La muerte nos iguala a todos: "Estoy averiguando cuál de estas calaveras es del rey Filipo, tu padre, y no logro distinguirla de las demás. Ayúdame a buscar a ver si logro encontrarla".
"Aunque hayan tenido muchas riquezas, cuando mueran no se llevarán nada".
"Nacemos desiguales, pero la muerte nos iguala a todos".
"Somos como un vapor de humo que aparece por un poquito de tiempo y luego desaparece". (Santiago 4,15).Es necesario empezar desde ahora a alejarte de aquel que te aleja de Dios o que te separa de Él.
Del comportamiento de los últimos momentos de la vida, puede depender el destino de toda una eternidad, la felicidad o la infelicidad.
Cómo es posible que quien tiene fe en lo que le espera al final de esta vida, no se vaya dedicando desde ahora mismo a "buscar la salvación con temor y temblor, con seriedad y gran respeto" (Filip. 2,12)
"No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy" (Ecl. 9,10). No dejemos para mañana el prepararnos para una santa muerte, porque este día pasa y no vuelve. Y en el día de mañana podría la muerte presentarse y llevarnos y entonces ya nada podríamos remediar.
Cuando abrieron el ataúd, el aspecto del cadáver de la reina Isabel era tan horrible y tan insoportable el hedor, que todos los demás se alejaron; pero San Francisco, inspirado por una luz divina, se quedó allí meditando acerca de lo pronto que pasan las vanidades del mundo, y cómo aquella emperatriz, antes tan hermosa y ante quien todos se inclinaban para venerarla, era ahora tan repugnante que todos huían de su presencia. Se preguntaba él, qué se habían hecho su gran belleza y su grande majestad. Y exclamó entonces su célebre frase: "Así acaban las grandezas del mundo. No quiero servir a señores que se me puedan morir". Y desde aquel día tomó la resolución de alejarse de los altos puestos del mundo y de entrarse de religioso. Y un tiempo después se hizo sacerdote jesuita.La siguiente es una meditación tomada del libro de San Alfonso María de Ligorio, “Preparación para la Muerte y la Eternidad”:
Los mundanos llaman feliz únicamente a quien goza de los bienes de este mundo: honores, placeres, riquezas. Pero la muerte acaba con esta tal felicidad. "Somos como un vapor de humo que aparece por un poquito de tiempo y luego desaparece". (Santiago 4,15).
Aquel señor tan lleno de riquezas y de poderes y hasta ahora tan temido, cuando mañana haya muerto será olvidado y despreciado. Con la muerte hemos de dejar aquí todo lo material.
El hermano de Tomás de Kempis se felicitaba por haberse construido una casa muy bonita. Pero un amigo suyo le dijo: "Su casa tiene un defecto". - ¿Cuál? - "Su casa tiene el defecto de que cuenta con una puerta, y por esa puerta tendrá que salir un día hacia el cementerio, dejando acá en la tierra la casa y todas sus posesiones".
La muerte nos separa de los bienes materiales que tenemos en este mundo. Es como lo que sucede cuando al jefe de una nación lo destituyen, lo sacan del palacio de gobierno para no poder volver a entrar más en aquella casa, y otros se posesionan de sus muebles y tesoros. Así nos pasará cuando estemos difuntos: nos separarán de la casa material de esta vida y otros se posesionarán de nuestros bienes terrenales.
Saladino, famoso sultán de Egipto (1150) que conquistó varias naciones, mandó al morir que durante su entierro precediera a su ataúd un soldado llevando en un palo alto un sencillo vestido suyo con este letrero: "Vean aquí todo lo que Saladino logra llevarse al sepulcro".
Es que una vez muerto, ahora ya lo dejan en la sepultura únicamente con sus vestidos, y allí en la fosa, el cadáver de un gran mandatario se deshace lo mismo que el de un pobre, y en sus carnes deshechas y en sus restos mortales no queda señal alguna que lo distinga de los demás.
Por eso dice San Basilio: "Vayamos a los sepulcros y no lograremos distinguir entre dos esqueletos, entre quién fue un gran gobernante y quién fue un pobre obrero".
Dicen que, en presencia de Alejandro Magno, un día el sabio Diógenes escarbaba muy cuidadosamente entre un grupo de cráneos y calaveras. Le preguntó el rey a quién buscaba allí, y el filósofo le respondió: "Estoy averiguando cuál de estas calaveras es del rey Filipo, tu padre, y no logro distinguirla de las demás. Ayúdame a buscar a ver si logro encontrarla".
Es que se cumple lo que decía Séneca: "Nacemos desiguales, pero la muerte nos iguala a todos".
