“Hoy tenemos 24 horas menos de vida, pero estamos 24 horas más cerca de la eternidad”.
El Salmo 103 dice: "Los seres vivientes de la tierra, apenas Tú, Señor Dios, les quitas el espíritu de la vida, expiran, y vuelven a ser polvo".
“Recuerda que eres polvo y en polvo te has de convertir” (Génesis 3,19).
"Al sepulcro le digo: tú eres mi destino. Y a los gusanos: Ustedes serán mis compañeros" (Job. 17,14)
San Bernardo aconseja: "Recuerda los pecados de tu niñez y avergüénzate. Recuerda los pecados de tu juventud y llora; recuerda los últimos desórdenes de tu vida y estremécete. Y dedícate a ponerles remedio".
El Salmo 103 dice: "Los seres vivientes de la tierra, apenas Tú, Señor Dios, les quitas el espíritu de la vida, expiran, y vuelven a ser polvo".La siguiente es una meditación tomada del libro de San Alfonso María de Ligorio, “Preparación para la Muerte y la Eternidad”:
Tienes que recordar lo que dijo Dios a Adán al echarlo del paraíso: "Polvo eres y en polvo te has de convertir".
Día llegará en el que será necesario morir y pudrirse en una fosa donde estarás cubierto de gusanos. A todos: ricos y pobres, superiores y súbditos, ha de tocar la misma suerte. Apenas, con el último suspiro, salga el alma del cuerpo, ella pasará a la eternidad, y el cuerpo empezará el proceso de descomposición. El Salmo 103 dice: "Los seres vivientes de la tierra, apenas Tú, Señor Dios, les quitas el espíritu de la vida, expiran, y vuelven a ser polvo".
Imagínate en presencia de una persona que acaba de morir. Mira aquel cadáver tendido aún en el lecho mortuorio, la cabeza inclinada sobre el pecho; esparcido el cabello, todavía bañado con el sudor de la muerte; hundidos los ojos; desencajadas las mejillas; el rostro de color muy pálido; los labios y la lengua de color de ceniza; el cuerpo paralizado y muy frío. Tiembla y palidece quien lo ve. Cuántos, sólo por haber contemplado un familiar muerto, han abandonado su vida de pecado y se han dedicado a una vida espiritualmente mejor, y algunos hasta se han hecho religiosos.
Pero todavía inspira el cadáver, horror más intenso cuando comienza a descomponerse. No han pasado muchas horas desde que murió aquella persona tan joven y ya empieza a sentirse un olor muy desagradable. Hay que abrir las ventanas, regar perfumes, y procurar que lleven al difunto a la iglesia y al cementerio, y que le entierren enseguida para que no apeste toda la casa. Y en caso de que haya sido alguien muy rico o de muy altos puestos quizás, no servirá sino para que huela todavía peor.
Veamos en lo que ha venido a terminar este ser humano tan orgulloso o tan impuro. Hace poco le saludaban con gran respeto y lo recibían con muchas felicitaciones en las reuniones. Ahora es horror y espanto de quien le mira. Los familiares se apresuran a alejarlo de su casa y si es necesario pagan a otros para que lo lleven en el ataúd al cementerio. Hace poco hablaban mucho y bien de él y ahora se cumple lo que dice el Salmo 9: "Se va perdiendo y se va borrando su recuerdo para siempre".
Al oír la noticia de su muerte, unos se limitan a decir que era una buena persona; otros, que ha dejado a su familia una buena herencia. Algunos se entristecen porque la vida del difunto les era provechosa, y otros se alegran porque esa muerte puede serles útil.
Y por fin, al poco tiempo nadie habla ya de él, y hasta sus familiares más cercanos no quieren que se les hable de él, para no renovar su dolor. En las visitas de duelo se habla de otras cosas y si alguien se atreve a mencionarlo, puede ser que un familiar le diga: "por favor, no me lo nombren más".
Recuerda lo que se ha hecho en la muerte de tus familiares y amigos, y así se hará en la tuya. Entran los vivos en la escena del mundo a representar su papel y a recoger la herencia y a ocupar el puesto de los que mueren; pero el aprecio y el recuerdo de éstos duran más bien poco. Los primeros días los familiares se afligen, pero pronto se consuelan por la herencia que han obtenido y poco después parece como si su muerte les produjera regocijo. En aquella misma casa donde hayas exhalado el último suspiro y donde Jesucristo te habrá juzgado, pronto se celebrarán como antes, banquetes y juegos, bailes y fiestas. Y tu alma, ¿Dónde estará entonces?
