Estamos en el Quinceavo Domingo después de Pentecostés. Leemos el libro sagrado de Job, aquel venerable Patriarca, piadoso y rico, de la tierra de Idumea, a quien Satanás quiso tentar, con ánimo dañado, para probar si realmente servía a Dios con desinterés, o bien, porque Dios le había colmado de honores y de bienes.
Satanás, que nunca está ocioso y tiene ordenadas todas sus huestes para tentar a los pobres mortales, se presenta a Dios cierto día, y le pide permiso para tentar a Job y privarle de sus riquezas, de la consideración y fama que tenía y hasta de su misma salud corporal. Y así sucedió. En poco tiempo, Job lo fue perdiendo todo, y se vio precisado a limpiarse sus purulentas llagas, desnudo sobre un inmundo basurero.
También la Iglesia pide hoy que nos veamos continuamente defendidos contra los asaltos rabiosos del demonio, de ese eterno homicida, que nos sorbería la sangre si le fuese posible, y que acabaría en un solo día con todos los hombres.
La tentación vendrá también para nosotros, pues el ángel de Satanás azotó al mismo San Pablo. Pero en medio de todo, saldremos triunfadores por la esperanza firme que tenemos en la poderosa ayuda de Aquel que nos amó, de Aquel de quien el santo Job decía: “Yo bien sé que mi Redentor vive, y que en el último día he de resucitar de la Tierra, y que estos mismos ojos le contemplarán. Un día también oiré la voz de Dios, el cual alargará Su Diestra, al que es obra de Sus Manos”.
Pasada la prueba, en la cual fue hallado fiel servidor, Job recibió por duplicado todo lo que antes había poseído.
Pues bien, la Iglesia, representada en Job, pide hoy a Dios que la purifique, ampare, salve y gobierne. Con el Salmista exclama: “Inclina, Señor, Tus Oídos y óyeme, porque soy pobre e indigente…”.
Luego, con el Salmo del Ofertorio y haciéndose eco del santo Job, dice también: “He esperado al Señor, y al fin me ha mirado y ha oído mi oración, y ha puesto en mis labios un cántico nuevo, el cántico de las almas cristianas resucitadas a la vida de la Gracia. Por lo cual justo y bueno es alabar al Señor y pregonar Sus Misericordias”. Él es verdaderamente un Dios grande y Rey grande sobre toda la Tierra.
La Epístola se refiere enteramente a la vida sobrenatural, que el Espíritu Santo dio a las almas en las fiestas de Pentecostés. “Si vivimos según los impulsos del Espíritu Santo obremos como movidos por Él”, siendo por lo mismo humildes, mansos y caritativos con los que pecan, máxime al considerar que nosotros mismos somos flacos, y tal vez más que ellos; razón por la cual San Felipe Neri decía todos los días al Señor: “Señor, tenedme de Vuestra Mano, porque si no, capaz soy de haceros traición”.
Repasemos la Epístola, porque en ella se encierran muchas y muy prácticas, y saludables enseñanzas, análogas a las del Evangelio, que es hoy el de la resurrección del hijo de la viuda de Naín. Esa viuda representa a la santa Iglesia, que llora también a tantos hijos suyos muertos, muertos a la vida de la Gracia por culpa del pecado. Pero viene el Verbo Divino, viene Jesús, y adivinando sus ruegos, los resucita mediante la Confesión Sacramental. Y para que no vuelvan a morir eternamente, deposita en sus mismos cuerpos mortales, un germen, una medicina de inmortalidad que les permita resucitar en el día postrero.
(Tomado del "Misal Diario y Vesperal" por Dom Gaspar Lefèbvre, O.S.B.)
He aquí que sacaban a un difunto, hijo único de su madre, la cual era viuda. Iba con ella gran acompañamiento de gente de la ciudad. Luego que la vio el Señor, movido de Compasión por ella, le dijo: No llores. Él se acercó y tocó el féretro. Y los que lo llevaban se detuvieron. Dijo entonces: Muchacho, a ti te digo, levántate. Entonces se sentó el que había estado muerto y comenzó a hablar. Jesús se lo entregó a su madre.Veamos las dos lecturas de la Palabra de Dios, para el Quinceavo Domingo después de Pentecostés:
Hermanos, si vivimos del Espíritu, dejémonos también guiar por el Espíritu. No seamos ávidos de vanagloria, hostigándonos y envidiándonos mutuamente. Hermanos, si alguno como hombre que es, incurre en algún delito, vosotros que soy espirituales, amonestadle con espíritu de mansedumbre, y consideraos a vosotros mismos, para que no seáis también tentados. Sobrellevaos mutuamente, y así cumpliréis la Ley de Cristo. Porque si alguno cree ser algo, no siendo nada, él mismo se engaña. Más pruebe cada cual su obra, y así tendrá gloria sólo en sí mismo, y no en otro. Porque cada cual llevará su propia carga. Y el que es enseñado en la Palabra de Dios, asista con todos sus bienes al que le enseña. No os engañéis: Dios no puede ser burlado. Porque lo que el hombre sembrare, eso también cosechará. Y así, el que siembra en su carne, de la carne cosechará corrupción. Más el que siembra en el Espíritu, del Espíritu cosechará la Vida Eterna. No nos cansemos, pues, de hacer el bien, porque a su tiempo recogeremos el fruto, si no desfallecemos. Y así, mientras tenemos tiempo, hagamos bien a todos y mayormente a aquellos que por la fe son de nuestra misma familia.
En aquel tiempo, iba Jesús a una ciudad llamada Naín, e iban con Él sus Discípulos y una gran muchedumbre. Y cuando llegó cerca de la puerta de la ciudad, he aquí que sacaban a un difunto, hijo único de su madre, la cual era viuda. Iba con ella gran acompañamiento de gente de la ciudad. Luego que la vio el Señor, movido de Compasión por ella, le dijo: No llores. Él se acercó y tocó el féretro. Y los que lo llevaban se detuvieron. Dijo entonces: Muchacho, a ti te digo, levántate. Entonces se sentó el que había estado muerto y comenzó a hablar. Jesús se lo entregó a su madre. Con lo sucedido, les sobrecogió a todos gran miedo, y glorificaban a Dios diciendo: ¡Un gran profeta ha surgido entre nosotros y Dios ha visitado a Su Pueblo!
Aprovechemos las valiosas enseñanzas que el Padre Pío Vásquez nos comparte a continuación, con ocasión del Quinceavo Domingo después de Pentecostés:
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