O lo que afirmaba el poeta Horacio: "la muerte hace que se vuelvan iguales los que tenían cetros de gobernantes y los que empleaban azadones de jornaleros", porque con la muerte todos quedamos sin nada material para llevarnos.
Felipe II rey de España, poco antes de morir llamó a su hijo y levantando el manto le mostró su pecho lleno de llagas terribles y le dijo: "Fíjate príncipe, cómo se llega a la muerte, y cómo terminan las grandezas de este mundo". Se cumple así lo que dice el Salmo 48: "Los sabios mueren lo mismo que perecen los ignorantes y necios, y dejan sus riquezas a extraños”. El sepulcro será su morada, aunque hayan dado nombre a naciones.
El cuerpo del ser humano no dura mucho tiempo, sino que perece como los animales. Aunque hayan sido seres muy satisfechos, bajan derechos a la tumba; desaparece su figura y el abismo es su casa. "Aunque hayan tenido muchas riquezas, cuando mueran no se llevarán nada".
Cuenta San Antonio que cuando murió el emperador Alejandro Magno, dijo un filósofo: "El que ayer pisaba orgullosamente la Tierra, está ahora cubierto por ella. Ayer no le bastaba la Tierra entera para sus deseos de dominio; hoy le bastan dos metros de tierra para cubrirlo. Ayer guiaba por el mundo ejércitos innumerables; hoy lo llevan a la tumba unos pocos sepultureros". Así terminan las glorias del mundo.
Oigamos lo que nos dice el mismo Dios: "¿Por qué llenarse de orgullo el que no es más que polvo y ceniza?" (Ecl. 10,9). “No confiéis en los príncipes, seres de polvo que no pueden salvar. Exhalan su espíritu y vuelven al polvo, y perecen sus planes” (S. 146). Llegará la muerte y se acabarán todas las grandezas mundanales.
Mucho más preferible la santa muerte de San Pedro el Ermitaño que vivió setenta años escondido haciendo penitencia en una cueva, que la muerte trágica y terrible del Emperador Nerón que gobernó muchas naciones.
Más consoladora la muerte de San Félix sencillo y humilde hermano capuchino, que la del orgulloso y déspota rey renegado, Enrique Octavo.
Pero es preciso recordar que los santos para morir de manera tan esperanzadora, antes renunciaron a muchos placeres sensuales y aceptaron tener que vivir una vida dura y de privaciones y sufrimientos. Aceptaron con gusto muchos sufrimientos en esta vida para no tener que ir a padecer en la eternidad. Pero ¿Cómo pueden los mundanos pretender una muerte santa si viven entregados a placeres sensuales y a pecados, y exponiéndose a ocasiones de pecar?
Dios amenaza a los que viven en pecado con aquella frase del Evangelio: "Me buscarán y no me encontrarán" (Jn 7,34) y nos recuerda a todos lo que prometió en el Deuteronomio: "Traigo castigo y traigo premio, y para el que se dedica a la maldad está cerca el día de su castigo y pronto le llegará su ruina" (Deut. 32,35).
En la hora de la muerte el que fue malo durante su vida se hallará débil de espíritu, con la mente oscurecida, con el corazón endurecido por sus maldades, y el que en plena vida se dedicó a rendirse ante las tentaciones, probablemente en el trance de la muerte no va a ser más fuerte para rechazarlas. Necesitaría para ello una gracia o ayuda extraordinaria de Dios.
¿Pero se la concederá el Señor, si durante su vida no le interesó ni un poco tener a Dios de amigo? ¿O es que se puede haber merecido semejante ayuda con la vida tan desordenada que ha llevado? Lo grave es que del comportamiento de los últimos momentos puede depender el destino de toda una eternidad, la felicidad o la infelicidad.
Cómo es posible que quien tiene fe en lo que le espera al final de esta vida, no se vaya dedicando desde ahora mismo a "buscar la salvación con temor y temblor, con seriedad y gran respeto" (Filip. 2,12) ¿sabiendo que Dios nos va juzgar según nuestras obras?
Los goces materiales de esta Tierra, dice el Salmo 72, "Son como un sueño al despertar. Al despertar desprecias lo que sólo eran sombras". Y un comentarista añade: "Los goces materiales de este mundo parecen grandes, pero duran muy poco, como un sueño que desaparece muy pronto".
Es famoso el caso que le sucedió a San Francisco de Borja. Lo encargaron de llevar hasta Granada el cadáver de la reina o emperatriz Isabel y cuando abrieron el ataúd fue tan horrible el aspecto que se les presentó y tan insoportable el hedor, que todos los demás se alejaron; pero San Francisco, inspirado por una luz divina, se quedó allí meditando ante el cadáver acerca de lo pronto que pasan las vanidades del mundo, y cómo aquella emperatriz, antes tan hermosa y ante quien todos se inclinaban para venerarla, era ahora tan repugnante que todos huían de su presencia. Se preguntaba él, qué se habían hecho su gran belleza y su grande majestad. Y exclamó entonces su célebre frase: "Así acaban las grandezas del mundo. No quiero servir a señores que se me puedan morir". Y desde aquel día tomó la resolución de alejarse de los altos puestos del mundo y de entrarse de religioso. Y un tiempo después se hizo sacerdote jesuita.