San Juan Crisóstomo aconseja: "Para ver mejor lo que eres, vete a un sepulcro y contempla el polvo, las cenizas, los gusanos y conmuévete. Observa cómo aquel cadáver va poniéndose muy pálido y después negro. Aparece luego en todo el cuerpo una especie de vellón blanquecino y repugnante de donde sale una materia pútrida, viscosa y hedionda que cae por tierra.
Nacen en tal podredumbre multitud de gusanos que se nutren de la misma carne, a los cuales a veces se agregan las ratas para devorar aquel cuerpo, corriendo unas por encima de él, penetrando otras por la boca y las entrañas. Cáense a pedazos las mejillas, los labios y el cabello. Se descarnan el pecho y luego los brazos y las piernas Los gusanos apenas han consumido las carnes de muerto, se devoran unos a otros, y de todo aquel cuerpo no queda más que un fétido esqueleto, cuyos huesos se van separando unos de otros. Y de este cuerpo se pueden decir las palabras del profeta Daniel: "Le sucederá como a las hojas secas que en el verano se las llevó viento y no se sabe qué se hicieron" (Daniel 2,35). Ese es el cuerpo del ser humano: algo tan pasajero como un poco de polvo que el viento dispersa.
¿En qué ha terminado el cuerpo de aquel caballero de quien decían que era el alma y el encanto de la conversación y de las reuniones? Entremos a su oficina: ya no está allí. Vayamos a su casa: su lecho y sus muebles los ocupan otras personas. Busquemos sus elegantes vestidos, sus joyas, sus armas, sus elementos de trabajo: todo se lo han repartido y lo están usando otros. Si queremos saber qué es él ahora, vayamos a su sepulcro y veremos que se ha convertido en podredumbre y en huesos sin carne. Dios mío, ese cuerpo alimentado con tan exquisitos manjares y vestido con tan elegantes trajes, ¿se ha reducido solo a eso?
Qué bien entendieron todo esto los Santos que por amor de Dios supieron negar a su cuerpo los deleites sensuales indebidos y cuyos huesos son ahora venerados como reliquias sagradas y santas. Y sus almas están gozando muy cerca de Dios y aguardando el día glorioso en el que resucitarán hermosísimos sus cuerpos para ir a recibir el premio eterno en el cielo.
Eso sí es el verdadero amor a nuestro cuerpo: negarle los placeres sensuales indebidos que sólo traen desdichas, y emplearlo haciéndolo trabajar fuertemente para conseguir un día la resurrección gloriosa para el cielo.
He aquí Dios mío, a qué se reducirá este mi cuerpo con el cual tanto te he ofendido: ¡A gusanos y podredumbre! Lo que me aflige no es el modo de cómo mi cuerpo terminará sino el haberte ofendido tantas veces con los placeres sensuales que he aceptado. Pero no quiero desconfiar de tu misericordia. El profeta Isaías dice: "El Señor aguardará con paciencia para demostrarnos su bondad, y se compadecerá de nosotros porque es Dios de bondad. Dichosos los que esperan en el Señor" (Isaías 30,18).
Me arrepiento oh Dios de bondad, con todo mi corazón, de haberte ofendido. Quiero repetir con Santa Catalina: "No más pecados oh Jesús, no más pecados". No quiero abusar de tu paciencia. No voy a dejar para arrepentirme al final de mi vida. Desde ahora, con todo arrepentimiento, te encomiendo mi alma.
Y ya que mi alma ha estado tanto tiempo sin amar del modo debido a mi buen Dios, concédeme la gracia de amarte de ahora en adelante con todas mis fuerzas. Oh Virgen Santísima concédeme la gracia de vivir siempre en santa amistad con tu Hijo Jesucristo y que jamás pierda su amistad.
En esta descripción de la muerte, reconoce hermano mío lo que algún día llegarás a ser. "Acuérdate de que eres polvo y en polvo te has de convertir". Con el Santo Job puedes repetir: "Al sepulcro le digo: tú eres mi destino. Y a los gusanos: Ustedes serán mis compañeros" (Job. 17,14).
