En Defensa de la Fe


El Purgatorio - Razones de justicia - lágrimas estériles - Tomás de Cantimpré y su abuela - Beata Margarita de Cortona

Esta madre recordó lo que deben ser los verdaderos sentimientos cristianos. En lugar de entregarse a un dolor desmesurado por su hijo difunto, se aplicó a las buenas obras que debían aliviar su alma.

 

Los verdaderos cristianos consideran que el primero y más sagrado de todos sus deberes es proporcionar a sus parientes y amigos difuntos toda la ayuda posible, según los medios de su estado.







Esta madre recordó lo que deben ser los verdaderos sentimientos cristianos. En lugar de entregarse a un dolor desmesurado por su hijo difunto, se aplicó a las buenas obras que debían aliviar su alma.Esta madre recordó lo que deben ser los verdaderos sentimientos cristianos. En lugar de entregarse a un dolor desmesurado por su hijo difunto, se aplicó a las buenas obras que debían aliviar su alma. Los verdaderos cristianos consideran que el primero y más sagrado de todos sus deberes es proporcionar a sus parientes y amigos difuntos toda la ayuda posible, según los medios de su estado.





SEGUNDA PARTE



Capítulo 42 – Razones de justicia - lágrimas estériles - Tomás de Cantimpré y su abuela - Beata Margarita de Cortona

Acabamos de hablar de la obligación de justicia que recae sobre los herederos con respecto a cumplir fielmente con los legados piadosos.

 

Hay otro deber de estricta justicia que concierne a los hijos: están obligados a rezar por sus padres fallecidos.

 

Recíprocamente, los padres están obligados por ley natural a no olvidar ante Dios a los hijos que les han precedido en la Eternidad.

 

Por desgracia, hay padres inconsolables ante la muerte de un hijo o una hija amados, y que, en lugar de oraciones, solo les brindan lágrimas estériles.

 

Escuchen lo que cuenta Tomás de Cantimpré sobre este tema (Rossignoli, Maravilla 68): el hecho había ocurrido en su propia familia.

 

La abuela de Tomás había perdido un hijo en quien ella había depositado sus esperanzas. Día y noche lo lloraba y no recibía ningún consuelo. En el exceso de su tristeza, olvidó el gran deber del amor cristiano, y no pensó en rezar por esta querida alma.

 

Y así, en medio de las llamas del Purgatorio, su hijo, el desdichado objeto de la ternura estéril, se encontraba afligido al no recibir ningún alivio de sus sufrimientos.

 

Por fin, Dios se apiadó de él.

 

Un día, en el punto más grande de su dolor, esta mujer recibió una visión milagrosa. Vio en medio de un hermoso camino una procesión de jóvenes, gráciles como ángeles, que avanzaban llenos de alegría hacia una magnífica ciudad. Comprendió que eran almas del Purgatorio que entraban en el Cielo.

 

Miró con entusiasmo para ver si entre la procesión descubría a su querido hijo. Pero, ¡ay! El niño no estaba allí. Sin embargo, ella lo vio venir, muy atrás de todos los demás, triste, adolorido, cansado y con la ropa empapada de agua.

 

“Oh, querido objeto de mis penas, le gritó ella, ¿por qué te quedas detrás de este brillante cortejo? Me gustaría verte a la cabeza de tus compañeros”.

 

-“Oh, madre mía -respondió el hijo con voz triste-, eres tú; son las lágrimas que derramas sobre mí, las que empapan y manchan mis vestidos, las que retrasan mi entrada en la Gloria.

 

Deja, pues, de entregarte a una pena ciega y estéril. Abre tu corazón a sentimientos más cristianos.

 

Si es verdad que me amas, alíviame en mis sufrimientos: aplícame alguna indulgencia, haz oraciones y ofrece limosnas por mí, obtén para mí los frutos del Santo Sacrificio.

 

Así me mostrarás tu amor; así me liberarás de la prisión en la que estoy gimiendo, y me abrirás el camino hacia la Vida Eterna, la cual es mucho más deseable que la vida terrenal que me diste un día.

 

Entonces, la visión desapareció. Esta madre había sido recordada de lo que deben ser los verdaderos sentimientos cristianos. En lugar de entregarse a un dolor desmesurado, ella se aplicó a las buenas obras que debían aliviar el alma de su hijo.

 

La gran causa del olvido, la indiferencia, la negligencia culposa y la injusticia hacia los muertos es la falta de fe.

 

Por eso vemos a los verdaderos cristianos, animados por el espíritu de fe, hacer los más nobles sacrificios por las almas de sus difuntos.

 

Dichos cristianos miran hacia el lugar de la expiación, consideran los rigores de la Justicia Divina, escuchan la voz de los difuntos que imploran su misericordia y por ello solo piensan en ayudarlos. Consideran que el primero y más sagrado de todos sus deberes es proporcionar a sus parientes y amigos difuntos toda la ayuda posible, según los medios de su estado.

 

Bienaventurados estos cristianos: muestran su fe con obras; son misericordiosos y por ello obtendrán misericordia.

 

La beata Margarita de Cortona había sido una gran pecadora, pero habiéndose convertido de forma sincera, borró sus desórdenes pasados con grandes penitencias y obras de misericordia.

 

Su caridad hacia las almas no tenía límites. Sacrificaba todo: tiempo, descanso, satisfacciones, con el fin de obtener de Dios su liberación.

 

Ella había comprendido que la piedad hacia los difuntos tiene como primer objeto los padres. Siendo que su padre y su madre habían fallecido, nunca dejó de ofrecer por ellos sus oraciones, sus mortificaciones, sus vigilias, sus sufrimientos, sus Comuniones y las Misas a las que tuvo la gracia de asistir.

 

Entonces, para recompensar su piedad filial, Dios le hizo saber que gracias a todos sus sufragios, ella había logrado acortar los largos sufrimientos que sus padres hubiesen tenido que soportar en el Purgatorio, y que había obtenido para ellos su completa liberación y la entrada en el Paraíso.






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