Veinteavo Domingo después de Pentecostés - La Maternidad Divina de la Bienaventurada Virgen María

En este Veinteavo Domingo después de Pentecostés celebramos también la Maternidad Divina de la Bienaventurada Virgen María.


La historia de este dogma en torno a la Santísima Virgen como Madre de Dios se remonta al siglo V, cuando San Cirilo de Alejandría (quien era el Patriarca de la Iglesia de Alejandría), tiene que salir en defensa de la Maternidad Divina de María para contrarrestar la herejía proferida por Nestorio (Patriarca en ese momento de la capital oriental del Imperio Romano, Constantinopla).


Dicha herejía afirmaba que María era madre solo de la naturaleza humana de Cristo y por ello debía ser llamada simplemente Madre de Cristo (Christotokos). Dicho de otra forma, Nestorio no reconocía a María como Madre de Dios. Decía, “ella es una mujer, y es imposible que Dios nazca de una mujer”.


De tal herejía se desprende un error aún más grave: En Jesucristo habría dos personas, una divina y otra humana, y no solamente la Persona divina, con dos naturalezas distintas, la divina y la humana, como nos enseña la Doctrina Católica. Tal herejía, dicha en palabras llanas, promovía que Jesucristo no era Dios.


San Cirilo informa entonces a San Celestino (en ese momento el Sumo Pontífice en Roma) acerca de los errores propagados por Nestorio. Para poner punto final a semejante herejía, El Papa convoca el Concilio de Éfeso (ciudad en la cual, según la Tradición de la Iglesia, la Santísima Virgen habría residido) y encomienda a San Cirilo la labor de llevar la vocería de la Iglesia. Dicho concilio tiene lugar en el año 431. Al inicio del mismo, San Cirilo proclama el Credo niceno-constantinopolitano.


San Cirilo lleva a cabo una defensa magistral de la Fe Católica y lo afirmado por Nestorio es reprobado como contrario a la misma. Al mismo tiempo se buscó infructuosamente que Nestorio se retractara. Como resultado, sobre él recayó el anatema: “Nuestro Señor, Jesucristo, del que él ha blasfemado, ha definido por medio de este santo sínodo que el mismo Nestorio sea excluido de toda dignidad episcopal y de toda asamblea de obispos”.


El Concilio de Éfeso definió solemnemente: "Si alguno no confesare que el Emmanuel (Cristo) es verdaderamente Dios, y que, por tanto, la Santísima Virgen es Madre de Dios, porque parió según la carne al Verbo de Dios hecho carne, sea anatema".


Al ser anunciada la sentencia definitiva, reafirmando la Maternidad Divina de la Santísima Virgen María, los fieles congregados en la Iglesia de Santa María, gritaron “¡Theotokos!” (Madre de Dios), como festejo de la decisión.


A pesar de los múltiples intentos de Nestorio por, de alguna manera, sabotear el Concilio, este llego a su feliz clausura, quedando definida para siempre la doctrina católica de la Maternidad Divina de María Santísima.



La historia del dogma en torno a la Santísima Virgen como Madre de Dios se remonta al siglo V, cuando San Cirilo de Alejandría (quien era el Patriarca de la Iglesia de Alejandría), tiene que salir en defensa de la Maternidad Divina de María para contrarrestar la herejía proferida por Nestorio (Patriarca en ese momento de la capital oriental del Imperio Romano, Constantinopla). San Cirilo lleva a cabo una defensa magistral de la Fe Católica y lo afirmado por Nestorio es reprobado como contrario a la misma. La historia del dogma en torno a la Santísima Virgen como Madre de Dios se remonta al siglo V, cuando San Cirilo de Alejandría (quien era el Patriarca de la Iglesia de Alejandría), tiene que salir en defensa de la Maternidad Divina de María para contrarrestar la herejía proferida por Nestorio (Patriarca en ese momento de la capital oriental del Imperio Romano, Constantinopla). San Cirilo lleva a cabo una defensa magistral de la Fe Católica y lo afirmado por Nestorio es reprobado como contrario a la misma.



Veamos las dos lecturas de la Palabra de Dios, para la celebración de la Maternidad Divina de la Bienaventurada Virgen María, como parte del Veinteavo Domingo después de Pentecostés:



Lección del libro del Eclesiástico (24, 23-31)

Yo, como la vid, di frutos de su suave olor; y mis flores son fruto de gloria y honestidad. Yo soy la Madre del amor hermoso, y del temor, y de la sabiduría, y de la santa esperanza. En mí está toda la gracia del camino y de la verdad; en mí, toda esperanza de vida y de virtud. Venid a mí todos los que lo deseáis, y saciáos de mis dulces frutos, porque mi espíritu es más dulce que la miel y más suave que el panal mi herencia. Se hará memoria de mí por todas las generaciones de los siglos. Los que de mí comen tendrán siempre hambre de mí, y los que me beben tendrán siempre sed. El que me escucha, no será confundido. Y aquellos que se guían por mí no pecarán. Los que me den a conocer conseguirán la vida eterna.



Evangelio, según San Lucas (2, 43-51)

En aquel tiempo, cuando ellos volvían, permaneció el niño Jesús en Jerusalén, sin que sus padres lo notaran. Pensando que estaría entre la comitiva, anduvieron el camino de un día y buscaron entre parientes y conocidos. Más al no encontrarle volvieron a Jerusalén en busca suya. Y sucedió que, al cabo de tres días le encontraron en el templo, sentado en medio de los doctores, oyéndoles y preguntándoles. Se asombraban de sus respuestas y de su prudencia, todos cuantos le oían. Al verle, María y José quedaron muy admirados y le dijo su madre: “hijo cómo has obrado así con nosotros; tu padre y yo te hemos buscado doloridos”. Pero Él les replicó: “¿por qué me buscabais? ¿ignorabais que yo debo atender a las cosas de mi Padre?” Más ellos no entendieron la respuesta que les dio Jesús. Bajó entonces con ellos y vino a Nazaret y les fue sumiso.



Aprovechemos las valiosas enseñanzas que Monseñor Fernando Altamira nos comparte a continuación, con ocasión del Veinteavo Domingo después de Pentecostés:



El orden de las naciones, el orden de la familia




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