En Defensa de la Fe


Sexto Domingo después de Pentecostés

Un pensamiento predomina en la liturgia de este Sexto Domingo después de Pentecostés: hay que matar en nosotros el pecado, con un arrepentimiento sincero, pidiendo a Dios la gracia de nunca jamás recaer en él. El Bautismo nos hizo morir al pecado y el sacramento de la Penitencia nos restituye de nuevo la gracia divina, siendo como una segunda tabla después de la pérdida de la inocencia (por cuenta del Pecado Original), y la Eucaristía nos brinda fortaleza contra las recaídas.


A ello nos convida hoy el Breviario, el cual trae la lastimosa caída de David, quien, a pesar de ser tan virtuoso, todavía dejó entrar en su corazón la debilidad del pecado.


Apasionado por la mujer de Urías, la hermosa Betsabé, David puso a su legítimo marido a la vanguardia de su ejército, en una batalla contra los Amonitas. Urías sucumbió en la batalla, tal y como lo deseaba David.


Pero Dios, que amaba a David, no podía dejar sin ejemplar reprensión y castigo tamaño iniquidad; y por eso le envió luego al profeta Natán para decirle: "Había en cierta ciudad dos hombres, uno rico y el otro pobre. El rico poseía grandes rebaños. Más el pobre nada tenía sino una sola ovejita, que había comprado y alimentado, y que había crecido en su misma casa, juntamente con sus hijos, comiendo de su pan, bebiendo en su copa, durmiendo en su seno, de manera que era para él como una hija.


Pero habiendo venido un extraño a casa del rico, este robó la oveja al pobre y se la sirvió en la mesa a su huésped, porque no quería tocar su propio rebaño".


Al oír esto David, exclamó indignadísimo: ¡Vive Dios, que ese hombre merece la muerte!"


Repuso entonces Natán: "¡Tú eres ese hombre!"


Y al punto contestó David a Natán: ¡Ay de mí que he pecado contra el Señor!


Añadió Natán: "Por haberte arrepentido, el Señor te perdona; no morirás. He aquí tu castigo: el hijo que Betsabé te ha dado morirá". Y tal sucedió como lo había dicho el profeta.


Entonces fue David al Templo del Señor, y lloró contrito y humillado.


San Ambrosio pondera la humildad de David y su inmenso dolor por su culpa, que fue lo que atrajo el perdón de Dios, al contrario de lo que hubiera sucedido si la hubiese negado y se hubiese disculpado de ella, como hicieron nuestros Primeros Padres, y como hacen la mayoría de los hombres, agravando de esa manera su pecado.


"Aún los Santos de Dios, añade San Ambrosio, que sólo anhelan proseguir en la lucha que han emprendido y recorrer por entero la carrera de la Salvación, siendo humanos como son, a veces flaquean, no por afición al pecado sino por la debilidad inherente a la naturaleza humana. Luego se levantan y con más ardor reemprenden la marcha, compensando el tropezón con rudos combates. Así, su caída, lejos de retrasarlos, sólo sirve para estimularlos y hacerles correr más que antes".


Pues bien, en el Bautismo fuimos sepultados con Cristo, y con Él fue crucificado nuestro hombre viejo, para que muramos al pecado y resucitemos en Él a nueva vida (Epístola). Si por desgracia recayéremos, pidamos a Dios Su Perdón y que nos devuelva la Gracia del Espíritu Santo, ya que de Él proviene todo don perfecto.


Después, hemos de acercarnos al Altar y recibir en él la Sagrada Eucaristía, cuya virtud nos fortalecerá contra nuestros enemigos, y nos conservará en el fervor de la Piedad; porque el Señor es la fortaleza de Su Pueblo y el Guía que jamás le soltará la mano.


Por eso también leemos hoy el Evangelio de la Multiplicación de los Panes, la cual es figura de la Eucaristía, que es nuestro necesario viático. La divina Eucaristía nos ahorrará también lamentables caídas, perfeccionando en nosotros la gracia bautismal, y afianzará nuestros pasos en las sendas del Señor.


