En este Tercer Domingo después de la Pascua, la liturgia canta las divinas misericordias para con los hombres; porque, así como Jesús vino a llamar no tanto a los justos como a los pecadores, no a curar a los sanos sino a los enfermos, así el Espíritu Santo, que continúa la obra de Jesús en los corazones, viene a establecer el reinado de Dios en las almas pecadoras. Esto mismo proclama la Iglesia en el Breviario y en el Misal.
La Epístola nos aconseja que andemos con cautela por causa del Enemigo que anda siempre al acecho cual león rugiente, que busca a quien devorar. Pero gracias a la fortaleza y la confianza que la Fe nos da, nos ponemos totalmente en manos de Dios, pues Él cuida de nosotros y nos pone al abrigo de todos nuestros enemigos. Él es el Protector de los que esperan en Él, y no abandona a los que le buscan.
En el Evangelio, vemos al Buen Pastor, buscando a la oveja descarriada y cargando con ella sobre sus hombros, llevándola de vuelta al aprisco.
Que no nos suceda como a Saúl, quien se envaneció con los dones de Dios, y le desobedeció temerario, sin querer reconocer sus errores. "Humillémonos delante de Dios" y digámosle: "Dios mío, considera mi miseria y ten piedad de mí", y como quiera que sin Ti nada hay robusto, nada santo, haz que usemos de tal modo de los bienes temporales, que no perdamos los eternos. Danos por fin en la tentación, "firmeza inquebrantable".
(Tomado del "Misal Diario y Vesperal" por Dom Gaspar Lefèbvre, O.S.B.)
¿Quién hay entre vosotros que teniendo cien ovejas y habiendo perdido una de ellas no deja las noventa y nueve en el desierto, y va a buscar la perdida hasta encontrarla? Y hallándola la pone sobre sus hombros muy gozoso, y llegando a su casa, llama a sus amigos y vecinos, diciéndoles: alegraos conmigo porque he hallado mi oveja que se había perdido.Veamos las dos lecturas de la Palabra de Dios, para este Tercer Domingo después de la Pascua:
Carísimos, humillaos bajo la mano poderosa de Dios, para que os ensalce al tiempo de su visita, descargando en Él todas vuestras solicitudes, pues Él cuida de vosotros. Sed sobrios y velad, porque vuestro enemigo, el diablo, anda girando como león rugiente en torno vuestro, buscando a quien devorar. Resistidle firmes en la fe, sabiendo que la misma tribulación padecen vuestros hermanos, cuantos hay en el mundo. Mas Dios, dador de toda gracia, que nos llamó a su Eterna Gloria por Jesucristo, después que hayáis padecido un poco, Él mismo os perfeccionará, fortalecerá y afianzará en el bien. A Él sea dada la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén.
En aquel tiempo se acercaban a Jesús los publicanos y pecadores para oírle, y los fariseos y los escribas lo censuraban diciendo: este recibe los pecadores y come con ellos. Mas Jesús les propuso esta parábola: ¿quién hay entre vosotros que teniendo cien ovejas y habiendo perdido una de ellas no deja las noventa y nueve en el desierto, y va a buscar la perdida hasta encontrarla? Y hallándola la pone sobre sus hombros muy gozoso, y llegando a su casa, llama a sus amigos y vecinos, diciéndoles: alegraos conmigo porque he hallado mi oveja que se había perdido. Os digo que así también habrá más gozo en el Cielo por un pecador que hiciere penitencia que por noventa y nueve justos que no la consideraran necesaria. O ¿qué mujer teniendo diez dracmas, si pierde una, no enciende la lámpara, barre la casa y lo registra todo hasta dar con ella? Y al hallarla convoca a sus amigas y vecinas, diciendo: regocijaos, porque he hallado la dracma que había perdido. Así os digo, que habrá gran alboroto entre los Ángeles de Dios por un pecador que haga penitencia.
Aprovechemos las valiosas enseñanzas que Monseñor Fernando Altamira nos comparte a continuación, con ocasión del Tercer Domingo después de la Pascua:
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