En Defensa de la Fe


Quinto Domingo después de Pentecostés

La liturgia de este Quinto Domingo después de Pentecostés nos inculca sobre todo el perdón de las injurias, con la historia de David (que se sigue leyendo en el Breviario) y como tema de la Epístola del Apóstol San Pedro.


Vencedor David del gigante Goliat (ver el domingo anterior), fue vitoreado con entusiasmo por todo Israel, y por doquier se oía este grito: "Saúl ha muerto a 1000 y David a 10,000" (se refiere a los filisteos).


Con esto entró Saúl en celos, y la envidia carcomía su corazón, porque pensaba que David iba a suplantarle en el trono de Israel. Y fue tal la melancolía y la saña que se apoderaron de Saúl, que llegó a lanzar, dos veces, una saeta contra David, quien en cambio le tañía el harpa para calmarle y darle contento. Pero la lanza no lo tocó, ni tampoco lo hirieron en la guerra, adonde le destinara el rey Saúl para exponerlo al peligro.


El genio malo de Saúl subió entonces de punto, y exasperado, entró cierto día en una caverna, tramando, emboscada contra David. Éste, que se hallaba dentro de dicha caverna, hubiera podido entonces matar a su injusto perseguidor. Sus compañeros le decían: "Es el rey. El Señor te lo entrega. Este es el momento de que lo mates con tu lanza".


Pero David respondió: "Jamás pondré mi mano en el que ha recibido la unción sagrada". Y se contentó con cortar parte del fleco del manto de Saúl, mostrándoselo después desde lejos. Saúl, al ver el rasgo tan generoso, lloró, diciendo: "Hijo mío, David, eres tú mejor que yo.


Al morir finalmente Saúl, en sangrienta batalla contra los filisteos, David no se alegró de ello, sino que por el contrario se entristeció sobremanera.


En síntesis, lo que más nos importa es recoger esas grandes lecciones de caridad, tanto más de admirar cuanto que se dieron antes de la primera venida de Nuestro Señor, y sin haber tenido David, como los tenemos nosotros, ejemplos tan elocuentes de perdón generoso de las injurias, como por ejemplo el perdón del Patriarca José a sus hermanos.


Verdaderamente David podía decir en los salmos: "He devuelto bien por mal", y en esto es figura viva de Cristo Nuestro Señor, el cual disculpaba y oraba por sus mismos enemigos que le clavaban en el Madero.


También la Epístola y el Evangelio nos hablan hoy del perdón de las injurias: "Vivid unidos de corazón en la oración, no devolviendo mal por mal, ni agravio por agravio" (Epístola). Y es que, además, no acepta Dios ningún sacrificio mientras haya entre nosotros alguna rencilla contra el prójimo. Tanto vale la caridad, ese mandato, único que Cristo vino a traer al mundo y que los compendia perfectamente a todos.


El mejor modo de llegar a una caridad tan heroica, como la de David, a esa fusión de corazones, que tanto nos inculcan el Evangelio y la Epístola, será amar a Dios, y no desear, sino los Bienes Eternos, y el morar en aquellos Celestiales Palacios en que sólo se entra mediante la práctica ininterrumpida de esta hermosísima virtud.

 

(Tomado del "Misal Diario y Vesperal" por Dom Gaspar Lefèbvre, O.S.B.)



Cuando llegaron al sitio llamado La Calavera, crucificaron a Jesús y a los dos criminales, uno a Su derecha y otro a Su izquierda. Jesús dijo: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen".

Hechos de los Apóstoles 23, 33-34Cuando llegaron al sitio llamado La Calavera, crucificaron a Jesús y a los dos criminales, uno a Su derecha y otro a Su izquierda. Jesús dijo: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen". Hechos de los Apóstoles 23, 33-34



Veamos las dos lecturas de la Palabra de Dios, para el Quinto Domingo después de Pentecostés:



Epístola del Apóstol San Pedro (I Pedro 3, 8-1)

Carísimos, perseverad todos unánimes en la oración. Sed compasivos, amantes de todos los hermanos, misericordiosos, modestos, humildes. No volviendo mal por mal, ni maldición por maldición. Sino por el contrario, bendecid a los que os ofenden, porque a esto sois llamados, a fin de que poseáis en herencia, la Bendición Celestial. Así, pues, el que de veras ama la vida y quiere vivir días dichosos, refrene su lengua del mal, y sus labios no se desplieguen a favor de la falsedad. Huya del mal, y obre el bien. Busque la paz y sígala. Porque Dios tiene puestos los ojos sobre los justos, y está pronto a oír sus súplicas, pero mira con enojo a los que obran mal. Y ¿quién habrá que os pueda hacer daño, si os empleáis en hacer el bien? Pero si sucede que padecéis algo por amor a la justicia, sois bienaventurados. No temáis nada de cuanto os puedan hacer vuestros enemigos, ni perdáis la paz. Más santificad a Nuestro Señor Jesucristo en vuestros corazones.



Evangelio según San Mateo (5, 20-24)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: "Si no superáis a los maestros de la ley y a los fariseos en hacer lo que es justo ante Dios, no entraréis en el Reino de los Cielos. Habéis oído que se dijo a vuestros mayores: no matarás, y quien mataré será condenado en juicio. Yo os digo aún más: quien quiera que se enoje con su hermano, merecerá que el juez le condene. Y el que insulte a su hermano, merecerá que le condene la asamblea. Más el que injurie gravemente a su hermano, reo será del fuego del Infierno. Por tanto, si al tiempo de presentar tu ofrenda en el altar, allí te acuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí mismo tu ofrenda ante el altar, y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y después volverás a presentar tu ofrenda".



Aprovechemos las valiosas enseñanzas que el Padre Pío Vásquez nos comparte a continuación, con ocasión del Quinto Domingo después de Pentecostés:



Justicia, Misericordia y Fe




Consideraciones sobre la caridad y mansedumbre




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