVI]. Acojamos el sublime tesoro de la Palabra revelada.

 

 

Terminemos nuestra reflexión orando con…

 


 Salmo 65(64)

La palabra de Dios es viva y eficaz

 

Visitas la tierra, la haces fértil
y la colmas de riquezas;
los canales de Dios desbordan de agua,
y así preparas sus trigales.


Riegas los surcos de la tierra,
emparejas sus terrones;
la ablandas con aguaceros
y bendices sus brotes.



Tú coronas el año con tus bienes,
y a tu paso rebosa la abundancia;
rebosan los pastos del desierto
y las colinas se ciñen de alegría.



Las praderas se cubren de rebaños
y los valles se revisten de trigo:
todos ellos aclaman y cantan.

 

 

Por último, te invito a que hagamos juntos la siguiente oración:

 

Oh Dios, que la luz de tu Palabra sea siempre guía en nuestra vida; y que tu amor germine en nosotros, para que podamos dar frutos de vida allí donde vivimos, de modo que todos alcancemos la libertad, el gozo y la paz. Nosotros te lo pedimos por Jesús, hijo tuyo y hermano nuestro. Amén.

 



¿Tienes alguna pregunta, duda, inquietud, sugerencia o comentario acerca de estas reflexiones?

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