Un pensador escribió sobre una calavera humana esta frase: "A quien piensa que en esto va a terminar, le parecen poca cosa las vanidades corporales". ¿Será justo de veras dedicarse uno a darle gustos inmoderados a este cuerpo al cual la muerte lo ha de transformar en solo un cadáver? ¿Por qué no pensar más en la muerte?
El Salmo 4 dice: "¿Por qué amar la falsedad y buscar el engaño?". ¿Por qué no desterrar del corazón esos afectos desordenados a los placeres sensuales que son vanidad y mentira? Lo que les sucedió a los antepasados nos sucederá también a nosotros. En nuestras mismas habitaciones vivieron, en nuestros mismos lechos descansaron, y ya no están aquí, y lo mismo nos va a suceder a nosotros.
El libro del Eclesiástico nos dice "No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy" (Ecl. 9,10).
No dejemos para mañana el prepararnos para una santa muerte, porque este día pasa y no vuelve. Y en el día de mañana podría la muerte presentarse y llevarnos y entonces ya nada podríamos remediar.
Es necesario empezar desde ahora a alejarte de aquel que te aleja de Dios o que te separa de Él. Dejemos desde ahora esos afectos a los goces terrenales indebidos, antes de que por fuerza tengamos que dejarlos por la muerte.
El Apocalipsis dice "Dichosos los muertos que mueren en el Señor" (Ap. 14,13). Esto quiere decir, dichosos los que antes de morir su muerte física, ya habían muerto afectivamente a lo que se oponía a su eterna salvación. Estos no temen la muerte, sino que más bien la esperan con alegría, porque ella los aparta de unos bienes materiales que ya no aman con exageración y los lleva al inmenso y Soberano Bien, ¡el mismo Dios que los hará para siempre felices!
Señor: ya que me concedes luz para estimar que las cosas materiales de este mundo son como humo que pronto desaparece, concédeme también valor para saber independizarme de lo material, antes de que la muerte me lo arrebate.
Infeliz de mí que tantas veces por apegarme a placeres pasajeros de la tierra, he perdido premios infinitos que me esperaban en el Cielo.
Jesús mío, Médico Celestial: te suplico que cures las heridas y llagas espirituales que yo mismo me he conseguido con mis pecados. Te repito con el enfermo del Evangelio: "Si quieres, puedes sanarme" (Mc. 1,41) y te digo la frase del salmista: "Señor, ten misericordia. Sáname porque he pecado contra Ti” (S. 40,5).
A veces me he olvidado de Ti, pero Tú nunca te olvidas de mí y me repites lo que dijiste por medio del profeta Ezequiel: "Si el que obró el mal se arrepiente y se dedica a obrar el bien, ya no perecerá, pues Yo no quiero la muerte del pecador sino que se convierta y viva" (Ez. 18,21).
Señor: que yo prefiera perderlo todo, hasta la vida, con tal de no perder Tu Gracia y Tu Amistad, ¿pues de qué me serviría ganar el mundo entero si me pierdo a mí mismo? Te ruego que me ayudes, Tú que conoces cuán grande es mi debilidad y mi falta de fuerza de voluntad. Los enemigos del alma no dejarán de atacarme para hacer que yo sea servidor de mis pasiones, pero Tú oh Jesús no me abandonarás y me concederás la gracia de ser siempre tu fiel servidor, y que Tú seas siempre mi indiscutible Jefe, pues me has creado y redimido y me has amado más que todos los demás. Mereces totalmente mi amor y a Ti te quiero siempre amar.
Oh Señor: cuántas horas de mi vida he pasado sin tu Gracia, sin tu Divina Amistad. Y seguía tranquilo en ese estado tan peligroso para mi salvación. Pero Tú Dios mío, siempre te acercas invitándome al perdón. Quiero vivir oh Jesús con el temor y gran respeto de quien sabe que va a ser juzgado por Ti. Me arrepiento de haberte ofendido y confío en que por los méritos de tu Santísima Pasión y Muerte me habrás de perdonar. Prefiero perderlo todo antes que perder tu Divina Amistad. Aborrezco de todo corazón las ofensas que te he hecho. Concédeme tu Perdón y tu Amor y esto me basta. Oh María, esperanza mía, alcánzame de Dios la gracia de perseverar en el Bien y en la Virtud hasta la muerte.
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