En Defensa de la Fe


Motivos e incentivos para la devoción hacia las almas del Purgatorio - Ejemplos de generosidad - San Pedro Damián y su padre - La joven anamita - El portero del seminario y la propagación de la Fe

“Querido señor, le ruego que acepte esta pequeña limosna para ayudarle en la labor de difusión del Evangelio. Lo había reservado para que se celebraran Misas después de mi muerte; pero prefiero permanecer un poco más en el Purgatorio, y que el nombre del buen Dios sea glorificado”.






Señor, le ruego que acepte esta limosna para ayudarle a difundir el Evangelio. Lo había reservado para que se celebraran Misas después de mi muerte; pero prefiero que el nombre de Dios sea glorificado“Querido señor, le ruego que acepte esta pequeña limosna para ayudarle en la labor de difusión del Evangelio. Lo había reservado para que se celebraran Misas después de mi muerte; pero prefiero permanecer un poco más en el Purgatorio, y que el nombre del buen Dios sea glorificado”.




SEGUNDA PARTE



Capítulo 39 - Motivos e incentivos para la devoción hacia las almas - Ejemplos de generosidad - San Pedro Damián y su padre - La joven anamita - El portero del seminario y la propagación de la Fe

No faltan ejemplos de generosa caridad hacia los difuntos, y siempre es útil recordarlos.

 

No podemos omitir la hermosa y conmovedora obra de San Pedro Damián (23 de febrero), obispo de Ostia, cardenal y doctor de la Santa Iglesia, un ejemplo que no nos cansamos de escuchar.

 

Cuando aún era muy joven, Pedro Damián tuvo la desgracia de perder a su madre. Poco después su padre volvió a casarse y Pedro cayó en manos de una madrastra. Aunque él le demostró un gran afecto, la mujer no supo amar a este tierno niño. Lo trató con una extrema dureza y terminó por deshacerse de Pedro, colocándolo al servicio de su hermano mayor. Este lo empleó para cuidar cerdos.

 

Su padre, quien debería haberlo protegido, lo abandonó a su desafortunado destino. Pero el niño miró al cielo y vio a otro Padre, en el que puso toda su confianza. Aceptó todo lo que le sucedía como proviniendo de Sus Manos Divinas; se resignó de buen grado a la dura situación que tenía que sobrellevar: "Dios –dijo Pedro- tiene Su Mirada puesta en todo, y son miradas de misericordia: no tenemos más que abandonarnos a Él; Él hará que todo sirva para nuestro bien”.

 

Pedro no se equivocaba. Fue en esta dolorosa prueba donde el futuro cardenal de la Santa Iglesia - el que iba a asombrar a su siglo por la amplitud de sus luces, y a edificar al mundo por el brillo de sus virtudes - aprendió sobre la santidad.

 

Apenas cubierto de harapos, la historia cuenta que no siempre tenía lo suficiente para saciar su hambre; pero oraba a Dios y se contentaba.

 

Mientras tanto, su padre murió. El joven santo, olvidando la dureza que había experimentado de parte de su progenitor, lo lloró como un buen hijo y no dejó de rezar a Dios por su alma.

 

Un día, encontró en el camino un escudo, que la Providencia parecía haber puesto allí para él: era toda una fortuna para el pobre niño. Pero en lugar de utilizarlo para aliviar su propia miseria, su primer pensamiento fue llevarlo a un sacerdote, pidiéndole que celebrara la Misa por el alma de su padre.

 

La Santa Iglesia encontró este rasgo tan bello, que lo insertó a todo lo largo del Oficio que se lee en su fiesta.

 

“Permítanme, dice el misionero Abad Louvet, añadir aquí un recuerdo personal.

 

Cuando predicaba la Fe en Cochinchina, una pobre niña anamita, recién bautizada, perdió a su madre. A los catorce años se encontró con la responsabilidad de proveer con sus escasos ingresos, cinco tiên al día, equivalentes a unos ocho céntimos franceses, su alimentación y la de sus dos hermanos pequeños.

 

¡Qué sorpresa fue verla llegar al final de la semana, trayéndome lo que había ganado durante dos días, para que yo pudiese ofrecer la Misa por su madre! ¡Estos pobres pequeños habían ayunado durante parte de la semana para proporcionar a su difunta madre esta humilde reparación!

 

¡Oh, santa limosna para los pobres y los huérfanos! Si mi corazón se sintió tan profundamente conmovido por lo hecho por esta niña, ¡cómo debe haber tocado el corazón del Padre celestial y atraído Sus Bendiciones sobre esta madre y sus hijos!”

 

Esta es la generosidad de los pobres. ¡Qué ejemplo y reproche para tantos ricos, pródigos en lujos y placeres, pero tan tacaños cuando se trata de limosnas y Misas en favor de sus difuntos!

 

Aunque la limosna debe darse principalmente para ofrecer el Santo Sacrificio por las almas de los miembros de la propia familia o por el alma propia, es aconsejable destinar parte de ella al socorro de los pobres o para buenas obras, como las escuelas católicas, la propagación de la Fe y otras más, según lo exijan las circunstancias. Todas estas ofrendas son santas, conformes al espíritu de la Iglesia, y muy eficaces para el alivio de las almas del Purgatorio.

 

El Abad Louvet, al que hemos citado anteriormente, informa de otro rasgo que merece ser mencionado aquí.

 

Se trata de un hombre de pobre condición que hizo un donativo para la propagación de la Fe, pero en circunstancias que hicieron este acto particularmente valioso en relación con las necesidades futuras de su alma en el Purgatorio.

 

Este es un humilde portero de seminario que había amasado durante su larga vida, céntimo a céntimo, la suma de ochocientos francos. Al no tener familia, había pensado destinar este dinero para que se ofreciesen Misas después de su muerte.

 

Sin embargo, veamos lo que logra la caridad en un corazón que arde con sus santas llamas.

 

Un joven sacerdote se preparaba para dejar el seminario y entrar en las Misiones Extranjeras. El pobre anciano, al oír esta noticia, se animó a entregarle su pequeño tesoro para que lo utilizase en la hermosa obra de la Propagación de la Fe.

 

Entonces, llevó aparte al seminarista y le dijo: "Querido señor, le ruego que acepte esta pequeña limosna para ayudarle en la labor de difusión del Evangelio. Lo había reservado para que se celebraran Misas después de mi muerte; pero prefiero permanecer un poco más en el Purgatorio, y que el nombre del buen Dios sea glorificado.

 

- El seminarista lloró de la emoción. No quería aceptar la ofrenda tan generosa de este pobre hombre, pero éste insistió tanto, que habría sido cruel el rechazarla.

 

Unos meses después, este buen anciano murió. No se ha conocido ninguna revelación que nos indique lo que le ocurrió en el otro mundo. Pero, ¿es acaso necesaria? ¿No conocemos suficientemente el Corazón de Jesús, que es infinitamente pródigo en generosidad? ¿No comprendemos que un hombre lo suficientemente generoso como para entregarse a las llamas del Purgatorio, con el fin de dar a conocer a Jesucristo a las naciones infieles, habrá hallado abundante misericordia en presencia del Juez Soberano?







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