En Defensa de la Fe


El alivio de las almas del Purgatorio - La Santa Comunión - Santa Magdalena de Pazzi liberando a su hermano - La Comunión general en la iglesia de Santa María in Trastévere

Si las buenas obras comunes y corrientes proporcionan tanta ayuda a las almas, ¿qué no logrará la obra más santa que pueda realizar un cristiano? ¡Me refiero a la Comunión Eucarística!


En palabras de San Buenaventura: "Que la caridad os lleve a comulgar, pues no hay nada más eficaz para el eterno descanso de los difuntos”.







Si las buenas obras comunes y corrientes proporcionan tanta ayuda a las almas, ¿qué no logrará la obra más santa que pueda realizar un cristiano? ¡Me refiero a la Comunión Eucarística!Si las buenas obras comunes y corrientes proporcionan tanta ayuda a las almas, ¿qué no logrará la obra más santa que pueda realizar un cristiano? ¡Me refiero a la Comunión Eucarística! En palabras de San Buenaventura: "Que la caridad os lleve a comulgar, pues no hay nada más eficaz para el eterno descanso de los difuntos”.




SEGUNDA PARTE



Capítulo 24 - El alivio de las almas - La Santa Comunión - Santa Magdalena de Pazzi liberando a su hermano - La Comunión general en la iglesia de Santa María in Trastévere

Si las buenas obras comunes y corrientes proporcionan tanta ayuda a las almas, ¿qué no logrará la obra más santa que pueda realizar un cristiano? ¡Me refiero a la Comunión Eucarística!

 

Cuando Santa Magdalena de Pazzi vio el alma de su hermano en medio de los sufrimientos del Purgatorio, se compadeció, rompió a llorar y gritó con voz lastimera: "¡Oh alma afligida, cuán terribles son tus penas! ¡Por qué no lo pueden entender los que no tienen el valor de llevar sus cruces aquí en la Tierra! Mientras estabas en el mundo, oh hermano mío, no querías escucharme, y ahora anhelas que te escuche. Pobre víctima, ¿qué necesitas de mí?"

 

- Aquí se detuvo, y se le oyó contar hasta el número ciento siete; luego dijo en voz alta que era el número de Comuniones que él le suplicaba. “Sí -respondió ella-, puedo hacer fácilmente lo que me pides; pero ¡ay! ¡Cuánto tiempo tomará pagar esta deuda! Oh, ¡con qué gusto iría al lugar donde estás, si Dios me lo permitiera, para liberarte o evitar que otros bajen allí!"

 

La santa, sin omitir oraciones y otros sufragios, hizo con el mayor fervor las Comuniones que su hermano le solicitó para lograr su liberación.

 

Dice el padre Rossignoli: “Es una piadosa costumbre (Maravilla 45), establecida en las iglesias de la Compañía de Jesús, hacer cada mes una Comunión general por el alivio de las almas del Purgatorio. Dios se dignó mostrar con un prodigio lo agradable que le resulta esta práctica.

 

 En el año 1615, un día en que los Padres de la Compañía celebraban solemnemente la Comunión general mensual en Roma, en la iglesia de Santa María in Trastévere, una gran multitud de fieles acudió a ella.

 

Entre los que acudieron, se encontraba  un gran pecador que, aunque participaba en las piadosas ceremonias religiosas, llevaba desde hacía tiempo una mala vida.

 

Este hombre, antes de entrar en la iglesia, vio salir a un pobre hombre de buena apariencia que le pedía limosna por amor a Dios; al principio se la negó. Pero el pobre hombre, según la costumbre de los mendigos, insistió hasta tres veces, utilizando las más conmovedoras fórmulas de súplica.

 

Al final, cediendo de buena gana, nuestro pecador llamó al mendigo, sacó su cartera y le dio una moneda.

 

Enseguida el pobre hombre, cambió sus palabras de súplica y dijo lo siguiente: "Quédate con tu dinero. No tengo necesidad de tu generosidad. Pero tú, por el contrario, estás muy necesitado de un cambio de vida. Debes saber que he venido desde el Monte Gargano a la ceremonia que se celebra en esta iglesia, con el fin de hacerte una advertencia para tu bien. Durante veinte años has llevado una vida deplorable, provocando la ira de Dios, en lugar de haberla aplacado mediante un arrepentimiento y confesión sinceras. Apresúrate a hacer penitencia, si quieres escapar de los castigos de la Justicia Divina que están a punto de recaer sobre tu cabeza".

 

El pecador quedó impactado por estas palabras. Un temor indescriptible se apoderó de él al escuchar que quedaban al descubierto las iniquidades de su conciencia, las cuales solo Dios podía conocer. Su conmoción fue aún mayor cuando vio a este pobre hombre desaparecer ante sus ojos, como el humo que se disipa en el aire.

 

Abriendo su corazón a la gracia, entró en la iglesia, se arrodilló, derramando un torrente de lágrimas. Luego, con arrepentimiento sincero, se dirigió a un sacerdote con el fin de confesar sus crímenes y pedir perdón.

 

Después de la confesión, dio cuenta al sacerdote del prodigio que le había sucedido, pidiéndole que lo diera a conocer a todos, para el aumento de la devoción a los difuntos. El hombre arrepentido no dudaba de que hubiese sido un alma recién liberada la que le había obtenido esta gracia de la conversión.

 

Cabe preguntarse quién fue el misterioso mendigo que se le apareció a este pecador para convertirlo. Algunos han creído que no fue otro que el arcángel San Miguel, porque dijo que venía del monte Gargano.

 

Se sabe que esta montaña es famosa en toda Italia por una aparición del arcángel San Miguel, a raíz de la cual se erigió un magnífico santuario.

 

En todo caso, la conversión de este pecador a través de un milagro tal, y justo en el momento en que se rezaban oraciones solemnes y se comulgaba por los difuntos, demuestra cuán maravillosa es esta devoción y el gran valor que tiene a los ojos de Dios.

 

Concluyamos, pues, con las palabras de San Buenaventura: "Que la caridad os lleve a comulgar, pues no hay nada más eficaz para el eterno descanso de los difuntos" (De proepar. Maissae).







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