El Señor, bondadosísimo, dice que no quiere dejar volver a las gentes a sus casas sin haber comido, no sea que desfallezcan en el camino. "Si alguno desfallece en el camino, no habrá que achacarlo a la comida", porque si Elías pudo andar por el desierto 40 días, gracias al vigor que le comunicó el pan suministrado por un Ángel, con mayor razón podremos andar durante los 40 años de la vida por la tierra extraña de Egipto, si nos alimentamos del Pan Divino, que en el Altar se nos sirve.


(Tomado del "Misal Diario y Vesperal" por Dom Gaspar Lefèbvre, O.S.B.)



El Evangelio de la Multiplicación de los Panes, es figura de la Eucaristía, la cual es nuestro necesario viático. La divina Eucaristía nos ahorrará también lamentables caídas, perfeccionando en nosotros la gracia bautismal, y afianzará nuestros pasos en las sendas del Señor.El Evangelio de la Multiplicación de los Panes, es figura de la Eucaristía, la cual es nuestro necesario viático. La divina Eucaristía nos ahorrará también lamentables caídas, perfeccionando en nosotros la gracia bautismal, y afianzará nuestros pasos en las sendas del Señor.



Veamos las dos lecturas de la Palabra de Dios, para el Sexto Domingo después de Pentecostés:



Lección de la Epístola del Apóstol San Pablo a los Romanos (6, 3-11)

Hermanos, todos los que hemos sido bautizados en Jesucristo, lo hemos sido en Su Muerte. Porque en el Bautismo hemos quedado sepultados con Él, muriendo al pecado, a fin de que, así como Cristo resucitó de la muerte a la vida, por la gloria del padre, así también nosotros vivamos vida nueva. Porque si fuimos injertados en Él por medio de la semejanza de Su Muerte, lo seremos también por la de su Resurrección. Sabiendo bien que nuestro hombre viejo ha sido crucificado juntamente con Él, para que sea destruido el cuerpo de pecado, y no sirvamos ya más al pecado. Pues quien ha muerto de esta manera, queda ya justificado del pecado. Y si estamos muertos con Cristo, creemos que viviremos también juntamente con Cristo, sabiendo que Cristo, resucitado de entre los muertos, ya no volverá a morir; la Muerte no tendrá ya dominio sobre Él. Porque lo que murió, murió al pecado una sola vez; más lo que vive, vive para Dios. Así también vosotros considerad que estáis realmente muertos al Pecado, y que vivís ya para Dios, en Jesucristo Nuestro Señor.



Evangelio, según San Marcos (8, 1-9)

En aquel tiempo, habiéndose juntado otra vez una inmensa turba en torno de Jesús, y no teniendo qué comer, llamó a sus discípulos y les dijo: Lástima me da esta multitud, porque tres días hace que me siguen, y no tienen que comer. Y si los envío a sus casas en ayunas, desfallecerán en el camino, pues algunos han venido de lejos. Y sus discípulos le respondieron: ¿Quién será capaz de procurarles pan abundante en esta soledad? Y Jesús les preguntó: ¿Cuántos panes tenéis? Ellos respondieron: Siete. Jesús mandó entonces a la gente a sentarse en el suelo, y tomando los siete panes, dando gracias, los partió y se los dio a sus discípulos para que los distribuyesen entre las gentes. Estos se los repartieron. Como tenían algunos pececillos, Jesús los bendijo también, y mandó distribuírselos. Comieron hasta saciarse, y de las sobras recogieron siete canastos, siendo los que habían comido como 4000. Y Jesús los despidió.



Aprovechemos las valiosas enseñanzas que Monseñor Fernando Altamira y el Padre Pío Vásquez nos comparten a continuación, con ocasión del Sexto Domingo después de Pentecostés:



Los obispos modernos son inválidos. La "excomunión" (de 2026) de la Fraternidad San Pío X - Parte 1




La Vocación Religiosa




Ir al índice de “Domingos y fiestas de precepto del Año Eclesiástico”



Ir al índice “En Defensa de la Fe”




 

 

And How Can I Help?

You may wonder, 'how can I be part of the solution', 'how can I contribute?'. Learn more...