Todo tendrá un final, y si en la muerte pierdes tu alma todo estará perdido para ti. San Lorenzo recomienda: "considérate ya muerto (pues necesariamente tendrás que morir) y si ya estuvieras muerto ¿qué desearías haber hecho y qué desearías haber evitado? Pues empieza a hacer o evitar todo eso, ya que un día estarás muerto de verdad.
San Buenaventura dice: "El piloto de una barca se coloca en un extremo de ella para poder gobernarla mejor. Así el cristiano debe colocarse con la imaginación en el extremo final de su vida, en la muerte, y así gobernará mejor su comportamiento".
San Bernardo aconseja: "Recuerda los pecados de tu niñez y avergüénzate. Recuerda los pecados de tu juventud y llora; recuerda los últimos desórdenes de tu vida y estremécete. Y dedícate a ponerles remedio".
San Camilo cuando se asomaba a una sepultura pensaba: "Si los muertos volvieran a vivir, ¿Qué obras buenas se dedicarían a hacer para conseguir la vida eterna? Y yo que todavía estoy vivo ¿por qué no me dedico a hacer esas buenas obras? ¿Qué estoy haciendo por salvar mi alma?".
Quién sabe si tú eres ese árbol sin buenos frutos del cual dice el Señor en el Evangelio: "Tres años hace que vengo a buscar frutos en este árbol y no los encuentro” (S. Lucas 13,7). Ya llevas en el mundo mucho más de tres años, ¿y qué frutos de buenas obras encuentra el Señor en tu vida? San Bernardo te advierte: "No olvides que Dios no se contenta con solo flores. Quiere que haya también frutos”. No se contenta con buenos propósitos y deseos, sino que exige buenas obras.
Tienes que saber aprovechar bien este poco de tiempo que Dios te concede todavía, no esperar para obrar bien cuando ya sea demasiado tarde, al solemne instante en el que te diga: "Te llegó el tiempo de dejar este mundo".
Pronto: manos a la obra. "El que puede hacer el bien y no lo hace, comete falta" (Santiago 4,17).
Gracias mil oh Jesús mi Redentor porque no has permitido que yo haya muerto cuando estaba en pecado mortal. Ya podría estar en la condenación eterna. Si hubiera muerto en aquella ocasión, ¿Qué habría sido de mí por toda la eternidad? Acepto la muerte como expiación de mis pecados, pero te suplico que me concedas tiempo para arrepentirme de mis maldades y obtener tu perdón. No quiero negarme a tu llamada a la conversión. Puede ser que estas palabras que me estás diciendo en esta meditación sean tu última llamada. Tú me dices en el Salmo 50: "Un corazón arrepentido y humillado, Dios nunca lo desprecia", y yo te digo con las palabras del mismo Salmo "Oh Dios, crea en mí un corazón puro y no alejes de mí tu Santo espíritu".
Tú dijiste "Al que venga a Mí no lo echaré fuera". Yo quiero ir hacia Ti arrepintiéndome de todos mis pecados. Perdóname y concédeme la gracia de amarte de ahora en adelante con todo mi corazón. Quiero arrepentirme durante toda mi vida de las ofensas que te he hecho. Oh María, esperanza mía, ruega a Jesús por mí.
Señor: reconozco que yo soy aquel árbol del cual dices en el evangelio: "Córtalo, pues, ¿para qué ha de ocupar un terreno inútilmente?” (S. Lucas 13,7). Y es que en verdad en tantos años que llevo viviendo en el mundo he producido muchos frutos de obras malas y muchas espinas de pecados. Pero Tú Señor no quieres que yo pierda la esperanza. Tú dijiste: "Todo el que busca encuentra" (Lc. 11,9). Yo te busco Señor. "Oigo en mi corazón que me dices: Buscad mi rostro. Tu rostro buscaré Señor. No me escondas tu rostro amigable" (Salmo 26). Aborrezco todos los disgustos que te he proporcionado con mis ofensas y no quiero de ninguna manera volverlas a repetir.
Si en lo pasado me alejé de Ti al ofenderte, ahora quiero apreciar más tu amistad que todos los tesoros.
“Habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento” (Luc. 15,7)
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